Una mañana desayunaba en un bar popular de por aquí, bullicioso y vocinglero, disfrutando de un cantante de boleros, un jubilado de voz de seda, que cantaba quedo, a través de su mascarilla:

… Mira que eres linda,
qué preciosa eres.
estando a tu lado
verdad que me siento
más cerca de Dios …
Un silencio repentino le preparó el aire. Apoyado contra la pared, marcando el compás con los nudillos sobre la mesa, con aire ausente… ¿En quién pensaría, qué memoria de amor o desamor templaba su voz y entrecerraba sus ojos?
Antes, hasta hace unos años, la costumbre de cantar en las tabernas -flamenco, casi siempre- estaba tan extendida que aún sobrevive en algunos locales antiguos la ignominiosa prohibición «Prohibido el cante» que, a lo que recuerdo, no era obedecida por nadie. Cuando desaparecieron del todo, quedó solo el televisor, las voces estentóreas, el silencio ensimismado de los bebedores de aguardiante…
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