Bridgette Guerzon Mills es una artista cuya obra incorpora diversas técnicas y materiales, como fotografía, pintura, encáustica, así como fibra, textiles y otros materiales recuperados. Sus obras han sido publicadas en revistas y libros, y su trabajo está presente en colecciones tanto en Estados Unidos como a nivel internacional. Actualmente reside en Towson, Maryland, con su familia.
Bridgette Guerzon Mills, 2017
Como artista de técnicas mixtas, la encáustica es un medio versátil que le permite crear profundidad en capas y le sirve para explorar más a fondo tanto la forma como el significado. Combina la fotografía con la encáustica para crear un puente entre dos mundos, el real y el reconstruido. El lienzo se convierte en una superficie de múltiples capas que habla tanto al sentido visual como al táctil.
Sin embargo, persistió / Nevertheless, She Persisted
Libro abierto / Book Open, técnica mixta / mixed media, 2020
Cuando se separaron las técnicas y el saber -o lo que es lo mismo, el saber especulativo y el saber práctico-, empezó el largo y laberíntico reinado de esta reina por un día que llamamos, de forma extremadamente vaga, cultura. Se bifurcaron, en realidad, más cosas: arte y artesanía, música y folclore, comida y gastronomía o campo y naturaleza. Si se examinan las parejas de nombres se verá enseguida que uno corresponde a la variante de prestigio y la otra a esa especia protegida -pero en vías de extinción- del vivir y saber popular. Hasta museos de artes y costumbres populares hay aún por esos mundos de Dios, imagino que tan vacíos como los dedicados a la Paleontología…
Andy Warhol: Campbell’s Soup Cans and Other Works, 1953-1967 | MoMA
La historia de esa escisión es también la del progresivo desligamiento entre la creación de cosas bellas y su uso y disfrute por la gente. Hoy se alaba, por ejemplo, cualquier plato de cualesquiera cocineros famosos con palabras sospechosamente parecidas a las de un crítico de arte ante una pintura abstracta. Los platos presentados son tan minimalistas como los de un bodegón porque su fin no es alimentar -el cuerpo y el alma, claro, porque ése es el fin de la comida- sino «crear arte». Ésa es, justamente, una de las claves que explica el divorcio histórico de que hablaba al principio: si a un hacer se le quita la utilidad, el uso, el disfrute sin demasiadas mediaciones de expertos, ahí nace el `arte´. Un plato de comida cuyo fin no es alimentar, sino, en todo caso, estimular las pituitarias de glotones connaisseurs o iniciados, eso ya es gastronomía o ciencia alquímica. Obsérvese la ironía, algo obscena, de nuestras sociedades: los restaurantes que sirven comida para comer, sin sello de marca y en platos hondos y económicos, se les llama «populares».
Una silla que no sirva para sentarse -decíamos- ya empieza a ser arte (¿de diseño llaman a esos muebles espantosos de las revistas?), tal como la lata de sopas Campbell´s de Andy Warhol. Y, a la vez -segunda clave explicativa-, empieza a valer dinero. Porque es que si algo define a los objetos de arte es que son valores fiduciarios. si se abren las secciones de Cultura de cualquier periódico se verá con qué naturalidad pasmosa encontramos allí, un día por otro, los precios récord que tal o cual cuadro, esta o aquella antigualla, han alcanzado en alguna subasta. Yo vi el `truco´ hace muchos años, cuando me enteré de que Manolo Escobar, la vieja gloria de la canción española, invertía sus ahorros en obras artísticas. Recordemos con una triste sonrisa los cotizadísimos cuadros que aquellas laboriosas investigaciones del expolio marbellí sacaron a luz, incluida la luz blanca de los cuartos de baño de los facinerosos snobs de la Costa del Sol…
Yo tenía un amigo, con fama de rebelde sin causa, temido por sus provocaciones y admirado por su manera de vivir al margen de las convenciones. Un día me sorprendió al confesarme, en una de esas charlas en que nos vemos envueltos de jóvenes, tantas veces, sobre lo que querríamos que fuera nuestra vida futura, que él, de verdad de la buena, lo que siempre quiso ser es mayordomo de una gran casa. Me quedé de una pieza, claro.
Toda la admiración que sentía por aquel amigo se me fue de golpe a la nube de los actos fallidos. Pero después le agradecí su sinceridad, porque me ayudó a entender mejor la naturaleza humana. Bueno, para ser sincero yo también, la naturaleza humana de la clase obrera a la que él y yo pertenecemos. Y me puse a pensar a toda máquina qué demonios había tras aquella afirmación tajante que sonaba a una de sus «boutades» de siempre. Se lo pregunté, por supuesto, y he aquí, más o menos su respuesta: «Es que en ese trabajo no tendría que pensar, sólo planear y ejecutar; al levantarme, cada día estaría ya ocupado de antemano y en cada ocasión de duda, la misión fundamental de mi vida estaría clara: hacerle la vida más fácil a mi señor».
Por si algún lector se alarma, piensen despacio en cuánta gente, de cualquier edad, no desea en el fondo, como mi amigo, que alguien le organice la vida, que una cotidiana predestinación le indique en qué ocupar las 24 horas del día. Piénsenlo. Y no fue la última vez que oí ese razonamiento: con otro amigo. éste con más violencia contenida en su interior que decidió enrolarse en el ejército, tuve una conversación parecida. Una pregunta como «¿Me puedo acostar ya, señor?» puede que dé sentido a muchas vidas.
Al leer en la prensa nacional que el 72% de los hijos de obreros deja de estudiar tras finalizar o malacabar la ESO y, en su mayoría, vuelve a la casa o se pone a trabajar, no puedo más que recordar y usar estas paradójicas explicaciones. Los nombres que podemos darle pueden ser otros, más convencionales y digeribles, pero el resultado es el mismo: miedo a la libertad (Erich Fromm), la estructura bicameral de nuestro cerebro. Qué más da el nombre que le demos. A mí me gusta llamarlo el síndrome del mayordomo.
Está ahí, a nuestro alrededor, en nosotros. Cuando oímos que 9 de cada 10 de las mujeres que trabajan sufren acoso sexual-laboral por parte de sus jefes o compañeros, muchos nos alarmamos e inquietamos. Pero cuando nos dicen los que saben de estas cosas que sólo una cuarta parte de ellas lo comenta con alguien (digo comentarlo, no que hagan otra cosa más conflictiva o radical) y que cuando los empresarios se enteran, en un 50% no hace nada, en un 5% lo consideran un incidente normal en el día a día del trabajo y un 4% traslada a la trabajadora de lugar, a la inquietud y la alarma tiene que sumarse una explicación.
El espíritu de mayordomía que atenaza a tantos hijos de la clase obrera que, a duras penas terminada la ESO, prefieren servir al primer señor que les pague antes que atreverse a iniciar un camino en busca de la luz (y más euros) y de luchar por un nombre propio; la oscura resignación de la trabajadora besuqueada u obligada a sonreír ante sucios chistes verdes del jefe; todo ello son señales que sólo en contadas veces salen a la luz del conocimiento público de los estragos que, como un enorme y doloroso descosido sobre la maltrecha piel humana, causa día a día el «progreso progresado», la expoliación fiduciaria y sin control del mundo que ya no conoce más límite que la posible y pasajera bondad de algún señor sobre su obediente mayordomo. También a mí el contador de minutos de mi reloj me dice que debo acabar ya. ¡Qué alivio!
Pasado en claro de Octavio Paz es un poema largo de alrededor de seiscientos versos escrito entre finales de 1974 y principios de 1975, en Cambridge, Massachusetts. Es un texto principalmente autobiográfico en el que se entreveran muchos temas, en su mayoría ya explorados por Paz a lo largo de su obra poética, como el transcurrir del tiempo, la fuerza creadora de la palabra, la poesía, el erotismo, la memoria, la orfandad del ser humano y el vínculo con la naturaleza. En el poema conviven dos voces: la del poeta que recuerda desde el presente y la de un pasado que reinventa, con lo que se urde una poética del habitar, de la casa, del hogar y de la infancia.
Oídos con el alma, pasos mentales más que sombras, sombras del pensamiento más que pasos, por el camino de ecos que la memoria inventa y borra: sin caminar caminan sobre este ahora, puente tendido entre una letra y otra. Como llovizna sobre brasas dentro de mí los pasos pasan hacia lugares que se vuelven aire. Nombres: en una pausa desaparecen, entre dos palabras. El sol camina sobre los escombros de lo que digo, el sol arrasa los parajes confusamente apenas amaneciendo en esta página, el sol abre mi frente, balcón al voladero dentro de mí.
Me alejo de mí mismo, sigo los titubeos de esta frase, senda de piedras y de cabras. Relumbran las palabras en la sombra. Y la negra marea de las sílabas cubre el papel y entierra sus raíces de tinta en el subsuelo del lenguaje. Desde mi frente salgo a un mediodía del tamaño del tiempo. El asalto de siglos del baniano contra la vertical paciencia de la tapia es menos largo que esta momentánea bifurcación del pensamiento entre lo presentido y lo sentido. Ni allá ni aquí: por esa linde de duda, transitada sólo por espejeos y vislumbres, donde el lenguaje se desdice, voy al encuentro de mí mismo. La hora es bola de cristal. Entro en un patio abandonado: aparición de un fresno. Verdes exclamaciones del viento entre las ramas. Del otro lado está el vacío. Patio inconcluso, amenazado por la escritura y sus incertidumbres. Ando entre las imágenes de un ojo desmemoriado. Soy una de sus imágenes. El fresno, sinuosa llama líquida, es un rumor que se levanta hasta volverse torre hablante. Jardín ya matorral: su fiebre inventa bichos que luego copian las mitologías. Adobes, cal y tiempo: entre ser y no ser los pardos muros. Infinitesimales prodigios en sus grietas: el hongo duende, vegetal Mitrídates, la lagartija y sus exhalaciones. Estoy dentro del ojo: el pozo donde desde el principio un niño está cayendo, el pozo donde cuento lo que tardo en caer desde el principio, el pozo de la cuenta de mi cuento por donde sube el agua y baja mi sombra.
Tina Modotti, Mexican (born Italy), 1896 – 1942; Hands of the Puppeteer, Mexico City; 1929; Gelatin silver print; 9 15/16 x 7 15/16 in. (25.24 x 20.16 cm) (image, sheet); Minneapolis Institute of Art; Gift of the Patrick and Aimee Butler Family Foundation 85.87
Frente al mar del Norte, en la fiera costa irlandesa, el cuarto Conde de Bristol, Frederick A. Hervey (ca. 1729-1803), un obispo culto y de gusto exquisito, levantó un tholos, el Mussenden Temple, cuyo friso circular tiene inscritos los dos primeros versos del proemio del libro II del De rerum natura de Lucrecio:
suave, mari magno turbantibus aequora ventis, e terra magnum alterius spectare laborem (Lucr. 2.1-2)
Es dulce, cuando los vientos revuelven las olas en el inmenso mar, contemplar desde tierra el enorme esfuerzo de otro.