El rey y los doce sátrapas

Los lectores recordarán, acaso, el chiste del borracho y la farola que traía a colación en la entrada Democracia y populismo (1) como clave simbólica del populismo, tal como lo hacía Slavoj Žižek, aunque con una intencionalidad diferente, En tal chiste, un borracho que volvía a su casa de noche perdió su reloj y se puso a buscarlo.Mass Media 300x225 Pero, como no veía nada por la oscuridad, se puso a buscarlo bajo una farola, muy lejos del lugar en que lo había perdido. Uno que había presenciado la escena, le preguntó por qué lo buscaba allí y no en el sitio adecuado, a lo cual respondió el borracho que en la farola había luz. La historieta facilita mucho la comprensión de por qué tanta gente prefiere las explicaciones sencillas, en blanco y negro, en términos amigo / enemigo o los míos / los tuyos y da de lado los matices, las razones laboriosas, las sutilezas, los relativismos: están en la zona oscura, aunque sea justamente ahí donde hay que buscar. La anécdota real del rey y los doce sátrapas habla de eso.

Pues bien, el otro día me vi metido en una conversación de bar, de esas que acaban con nuestro castizo «esto lo arreglaba yo…», que me hizo recordar de nuevo el chiste de marras. Decía mi paisano, tras despotricar sobre cómo está la cosa, en su variante exitosa de hay que ver lo que gastan los políticos: «Esto lo arreglaba yo dándole todo el poder al rey, quien, a continuación, nombraría un número limitado de gobernadores regionales o provinciales -esto no lo tenía claro, ni su cantidad, aunque para sus cuentas no pasarían de 12 o 15- y un número limitado de alcaldes para las ciudades más grandes. Las pequeñas se tendrían que federar para tener alcaldías» Y así, a la luz cegadora de la farola de un cómic o de un drama barroco, o de un videojuego -vaya usted a saber- recortó mi amigo de tal manera el gasto político. Si traigo la anécdota aquí como motivo de reflexión no es para quejarme de la incultura política o el desconocimiento histórico de que hacía gala mi interlocutor.Satrapias 273x300

No, sería demasiado fácil. Este régimen de satrapías ucrónicas que mi amigo arbitrista ofrecía como solución política no es tan excepcional ni risible como a primera vista puede parecer. Con las variantes adecuadas, era la solución política ideal para millones de súbditos en las sociedades con regímenes totalitarios, antiguas o modernas. Me parece ver ejemplificada en la anécdota, en primer lugar, la diferencia que estableció Ortega y Gasset entre creencias e ideas. Creencia es aquello con lo que contamos (por ejemplo, que el sol va salir mañana, que hace falta un jefe para que un grupo humano funcione sin matarse) mientras que las ideas resultan de pensar en algo, sobre algo. Mi amigo no pensaba, sino que extrapolaba una consigna gubernamental, un lugar común (los políticos derrochan, así que disminuyamos su cantidad) y recurría a una creencia muy arraigada (mucho poder en pocas manos facilita el gobierno). Las creencias están justo debajo de la farola, las ideas están en la zona en penumbra de la calle.

Mi amigo, además, está solo, como lo estamos todos, desde que desapareció lo que Hannah Arendt llamaba «la esfera pública». Como ella afirma también: «La experiencia en la que se funda el totalitarismo es la soledad. Soledad es ausencia de identidad, que sólo brota en la relación con los otros, con los demás». El totalitarismo quiere organizar a las masas (no a las clases ni a los ciudadanos) y la «masa» está formada por individuos aislados y gregarios, sin capacidad de organizarse en nada que tenga como fin el bien común. Sólo en torno a símbolos y consignas. Una cosa es complementaria de la otra.

No hay esfera pública, ni debate público: hay individuos aislados y gregarios, que se embotan en cuanto pueden en el hedonismo triste y clónico de las masas de nuestro tiempo, que viven encerrados y protegidos en sus creencias y huyen de la oscuridad de las ideas, que sólo les provocan angustia y aturdimiento. A la utopía administrativa del rey y sus doce sátrapas de mi paisano sólo le falta un enemigo identificable y capaz de suscitar odio, de encarnar en si toda la infelicidad, todo el agobio. El mejor candidato hasta ahora ha sido el emigrante. Si cuajara éste o si surgiera otro, estarían dadas las condiciones objetivas para la epifanía de una renovada y pujante era totalitaria.

Publicado por

Manuel Jiménez Friaza

Manuel Jiménez Friaza

Escritor de obra breve, natural de Osuna (Sevilla), España.

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