Esto que le pasó a Schubert lo llamaba Ortega “conocimiento fantasma”, ese que no adquirimos mediante los datos inmediatos de la realidad sino gracias a otras instancias como, en este caso, la imaginación. En realidad, la mayor parte de nuestro saber es de esa naturaleza, incluido el conocimiento científico o el divulgado por los medios de educación social. Algo nos condena -toda vez que hemos renunciado a guiarnos por nuestros propios sentidos- a entender solo por aproximaciones fantasmales que tranquilizan nuestro espíritu, siempre inquieto y preguntón, a pesar de todo…
Así, calladito, con ese silencioso pasar de las generaciones, se han instalado en sus calles, en sus bares, en sus músicas -porque ya no son las nuestras, de nosotros los que más o menos nos sentíamos herederos de las barricadas del 68, de los existencialismos o los Beatles- otros jóvenes con otros ritos, otras maneras, otras músicas. Y los grupos, que a su modo imitan la forma de crecer de los individuos, han crecido, se han hecho negándonos a nosotros. Y sus cabellos son ahora cortos y erizados o trasquilados y rapados -los nuestros eran más bien largos y desgreñados- y se les ve delgados y fuertes -nosotros ¿te acuerdas? teníamos hasta nuestro poco de tripita de mesa camilla donde leíamos con aquella gana a Marcuse- y ellos, en fin, son lanzados o agresivos, cuando nosotros preferíamos aquella forma tranquila de negarnos.
Pero bueno, que así es la vida, y como quiera que están ahí, tan diferentes y tan parecidos, no es mala ocasión para pensar un poquito sobre ellos. Así, de un plumazo, su indumentaria es guerrera: ropas ajustadas, hechas para el salto, la carrera o la lucha… ¿Contra qué? ¿Contra quiénes? No future, dicen algunos de ellos
En Madrid, para hacer referencia al resto de España, es decir, a todo lo que no es Madrid, se utiliza (o utilizaba, que hace mucho tiempo que no voy por allí) el término “provincias”. Así aparece (o aparecía) en los buzones del edificio central de Correos. En el ambiente teatral se dice (o decía) “hacer una gira por provincias”. Por otra parte, las palabras “paleto” o “cateto” y “pueblerino”, con el matiz despreciativo que todos conocemos, nació en las grandes ciudades para aludir a la gente de procedencia rural. Su significado es connotativo y hace referencia a una cierta torpeza, brusquedad de trato, anacronismo en el vestir. Aún hoy, con la globalización de tópicos, modas y músicas ya muy generalizada.
Ser de pueblo, en las ciudades grandes, ha sido siempre como viajar en un tren de mercancías: una ciudadanía de segundo orden. El hecho no es ni siquiera contemporáneo: arranca de los primeros imperios. En la Roma imperial, poseer la ciudadanía romana era un privilegio negado a los oriundos de las provincias que hacía exclamar a los que la poseían: “civis romanus sum!”, “’¡soy ciudadano romano!”.
Y aquí mi humilde contribución a la celebración gozosa del 8M. Aunque hablar de las mujeres, en favor de su lucha interminable y necesaria, hace tristemente necesario hablar, al mismo tiempo, de la violencia ejercida contra ellas desde la noche de los tiempos, por hombres, ay. Yo soy de los que prefieren llamar a esta violencia oscura “terrorismo machista”.
Me baso en un luminoso artículo de Irene Yúfera publicado por la revista Tinta Libre, titulado como “Unos cuantos piquetitos”. En seguida entenderéis por qué. En adelante, lo resumo y parafraseo lo mejor que puedo.
George Orwell llamaba «no-gente» a los habitantes de su distopía 1984 que no eran aptos para entrar en la Historia, y eran borrados, en consecuencia, de los anales y de la memoria de los tiempos venideros. Así ocurre, también, en nuestras sociedades de ficción verdadera…
No hay verdad posible sin la asunción del dolor, como quería T. W. Adorno. Y es el presentimiento de ello, la inquietud por el escamoteo de la verdad, por la condición de no-gente a que se está condenando a sectores enteros de la sociedad, escandalosamente grandes, lo que provoca esta sensación de inquietud y ansiedad, como la desazón de esas manadas que veíamos en las películas del Oeste cuando presentían el fuego o la cabalgada de un grupo de facinerosos con malas intenciones. Los lectores de corazón aún sensitivo y con la herida abierta de la mala vida lo percibirán. Si la humanidad es ese fondo insobornable que nos hace ser hombres, y no su conjunto cerrado (eso solo ocurrirá cuando acabe nuestra historia, y ya no habría nadie para contarla), la no-gente está siendo privada de su humanidad.
Esto lo escribí en 1994, en una revistilla escolar que saqué, con alumnos y compañeros, en el IES Cuenca Minera, de Riotinto, a la que puse el nombre de un villancico muy popular en esa comarca: “El Gallo Blanco”.
Ya he olvidado de qué iban aquellas telenovelas que menciono. Ni siquiera esta Kasandra que tan apasionadamente defiendo, ha dejado mayor huella en mí. En fin, a pesar de la escritura vehemente que era la mía en aquel tiempo, y que se ha atemperado con los años, creo que esta defensa del folletín se sigue defendiendo bien ella sola… O eso espero.
Yo también defiendo a Kasandra, como Manrique, frente a la cobardía o la indiferencia de los demás. Contra el escándalo de los intelectuales fariseos, que condenan el folletín a la cadena perpetua de la subliteratura, defiendo a Kasandra, a La Dama de Rosa, a Cristal, de tanta calumnia levantada contra ellas. Defiendo su inocencia y denuncio el complot de silencio que las envuelve. Acuso al falso ángel que, con una aristocrática espada de fuego, las expulsa del paraíso de los cultos, cubriéndolas de culpa y vergüenza…
En estos tiempos no hay lo que en otros llamó Nicolás de Cusa docta ignorantia. No, sino una ignorancia nada humilde ni filosófica sino zafia y presuntuosa, irascible y vocinglera, que afirma su estólida presencia en las esquinas de los bares, en las tertulias televisivas, en las comidas familiares (cuando existen, “¡niña, qué sabrás tú, callate, anda!), en las reuniones arrabaleras de la internet…
El problema, como decía hace poco John Carlin, no es la verdad tergiversada de los bulos o los falsos relatos o las noticias manipuladas: no, el verdadero problema es la ignorancia general y la fe indiferente en cualquier mentira. Ese es, para él el verdadero combate al que se enfrenta el periodismo honesto (escaso, pero lo hay): el desmontaje de las mentiras.
La versión más irritante de la ignorancia pública es la que podríamos llamar ignorancia gugliana: la de ese que, en medio de una discusión más o menos interesante (a veces surgen), coge el telefonito, teclea lo que sea y levanta la mano admonitoria diciendo, ufano:
-Eso no es así, es…
Ese, digo bien, no esa, porque son los hombres los que explican cosas, venga o no venga a cuento, soberbios y orgullosos de su saber indocto, de su gritona ignorancia, de su aparatoso y fálico móvil:
Pangloss, el inmortal personaje de Voltaire que siempre veía en el status quo el mejor mundo posible, simplemente porque podría haber otros peores, representa, en relación a lo que aquí pensamos, el paradigma de la inmoralidad. Es Pangloss redivivo, por ejemplo, quien pretende en estos días extraer una moralina, social y política, del espíritu solidario y sacrificado de los «servidores públicos», en la expresión engolada del presidente del gobierno hoy mismo. Se trata de la última versión de esa suerte de consigna de «juntos podemos», que ya vimos aparecer, con menos escándalo, cuando se declaró oficialmente como «crisis» todo este conjunto de penurias con el dinero en las que andamos tirando la mayoría. Entre los que entonces quisieron confortarnos los ánimos estaban, según creo recordar, representando el espíritu de equipo (hoy ya vamos sabiendo hasta qué punto), la gran banca y los grandes empresarios españoles. Hasta una página web inauguraron con la animosa consigna, con las albricias del panglosiano ex presidente Zapatero.
Lo que ocurre es que el Pangloss imaginario era un inmoral inconsciente y risible, y por ello, perdonable; pero me temo que no sucede lo mismo con los que ahora, el presidente del gobierno a la cabeza, quieren meter, con un embudo moralizante, en el imaginario popular español que el trabajo en equipo de los funcionarios, ya sean los que apagan fuegos o los que rescatan ciudadanos en las actuales ciudades encharcadas, puede ser un ideal colectivo. Democracia panglosiana. Buen rollo en el mejor de los mundos posibles.
Leer o escribir sobre el soporte de la vida, los elementos que nos sustentan como el agua o la tierra y los alimentos que obtenemos de ellos, es algo que me provoca algo así como un temblor y un pudor a la vez que me vuelven sentimental -más de lo que lo soy habitualmente- e irascible. No hay nada más terrible que la sed o el hambre, ni más incomunicable. Sobre el agua escribí en 2011 Sangre de la tierra (desgraciadamente inconsultable porque desapareció la sección de La Opinión de Málaga donde fue publicado originalmente y también desapareció de mis escritos privados) a propósito de Óscar Olivero, el aymara boliviano protagonista destacado de la «Guerra del agua» que en el 2000 trajo a los medios españoles este problema angustioso: unos 800 millones de personas siguen bebiendo agua sucia, un 40% en el África subsahariana.
Pero hace mucho tiempo que quería escribir sobre la tierra, los alimentos y el hambre. Concretamente desde que descubrí, leyendo el Carpe diem de Saul Bellow, que existe en Chicago desde tiempo inmemorial una bolsa de futuros en la que se especula con los precios de productos agrícolas y de alimentos en general. Más exactamente, en derivados financieros: más adelante intentaré explicar al lector de qué va eso, que tanto está teniendo que ver con el encarecimiento artificial de muchos alimentos básicos y con el hambre que está provocando.
Quiero dedicar la reflexión de hoy a una no-noticia: la vegetativa y funcionarial, melancólica e invisible vida de la ONU. Me mueve a ello un estimulante (y antiguo, pero ya he advertido que esto no iba a ser una noticia) reportaje de Antonio Lafuente publicado por la revista digital «Fronterad» (”Para qué servía la ONU”) sobre la decadencia y casi desaparición pública de la organización de las Naciones Unidas, en el momento histórico en que, seguramente, más falta nos hacen su vigor y potencia. Pendiente desde hace muchos años de una reforma, aprobada por sus miembros (pero refrenada por los más poderosos de ellos que no quieren ver desaparecer el derecho de veto, que es el cascabel del gato), para hacer su organigrama y protocolos de funcionamiento realmente eficaces y útiles, la heredera de la vieja Sociedad de Naciones languidece resignada en su invisibilidad e impotencia actuales.