La coartada de la necesidad

Breve reflexión sobre un cliché lingüístico muy generalizado, que delata -a mi entender- una característica de estos tiempos bobos: echar mano de la realidad o la necesidad como coartada. La ha publicado la revista infoLibre; aquí la re-publico para los amigos del blog.

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Los clichés lingüísticos ayudan a entender las ideas-fuerza, las inercias políticas o sociales de una época. He dedicado muchos de mis textos públicos a analizarlos. En 2010, por ejemplo, en mi antiguo blog en La Opinión de Málaga, llamaba la atención sobre la costumbre del expresidente Zapatero de responder a la pregunta -cada vez más habitual en los periodistas y cada vez más impertinente para él- sobre cuánto tiempo permanecerían aún nuestro soldados en Afganistán, así: “Mientras sea necesario”. Cuatro años después, en otra legislatura, con otro presidente de Gobierno, nuestros soldados siguen allí y aún no ha sido respondida la pregunta.

“Mientras sea necesario” elude el plazo temporal y escamotea cualquier explicación; su vigencia es incondicional y atemporal pues depende del arcano secreto de la razón de estado, que es un secreto encriptado, inaccesible al conocimiento público.

Esa respuesta, u otra muy parecida, daba también el expresidente norteamericano G. W. Bush en referencia a Irak, en tesitura semejante. Pero es que la he oído muchas veces más, repetida como un mantra. Con las medidas que los dos últimos gobiernos han tomado contra la crisis; por ejemplo, de este tenor : “Tomaremos las medidas que sean necesarias”. Pero también en muchísimas series de ficción de aventuras policiales o militares. Cosas como “utilizaremos la fuerza que sea necesaria”, o, en una encomienda del jefe a algún agente intrépido y lanzado: “haz lo que sea necesario”.

No puede ser casual ese aire de familia lingüístico que aúna a presidentes de estado o de gobierno con entes de ficción cinematográfica educativa. ¡Qué camino va desde la vieja disputa filosófica entre necesidad y libertad a este enunciado performativo tan conminatorio y provocador!

“Mientras sea necesario” remite a un mundo lingüístico en el que no hay apelación ni matiz posible, pues el grado o la secuencia de tiempo de esa situación de necesidad inexplicada queda recluida en la subjetividad del presidente o político o mando militar que la enuncia. Implica, además, el rechazo implícito a la repetición de la pregunta, es decir el rechazo a informar. Es una situación parecida a la del hermano o amigo abusón que ha ocultado algo al más pequeño o débil y que, cuando es reclamado por éste, le responde: “Te lo diré cuando me dé la gana”.

Aznar apelaba a lo que “era necesario” mediante un acto de fe: “créanme”, gustaba de decir -con su gesto adusto y agrio, mirando a la cámara- cuando ya se derrumbaban las mentiras sobre las armas de destrucción masiva de Irak.

Rajoy encontró, desde los primeros días al frente del gobierno, su particular reino de la necesidad en el “fatum” o destino, que le impedía cumplir en absoluto el programa electoral que le aupó al poder. “Tomaré las medidas necesarias…”.

La libertad del gobernante para intervenir la realidad mediante la voluntad política queda anulada en nombre de la realidad, la necesidad o el destino. ¿Cuántas veces no hemos oído la fatigosa excusa, en la voz engolada de unos y otros?

Una variante de estos días, que denuncia en esta misma publicación Jesús Maraña como una herencia de la cultura política de la Transición, es el cliché del sentido o razón de Estado. La escenificación de un renovado pacto social, al que acuden sumisamente los representantes sindicales, es justificado (pero no explicado), una vez más, en nombre del arcano: por sentido de Estado, porque es necesario. Del mismo modo, en fin, que parece forjarse en las sombras un gran pacto bipartidista que ponga coto a la ingobernabilidad de España.

“Con la patria, con razón o sin ella”, repetía Rafael Vera cuando era enjuiciado por el uso indebido de fondos reservados y por su implicación en la trama sombría de los GAL. Así que nos encontramos con usos lingüísticos en los que, lejos del antiguo y noble sentido filosófico de la palabra “necesidad”, se nos remite más bien al de la real gana o voluntad y, a la vez, al del rechazo del derecho a la información, que choca constantemente en el muro de lo secreto y críptico custodiado por un poder difuso.

La confluencia de estas respuestas con su ausencia total en las ruedas de prensa, tan frecuentes, en que no se concede turno de preguntas, o con las intervenciones grabadas, nos lleva una vez más a lo que es ya una certeza que, por desgracia, no termina de calar en nuestras sociedades: que en la época en la que más medios para la información y la comunicación hay, menos y más tópica y confusa, o ninguna, información tenemos.

Y otra certeza aún, la que más desasosiego debería producirnos: que el reino de la necesidad, en la filosofía política de estos tiempos bobos, es, en realidad, el de la más soberana, cínica y arbitraria voluntad del príncipe.

Este texto se publicó primero en infoLibre


El reino de la necesidad

Rajoy se ha instalado en el reino de la necesidad y ha abdicado del de la libertad, que es el propio de la política. Cuando dijo, en la presentación parlamentaria de la penúltima tanda de recortes, «No disponemos de más ley ni más criterio que el que la necesidad nos impone», renunciaba, en efecto, a la libertad de elección, decisión y acción que define a un gobernante. Si no es así, es que ejerce el poder de forma delegada por parte de otros que no aparecen en la escena. Si ese otro u otros son los funcionarios de Bruselas, del BCE o del FMI o del mismo gobierno alemán, es evidente que las decisiones políticas que están afectando de tal manera nuestras vidas y la de las generaciones futuras las están tomando instituciones y funcionarios no elegidos por nadie, no sólo en España sino en toda Europa.

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El reino de la necesidad

Eso es, en pura teoría política, un golpe de estado «blando» (ya hablamos de ese estado de cosas hace un par de años en El golpe blando). Pero en tal caso, lo que debe hacer un gobernante que crea en puridad en una democracia deliberativa, a quien le impiden cumplir un programa electoral por el que fue votado, y, en el límite, fuerzas ocultas lo inhabilitan para elaborar estrategias alternativas, para poder elegir libremente la mejor opción para los ciudadanos a quienes representa, ese tal gobernante debe dimitir. Muchos, en España, nos preguntamos por qué, en estas circunstancias, Rajoy no dimite.

El reino de la necesidad lleva también al reino del secreto y de lo arcano. Hace también unos años denunciábamos en La Opinión de Málaga Lo que sea necesario»)el funesto abuso, por parte del ex presidente Zapatero, de la muletilla «haremos lo que sea necesario», que interpretábamos como una remisión al reino de la voluntad, de tal manera que hacer lo que sea necesario equivale a decir «hacer lo que me dé la real gana». Esto es así porque la necesidad se convierte a sí misma en el único argumento que, al no ser razonado ni demostrado, equivale a un argumento cero: es decir, el de la voluntad pura y dura, el que encontramos en «razonamientos» como los que siguen usando muchos padres, «esto es así porque lo digo yo», o algunos maestros: «niño, esto es así porque sí»…

En el fondo, es una manera de entender la política parecida, y no tan diferente como pudiera parecer en un principio, a la que practicaban los romanos. En la política romana no contaban ni la ideología ni el futuro: los actos del poder -republicano o imperial, en eso no había diferencias-, se remitían de forma vaga a épocas o gobernantes del pasado que se consideraban ejemplares, por una u otra razón, y a los que los contemporáneos imitaban de forma imprecisa. En todo caso, la política se limitaba a intentar cubrir el expediente inmediato: trigo, espectáculos y la manifestación continua de su voluntad de poder manifestado en el dominio militar efectivo de los territorios del imperio. No sé quién será el epónimo gobernante del pasado que sirve de modelo a Rajoy, pero lo que está claro es que su labor política mira también al pasado y cuida del circo -recordemos sus tristes alusiones al patriotismo futbolístico y su empeño en asistir a los partidos en momentos políticos muy virulentos- y del trigo para el pan, dentro de un orden, naturalmente, que siempre ha habido pobres. Por lo demás, tampoco hay futuro y en eso es tan punk como el capitalismo actual o la Roma imperial.

Por terminar con los romanos, recordemos uno de los espectáculos simbólicos a los que eran tan aficionados. Se representó varias veces en la época de los emperadores de la dinastía flavia, y consistía en el admirable hecho de que un león (bastante modorro, suponemos) domesticado abría su enorme boca en la que una confiada liebre, contra todo pronóstico, se metía, habitando allí durante un buen rato, como en su casa. Tal espectáculo llamó la atención del cáustico poeta Marcial que interpretó la enseñanza escondida de tal espectáculo en unos ilustrativos epigramas: el león no cerrará la boca porque desprecia, en el fondo, a la liebre; ésta sabe que en cualquier momento, puede cerrar sus mandíbulas y destrozarla, pero sabe también que «no está más segura cuando corre por la arena desierta / ni siquiera en su jaula se esconde con tanta seguridad» y termina con este impar epigrama:

«Si quieres evitar los mordiscos de los perros, liebre,

maldita, ahí tienes la boca del león para refugiarte.»

El amigo lector sabrá, con toda certeza, adaptar la enseñanza de este viejo espectáculo alegórico a las insidiosas circunstancias políticas contemporáneas, tal como Marcial lo hizo para las de su tiempo.