Guerra, Paz, Derecho Internacional

Espigo aquí el corolario de un largo análisis histórico de Perry Anderson, en NLR sobre el origen y evolución de una supuesta justicia universal desde el lejano ius gentium hasta el salomónico -e hipócrita – Tribunal Internacional que ha resuelto, sin resolver nada, la demanda interpuesta por un pequeño grupo de estados contra Israel por la masacre de Gaza…

Aun así, los defensores del derecho internacional pueden argumentar que su existencia, por mucho que los Estados abusen de él en la práctica, es al menos mejor de lo que sería su ausencia, invocando en su ayuda la conocida máxima de La Rochefoucauld: «L’hypocrisie est un hommage que le vice rend à la vertu.»

Sin embargo, los críticos pueden replicar igualmente que aquí debería invertirse. ¿No debería más bien decirse: la hipocresía es la falsificación de la virtud por el vicio, para ocultar mejor fines viciosos: el ejercicio arbitrario del poder por parte de los fuertes sobre los débiles, la persecución despiadada o la provocación de la guerra en nombre filantrópico de la paz?

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El balido de las ovejas

El matemático Claude Shannon demostró que la cantidad de información de un mensaje se podía medir, poniéndolo en relación con la novedad o sorpresa que provoca. La cantidad más pequeña es el bit que equivale a un sí/no como respuestas a una pregunta. Las charlas sobre el tiempo están en ese nivel de mensajes cercanos al bit: son tan consabidas y esperables que es muy frecuente que la gene desconecte y no oiga siquiera lo que dice el otro, como en diálogos del tipo:

– Pues hoy hace más calor que ayer.
– Qué va, ayer corría un poco de aire…

Si en un informativo sacan a gente de la calle para que «opinen» es, justamente, en casos así, en verano, en la playa, en una nevada… Literalmente, ni esa gente dice nada ni el espectador «oye» nada. Son mensajes con una cantidad despreciable de información. Como pasa en las clases cuando el alumno se aburre, también con la información del mainstream: mensajes esperables, como el balido de las ovejas, que, por tanto, no «informan» de nada. De eso se trata.

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La angustia geométrica de las ciudades

Si vives en un pueblo, según los estudios a que se hacen referencia en este reportaje de La Vanguardia, estás de enhorabuena: tu salud mental está, si no a salvo -¡quién nos libra! Y luego está la muerte por aburrimiento…-, más protegida, menos en precario. Vale la pena leerlo y estar al tanto de estas cosas.

Los estudios indican que vivir en la ciudad se asocia con una mayor actividad de la amígdala, pieza esencial de la respuesta al estrés y la ansiedad. De hecho, la tasa de prevalencia de muchos problemas de salud mental es mayor en las ciudades que en zonas rurales: aproximadamente un 40 % más de riesgo de depresión, un 20 % más de ansiedad y el doble de riesgo de esquizofrenia.
En el pasado, las ciudades se planificaban atendiendo a intereses comerciales y productivos, sin tener en cuenta el bienestar de sus habitantes. Pero actualmente es preciso un cambio de paradigma, sobre todo después de las grandes crisis mundiales generadas por el cambio climático y la pandemia del covid-19. Existen diversos factores de la vida en las ciudades que pueden actuar como estresores: el hacinamiento, el ruido, la contaminación, y, cómo no, el propio diseño urbano.

Si al mirar a nuestro alrededor observamos un exceso de patrones repetitivos y geométricos como los de los edificios, eso nos puede generar estrés visual. De hecho, un predictor del estrés urbano percibido es el número de vértices isovistas, es decir, el número de vértices visibles para un individuo situado en una determinada localización.
Por el contrario, el entorno natural parece tener una mayor complejidad fractal, lo que implica un menor número de fijaciones oculares y, por tanto, menor esfuerzo en el procesamiento de la información visual.

Así impacta el diseño de las ciudades en la salud mental

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