La hipnosis como relación de poder

Hipnotízame, mi amor

Solo he presenciado una vez una sesión de hipnosis. Fue, además, en una discoteca a la que iba en calidad de periodista. El hipnotizador, chileno, era muy espectacular y nos contó historias muy interesantes y sabrosas (por ejemplo que había auxiliado a un cirujano en una operación a un hemofílico), aunque siempre sospeché que allí había gato encerrado… Hablo de ello porque me cuentan que se usa mucho esta técnica para dejar de fumar.

Pero mi descreimiento me puede, ¿por qué?, ¿no será miedo/rechazo a aceptar lo fácil que es vulnerar nuestra voluntad?, ¿la frívola fragilidad de nuestra conciencia? Puede que no haya tanto misterio y que lo único que ocurre es que alguien está convencido de su dominio sobre otro, y lo ejecuta. Es decir, hipnotiza porque puede.

Aquel a quien entrevisté decía que toda la parafernalia de música y péndulos formaba parte de la máquina teatral, del espectáculo, pero que no eran cosas en absoluto necesarias. Cuando lo interrogué sobre usos indebidos de la hipnosis -en concreto sobre su utilización subliminar para el ligue o la seducción-, con una sonrisa diabluna, me respondió que no, que él era un caballero en esas tesituras…Tras la despedida, ya en la calle, le pedí a mi compañero fotógrafo que me diera un cachete por si había quedado en trance contra mi voluntad: no las tenía todas conmigo.

Nunca he olvidado aquello, ni a aquellos voluntarios a los que el hipnotizador convenció de que estaban nadando, manoteando para jolgorio general en el sucio suelo del escenario. Y no he dejado de preguntarme si mi amigo no tenía razón al afirmar que lo único necesario para hipnotizar a alguien es la voluntad de hacerlo, el convencimiento de que puedes. O lo que es lo mismo, una relación de poder en la que la voluntad de desearlo se complementa necesariamente con el perverso deseo de sumisión de otro…

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