La raíces del fraude (A propósito del señor Lemus y las cotorras)

El País, que lleva unos días tratando la noticia en sus páginas, también editorializa hoy sobre el fraude científico cometido, al parecer, por Jesús Ángel Lemus, un investigador del CSIC, veterinario experto en aves exóticas, que trabaja desde hace tiempo en la estación biológica de Doñana. Como los lectores del blog seguramente saben, fueron las autoridades sanitarias, alarmadas por un estudio firmado por este científico en el que afirmaba haber descubierto un virus en cotorras de Doñana capaces de contagiar a humanos, las que hicieron saltar la primera alarma. En las navidades pasadas, un grupo de jefes y colegas de Lemus lo denunciaron ante el Comité de Ética del CSIC que ha encontrado sospechosas de fraude 24 estudios en los que aparece como autor o coautor.

Pinocho
Pinocho científico (http://scientia1.wordpress.com)

El caso es muy entretenido tanto por el desparpajo de este investigador, que se otorga estudios totalmente inexistentes, detallados sin embargo con sumo detalle en cuanto a sus títulos, fecha y revista -siempre minoritarias y elitistas, difícilmente accesibles, en inglés, sobre temas superespecializados e intrascendentes, en realidad- en las que supuestamente habían sido publicados los resultados de sus sesudas investigaciones. Lo más llamativo quizá, casi en el ambiente de la novela negra, es la aparición de otro científico, Javier Grande, que figura como coautor de muchos de esos estudios y que, literalmente no existe. Mejor dicho, sí existe un veterinario de ese nombre, que compartió estudios con el tal Lemus, pero que dirige una clínica de animalitos convencional, que no ha investigado nada en su vida y que asegura no haber visto a nuestro avispado experto en aves exóticas, su antiguo compañero de estudios, en cerca de veinte años.

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Cotorras urbanas

Otra cosa son las conclusiones que, tanto en el texto editorial de hoy como en las otras crónicas o gacetillas que El País le ha ido dedicando al asunto, se quieren extraer de este caso, otro más, de fraude científico. Son las esperables condenas a la ambición personal de este pájaro, es decir, la reducción de todo a un desdichado episodio privado, y la llamada a la necesidad de un mayor control sobre la originalidad o veracidad del material editado por estas publicaciones de carácter científico (que, verdaderamente, son muchísimas e inflacionarias y muchas,sorpresivamente, de poco o ningún interés ni trascendencia social). Pero aquí pensamos que lo más interesante de la noticia queda, como siempre, en la sombra del fondo de la escena.

Veo, por un lado, una epifanía más del modo de producción capitalista aplicado al mundo de las ciencias: la necesidad de crecimiento -cancerígeno, acelerado: como ocurre con las mercancías, los beneficios, las «experiencias»…- connatural, pues, a esta «economía del conocimiento» regida por la ley de la productividad. Que afecta, por supuesto, a los mismos científicos, que necesitan multiplicar ad nauseam el número de sus publicaciones, citas, ponencias, especializaciones, etc. La aparición de los atajos, del camino fácil, es, así, tan natural y casi necesario, desde esta perspectiva, como en el mundo empresarial lo son la corrupción política o la picardía del timo y el engaño. Como todo esto se multiplica en climas morales tan deteriorados como el que vivimos, es de suyo que la primera víctima del fraude haya sido la verdad y la confianza; como lo ha sido, por otro lado, en los bancos, en la política o en la mismísima religión (¡todo un cardenal católico, como nuestro Rouco, chantajeando al gobierno con el apalancamiento de Cáritas ante la mera posibilidad de que la Iglesia tenga que pagar el IBI!)

Cathedral And The Bazaar Book Cover 194x300Está, por fin, la contradicción entre dos modelos de conocimiento que chocan continuamente, y que lo harán con mayor estridencia a medida que la guerra universal tecnológica avance en el número e importancia de sus escaramuzas y batallas. Esta contraposición entre dos paradigmas la expuso con claridad y acierto poco habitual, hace ya muchos años, Eric S. Raymond en su La catedral y el bazar. Si bien su larga y lúcida reflexión gira en torno al mundo del desarrollo de software (y en concreto, la admirable génesis del kernel linux) la metáfora es extensible al paradigma científico y del saber en general.

La catedral evoca la construcción cerrada y vertical, jerárquica y hermética: piénsese en las misteriosas cofradías de constructores nómadas de catedrales, y en su férrea defensa del secreto; evóquense las leoninas licencias que Microsoft ha impuesto e impone a sus usuarios, el secreto de sus desarrollos y las funestas consecuencias: los continuos y frustrantes errores de sus programas. Frente a la catedral, está el bazar: miles de programadores de todo el mundo desarrolando sofware en sus ratos libres para provecho del procomún. Es un tópico, en este mundo de la creación comunal de conocimiento, que no hay error que resista a miles de ojos escudriñando para encontrarlo; entre tantos, siempre hay uno más listo, o ciento, que lo ve. Eche a volar la imaginación el lector con la abrumadora masa de conocimiento y divulgación que la Wikipedia ha aportado al procomún humano contemporáneo; compruébese el derroche de puntillosidad en las discusiones encontradas entre autores anónimos de un mismo artículo, en busca de verdad u objetividad; la pasión y generosidad que late en muchos de ellos, que transmite su lectura; el destello de placer de la inteligencia compartida puesta a trabajar…

El fraude de Lemus es un subproducto del paradigma del saber de la catedral, y no tendría lugar en el modelo del bazar o procomún. Como también lo fue el fraude sonado de aquel Hwang que, en la locura de su mentira, decía que lo de la clonación humana estaba chupado para él, y publicó en Nature, o alguna de esas revistas de alta alcurnia, sus fabulaciones; o el fraude de tantos que no conocemos y que tal vez no conoceremos nunca, amparados en la difuminación de la identidad y la facilidad para la suplantación de los modernos medios electrónicos y de internet y sus abismales bases de datos; pero todos acuciados, sobre todo, por la neurosis productiva del capitalismo, tan manifesta ya, para nuestra desgracia, en el saber humano honesto, útil, libre, compartido, felizmente improductivo.

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Lex Artis: una portada ejemplar de «Nueva España»

Esta portada del diario asturiano Nueva España (cabecera del grupo Prensa Ibérica, al que también pertenece mi querida La Opinión de Málaga, donde escribí durante tantos años)es un ejemplo de buen hacer periodístico, con arreglo a la lex artis del oficio y con un poco habitual respeto a la inteligencia del lector.

Ocupan el lugar de privilegio central, un texto y una imagen. El texto, en un enunciado claro, señala la actualidad del día: «Rescate de la banca en España». Mucho más preciso, menos espectacular que el del diario El País, por ejemplo («Rescate a España»). La imagen es la de un minero solo, sentado sobre un montón de palos y neumáticos que cortan una carretera comarcal asturiana y que pronto, prevemos, van a arder. El pie de foto cumple la función de anclaje clásica del periodismo; dice: «la soledad de los mineros del suroccidente».

Como la relación sorpresiva de la imagen con el titular prinicipal es de las llamadas «de parasitismo» (llega a los ojos del lector ligada al titular prinicpal, pero en contraste con él) obliga a los lectores a completar por su cuenta la elipsis generada en la contraposición, a rellenar unos puntos suspensivos inexistentes, pero necesarios: la soledad de los mineros… sin rescate.

Una maravilla de buen periodismo (quienes hablan de su desaparición desean su desaparición) que quería compartir hoy con los amigos del blog. También he enlazado en la barra lateral una crónica muy oportuna sobre la pobreza invisible en Asturias, que aparece en el mismo periódico en su edición de hoy.

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Un naufragio de hoy en día

Disfruté mucho leyendo un reportaje de Florence Aubenas, Quai de la galère, en el ejemplar de Le Monde del jueves. Soy lector sin remedio de periódicos y, como todos los de mi hermandad, estoy preocupado, no por la crisis publicitaria que viven, sino por el hastío que provoca la naturaleza clónica y previsible de sus contenidos y la escritura chata, y aburrida, tan común en los  textos periodísticos contemporáneos, a menudo también plagados de errores, muletillas y eufemismos bienpensantes.

No es el caso de este ejemplar reportaje, en el que su autora -una periodista de raza, sin duda- cautiva al lector desde la elección de la percha inicial hasta el melancólico final. No me resisto a citar algunos fragmentos, a glosarlo y a interpretarlo, a compartirlo con los amigos del blog. Florence Aubenas nos mete desde la primera línea en el comedor de oficales de un barco varado:barco-atracado

«El camarero entra ceremonioso en el comedor de oficiales y sirve un plato de lentejas con carne de cordero. Bajo el retrato de la familia real marroquí, un reloj marca el mediodía, la hora inexcusable de la comida a bordo del Bni N’Sar. Cerca de la piscina vacía, unos marineros enlustran un pontón, el oficial mecánico cacharrea con los motores, cada cual en su tarea, todos los cordajes en su sitio, como si no pasara nada.»

Pero sí que pasa, y la autora, con gran maestría, nos va a ir desvelando el qué. El Bni N’Sar, junto a dos ferris marroquíes más, está a punto de zozobrar en un muelle de Sètes, en el Languedoc francés, frente a Marsella. Pero es un naufragio digno de estos tiempos nada heroicos. En palabras de Florence Aubenas:

«No es, ciertamente, una de esas catástrofes de antaño, brutal y heroica, en el tumulto de una tempestad, a causa de un iceberg o en la caza de una ballena. La epopeya del Bni N’Sar es un naufragio contemporáneo, interminable y silencioso, en la inmovilidad de un puerto.»
Ferrie Amarrado
Doscientos marineros marroquíes, junto a sus oficiales, malviven desde hace cinco meses en este y en los otros dos ferries que son propiedad de una naviera de Tánger, a la que un juzgado de Montpellier se los ha embargado por deudas impagadas. Estos hombres melancólicos, a los que les va escaseando todo -el agua, el fuel y la luz, la comida…- y que no cobran sus sueldos desde hace meses, son, sin embargo, metódicos y orgullosos. Repiten sus rutinas diarias como si estuvieran en alta mar y rechazan los alimentos que algunos vecinos del lugar, en un amago solidario, han dejado alguna vez en la rampa de acceso al barco. Cuando las cosas se ponen verdaderamente mal, los armadores les envían 1.000 y 2.000 euros, con los que se atiborran de bocadillos de atún…

Otro de los barcos, el Marrakech, tiene su propia leyenda que lo hace brillar incluso en la decadencia de su naufragio inmóvil: es el barco del rey. En sus buenos tiempos lo requisó para su uso particular el rey Hassan, que no estaba muy inclinado a viajar en avión desde un intento fallido de atentado. Lo usaba para sus viajes particulares a Argelia o Trípoli y siempre tenía que estar a punto, como si la partida fuera inminente en cualquier momento. Tras su muerte, la compañía fue privatizada y, con ella el mítico ferry que hoy languidece amarrado. De su viejo esplendor real sólo queda ya la pintura desportillada y el moho… Pero dejemos que termine de entonar este naufragio posmoderno la ejemplar periodista francesa:

«Algo más lejos, sobre un brazo de mar, un atracadero ha sido bautizado como el muelle del olvido. Allí van a morir los navíos abandonados: los técnicos ya están tomando las medidas para el amarre del barco del rey.»

Un naufragio triste de estos «tiempos bobos» tan faltos de grandeza. Como tantas tragedias ridículas, tal la de Palinuro, el piloto de Eneas que, muerto de sueño, se cayó al agua y murió ahogado. Naufragios tituló nuestro cronista Cabeza de Vaca el relato inverosímil de su travesía asombrosa: recorrió a pie todo lo que hoy es la frontera sur de EE. UU., pateando su hambre durante miles de kilómetros y salvando su vida con una tonta fama de milagrero entre los indios hostiles con quienes se fue cruzando… Tragedias ridículas, naufragios inmóviles: como los de los millones de trabajadores despedidos en estos años plomizos, como los 20.000 que anunciaba hace unos días HP, o los cientos o miles que ya anuncia el nuevo banco que va a nacer de Banca Cívica y la Caixa… Naufragios desconocidos y anónimos, afrontados con el mismo orgullo pundonoroso de los marinos marroquíes. Como sin creérselo, cacharreando mientras tanto y siguiendo con los madrugones de cada día, la rutina y los bocatas de atún, como si no fuera verdad tanta desdicha, tanto naufragio sin tempestad, sin ballena, sin iceberg alguno.

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