Semejante barbaridad venía traída como por los pelos tras haber recordado la convincente locutora esa especie de “renta básica universal”, en torno a 20 dólares si no recuerdo mal, que percibían los cubanos para su subsistencia y gastos de bolsillo, digámoslo así. Cuando nos es dado oír afirmaciones de pura propaganda como ésa, tan obscenas en su fondo y forma, es que los maestros del guiñol debían tenernos, entonces como ahora, en una muy baja consideración crítica a los telespectadores, muy cautiva debian (y deben) estimar nuestra inteligencia y muy avanzada nuestra educación social y política. No se entiende, si no, de otra manera.
¿O es que podemos olvidar la inmensa minoría de rentistas, cantamañanas, tahúres, mafiosos, ladrones, pintores, escritores y escultores de la nada, banqueros jubilosos forrados de oro, falsificadores de todo lo auténtico que viven sin trabajar en el pomposamente llamado “mundo occidental”, el de las repúblicas de la propiedad o las democracias progresadas?
Por supuesto, hay más cosas ocultas que incitan a la reflexión en el cinico colofón que puso la guapa presentadora a la torticera (¿ya pasó de moda ese adjetivo judicial que tanto gustaba a nuestros miméticos políticos nacionales?) noticia sobre aquella Cuba. Tal vez las más importantes, que, sin embargo, dejamos para otra ocasión. Pienso, sobre todo, en el abandono terrible del sueño colectivo de una sociedad donde el trabajo no fuera necesario para vivir. El sueño de un mundo en el que, como en el “Imagine” de Lenon, no viviéramos atenazados por el miedo a quedarnos parados (y más: a tener que vender al mejor postor nuestra fuerza de trabajo, nuestro tiempo y nuestra vida toda), a unas guerras como las de este fin de era, al cielo vengador de las religiones monoteístas, o a una catástrofe humana de las muchas como las que pueblan el angustioso horizonte de nuestro siglo. Pero de todo eso tal vez valga la pena hablar más despacio otro día hacedero.
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