Hermano consumidor …

La sustitución de la condición de ciudadano, o trabajador, por la de consumidor o cliente es ya antigua y sucede (es un presente continuo, se quiere decir: no ha dejado de suceder y sigue ocurriendo), al menos desde la ominosa derrota del movimiento obrero occidental que tuvo lugar desde los finales de los años 60 y que no ha terminado aún..CodigoBarrasPrisionero Nos detendremos en ello otro día, porque nos interesan ahora las consecuencias cataclísmicas , el tremendo cambio social, psicológico y económico  que provocó la publicidad desde esos mismos años, gracias a sus lamentables descubrimientos en torno a las debilidades humanas y la implementación de técnicas que se pusieron en práctica para su fácil explotación

Al final del sistema de producción masiva de mercancías (lo que se conoce comofordismo) duraderas y bien hechas, previsibles y mantenidas en su ritmo de confección y consumo, sucedió -apretándolo todo mucho- el diseño personalizado y la obsolescencia programada, a medida que los conocimientos psicológicos de las agencias publicitarias aprendían a crear, en quienes hasta ahora habían sido simples compradores,  la adicción al fetichismo del consumo y la ilusión de ser, como los ángeles, seres únicos con la aureola visible, de naturaleza casi ectoplasmática, de la marca y su efecto de halo.

La terrible efectividad de esa persuasión perversa la pueden observar y estudiar los lectores mismos en la pasión universal por los aparatitos de comunicación móvil y el hipnotismo que sus marcas y habilidades.provocan en sus poseedores. No ha habido desengaño en esto, parece mentira, aunque sí frustración desde que nos metieron en el embolado de falta de trabajo y crédito en que vivimos. No han decaído las ganas de consumir, sólo las posibilidades de hacerlo.

fetichismo Hermano consumidor ...Pero mucho peor, por su calado más hondo, ha sido la consecuencia, también de raíz publicitaria, de que los ciudadanos de Occidente se persuadieran de que la gestión pública o estatal de servicios era peor que la privada: por la razón de que funcionarios indiferentes (y a veces desabridos y antipáticos) proporcionaban ese servicio de forma indiscriminada y universal (y a veces, por tanto, masiva e incómoda). Ese convencimiento se llevó a cabo de la misma manera que el cambio en el consumo: por la ilusión de la personalización que la publicidad lleva a cabo (ahora mismo puede observar el lector cómo proliferan en la tele los anuncios de mutuas médicas privadas que juegan con ese hechizo: la soledad y el silencio de sus clínicas, la sonrisa-profidén de sus enfermeras y médicos, los tratamientos preventivos, el trato humano e individual…)

Ya lo impregna todo. Por ejemplo, en el mundo de la enseñanza, en el que me gano la vida, hace tiempo -pero aún recuerdo el escalofrío al oírlo por primera vez- que se adoptan términos y conceptos de la empresa privada y del comercio, tales como considerar a los alumnos (y a sus padres) como clientes.en los que, como consecuencia hay que medir su grado de satisfacción con el centro o la productividad o rendimiento de sus profesores junto al trato individualizado de los tutores. En ese sentido van las ideas (perversas muy a menudo) del ministro Wert de publicar periódicamente un ranquin de centros de enseñanza públicos. En el mundo de la medicina la cosa es mucho más antigua y de resonancias más amplias (el posible negocio es mayor y de ahí todo ese tristísimo folletín al que estamos asistiendo en España).

La persecución política que sufre FACUA, la rebelde organización de consumidores, nos permite hacernos una idea del cambio brutal, de las penosas renuncias que protagonizamos, de la pérdida del mundo por desposesión, hermano consumidor, hermana cliente… Terminemos  por si aún queda algún lector incrédulo o dubitativo, con el entendimiento clientelar de la política vigente en nuestros días. La desaparecida esfera pública (disputa y debate, razón común) ha sido sustituida por una política publicitaria en la que el ciudadano-cliente es tratado de forma individual para ser convencido de la necesidad de la mercancía que se le vende a cambio del voto. El cliente contemporáneo ya no necesita nada, desea cosas. Este, por su parte, reclama mejoras con las mismas pautas con que se reclama una mercancía averiada o caducada. Al desaparecer las ideas de fondo, los marcos interpretativos desaparecen también. ¿Qué queda, pues, sino reclamar el desperfecto en el producto? Han quitado mi centro de salud, el colegio de mi hijo está lleno de emigrantes, este bache no lo tapan…

Como dice, con tanta razón Wolfgang Streeck: «La incoherencia de la política contemporánea,  sorprendentemente semejante a la aleatoriedad e irresponsabilidad colectiva del consumo privado, tiene como correlato el hecho de que los jóvenes, en particular, se sienten menos inclinados que nunca a incorporarse a un partido político identificándose con todo su programa. (…) La puerta con la señal de salida debe estar siempre visible y abierta. (…) Los compromisos individuales limitados y fáciles de cancelar propios de la política de cuestiones aisladas no son tan distintos -estructuralmente distintos- de la compra de un automóvil o teléfono móvil» (NLR, nº 76). Una suerte de compromiso-basura, tan precario y volátil como los contratos de trabajo actuales. En ese mismo sentido deben entenderse los presupuestos municipales participativos o las figuras de los simpatizantes con que los viejos partidos quieren atraer a los jóvenes.

La esperanza que muchos tenemos en el desestimiento social, el decrecimiento, o como se le quiera llamar (preferiría no comprar, por jugar con la respuesta de Bartleby, el escribiente de Melville) se antojan a veces ilusorias cuando contemplamos las cosas desde esta perspectiva. Igual, para nuestra desdicha, una vez aprendida a palos la lección de la pérdida necesaria de protección social, tal como sostienen los ideólogos del neoliberalismo, se volverán a abrir los bancos con sus increíbles créditos personalizados y, como los Siete Enanitos, volveremos a ir cantando a trabajar y comprar otra vez al súper, al híper, a la sensual página de internet o la mesa electoral, tan felices como solíamos, aio, aio, laralalalalá…

 

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De la alegoría barroca a las series de forenses: Las ruinas humanas como texto

No es por azar, sino porque están unidas por un secreto acorde, que las imágenes de esas series de forenses que pueblan la televisión desde hace años (médicos indiferentes que leen e interpretan tocones de mujeres, niños y hombres -en ese orden-: ruinas humanas rescatadas de algún crimen que, como los fragmentos de un papel roto o como mercancías deterioradas exigen ser descrifadas e identificadas) recuerdan tanto y remiten, en un salto histórico aleccionador, a la alegorías barroca (del barroco de la imagen, pero también del barroco de los textos) sobre la muerte y sus ruinas, la herida del tiempo, la culpa y la melancolía: los membra disiecta como los que ilustran este cuadro de Bartholemus Hopfer, de 1643.

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Brtholemus Hopfer, «Exilium melancholiae», 1643

En una caso y en otro, como corresponde a dos épocas muy proclives a la escritura secreta y jeroglífica, el mensaje está cifrado y sólo el código de la alegoría, que precisa del alejamiento de la vida -los miembros muertos, fragmentarios y dispersos- puede ayudar a la construcción de un relato: el conocimiento de las circunstancias de una muerte que ocurrió, como sucede siempre, a espaldas del tiempo, en secreto. En el caso contemporáneo, el forense desencripta el texto jeroglífico de los restos de huesos o podredumbre, rescatando la identidad humana de la víctima que ocultaba y sacando a la luz al culpable en la lección alegórica propia de este tiempo: el malo no puede esconderse en la multitud de las ciudades ni en los restos humanos confundidos en el paisaje natural o en los detritus industriales urbanos, como un mensaje estenográfico. La luz esclarecedora de la ciencia expondrá, una vez interpretado correctamente el texto de las ruinas, al culpable escondido, con su foco deslumbrante, ante el poder justiciero. Así, la muerte -del lado de acá- deja de ser un misterio melancólico para incorporarse con toda naturalidad al régimen laboral de los forenses y al normal funcionamiento del tráfico de mercancías, de las instituciones y las tecnologías a su servicio. Esto rige incluso más allá: piense el lector en las donaciones de «órganos», hechas desde la vida para después de la muerte como en una inversión de futuros, y en los negocios que conlleva, o en los asesinatos que provoca por mor de su comercio y beneficio. Nada debe escapar a los procesos mercantiles.

Los tocones, vísceras, humores resecos (que, sin embargo, pueden guardar el celoso mensaje cifrado del ADN) o hasta insectos y gusanos, testigos delatores del lugar y tiempo pasados en que sucedió el crimen, en cualquier caso, no mueven nunca a piedad ni remiten -salvo en algunas reconstrucciones digitales de lo que fue un ser vivo, a mayor gloria de la tecnología- al ser humano del que formaban parte: son sólo signos abstractos y, en ese sentido, encajan, junto a los demás sistemas semiológicos, en la condición necesaria del conocimiento contemporáneo: todo debe estar muerto, inmune a la perturbación del tiempo, para integrarse en nuestro saber. Y, a la vez, producir beneficios y trabajo, como una especie de industria epigonal del reciclaje de la mercancía humana. El espectador, como buen alumno, aprende y se alfabetiza en estas nihilistas clases de anatomía.

En relación a la alegoría barroca, a su afición a horrores y martirios, a calaveras y huesos, Walter Benjamin buscó la respuesta en viejos tratados de emblemática y heráldica; leía, por ejemplo, en una controversia en torno a las normas de la heráldica: «entero, el cuerpo humano no puede formar parte de un icono simbólico, pero una parte del cuerpo no es inapropiada para su constitución». Hoy, el código que descifra el mensaje secreto de la muerte se busca en la enciclopedia posmoderna del genoma. Note, sin embargo, el lector la coincidencia, a través del tiempo, del carácter simbólico o semiológico de las ruinas del hombre o de la naturaleza: el procedimiento es el mismo en un incendio, en cualquier catástrofe: la muerte y fragmentación como método científico. En el tradicional relato de investigación policial o novela negra, por el contrario, donde el cadáver está entero y no troceado, la cámara lo olvida pronto y la trama se centra en la escena del crimen, en el cerco a testigos y próximos de la víctima o del asesino, en el ámbito de lo social. En estas historias es el espacio el que se convierte en texto, algo que tanto fascinaba, como artificio narrativo, a Alain Robbe-Grillet en La celosía.

Para el hombre del Barroco, la fascinación por la muerte no tiene nada que ver con la inmortalidad sino con la desazón del final de la vida, de su fugacidad, de los cadáveres que a su paso deja el tiempo. La melancolía que tiñe todo el arte y la literatura del Seiscientos (la antigua bilis negra regida por Saturno, en las fascinantes teorías médicas en las que se mezclaba aún el saber de los humores corporales y la astrología) está mezclada con la culpa y la expiación. El martirio del santo, por ello, sustituye al «sacrificio» del héroe en la tragedia antigua. El desmembramiento (recuerde el lector cualquiera, el despellejamiento de san Bartolomé de Ribera, por ejemplo; y, al paso, las manos curtidas y fuertes, de trabajador, del que está realizando la fatigosa labor) es condición presupuesta para que la muerte se convierta en un relato con sentido.

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Y es ahí, para terminar este particular memento mori que traemos al blog hoy, dejándonos llevar por rituales de estos días primeros de noviembre, en la reconstrucción del sentido alegórico de la muerte, donde el tiempo presente diverge en mayor medida del siglo barroco. La cámara cienematográfica, que entra y sale de forma transparente en las cercanías, los contornos y los adentros de la herida, del hueso o de la podredumbre de la ruina humana corrigen así la naturaleza borrosa de nuestra visión, la que tiene que ver con la vida, la de nuestros ojos. Ese escudriñeo impío del forense, cuando lee los miembros o fragmentos humanos con que trabaja, no busca ningún sentido en su reconstrucción alegórica de la muerte: no, sino tan solo restaurar el orden roto temporalmente por el crimen de algún asocial que intentó borrar su rastro dispensando los restos del cadáver y camuflándose (y en este sentido, él se convierte también un un miembro disperso del cuerpo social) en el anonimato de las multitudes urbanas. Es decir, el forense pone su saber semiológico al servicio del orden, simbolizado en esos espacios estériles y asépticos de los laboratorios en que realizan su trabajo, tan parecidos a los cementerios. Un orden, paradójicamente, que lejos de preguntarse por el sentido de nuestra vida, reinstaura y generaliza el orden inerte de la muerte, el de un espacio helado que nos anestesia de la herida incurable y devastadora del tiempo. La melancolía de nuestra época, como puede ver el lector, aunque comparte el mismo afán críptico y un paralelo saber semiológico, radica en el extremo de la hiperestesia del hombre barroco: el de la carencia de sentido propio de las mercancías, la fragmentación y dispersión de los restos del mundo.

A Agustín García Calvo, in memoriam

Esta entrada ha sido publicada posteriormente en la revista digital FronteraD el 18 de septiembre de 2014.

 

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El rey y los doce sátrapas

Los lectores recordarán, acaso, el chiste del borracho y la farola que traía a colación en la entrada Democracia y populismo (1) como clave simbólica del populismo, tal como lo hacía Slavoj Žižek, aunque con una intencionalidad diferente, En tal chiste, un borracho que volvía a su casa de noche perdió su reloj y se puso a buscarlo.Mass Media 300x225 Pero, como no veía nada por la oscuridad, se puso a buscarlo bajo una farola, muy lejos del lugar en que lo había perdido. Uno que había presenciado la escena, le preguntó por qué lo buscaba allí y no en el sitio adecuado, a lo cual respondió el borracho que en la farola había luz. La historieta facilita mucho la comprensión de por qué tanta gente prefiere las explicaciones sencillas, en blanco y negro, en términos amigo / enemigo o los míos / los tuyos y da de lado los matices, las razones laboriosas, las sutilezas, los relativismos: están en la zona oscura, aunque sea justamente ahí donde hay que buscar. La anécdota real del rey y los doce sátrapas habla de eso.

Pues bien, el otro día me vi metido en una conversación de bar, de esas que acaban con nuestro castizo «esto lo arreglaba yo…», que me hizo recordar de nuevo el chiste de marras. Decía mi paisano, tras despotricar sobre cómo está la cosa, en su variante exitosa de hay que ver lo que gastan los políticos: «Esto lo arreglaba yo dándole todo el poder al rey, quien, a continuación, nombraría un número limitado de gobernadores regionales o provinciales -esto no lo tenía claro, ni su cantidad, aunque para sus cuentas no pasarían de 12 o 15- y un número limitado de alcaldes para las ciudades más grandes. Las pequeñas se tendrían que federar para tener alcaldías» Y así, a la luz cegadora de la farola de un cómic o de un drama barroco, o de un videojuego -vaya usted a saber- recortó mi amigo de tal manera el gasto político. Si traigo la anécdota aquí como motivo de reflexión no es para quejarme de la incultura política o el desconocimiento histórico de que hacía gala mi interlocutor.Satrapias 273x300

No, sería demasiado fácil. Este régimen de satrapías ucrónicas que mi amigo arbitrista ofrecía como solución política no es tan excepcional ni risible como a primera vista puede parecer. Con las variantes adecuadas, era la solución política ideal para millones de súbditos en las sociedades con regímenes totalitarios, antiguas o modernas. Me parece ver ejemplificada en la anécdota, en primer lugar, la diferencia que estableció Ortega y Gasset entre creencias e ideas. Creencia es aquello con lo que contamos (por ejemplo, que el sol va salir mañana, que hace falta un jefe para que un grupo humano funcione sin matarse) mientras que las ideas resultan de pensar en algo, sobre algo. Mi amigo no pensaba, sino que extrapolaba una consigna gubernamental, un lugar común (los políticos derrochan, así que disminuyamos su cantidad) y recurría a una creencia muy arraigada (mucho poder en pocas manos facilita el gobierno). Las creencias están justo debajo de la farola, las ideas están en la zona en penumbra de la calle.

Mi amigo, además, está solo, como lo estamos todos, desde que desapareció lo que Hannah Arendt llamaba «la esfera pública». Como ella afirma también: «La experiencia en la que se funda el totalitarismo es la soledad. Soledad es ausencia de identidad, que sólo brota en la relación con los otros, con los demás». El totalitarismo quiere organizar a las masas (no a las clases ni a los ciudadanos) y la «masa» está formada por individuos aislados y gregarios, sin capacidad de organizarse en nada que tenga como fin el bien común. Sólo en torno a símbolos y consignas. Una cosa es complementaria de la otra.

No hay esfera pública, ni debate público: hay individuos aislados y gregarios, que se embotan en cuanto pueden en el hedonismo triste y clónico de las masas de nuestro tiempo, que viven encerrados y protegidos en sus creencias y huyen de la oscuridad de las ideas, que sólo les provocan angustia y aturdimiento. A la utopía administrativa del rey y sus doce sátrapas de mi paisano sólo le falta un enemigo identificable y capaz de suscitar odio, de encarnar en si toda la infelicidad, todo el agobio. El mejor candidato hasta ahora ha sido el emigrante. Si cuajara éste o si surgiera otro, estarían dadas las condiciones objetivas para la epifanía de una renovada y pujante era totalitaria.

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Los futuros del hambre (y 2)

Sigamos ahora de la mano de Jean Ziegler, veterano relator de la ONU, experto, además en política alimentaria, y fiable pensador y escritor (recomiendo a los amigos del blog su El odio a Occidente, de Ediciones Península, recorrido radical y honesto por los excesos del colonialismo y los olvidos culpables del postcolonialismo y sus consecuencias, por ejemplo en la misma ONU). Cuenta Ziegler en un texto de Le Monde Diplomatique de febrero de este año, traducido al castellano en el blog Noticias de abajo con el título «Especulando con el hambre»:

«Me dirigía hacia el norte, hacia las grandes plantaciones de Senegal, con Adama Faye, un ingeniero agrónomo que asesora en cuestiones de desarrollo a la embajada de Suiza, y con el conductor Ibrahima Sar. Queríamos comprobar el impacto que está produciendo la especulación financiera en torno a los alimentos, aunque ya disponíamos de la última estadística del Banco Africano de Desarrollo. Pero Faye ya sabía que algo muy distinto nos estaba esperando. En el pueblo de Louga, a 100 kilómetros de San Luis, el coche se paró de forma repentina. “Venga a ver a mi hermana pequeña”, dijo Faye, “ ella no necesita su estadística para explicarle lo que está pasando”.
Hambre Mundo
Había algunos puestos al lado de la carretera, un mercado muy escaso: montones de caupí y yuca, unos pocos pollos cacareando en las jaulas, cacahuetes, tomates, patatas y naranjas y mandarinas españolas. No había mangos, aunque Senegal es conocido por ellos. Detrás de un puesto, una mujer joven con un pañuelo amarillo en la cabeza conversaba con sus vecinos. Era la hermana de Faye, Aisha. Estaba dispuesta a responder a nuestras preguntas, pero se enfadó mientras hablaba. En poco tiempo, una ruidosa multitud de niños, jóvenes y ancianas se reunieron a nuestro alrededor.

Un saco de arroz importado de 50 kilos había subido a un precio de 14000 francos ( 27 dólares), por lo que la comida había que hacerla más acuosa, con sólo unos pocos granos de arroz flotando en el plato. Las mujeres compraban arroz en los tenderetes en pequeñas cantidades. El precio de una botella de agua ha subido de 1300 a 1600 francos; un kilo de zanahorias, de 175 a 245 y una barra de pan de 140 a 175, mientras que un cartón con 30 huevos ha aumentado en un año de 1600 a 2500 francos. Igual ocurría con el pescado. Aisha regañaba a sus vecinos por ser demasiado tímidos en sus apreciaciones: “Dile al toubab (hombre blanco) lo que tenemos que pagar por un kilo de arroz. ¡Díselo! No tengas miedo. Los precios están subiendo casi todos los días.”»

MaizCreo que valía la pena la larga cita. Y ahora, de nuevo, los mercados agrícolas. Nos advierte Jean Ziegler de que estos son unos mercados muy especiales porque se consume más de lo que se vende. Es por ello por lo que a comienzos del siglo XX se inventaron en Chicago los derivados, es decir, que el precio «deriva» de otros productos subyacentes como bonos o acciones. Se creía que esto era beneficioso en un principio para los agricultores del Medio Oeste norteamericano: si el precio de las acciones caía en el momento de la cosecha, el agricultor estaba protegido; si subía, ganaba el inversor. Pero, sigue explicando Ziegler:

«En la década de 1990 estos activos comenzaron a utilizarse para especular en lugar de cumplir el objetivo de medida preventiva. Heiner Flassbeck, economista jefe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), estableció que entre 2003 y 2008, la especulación en torno a las materias primas que utilizan los fondos índice (Los fondos índice son fondos de inversión de renta variable que tratan de replicar el comportamiento de un índice bursátil. ), aumentó en un 2300%. Al finalizar este período, el repentino aumento del precio de los alimentos básicos provocó disturbios por los alimentos en 37 países. La televisión mostró imágenes de las mujeres haitianas en los tugurios de Cité-Soleil haciendo tortitas de barro para alimentar a su hijos. Se produjeron disturbios en las ciudades, saqueos y protestas de cientos de miles de personas en la calles del El Cairo, Dakar, Bombay, Puerto Príncipe y en Túnez, pidiendo pan para sobrevivir, algo que acaparó las portadas de los medios de comunicación.»

A mí me parece que esto no ha hecho más que empezar: la especulación con las deudas soberanas ya debe haberles dado suficientes beneficios y es un negocio que puede devenir incierto. Las puertas de la educación y la sanidad, que los capitales pugnaban por abrir desde hace décadas, ya están abiertas a sus «inversiones». Pero la tierra y su propiedad (el tabú más intocable de los estados, de la república contemporánea), la necesidad fundamental del alimento es un negocio tan rotundo que, pese a la conseja popular de que con las cosas de comer no se juega, van (quienes sean, cualesquiera que sean sus rostros y nombres propios, ellos, los mercados como se les llama ahora; los de siempre, ese 1 por ciento que nos ha declarado la lucha de clases unilateral, los amos del mundo) a persistir en esta sucia especulación. Mercados de futuros equivale, pues, a hambres futuras. Espero haber ayudado al lector a comprender la urgencia e importancia de saberlo, de incorporarlo a nuestros centros de atención tan aturdidos en el ruido informativo de este tiempo atroz.

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Los futuros del hambre

Leer o escribir sobre el soporte de la vida, los elementos que nos sustentan como el agua o la tierra y los alimentos que obtenemos de ella, es algo que me provoca algo así como un temblor y un pudor a la vez que me vuelve sentimental -más de lo que lo soy habitualmente- e irascible. No hay nada más terrible que la sed o el hambre, ni más incomunicable. Sobre el agua escribí en 2011 Sangre de la tierra, a propósito de Óscar Olivero, el aymara boliviano protagonista destacado de la «Guerra del agua» que en el 2000 trajo a los medios españoles este problema angustioso.

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Lourdes Benavides, responsable de Justicia Económica de Intermón Oxfam (Fuente de fotografía y pie de foto: http://ethic.es)

Según cuentan (por ejemplo, BBC Mundo aquí), la reducción a la mitad el número de personas que pueden acceder a agua corriente tratada es el primer Objetivo del Milenio que se ha conseguido. Un alivio; aunque pasajero: unos 800 millones de personas siguen bebiendo agua sucia, un 40% en el África subsahariana.

Pero hace mucho tiempo que quería escribir sobre la tierra, los alimentos y el hambre. Concretamente desde que descubrí, leyendo el Carpe diem de Saul Bellow, que existe en Chicago desde tiempo inmemorial una bolsa de futuros en la que se especula con los precios de productos agrícolas y de alimentos en general. Más exactamente, con derivados financieros: enseguida intentaré explicar al lector de qué va eso, que tanto está teniendo que ver con el encarecimiento artificial de muchos alimentos básicos y con el hambre que está provocando.

El protagonista de esta novela menor de Bellow se llama Wilhelm, es un actor fracasado, divorciado y arruinado que acaba invirtiendo 700 dólares -el único dinero que le queda- en acciones de mantecas de cerdo (y no en cereales, que era su primera intención) por consejo de un lunático psiquiatra, el doctor Tomkin, que presume de la naturaleza científica de la inversión en bolsa. Yo me quedé sorprendido al leer, por ejemplo, la respuesta de Tomkin a la nerviosa petición de Wilhelm de acudir a la bolsa a primeras horas de la mañana: «Pero hombre, si ni siquiera son las nueve (…). En cualquier caso le digo que la manteca va a subir, y subirá. Se lo prometo. He hecho un estudio del ciclo culpabilidad-agresividad que hay detrás de todo esto. (…) Pero entre tanto esta semana nos han dado una buena tunda -observó Wilhelm- ¿Se fía usted completamente de su corazonada?» Y le responde Tomkin: «A mí la tunda me la han dado en pieles y café. Pero tenga confianza. Estoy seguro de que acabaré acertando». En esta novela entendí yo, traducido a un contexto cotidiano, lo que se llamó «capitalismo popular» desde la era Tatcher y que se nos presentaba a los europeos como el nuevo paradigma de la sociedad neoliberal que se inauguraba. Muchos de los lectores recordarán más tarde, en esta España de los frutos tardíos, la invitación que se nos hacía a los españoles, en los años neoliberales de Aznar, a invertir en bolsa nuestros ahorros, sin ningún complejo.

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¿Qué impacto tuvieron los precios globales de los alimentos en la grave crisis en Somalia, Kenia o Etiopía? Decenas de miles de personas han fallecido en Somalia como consecuencia del hambre, cuatro millones están aún en situación de riesgo y necesidad de asistencia a lo largo y ancho de toda la región.(Fuente de fotografía y pie de foto: http://ethic.es)

Después descubrí que no sólo existe ese mercado de derivados agrícolas en el Chicago de Bellow, sino que, en Europa, hay tres grandes bolsas donde se especula con «futuros» de materias primas cuyas cotizaciones dan lugar a grandes beneficios: las de Londres, París y Fráncfort. Antes de que la financiarización galopante del capitalismo que padecemos lo pervirtiera, los contratos de futuros eran una práctica común y beneficiosa para los agricultores, que podían asegurar de este modo el precio de sus cosechas con antelación, frente a las contrariedades imprevisibles del azar. La especulación con el futuro, por otro lado, es intrínseca a la economía capitalista: recuerde el lector la «t» de las reglas del interés que aprendíamos en el colegio (también los estados, naturalmente, manejan el futuro como un dato inmediato de la realidad que nos construye: hoy mismo se puede leer en la prensa que el Tribunal Supremo ruso ha dictado una sentencia en la que prohíbe las convocatorias del «Día del Orgullo Gay» ¡durante 100 años!)

Como quiera que últimamente aumenta la frecuencia de noticias sobre la subida alarmante de precios de alimentos básicos como el arroz, los cereales o el mismo maíz norteamericano, hasta el punto de que -aunque discretamente, como siempre- obligó al Grupo de los 20 a convocar un reunión extraordinaria hace poco para examinar la situación, voy a intentar explicarle al lector, en la medida en que pueda saber hacerlo, qué siniestra relación hay entre estas bolsas de futuros, el precio de los alimentos y el hambre creciente en el mundo.

En primer lugar, lo más llamativo y gordo: según el Instituto Internacional de Política Alimentaria, desde 2006 a 2009, entre 15 y 20 millones de hectáreas de tierras agrícolas en los países pobres han sido objeto de transacciones o adquisiciones por países extanjeros (el caso de China ha sido el más citado, pero hay muchos más, entre ellos, países europeos), lo que es equivalente a la quinta parte de todas las actuales tierras agrícolas de la Unión Euorpea. Según Vicente Verdú (La hoguera del capital, p. 129), «esto coincide, de acuerdo con L’Economist (23-5-2009), con el aumento del índice de precios de los alimentos en un 78 por ciento, y con que algunos productos como la soja y el maíz subieran en un 130 por ciento». La relación parece clara.

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Inmortal Pangloss o la necesidad de una ética radical (y 2)

«Radical» viene de «raíz», de modo que una ética radical es aquella que busca, para clarificarse, tomar conciencia de sí misma y transformarse en acción, busca discernir su propia raíz que, en nuestro caso, es la indagación crítica de lo que nos mantiene apegados a un comportamiento egocéntrico y no alocéntrico, no altruista, pese a la tan extensa e intensa experiencia compartida del dolor humano a que eso nos ha llevado.

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Prisioneros de la escena: la visualización de lo que entendemos por una ética radical.

Pero este examen requiere de dos axiomas: la superioridad de la ética altruista, de una moral que incorpore el procomún como única unidad de medida para adecuar medios y fines en nuestro hacer, y la solidaridad (o hermandad o apoyo mutuo, por usar otros términos algo menos desgastados).

Por otro lado, es necesaria la ampliación del campo de discusión, la búsqueda de un horizonte, más amplio y menos asfixiante, que abarque junto a la humanidad -desde la primera vida intrauterina hasta la muerte y las maneras de morir-, la Tierra -cuna y tumba- y los demás seres vivos que la comparten con nosotros. Esto implica que cualquier reflexión ética, si queremos que sea válida para nuestro tiempo, y que aspire a ser «verdadera, buena y hermosa» -como quería el ideal griego-, debe acoger necesariamente en su seno las verdades que el pensamiento ecologista y animalista han descubierto sobre el mundo y la vida.

La superioridad de una ética altruista se puede demostrar, como hace Carlos París, por razonamiento negativo: El mismo interés que muestran en hacer pasar por tal quienes quieren hacer de la moral egocéntrica el motor del mundo, con mentiras como las del neoliberalismo -el egoísmo de unos pocos redunda en beneficio para todos, una reforma laboral que sólo facilita el despido pero que se presenta como creadora de trabajo- lo confirma. En la filogénesis de la conciencia humana, el altruismo y el apoyo mutuo aparecen como un valor superior, una aspiración ideal que ha ido plasmándose en creencias religiosas y movimientos intelectuales, sociales y políticos, sin interrupción en la evolución de la especie. Como corolario, tenemos la encarnación de esa moral alocéntrica en un rosario interminable de héroes, cotidianos o excepcionales, o santos, religiosos y laicos, que ejemplarizan esta moral radical. Una ética justiciera e igualitaria posee una racionalidad visible en el hecho de que responde al crecimiento y evolución de nuestra autoconciencia humana, en su lucha contra el instinto primario de la violencia. Kant dejó asentada esa racionalidad, en estos términos, en su defensa de la paz universal activa.

En cuanto a la idea de una humanidad ampliada, tiene fuertes consecuencias prácticas, que estamos viviendo con especial intensidad en el mundo contemporáneo: la inclusión de la vida prenatal y de la muerte en la filosofía del límite de Eugenio Trías (el debate vivo sobre el aborto y la eutanasia, por ejemplo, son solo una parte), la incorporación de la mujer, el niño y el anciano, y sus ámbitos de pensamiento y vida diferenciados, en la necesaria salida de su secular vida invisible y azarosa a la luz y la conciencia social. También la extensión del pensamiento ético a las otras especies vivas y de la Tierra, no sólo considerada como nuestra cuna y tumba sino -tal sostiene la teoría de Gea de Lovelock– como un superorganismo vivo del que formamos parte.

Pero este humanismo rediseñado, liberado y expandido en todos sus límites actuales, choca con un gran obstáculo, que es el que nos exige el adjetivo «radical» aplicado a la ética, como hace con tanto tino Carlos París. Al leer su libro, descubrí una fórmula de denuncia, en realidad una metáfora para explicar esa enorme piedra en el camino, a la que yo había llegado por otro lado hace unos años (el lector curioso puede leer a este respecto, por ejemplo, mi penúltimo artículo en La Opinión, en mayo de 2010, «Prisioneros de la escena»). Alegorizada la vida humana con una representación teatral, debemos imaginar a los actores representando no un texto previamente escrito sino una improvisación condicionada por el escenario. Carlos París recordaba un subgénero olvidado de nuestro teatro barroco, la invención, que respondía a esas características: cambios arbitrarios del escenario que obligaban a los actores a adaptar a ellos sus intervenciones. Yo prefería la potente imagen poética de un verso del jerezano Carlos Álvarez (de su libro Aullido de licántropo) en que un imaginario y contemporáneo hombre-lobo afirmaba desesperanzado: «Puede cambiar el marco de la escena / pero siempre seré su prisionero»).

Partamos de las ideas marxistas de superestructura e infraestructura, como hace Carlos París, o de la potencia metafórica de la poesía de Carlos Álvarez, como hacía yo, las consecuencias son las mismas: la influencia determinista de la escena (modo de producción económico, imaginario colectivo, medios de comunicación, propaganda y publicidad, comunicación no verbal, técnica…) que el viejo profesor enamorado del Pozo del Tío Raimundo abstrae y sintetiza en la tecnosfera, la logosfera y la etosfera, es la que determina y modifica nuestra conciencia y comportamiento, la que explica nuestra resignación o nuestra rebelión ante el dolor y el sufrimiento ajeno, tanto como la infelicidad propia…

Una ética radical debe, pues, empezar por una evolución de la conciencia, enfrentada al escenario que la constriñe, condiciona y limita (agónica, en el sentido unamuniano), pasar a la vez por la rebelión contra el lenguaje y el pensamiento que la conforma, y traducirse, finalmente, en actos encaminados a modificar el «marco de la escena» que nos aliena. O dicho de otra manera: la ética como política, en el sentido más radical y honorable que el amigo y paciente lector pueda imaginarse el término «política».

Hoy mismo veo confirmada la intuición con que empezaba esta serie de que el crecimiento de artículos en los que predominaba la reflexión ética, en concreto en diario El País, parecía llevarnos a la génesis de un cambio de perspectiva (la incorporación del pensamiento ético a la razón común) con la publicación de dos artículos más, en el mismo diario, en esa línea. Uno es de Reyes Mate, sobre un tema al que ha dedicado mucha atención siempre: la culpa política y la culpa moral, a propósito en esta ocasión de las entrevistas que están teniendo lugar entre victimarios y víctimas de crímenes terroristas de ETA en Manglares de Oca. Reyes Mate tiene una cabeza muy bien ordenada y su exposición es, en consecuencia, clara y pedagógica. Se puede leer con provecho su inquisición sobre la función o utilidad de estas entrevistas, que no es otra que propiciar el nacimiento del ámbito de la culpa individual (el sufrimiento personal consecuente, y el arrepentimiento) y del perdón («el asesino es más que su crimen»). Como conclusión de todo ello, según se nos deja adivinar en el artículo, está la presumible toma de medidas de reinserción de estos presos en un futuro cercano.

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Adelson presentando su proyecto en Madrid

El otro es un texto de Rafael Sánchez Ferlosio (Luz de neón) sobre la azarosa -vergonzante y vergonzosa- ubicación de Eurovegas, actualidad que también era objeto de crítica por parte de Francisco Rubio Llorente hace una semana, según se recordará de la referencia que a él hacíamos en la primera entrega. de esta reflexión. La comparación entre los dos enfoques nos puede servir a nosotros, también, de corolario final. Era la cosa que Rubio Llorente criticaba sobre todo el olvido de los valores morales de los políticos regionales y locales implicados, en situación de gobierno y de oposición en la definitiva ubicación del supercasino, lo que para él, además, era un error político. Ferlosio, sin mencionar en ningún momento términos relacionados con la ética o la moral, adopta, sin embargo, esta perspectiva del escenario, de ética radical que defendemos aquí. El escenario que dibuja es geográfico y político: las Vegas fue construido en un desierto del estado de Nevada, lejos de cualquier población. Una legislación muy restrictiva -en la se incluía un referéndum- obligó a hacerlo así. Nuestro Eurovegas, por el contrario, pretende erigirse a cinco kilómetros de Madrid o Barcelona. El escenario político es, por otro lado, la elección de España por nuestra voluminoso índice de paro, es decir, la escena perfecta de un chantaje. Una joya periodística escrita de forma transparente desde una ética (y estética) radical con cuya evocación acabamos, por ahora, esta serie. Tal vez aún quepa apurarla más adelante, porque, lejos de la especulación más o menos académica a que pueda sonar, como habrá comprobado el lector atento, tiene que ver más bien con nuestra misma vida cotidiana y nuestros actos, nuestros apuros, confusión y agobios.

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Inmortal Pangloss o la necesidad de una ética radical

Pangloss, el inmortal personaje de Voltaire que siempre veía en el status quo el mejor mundo posible, simplemente porque podría haber otros peores, representa, en relación a lo que aquí pensamos, el paradigma de la inmoralidad, de la pérdida de una ética compatible con la condición humana tal como la entendemos hoy. Es Pangloss redivivo, por ejemplo, quien pretende en estos días extraer una moralina, social y política, del supuesto espíritu de equipo de los futbolistas españoles que acaban de ganar la Copa de Europa, Se trata de la última versión de esa suerte de consigna de «juntos podemos», que ya vimos aparecer, con menos escándalo, cuando se declaró oficialmente como «crisis» todo este conjunto de penurias con el dinero en las que andamos tirando la mayoría.

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Pangloss adaptando el mundo a su medida: una ética de diseño

Entre los que entonces quisieron confortarnos los ánimos estaban, según creo recordar, representando el espíritu de equipo (hoy ya vamos sabiendo hasta qué punto), la gran banca y los grandes empresarios españoles. Hasta una página web inauguraron con la animosa consigna, con las albricias del panglosiano ex presidente Zapatero.

Lo que ocurre es que el Pangloss imaginario era un inmoral inconsciente y risible, y por ello, perdonable; pero me temo que no sucede lo mismo con los que ahora, el presidente del gobierno a la cabeza, quieren meter, con un embudo moralizante, en el imaginario popular español que el trabajo en equipo de un grupo de futbolistas multimillonarios puede ser un ideal colectivo, un modelo ético. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Por no mencionar el grado en que el fatuo mundo del fútbol contribuyó a la burbuja financiera en Europa. Cuánto cinismo; tanto como el que delataban unas cuentas que hizo el diario Público el 8 de diciembre de 2007, que mostraban cómo, de los 133 alcaldes acusados de alguna irregularidad antes de las elecciones municipales de ese año, el 70 por 100 volvió a ser elegido para ocupar el cargo. Democracia panglosiana. Buen rollo en el mejor de los mundos posibles.

Sin embargo, una cierta hartura de esta falta de ética y cara dura, aceptada tan resignadamente por todos durante estos años de plomo, empieza a notarse y a trascender, no sólo en los corros incansables del 15M, sino en los medios periodísticos y judiciales. Un leve cambio de perspectiva, si quiere el lector, una ligera brisa de aire de pensamiento fresco en el país más panglosiano de Europa. No me refiero tanto a esos desfiles de imputados en el desfalco de Bankia, que hemos visto hoy en los telediarios con Rato a la cabeza, de entre los que gozan de merecida fama. No: ese desfile acabará pronto, me temo, olvidado o difuminado entre recursos, apelaciones, legajos, polvo, olvido. Los delitos de guante blanco, ya sabemos. No, me causa más sorpresa la coincidencia en estos días de, al menos que yo haya leído, dos artículos publicados en El País que tienen en común una reivindicación del pensamiento ético como condición imprescindible para abordar la cosa. No es nada novedoso, ya lo sé, y quizá únicamente se deben al mes de julio: la canícula es adecuada para la lectura reflexiva (agosto es el mes de los relatos literarios), según reza el tópico de la prensa en verano. O tal vez es sólo la pachorra tonta y blandita que entra con la calor, o las ganas que tiene uno de ver algunas luces donde, a lo peor, sólo están las sombras de siempre.

Pero en fin, sea como sea, vamos al cuento. Uno de los artículos a que me refería es de Adela Cortina, que lo tituló como Ética en tiempos de crisis. En el tono de bonhomía habitual en ella, sintetiza de maravilla la «filosofía» neoliberal y panglosiana con un refrán que yo no conocía: «todo lo que no son cuentas son cuentos», y reivindica el enfoque ético de la economía política con argumentos sensatos pero ingenuos, pues todo queda reducido a la esperable petición de responsabilidades, transparencia y ejemplaridad en la vida pública. Es decir, la perspectiva tradicional que limita la moralidad al comportamiento individual. Más intencionado, pero con las mismas limitaciones en el fondo, es el artículo que el prestigioso constitucionalista Francisco Rubio Llorente dedicó a relacionar el «nuevo modelo productivo» (que de «nuevo», como él mismo dice, no tiene nada) con la mezquina disputa entre las autoridades de Madrid, Barcelona y Valencia -que se sepa- por atraer a sus demarcaciones esas Vegas europeas que Sheldon Adelson, el magnate de la «industria del vicio» de Nevada, está decidido, con empeño sospechoso (sospechoso por el prejuicio fundado que pueda tener respecto a nuestros gobernantes), a instalar en nuestro país.

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I+D+I según Forges

La profunda inmoralidad de esto es, en las claras palabras de Rubio Llorente: la «alborozada disposición» de nuestras autoridades a «darle cuanto pida y aún más. Y según las informaciones de la prensa, lo que pide no es poco: edificabilidad sin restricciones en los terrenos elegidos, vías de acceso, servicios de agua y energía, exención de impuestos y cuotas a la Seguridad Social, supresión de trabas en el mercado de trabajo, en la inmigración y en el mercado de capitales». Y termina con esta contundente afirmación: «Forzados a hacer todos ellos (nuestros gobernantes) la misma política económica y social, habían intentado mantener sus diferencias ideológicas en el campo de los valores morales: por ejemplo, ampliando la libertad de la mujer gestante para abortar o, por el contrario, restringiéndola para protegerla así de la presión social que induce al aborto. Si dejan de lado la moral a la hora de optar por el nuevo modelo productivo, nadie podrá nunca volver a tomarse en serio su preocupación por los valores».

En Rubio Llorente hay una mayor intuición que en Elena Cortina respecto a la correcta perspectiva que debe adoptar la ética si queremos que sea realmente valiosa y útil para ayudarnos a salir del planeta panglosiano. Esa mayor lucidez nos parece verla en que no quiere reducir la ética a las relaciones interpersonales, a un acto de la voluntad, sino imbricarla en el nuevo modelo productivo. Pero, al reducirlo todo al final a un simple error de cálculo político, tampoco aparece en su reflexión la reclamación de lo que Carlos París llama una ética radical, la única que podría salvarnos. Si el paciente lector me acompaña hasta el final en este rosario de razones, en la segunda entrega de esta larga entrada, entenderá por qué.

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La raíces del fraude (A propósito del señor Lemus y las cotorras)

El País, que lleva unos días tratando la noticia en sus páginas, también editorializa hoy sobre el fraude científico cometido, al parecer, por Jesús Ángel Lemus, un investigador del CSIC, veterinario experto en aves exóticas, que trabaja desde hace tiempo en la estación biológica de Doñana. Como los lectores del blog seguramente saben, fueron las autoridades sanitarias, alarmadas por un estudio firmado por este científico en el que afirmaba haber descubierto un virus en cotorras de Doñana capaces de contagiar a humanos, las que hicieron saltar la primera alarma. En las navidades pasadas, un grupo de jefes y colegas de Lemus lo denunciaron ante el Comité de Ética del CSIC que ha encontrado sospechosas de fraude 24 estudios en los que aparece como autor o coautor.

Pinocho
Pinocho científico (http://scientia1.wordpress.com)

El caso es muy entretenido tanto por el desparpajo de este investigador, que se otorga estudios totalmente inexistentes, detallados sin embargo con sumo detalle en cuanto a sus títulos, fecha y revista -siempre minoritarias y elitistas, difícilmente accesibles, en inglés, sobre temas superespecializados e intrascendentes, en realidad- en las que supuestamente habían sido publicados los resultados de sus sesudas investigaciones. Lo más llamativo quizá, casi en el ambiente de la novela negra, es la aparición de otro científico, Javier Grande, que figura como coautor de muchos de esos estudios y que, literalmente no existe. Mejor dicho, sí existe un veterinario de ese nombre, que compartió estudios con el tal Lemus, pero que dirige una clínica de animalitos convencional, que no ha investigado nada en su vida y que asegura no haber visto a nuestro avispado experto en aves exóticas, su antiguo compañero de estudios, en cerca de veinte años.

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Cotorras urbanas

Otra cosa son las conclusiones que, tanto en el texto editorial de hoy como en las otras crónicas o gacetillas que El País le ha ido dedicando al asunto, se quieren extraer de este caso, otro más, de fraude científico. Son las esperables condenas a la ambición personal de este pájaro, es decir, la reducción de todo a un desdichado episodio privado, y la llamada a la necesidad de un mayor control sobre la originalidad o veracidad del material editado por estas publicaciones de carácter científico (que, verdaderamente, son muchísimas e inflacionarias y muchas,sorpresivamente, de poco o ningún interés ni trascendencia social). Pero aquí pensamos que lo más interesante de la noticia queda, como siempre, en la sombra del fondo de la escena.

Veo, por un lado, una epifanía más del modo de producción capitalista aplicado al mundo de las ciencias: la necesidad de crecimiento -cancerígeno, acelerado: como ocurre con las mercancías, los beneficios, las «experiencias»…- connatural, pues, a esta «economía del conocimiento» regida por la ley de la productividad. Que afecta, por supuesto, a los mismos científicos, que necesitan multiplicar ad nauseam el número de sus publicaciones, citas, ponencias, especializaciones, etc. La aparición de los atajos, del camino fácil, es, así, tan natural y casi necesario, desde esta perspectiva, como en el mundo empresarial lo son la corrupción política o la picardía del timo y el engaño. Como todo esto se multiplica en climas morales tan deteriorados como el que vivimos, es de suyo que la primera víctima del fraude haya sido la verdad y la confianza; como lo ha sido, por otro lado, en los bancos, en la política o en la mismísima religión (¡todo un cardenal católico, como nuestro Rouco, chantajeando al gobierno con el apalancamiento de Cáritas ante la mera posibilidad de que la Iglesia tenga que pagar el IBI!)

Cathedral And The Bazaar Book Cover 194x300Está, por fin, la contradicción entre dos modelos de conocimiento que chocan continuamente, y que lo harán con mayor estridencia a medida que la guerra universal tecnológica avance en el número e importancia de sus escaramuzas y batallas. Esta contraposición entre dos paradigmas la expuso con claridad y acierto poco habitual, hace ya muchos años, Eric S. Raymond en su La catedral y el bazar. Si bien su larga y lúcida reflexión gira en torno al mundo del desarrollo de software (y en concreto, la admirable génesis del kernel linux) la metáfora es extensible al paradigma científico y del saber en general.

La catedral evoca la construcción cerrada y vertical, jerárquica y hermética: piénsese en las misteriosas cofradías de constructores nómadas de catedrales, y en su férrea defensa del secreto; evóquense las leoninas licencias que Microsoft ha impuesto e impone a sus usuarios, el secreto de sus desarrollos y las funestas consecuencias: los continuos y frustrantes errores de sus programas. Frente a la catedral, está el bazar: miles de programadores de todo el mundo desarrolando sofware en sus ratos libres para provecho del procomún. Es un tópico, en este mundo de la creación comunal de conocimiento, que no hay error que resista a miles de ojos escudriñando para encontrarlo; entre tantos, siempre hay uno más listo, o ciento, que lo ve. Eche a volar la imaginación el lector con la abrumadora masa de conocimiento y divulgación que la Wikipedia ha aportado al procomún humano contemporáneo; compruébese el derroche de puntillosidad en las discusiones encontradas entre autores anónimos de un mismo artículo, en busca de verdad u objetividad; la pasión y generosidad que late en muchos de ellos, que transmite su lectura; el destello de placer de la inteligencia compartida puesta a trabajar…

El fraude de Lemus es un subproducto del paradigma del saber de la catedral, y no tendría lugar en el modelo del bazar o procomún. Como también lo fue el fraude sonado de aquel Hwang que, en la locura de su mentira, decía que lo de la clonación humana estaba chupado para él, y publicó en Nature, o alguna de esas revistas de alta alcurnia, sus fabulaciones; o el fraude de tantos que no conocemos y que tal vez no conoceremos nunca, amparados en la difuminación de la identidad y la facilidad para la suplantación de los modernos medios electrónicos y de internet y sus abismales bases de datos; pero todos acuciados, sobre todo, por la neurosis productiva del capitalismo, tan manifesta ya, para nuestra desgracia, en el saber humano honesto, útil, libre, compartido, felizmente improductivo.

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Ante la ley: interpretaciones y un corto

Tiene razón Pepa en su comentario. Yo, la verdad, me dejé llevar, en la sugerencia sobre el Infante consorte, por el tremendo final de la parábola: cuando el guardián le «ruge» al oído del moribundo campesino, que aquella puerta sólo estuvo abierta para él y que, tras su muerte, la cerrará. Es decir, que pese al carácter atemporal e inexorable con que se nos presenta la Ley, es un producto histórico y sus efectos y aplicación, desde luego, son personales. Pensemos, por poner sólo un caso cercano, en la ley que ha diseñado la Reforma Laboral en curso: se presenta como producto natural de la necesidad histórica, como si no tuviera autor ni voluntad conocidos, como surgiendo de detrás de esa puerta tras la que sólo hay guardianes. Pero la reflexión, las interpretaciones de este texto, absolutamente elíptico, van mucho más allá.

Hay un lectura política inmediata (que es parecida a la tentativa que ensayé en el último de mis Quince Asaltos, «Tirarse al monte», al evocar el sinsentido de los estados y su Ley si los guardianes abandonaran sus puestos… O en el primero, con Pedro Picapiedra, desesperado y aporreando la puerta de la Ley que a él lo echaba de su propia casa.) y es la de que en el lugar de la Ley no hay nada. Que precisamente por eso, se necesitan tantos y terribles guardianes que custodien esa nada que decide, sin embargo, nuestras vidas. La Ley es sus guardianes.

Hay, también, una interpretación metafísica: la Ley es el Ser, que, inaccesible y secreto, oculto en el gran templo vacío, hizo nacer la pregunta filosófica por excelencia, la misma que provoca la espera angustiosa del campesino, hasta quedar casi ciego, empequeñecido, hasta su propia muerte tras la que la puerta abierta se cierra.

Y aun tiene el texto -Derrida se recrea en ello- una derivada literaria: la Ley es la ley del texto mismo, en relación a la literatura (con su propia Ley, con sus propias leyes históricas) y, sobre todo, en relación al lector. El lector es el campesino, que quiere descubrir el sentido último del relato. El guardián es el propio título, o un enviado del autor, que no niega la entrada a la sede de la respuesta: nunca dice que no, la puerta está abierta; sólo dice «aún no»; el sentido exige tiempo, se difiere, pero no se cierra ni desaparece…

Da mucho de sí, para meditar un rato, este mínimo relato de Kafka. He encontrado, para terminar, este cortometraje, de José Luis González Linares, que fue seleccionado en 2009 en el New York short film festival. Está basado directamente, como podréis ver, en este misterioso y desolado texto de Kafka. Me parece muy sugerente la traducción urbana que hace González Linares del diálogo entre el campesino y el guardián de este «relato sin relato» tan enigmático; también el blanco y negro ayudan, o la música o el viento, y hasta el estimable trabajo de los actores, a la evocación contemporánea de la intemporal escena kafkiana.

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Ante la Ley

He vuelto a encontrarme, al cabo de los años, con un cuentecito (o apólogo, mejor; o tal vez, parábola) de Kafka que apareció en vida del autor en el volumen de relatos titulado Un médico rural. Tras su muerte, se publicó inserta en el capítulo noveno de El proceso. Lo he vuelto a leer al albur de la lectura de otro libro -un buen lector descansa de un libro leyendo otro-, la transcripción de unas conferencias del filósofo francés Jacques Derrida sobre los límites y contradicciones de la capacidad y acto de juzgar (editadas en forma de libro por Avarigani con el título de Prejuzgados). Derrida lo transcribe entero -es muy cortito- y a mí me ha apetecido hacerlo también aquí, por si los amigos del blog no lo conocen.

Fotograma de "El Proceso"
Fotograma de "El Proceso" (1962), de Orson Wells
Uso, sin embargo, no la versión más difundida en castellano, sino la traducción que realizó Jorge Luis Borges -el mejor escritor kafkiano en español- en 1938, en la revista El Hogar. El apólogo tiene mucha miga, como pueden comprobar enseguida tras leerlo. Y ha generado muchas reflexiones e interpretaciones. Desde la extensa e inteligente indagación que dedicó Lorenzo Silva al Derecho en la obra de Kafka, en su cuarta entrega -donde explica que esta parábola entraría, junto a El Castillo, en el ciclo de la búsqueda de redención o acogida en la obra del autor checo- hasta una pequeña redacción escolar de 2009, que he encontrado en un blog del complejo penitenciario de Devoto, en Buenos Aires; supongo que escrita por algún preso. Nada más kafkiano

Como kafkianos son los múltiples procesos en que anda enmarañada de siempre la actualidad española. Invito a los lectores a escribir, tras la lectura del relatito de Kafka, un comentario sobre esa otra espera ante la ley -esperemos que no tan larga como la del personaje del apólogo…- del conocido miembro morganático de la familia real española. Y sin más, el cuento:

Ante la ley

Hay un guardián ante la Ley. A ese guardián llega un hombre de la campaña que pide ser admitido a la Ley. El guardián le dice que ese día no puede permitirle la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si luego podrá entrar. «Es posible», dice el guardián, «pero no ahora». Como la puerta de la Ley sigue abierta y el guardián está a un lado, el hombre se agacha para espiar. El guardián se ríe, y le dice: «Fíjate bien: soy muy fuerte. Y soy el más subalterno de los guardianes. Adentro no hay una sala que no esté custodiada por su guardián, cada uno más fuerte que el anterior. Ya el tercero tiene un aspecto que yo mismo no puedo soportar.» El hombre no ha previsto esas trabas. Piensa que la Ley debe ser accesible en todo momento a todos los hombres, pero al fijarse en el guardián con su capa de piel, su gran nariz aguda y su larga y deshilachada barba de tártaro, resuelve que más vale esperar. El guardián le da un banco y lo deja sentarse junto a la puerta. Ahí, pasa los días y los años. Intenta muchas veces ser admitido y fatiga al guardián con sus peticiones. El guardián entabla con él diálogos limitados y lo interroga acerca de su hogar y de otros asuntos, pero de una manera impersonal, como de señor poderoso, y siempre acaba repitiendo que no puede pasar todavía. El hombre, que se había equipado de muchas cosas para su viaje, se va despojando de todas ellas para sobornar al guardián. Éste no las rehusa, pero declara: «Acepto para que no te figures que has omitido algún empeño.» En los muchos años el hombre no le quita los ojos de encima al guardián. Se olvida de los otros y piensa que éste es la única traba que lo separa de la Ley. En los primeros años maldice a gritos su destino perverso; con la vejez, la maldición decae en rezongo. El hombre se vuelve infantil, y como en su vigilia de años ha llegado a reconocer las pulgas en la capa de piel, acaba por pedirles que lo socorran y que intercedan con el guardián. Al cabo se le nublan los ojos y no sabe si éstos lo engañan o si se ha obscurecido el mundo. Apenas si percibe en la sombra una claridad que fluye inmortalmente de la puerta de la Ley. Ya no le queda mucho que vivir. En su agonía los recuerdos forman una sola pregunta, que no ha propuesto aún al guardián. Como no puede incorporarse, tiene que llamarlo por señas. El guardián se agacha profundamente, pues la disparidad de las estaturas ha aumentado muchísimo. «¿Qué pretendes ahora?», dice el guardián; «eres insaciable», «Todos se esfuerzan por la Ley», dice el hombre. «¿Será posible que en los años que espero nadie ha querido entrar sino yo?» El guardián entiende que el hombre se está acabando, y tiene que gritarle para que le oiga: «Nadie ha querido entrar por aquí, porque a tí solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla.»

Franz Kafka

(Versión de Jorge Luis Borges, 27 de mayo de 1938, publicada en El Hogar)

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