Caute!

No comparto la afición por los cementerios de muchos escritores, no solo románticos o góticos, pero sí me gusta la literatura que los describe o reseña. Es lo que me ocurre con unos artículos que Ricardo Bada -un periodista onubense que, sin embargo, pasó la mitad de su vida en la ciudad alemana de Colonia- dedicó a los muchos cementerios que había visitado y conocía. De ahí saco el título de esta entrada, y que, según él, aparece en el medallón con su efigie que se puede ver en la tumba de Spinoza en el cementerio de La Haya.

Me inquieta tanto como el ¡Cuidaos! con el que se despidió Jorge Verstrynge de nosotros, cuando era el secretario general de Alianza Popula (nombre al que entonces respondía el partido de la derecha española). Había pasado por Osuna, para no sé qué, y charló un rato con los que hacíamos allí una revista, en aquellos procelosos años de la restauración monárquica tras la muerte de Franco, en los que eran cotidianos los rumores de golpes de estado ¿De qué tenemos que tener cuidado? nos preguntamos cuando se fue.

En realidad, es una fórmula de despedida desafortunada y antipática. O eso le parece a uno. Pero retomando el hilo de las necrológica, he recordado la leyenda de una lápida romana, dedicada a una mujer, que Ortega y Gasset -en algún lugar de su insondable serie “El Espectador”- aseguraba haber visto y que rezaba a modo de elogio “Domiseda, lanifica”, que viene a significar en la lengua madre: “Se pasó la vida en casa tejiendo lana”.

Así que si eres aficionado, lector amigo, a las necrológicas y a las frases solemnes, ten cuidado con la que eliges, sobre todo si eres mujer . O por decirlo a la manera misteriosa e inquietante de Spinoza, más contundente, Caute!

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Despistar

Creo que la razón por la que escribo, o por la que tú pintas y el otro hace fotos es simple: pretendemos despistar a la muerte haciéndole creer que estamos muy ocupados haciendo cosas importantes y sería de mal gusto que nos interrumpiera. Hay otras más simples aún, como que no sabemos hacer otra cosa. Sin oficio ni beneficio y negados para los negocios o el robo, ¿qué otra cosa haríamos?

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De la mano

De pequeña iba siempre sobre mis hombros a todos lados. Desde allí oteaba el horizonte y se hacía sus primeras ideas sobre el mundo, que debían ser optimistas porque, en su perspectiva, la gente era más pequeña que ella, alzada sobre aquel gigante que era su padre. Le daba seguridad y, pronto, aprendió a guiarme y a cambiar de dirección según su capricho o conveniencia. Lo hacía con sus piernas o tirándome del pelo, a modo de riendas. Era un método doloroso a veces, pero que asumía gustosamente: yo era un caballo manso y lleno de amor por su jinete…

Cuando mi caballero echó por fin pie a tierra, llegó el turno de las manos: una para el padre y otra para la madre. En ocasiones, la segunda, de refuerzo, bajo el sobaco. Una época de contorsionismo por las calles de Aracena en la que ella, con toda la dignidad posible y su mirada al frente, nos acompaña en nuestros paseos, sorteando, como puede, los inestables empedrados de tantas calles de la ciudad o sus aceras rotas. Muchas veces tropieza con el aire.

Una carrera de obstáculos que, sin embargo, ha preferido de todos modos a cualquier carrito, cochecito o vehículo adaptado, incluido el automóvil. Cuando no hay más remedio y la subimos a uno, incorpora la costumbre de tomarnos de la mano, como si un vértigo imperceptible para nosotros amenazara su precario equilibrio. Siempre de la mano.

Cuando llegamos a alguna plaza, se tira, literalmente, al primer banco que ve libre, agotada, pero con una sonrisa de satisfacción que parece decir “Misión cumplida”, papá. Es entonces cuando sus ojos traslúcidos, recostada sobre los dos, se extasian mirando el cielo o entrecerrándolos cuando hay sol. Si hay un paraíso recobrado, es ese.

Por eso, nada me enternece más que ver a un niño de la mano de sus padres, o de sus compañeros del colegio, cuando salen a la calle en parejas, liberados de las aulas por un rato. O un anciano o anciana, del brazo de su nieta o cuidadora, héroes imposibles del fatigoso caminar urbano. ¿O es que, acaso, porque ya no somos niños no necesitamos de manos que nos guíen y apoyen?

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HeART of Gaza

HeART of Gaza es una exposición itinerante de arte creado por niños de 3 a 17 años que viven en la Franja. Sobreviven, más bien. Fue fundada en junio de 2024 por Mohammed Timraz (Deir al Balah, Gaza) y Feile Butler (Sligo, Irlanda).

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A propósito del año nuevo. Contra la idea de proyecto (de viaje, de negocio, de vida)

En Indisposición general. Ensayo sobre la fatiga, un libro de Martí Peran, una lúcida crítica a la hiperactividad, capitalista, nietzcheana y la “autoproducción” (hazlo tú mismo, hazte y rehazte, emprende…) contemporáneas, se leen cosas como esta:

La idea de proyecto es la fórmula retórica que engloba mejor la hiperactividad autoproductiva. La propia vida es concebida como proyecto en lugar de como biografía. Una vida como devenir biográfico conlleva una sucesión de experiencias con solución de continuidad. En una vida biográfica se cruzan por igual ilusiones cumplidas y desengaños sobre el filo de un tiempo único. La vida bio-gráfica se dibuja de forma paulatina en un trazo continuo. La vida como proyecto, por el contrario, es una vida sometida a la flexibilidad y la atomización. Cada uno de los modos de ser del sujeto de la autoproducción lleva inscrita una fecha de caducidad. Para que se mantenga operativa nuestra inquietud productiva, no podemos detenernos en ningún modo de aparecer. La visibilidad que nos constituye ha de ser permanentemente reconfigurada.

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Niños

Niños de la guerra, niños de las favelas de Río de Janeiro, niños de las minas de Bolivia, de las calles de Lima, niños entre las basuras de Málaga, de Madrid, de Hamburgo, de Roma, abandonados al frío de la madrugada, vendidos, torturados, prostituidos, explotados… Tantos niños con el pasmo. el sufrimiento y el miedo marcados en el rostro que el recuerdo de aquel otro niño pasando frío en el pesebre de Belén, que estremeció durante siglos al mundo cristiano, ya no conmueve a nadie, convertido en señuelo de grandes almacenes.

Niños rubios, tostados, regordetes o enjutos, desplazándose torpemente a gatas sobre la hierba seca del altiplano o resbalando sobre la superficie helada de la tundra, agazapados en el mínimo corralito aburridos de juguetes o atrapados en la pantalla del móvil, fingiendo elegir una marca de pañales o tal vez convenciendo a papá de que debe comprarse un coche nuevo… ¡Cuántos niños estarán naciendo ahora, aquí, allí, tantos y todos con los ojos llenos de preguntas y asombro traslúcido que cubrirá de mayores el velo de la decepción, el aburrimiento, la tristeza!

Y aunque se hacen grandes y son Trump, Putin, Abascal o especuladores de bolsa y gente sin alma; mientras son niños, mientras no sienten el tiempo ni están imbuidos de la ilusión de ser mayores, los niños son arcos tensados hacia la esperanza; mientras lo son, todas las cosas parece que podrían ser distintas. Quizá por eso tantos adultos los humillan y dañan, en un empeño inmemorial por no dejarlos vivir. No hablo de Peter Pan, sino de un azar incierto, de un proyecto siempre abierto en su inicio, de un amanecer posible.

Mientras nazcan niños nunca se podrá decir «todo está perdido». El niño conoce a los adultos en un primer vistazo. Recelan o aceptan al primer contacto, con una especial manera de sabiduría que nos está vedada a los demás, o que con el tiempo se nos olvida. Tal vez por eso tanta gente los odia y los persigue y maltrata, con una saña emparentada seguramente con el miedo a sus ojos, la mirada del niño que desoculta la naturaleza del canalla.

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«En la sala de espera», de Elisabeth Bishop

Para Vijay Seshadri, el poema más grande jamás escrito…

En Worcester, Massachusetts,
acudí con la tía Consuelo
a cumplir con su cita en el dentista
y me senté a esperarla
en la sala de espera de la clínica.
Era invierno. Muy pronto
se hizo de noche. La sala de espera
estaba llena de personas adultas,
botas impermeables y abrigos,
lámparas y revistas.
Mi tía estuvo dentro
mucho tiempo, a mi parecer,
y durante la espera empecé a leer
la National Geographic
(podía leer) y a estudiar,
cuidadosamente, las fotografías:
el interior de un volcán,
negro, lleno de ceniza;
después derramando
riachuelos de fuego.
Osa y Martin Johnson
vistiendo pantalones de montar
botas y cascos de safari.
Un hombre muerto colgado de un poste.
—’Carne humana’, rezaba el pie de foto.
Bebés con cabezas puntiagudas
enrollados doblemente en cuerdas;
mujeres negras y desnudas con cuellos
enrollados doblemente en cables
como los cuellos de las bombillas.
Sus pechos eran horripilantes.
Lo leí todo seguido, de golpe.
Me daba demasiada vergüenza parar.
Después me detuve a contemplar la portada:
los márgenes amarillos, la fecha.
De repente, desde el interior de la consulta,
se escuchó un ¡oh! de dolor
—era la voz de la tía Consuelo—
ni ruidoso ni prolongado.
No me sorprendió en absoluto;
pese a saber que era
una mujer ridícula y cobarde.
Podría haberme sentido avergonzada
pero no fue así. Lo que me cogió
totalmente por sorpresa
fue que aquella era yo:
era mi voz, en mi boca.
Sin pensarlo en absoluto
yo era mi tía ridícula,
yo/nosotras estábamos cayendo, cayendo,
nuestros ojos pegados a la portada
de la National Geographic,
febrero, 1918.

Me dije a mí misma: tres días
y cumplirás ya los siete años.
Estaba pidiéndole una tregua
a la sensación de caída libre
alrededor de un mundo giratorio
hacia un espacio frío, azul, casi negro.
Pero sentí: eres un yo
eres una Elizabeth
eres una de ellos.
¿Por qué debes serlo, también tú?
Apenas me atreví a mirar
a comprobar aquello que yo era.
Eché una mirada de soslayo
—no podía mirar más alto—
a algunas rodillas de color gris oscuro,
pantalones y faldas y botas
y diferentes pares de manos
tendidas bajo las lámparas.
Supe que nada más extraño
había sucedido nunca, que nada
más extraño podría suceder jamás.

¿Por qué debería yo ser mi tía,
o yo misma, o siquiera alguien?
¿Qué similitudes—
botas, manos, la voz familiar
que sentía en mi garganta, o acaso
la National Geographic
y aquellos horribles pechos colgantes—
nos mantenían juntos
o nos reunían directamente en una unidad?
Cuán —no conocía ninguna
palabra para ello— cuán ‘improbable’…
¿Cómo había llegado yo a estar aquí,
igual que ellos, y a escuchar por casualidad
un grito de dolor que podría haberse vuelto
más ruidoso, más largo, pero no lo hizo?

La sala de espera era luminosa
quizá demasiado sofocante. Se deslizaba
bajo una enorme ola negra,
después otra, después otra.

Después, yo estaba de vuelta allí.
La Guerra estaba en curso. Afuera,
en Worcester, Massachusetts,
era de noche, granizaba, hacía frío,
y seguía siendo el día cinco
de febrero, 1918.

Traducción de Adrián Viéitez.

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Darwinismo social rampante

Las sucesivas trampas léxicas que ha ido tendiendo el lenguaje político de la derecha han tenido la virtud de desnaturalizar el discurso de los partidos de izquierda, hasta hacerlo desaparecer, como en un palimpsesto, del todo. Que después se haya visto que esas epifanías lingüísticas de un tiempo nuevo no eran más que equivocas disputas nominalistas, metamorfosis aparentes o espejismos retóricos, no quita nada del daño irremediable que han hecho: la inquieta resignación en que han caído las sociedades europeas y la inopia política en que viven sus gobiernos. Después del “capitalismo popular”, del que tanto se habló en la época de Margaret Tatcher; tras la “Tercera vía” para el socialismo de Tony Blair; en las vainas vacías de sintagmas como “capitalismo ético” o “capitalismo de rostro humano”, lo que había de verdad era este darwinismo social rampante.

El darwinismo social y su axioma más popular, la supervivencia de los más aptos, tiene un padre equívoco: fue el británico Herbert Spencer -y no Darwin, como sugiere su nombre- el que acuñó la exitosa fórmula. Este inquieto pensador anti-estado, fascinado por los fósiles, fue el primero en relacionar los descubrimientos de los mecanismos evolutivos con la sociedad humana y su economía, y llegó a justificar la pobreza y la exclusión social como un resultado necesario de la evolución. Nadie tenía hasta hace poco la desfachatez de sostener en público -en privado, seguramente sí- semejantes ideas, pero es lo que se adivinaba tras sus eufemísticas políticas económicas. Hoy, en un mundo que ha perdido el pudor del todo, sí.

La bancarrota fáctica de los estados europeos ha roto el espejo del “estado del bienestar” en que creyeron reconocerse un día las socialdemocracias. Sin la retórica del “Wellfare”, y de la progresiva nivelación social que traería consigo, quedan sólo las políticas asistenciales o de beneficencia pública que, a duras penas, van manteniendo la apariencia de “normalidad” social. Pero las cuentas que ahora se airean, como el dinero que destina el gobierno español -tanto dinero como el dedicado a las nóminas de todos los empleados públicos- al pago de los intereses de su deuda, nos retratan más bien al viejo hidalgo arruinado, pero con sus antiguas ínfulas, de nuestra literatura clásica.

Es el darwinismo económico el que justifica el inusitado realce actual de las agencias de calificación, que “puntúan” la solvencia o ruina de los estados movilizando, en la selva del crédito y el dinero, a los tahúres y usureros de la deuda, los únicos en celebrar las albricias del momento histórico. Es el darwinismo social el que ha provocado fenómenos sociales tan inquietantes como el de los suicidios laborales en los centros de trabajo o la progresiva “medicalización” (complejos vitamínicos, ansiolíticos, antidepresivos…) que la soledad del trabajador de ahora, continuamente observado, compelido a ver en el compañero un rival, y medido en su “productividad”, propicia. Como ocurre con el parado y sus insomnios o taquicardias. O con el trato social fosco y a cara de perro que se impone poco a poco entre nosotros…

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