Niños

Niños de la guerra, niños de las favelas de Río de Janeiro, niños de las minas de Bolivia, de las calles de Lima, niños entre las basuras de Málaga, de Madrid, de Hamburgo, de Roma, abandonados al frío de la madrugada, vendidos, torturados, prostituidos, explotados… Tantos niños con el pasmo. el sufrimiento y el miedo marcados en el rostro que el recuerdo de aquel otro niño pasando frío en el pesebre de Belén, que estremeció durante siglos al mundo cristiano, ya no conmueve a nadie, convertido en señuelo de grandes almacenes.

Niños rubios, tostados, regordetes o enjutos, desplazándose torpemente a gatas sobre la hierba seca del altiplano o resbalando sobre la superficie helada de la tundra, agazapados en el mínimo corralito aburridos de juguetes o atrapados en la pantalla del móvil, fingiendo elegir una marca de pañales o tal vez convenciendo a papá de que debe comprarse un coche nuevo… ¡Cuántos niños estarán naciendo ahora, aquí, allí, tantos y todos con los ojos llenos de preguntas y asombro traslúcido que cubrirá de mayores el velo de la decepción, el aburrimiento, la tristeza!

Y aunque se hacen grandes y son Trump, Putin, Abascal o especuladores de bolsa y gente sin alma; mientras son niños, mientras no sienten el tiempo ni están imbuidos de la ilusión de ser mayores, los niños son arcos tensados hacia la esperanza; mientras lo son, todas las cosas parece que podrían ser distintas. Quizá por eso tantos adultos los humillan y dañan, en un empeño inmemorial por no dejarlos vivir. No hablo de Peter Pan, sino de un azar incierto, de un proyecto siempre abierto en su inicio, de un amanecer posible.

Mientras nazcan niños nunca se podrá decir «todo está perdido». El niño conoce a los adultos en un primer vistazo. Recelan o aceptan al primer contacto, con una especial manera de sabiduría que nos está vedada a los demás, o que con el tiempo se nos olvida. Tal vez por eso tanta gente los odia y los persigue y maltrata, con una saña emparentada seguramente con el miedo a sus ojos, la mirada del niño que desoculta la naturaleza del canalla.

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«En la sala de espera», de Elisabeth Bishop

Para Vijay Seshadri, el poema más grande jamás escrito…

En Worcester, Massachusetts,
acudí con la tía Consuelo
a cumplir con su cita en el dentista
y me senté a esperarla
en la sala de espera de la clínica.
Era invierno. Muy pronto
se hizo de noche. La sala de espera
estaba llena de personas adultas,
botas impermeables y abrigos,
lámparas y revistas.
Mi tía estuvo dentro
mucho tiempo, a mi parecer,
y durante la espera empecé a leer
la National Geographic
(podía leer) y a estudiar,
cuidadosamente, las fotografías:
el interior de un volcán,
negro, lleno de ceniza;
después derramando
riachuelos de fuego.
Osa y Martin Johnson
vistiendo pantalones de montar
botas y cascos de safari.
Un hombre muerto colgado de un poste.
—’Carne humana’, rezaba el pie de foto.
Bebés con cabezas puntiagudas
enrollados doblemente en cuerdas;
mujeres negras y desnudas con cuellos
enrollados doblemente en cables
como los cuellos de las bombillas.
Sus pechos eran horripilantes.
Lo leí todo seguido, de golpe.
Me daba demasiada vergüenza parar.
Después me detuve a contemplar la portada:
los márgenes amarillos, la fecha.
De repente, desde el interior de la consulta,
se escuchó un ¡oh! de dolor
—era la voz de la tía Consuelo—
ni ruidoso ni prolongado.
No me sorprendió en absoluto;
pese a saber que era
una mujer ridícula y cobarde.
Podría haberme sentido avergonzada
pero no fue así. Lo que me cogió
totalmente por sorpresa
fue que aquella era yo:
era mi voz, en mi boca.
Sin pensarlo en absoluto
yo era mi tía ridícula,
yo/nosotras estábamos cayendo, cayendo,
nuestros ojos pegados a la portada
de la National Geographic,
febrero, 1918.

Me dije a mí misma: tres días
y cumplirás ya los siete años.
Estaba pidiéndole una tregua
a la sensación de caída libre
alrededor de un mundo giratorio
hacia un espacio frío, azul, casi negro.
Pero sentí: eres un yo
eres una Elizabeth
eres una de ellos.
¿Por qué debes serlo, también tú?
Apenas me atreví a mirar
a comprobar aquello que yo era.
Eché una mirada de soslayo
—no podía mirar más alto—
a algunas rodillas de color gris oscuro,
pantalones y faldas y botas
y diferentes pares de manos
tendidas bajo las lámparas.
Supe que nada más extraño
había sucedido nunca, que nada
más extraño podría suceder jamás.

¿Por qué debería yo ser mi tía,
o yo misma, o siquiera alguien?
¿Qué similitudes—
botas, manos, la voz familiar
que sentía en mi garganta, o acaso
la National Geographic
y aquellos horribles pechos colgantes—
nos mantenían juntos
o nos reunían directamente en una unidad?
Cuán —no conocía ninguna
palabra para ello— cuán ‘improbable’…
¿Cómo había llegado yo a estar aquí,
igual que ellos, y a escuchar por casualidad
un grito de dolor que podría haberse vuelto
más ruidoso, más largo, pero no lo hizo?

La sala de espera era luminosa
quizá demasiado sofocante. Se deslizaba
bajo una enorme ola negra,
después otra, después otra.

Después, yo estaba de vuelta allí.
La Guerra estaba en curso. Afuera,
en Worcester, Massachusetts,
era de noche, granizaba, hacía frío,
y seguía siendo el día cinco
de febrero, 1918.

Traducción de Adrián Viéitez.

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Darwinismo social rampante

Las sucesivas trampas léxicas que ha ido tendiendo el lenguaje político de la derecha han tenido la virtud de desnaturalizar el discurso de los partidos de izquierda, hasta hacerlo desaparecer, como en un palimpsesto, del todo. Que después se haya visto que esas epifanías lingüísticas de un tiempo nuevo no eran más que equivocas disputas nominalistas, metamorfosis aparentes o espejismos retóricos, no quita nada del daño irremediable que han hecho: la inquieta resignación en que han caído las sociedades europeas y la inopia política en que viven sus gobiernos. Después del “capitalismo popular”, del que tanto se habló en la época de Margaret Tatcher; tras la “Tercera vía” para el socialismo de Tony Blair; en las vainas vacías de sintagmas como “capitalismo ético” o “capitalismo de rostro humano”, lo que había de verdad era este darwinismo social rampante.

El darwinismo social y su axioma más popular, la supervivencia de los más aptos, tiene un padre equívoco: fue el británico Herbert Spencer -y no Darwin, como sugiere su nombre- el que acuñó la exitosa fórmula. Este inquieto pensador anti-estado, fascinado por los fósiles, fue el primero en relacionar los descubrimientos de los mecanismos evolutivos con la sociedad humana y su economía, y llegó a justificar la pobreza y la exclusión social como un resultado necesario de la evolución. Nadie tenía hasta hace poco la desfachatez de sostener en público -en privado, seguramente sí- semejantes ideas, pero es lo que se adivinaba tras sus eufemísticas políticas económicas. Hoy, en un mundo que ha perdido el pudor del todo, sí.

La bancarrota fáctica de los estados europeos ha roto el espejo del “estado del bienestar” en que creyeron reconocerse un día las socialdemocracias. Sin la retórica del “Wellfare”, y de la progresiva nivelación social que traería consigo, quedan sólo las políticas asistenciales o de beneficencia pública que, a duras penas, van manteniendo la apariencia de “normalidad” social. Pero las cuentas que ahora se airean, como el dinero que destina el gobierno español -tanto dinero como el dedicado a las nóminas de todos los empleados públicos- al pago de los intereses de su deuda, nos retratan más bien al viejo hidalgo arruinado, pero con sus antiguas ínfulas, de nuestra literatura clásica.

Es el darwinismo económico el que justifica el inusitado realce actual de las agencias de calificación, que “puntúan” la solvencia o ruina de los estados movilizando, en la selva del crédito y el dinero, a los tahúres y usureros de la deuda, los únicos en celebrar las albricias del momento histórico. Es el darwinismo social el que ha provocado fenómenos sociales tan inquietantes como el de los suicidios laborales en los centros de trabajo o la progresiva “medicalización” (complejos vitamínicos, ansiolíticos, antidepresivos…) que la soledad del trabajador de ahora, continuamente observado, compelido a ver en el compañero un rival, y medido en su “productividad”, propicia. Como ocurre con el parado y sus insomnios o taquicardias. O con el trato social fosco y a cara de perro que se impone poco a poco entre nosotros…

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Retórica política y otras flores de mi jardín

La pobreza retórica de nuestros políticos es la manifestación visible de la menesterosidad de su pensamiento, de la penuria e inanidad de su capacidad de análisis. Su impotencia verbal es también -no puede ser de otra forma- la traducción exacta de su misma inacción e incapacidad de producir actos. Y es también la explicación de la inquietud y hastío que la gente siente ante ellos. Las consecuencias de todo ello, en unas democracias como las nuestras, sólo simbólicamente representativas e hipnotizadas en el marasmo de la economía capitalista, en un clima de profunda inmoralidad y agarrada, como a un clavo ardiente, al laberinto formal de los procedimientos administrativos y contables, sus efectos perversos -decíamos- no han hecho más que empezar. Uno de esos efectos visibles es el deterioro y vaciamiento suprasegmental, retórico y semántico del discurso político.

Si no fueran tan terribles las consecuencias de esta pobreza verbal, que traduce sólo la menesterosidad mental, simbólica y política de quienes «nos representan», uno -que ha dedicado gran parte de su vida a a enseñar estas cosas de la lengua, la retórica y la literatura a adolescentes- está tentado de comparar la ramplonería de nuestra clase dirigente a la riqueza, espontaneidad o sutilezas de que los jóvenes hacen gala a dario, tantas veces.

Pero mejor no, que bastante aburrimiento y acedia provoca el abuso retórico del léxico escolar o pedagógico («hacer los debares», «empezar el curso político»…) como para contribuir desde aquí a ese expolio o deforestación lingüística, proporcional a la depredación de la riqueza y diversidad del planeta o la vida y la dignidad humana que están llevando a cabo, ante nuestros ojos asombrados, los poderes financieros en la sombra y sus apoderados biopolíticos en las democracias occidentales.

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Complicarse la vida

Por más que pensadores como Hannah Arendt hayan intentado restituir la libertad al espacio público, la vieja y dañina creencia de los estoicos (muchos de ellos antiguos esclavos, como Epicteto) de que la libertad habita en ese espacio interior que podemos llamar como queramos -alma, espíritu, conciencia- sigue incólume entre nosotros.

Lo que Arendt llamaba espacio público tenía un sentido casi literalmente griego: la palabra en el ágora, la discusión, el juicio, el debate, el convencimiento o la persuasión. Cuando ella no quiso que la consideraran filósofa (como se puede leer en mi anterior entrada dedicada a ella) sino que se dedicaba a la teoría política, también entendía el término “política” desde la perspectiva griega: las palabras y razones que hacen cosas, que actúan y transforman.

Las ideas preconcebidas son las que usamos normalmente (y normalmente no pensamos) para formular juicios (los políticos son todos unos corruptos, Ana es muy guapa, etc., etc.) porque son cómodas, se adquieren en el sentido que nos enseñan, se aplican a casos concretos y a otra cosa, mariposa.

La libertad de pensar, tal como la defendemos aquí, va soldada a la libertad para convertirla en discurso público y es un pensar, por eso mismo, “en contra” de las ideas recibidas, porque es la única manera de descubrir algo nuevo y de cambiar, por tanto, la realidad cambiando su percepción. A esa apuesta, sea o no compartida, juega uno desde que tiene uso de razón. Una anécdota: en una de mis clases de Filosofía, en unas aulas en las que nadie preguntaba nada, le hice una pregunta a mi profesor, que, tras una risita sarcástica -secundada por mis traidores compañeros- me soltó: “Friaza, ¿por qué se complica usted la vida…?”. Asumir la libertad y con ella el pensamiento y la política es, efectivamente, complicarse la vida. Pero eso, lejos de ser un problema, es lo que la hace digna de ser vivida.

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A propósito de «La controversia de Valladolid»

Se conoce como ”la controversia de Valladolid “ un debate entre teólogos que tuvo lugar entre los años 1550 y 1551 sobre el estatuto que debería darse a las comunidades indígenas de los territorios americanos recién descubiertos y conquistados. La querella, en concreto, se centraba en la humanidad, o su falta, de aquellos primeros habitantes de los nuevos territorios.

Rodaje del documental sobre la Controversia de Valladolid.
(JUAN RODRÍGUEZ-BRISO)

Dicha humanidad se relacionaba, naturalmente, con la semejanza con el Creador (“a su imagen y semejanza”) dadas las peculiaridades de aspecto y costumbres de aquellos indígenas cuya condición se estaba cuestionando. Para Bartolomé de las Casas (representante del ala progresista, por decirlo de la manera usual en nuestra neolengua) su humanidad era indudable -aunque más adelante, si bien temporalmente, se contradijo al legitimar la esclavitud de negros extraídos de África-. Para Ginés de Sepúlveda, y sus seguidores del ala conservadora, la humanidad de aquellos indígenas era, digamos, incompleta en tanto que no conocían la palabra de Dios. La solución, por tanto, era dársela a conocer y convertirlos.

Tengo para mí que vivimos un auge, insospechado aunque no inesperado, de esta controversia, si bien ya no teológica (¿o sí?) en cuestiones tan cotidianas y candentes como el machismo o el racismo o, también los debates interminables sobre la verdadera naturaleza -intelectual, sensitiva- de los animales y sus derechos…

Porque, ¿qué otra cosa hay sino una querella implícita sobre la humanidad de las mujeres por parte de hombres que las cosifican, la extensión del abuso, el maltrato, la violación o el asesinato? ¿Hay algo distinto en la controversia sobre los migrantes, huidos, hambrientos que una discusión violenta sobre su humanidad?

En tiempos anteriores, tan infaustos como este, cuando se puso de moda la frenología, se pretendía demostrar la menor inteligencia de negros y mujeres midiendo el tamaño y forma de sus cráneos: hoy, su peligro o rebeldía por el color de su piel o su ropa o los rasgos de su cara. Mañana, ya veremos.

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«Pariré piedras», de Sara Prida Vega

La reivindicación de la memoria y del linaje del mundo minero, de su combatividad, del orgullo obrero e insurgente nutre el poemario Pariré piedras (Ed. Crecida) de la asturiana Sara Prida Vega (1990). La autora plasma en sus poemas historias reales (se encarga de remarcarlo) de su familia, de su vecindario, de esa comunidad hermanada por el esfuerzo, la explotación y la rebeldía, y de ahí que incorpore términos en asturiano o jerga del ámbito minero. Es la cotidianeidad lo que exploran sus composiciones. Con tono narrativo, los episodios, sentimientos o procesos que recoge no conforman un mero retrato. Están trenzando una reivindicación de la lucha, de la resistencia a pesar de la crudeza y de las dificultades del entorno. También la incertidumbre, el miedo y el presentimiento de fatalidad con la que respiran. Están alimentando el candil que se va pasando de generación en generación para recordar de dónde se viene y por qué se combate, así como la dignidad de las manos tiznadas y heridas que permiten llevar la comida a la mesa. Sus poemas nos remiten a un paisaje específico y a un estado de ánimo enfurecido. Reflejan cómo las condiciones laborales determinan todas las relaciones sociales; también las familiares y la autoimagen. Así, se ponen en primer plano la dureza, el peligro y las secuelas del trabajo en la mina, y los textos subrayan la materialidad de sus referentes sin perder el vuelo lírico o la incandescencia de las imágenes. De esta manera, emplea un enfoque que expulsa toda nostalgia o toda envoltura melancólica, pues las palabras están hiladas por la rabia y la conciencia de la resistencia, de la lucha proletaria que siempre acontece. Por eso estos textos se enuncian en presente y el sujeto es plural. Por eso es necesario leerlos y compartirlos.

Alberto García-Teresa

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¿Quién?

-¿Quién, Pepe?

¿Y qué es Pepe?

-No, Manuel

¿Y qué es Manuel?

Los nombres propios no son nada, no significan nada, son pura genealogía, simples deícticos. Pero como son genéricos (en nuestra cultura), necesitan algo más, otro adorno, digamos, pues somos, más o menos, hijos de algo o alguien (el padre).

La inseguridad en el uso de los nombres propios se ve muy bien en el Quijote (que, al menos, tiene la suerte de elegir su propio nombre).

Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto no hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. […]

[…] Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde -como queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. […]

(Don Quijote I, cap. 1)

Más adelante:

[…] los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo desciendo por línea recta de varón), venciendo a los hijos del conde de San Polo […]

(Don Quijote I, cap. XLIX)

Pero todo ello porque él es un hidalgo, un hijo de algo. Sancho, por el contrario, como no lo es, no tiene apellido pues “Panza” es un apelativo, un mote…

Así que a la pregunta ¿quién es? la mejor respuesta posible es

-Uno, el que habla…

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¿Quiénes, quién?

Ese, uno (cualquiera, no 1, 2… Estos solo cuentan abstracciones), un tal, fulano. La forma más antigua de designar, la más refractaria al cambio y al trapicheo en el sistema de las lenguas. Quizá, por eso también, por su rebeldía a la manipulación, la que más ofende a los ofendibles:

-¿Quién ha sido, ése?

-No, ese no, esa.

O, por el contrario, escondiendo al sujeto:

-Pero ¿quién te lo ha dicho?

-Qué más da, uno…

Y, cómo no, en el mundo de los hombres, las mujeres sin nombre: “una cualquiera”, una fulana”…

CONTINUARÁ

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