Las repúblicas de la propiedad

La prevalencia de la propiedad privada sobre el derecho de gentes

Reconforta encontrar en un artículo de Nancy Fraser, «Sobre la justicia», en el número 74 de New Left Review, la coincidencia con la idea-fuerza que manteníamos nosotros en las entradas que dedicamos a repensar la justicia distributiva en Claros en el bosque («Suus cuique tribuere», primera parte y segunda parte), a saber: la justicia no existe, no es un dato de la experiencia, sino una ideación creada de forma refleja como respuesta a la injusticia, que sí que forma parte de nuestra percepción social. Del mismo modo que ocurre con la idea de paz o libertad, otras tantas respuestas al sentimiento insoportable de la esclavitud o la guerra. Así que «justicia», «paz» o «libertad» son sólo aspiraciones del mundo humano, alternativas al estado de naturaleza, y como tales, elaboraciones laboriosas y trabajadas, dependientes de la vigilancia y esfuerzo de nuestra voluntad y entendimiento.

Las coincidencias con la reflexión de Nancy Fraser van más allá: su recordatorio de la consideración de la justicia como la virtud suprema, que organiza y ordena las demás, para los antiguos, incluido Platón, o su simpatía por John Rawls (en quien nos deteníamos también en aquellas dos entradas nuestras) y su afirmación de que «la justicia es la principal virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento». Éste es el marco conceptual desde el que quiero compartir con los amigos lectores lo que me inquieta hoy: por qué el problema de los desahucios, como manifestación concreta del malestar social difuso que, con tan poca fortuna, llamamos «crisis económica», concita sentimientos tan hirientes de injusticia distributiva y estos conatos de rebelión social que han motivado entre nosotros.

La razón principal es, se entiende bien después de lo dicho: la experiencia concreta de injusticia que provoca ver a una familia expulsada de su casa y arrojada, literalmente, a la calle. Como la protesta radical que suponen los suicidios que esa sensación de injusticia ha motivado (no tan extraños ni imprevistos, si recordamos que los suicidios en los centros de trabajo, como forma de denuncia extrema de las agobiantes condiciones del trabajo contemporáneo, se vienen sucediendo desde hace años; si bien su recepción social ha estado ensordecida por la extrema discreción con que los han ido filtrando los Medios). Pero, más allá de la empatía con esos vecinos y de la triste paradoja que explican muy bien consignas de protesta como la del retruécano de que cada vez hay más gente sin casa y más casas sin gente, ¿qué es lo que nos inquieta tanto de los desahucios?

La respuesta es clara: la prevalencia legal y jurídica de la propiedad privada sobre el derecho de gentes a tener una vivienda digna.

Si nos seguimos preguntando por qué eso que es tan claro para la razón común no lo es para la opinión pública, por qué esa injusticia radical (en el sentido en el que Rawls habla de la justicia como condición fundamental de las instituciones, de la estructura básica de una sociedad) no aflora en el debate político, no tenemos más remedio que responder, como hace Nancy Fraser, con un apólogo popular: si a una rana la metemos en un recipiente con agua hirviendo, la rana da un salto y huye, salvando así su vida. Si, por el contrario, la metemos en agua fría que, poco a poco, vamos calentando, la rana, que no nota el cambio gradual de la temperatura, se queda dentro hasta que muere. El engaño de la rana ayuda a entender la razón del consentimiento social al principio sacrosanto de la propiedad privada. Por esa razón, Toni Negri llamaba, de forma muy significativa, «República de la propiedad» al régimen político universal que padecemos.

El sentimiento de injusticia, de «hibris», de la propiedad privada (y la pulsión intelectual de restaurar el equilibrio roto, de aliviar el sufrimiento empático, de consolarnos de la punzada moral que sentimos invocando la justicia distributiva) tiene muchas manifestaciones al margen de los desahucios o los contratos esclavistas de las hipotecas bancarias: el aumento de consumo y exhibición de mercancías de lujo, por ejemplo, la falta de decoro de las clases ricas y ociosas (las del 1% tan citado), por ejemplo. La amnesia moral de nuestras repúblicas de la propiedad incluye el olvido incluso de las viejas leyes suntuarias romanas, que desde la Ley Oppia (215 a. C.) a la Ley Emilia (675) o las posteriores disposiciones imperiales, intentaron contener la exhibición del lujo en la idea perdida del decoro público, desde la cantidad de invitados a la cantidad de alimentos, pasando por la ley del oro de las joyas y el exotismo de los tejidos y colores…

En el plano personal de quien esto escribe, nacido y criado en tierras de latifundios y señoritos, el sentimiento de injusticia hiriente provocado por la propiedad privada, proviene, justamente, de la propiedad de la tierra. Por eso me resulta tan penoso que haya desaparecido del conocimiento común, engullida por las fauces insaciables de ese «Moby Dick» de los medios de persuasión contemporáneos, que transforman a tal velocidad realidad y vida a olvido e indiferencia, las noticias recientes, pero que nos llegan a duras penas, de loas maniobras legales, jurídicas o políticas de la Junta de Andalucía para expropiar la finca del Humoso, ocupada primero y explotada después en régimen cooperativo por los jornaleros de Marinaleda desde hace décadas.

En tiempos no muy lejanos, IU reclamó un estudio de las propiedades estatales y de particulares que posean tierras abandonadas o subexplotadas para incluirlas en un banco común. Del mismo modo ha sido olvidada, sin mayor eco, la respuesta gubernamental: «el Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente cerró las puertas a esa posibilidad porque las fincas del Estado “tienen como finalidad principal la conservación del medio natural y el uso y disfrute por los ciudadanos siempre que sea posible”. En ese “uso y disfrute” no incluye como finalidad principal el empleo.

Estas iniciativas políticas, la de IU, u otras más desconocidas aún como la del ayuntamiento de Redueña (Madrid), Carcaboso (Cáceres), El Campillo de la Jara (Toledo) y los pueblos cántabros de la Mancomunidad de Municipios sostenibles, que pretendían crear bancos de tierra nacían con una buena intención: poner propiedades agrarias de titularidad pública a disposición de cooperativas o pequeños agricultores para su explotación. Pero pecaban de coyunturales, porque surgieron al calor de la «crisis-» con la simple (y loable, cómo vamos a negarlo) de crear empleo, sostenible, como se llama ahora, y de paliar la despoblación rural. Pecaban también de un descuido lingüístico: usar la palabra «banco» (como se hace también con los alimentos) pues la contaminación semántica acarrea al mismo tiempo un contagio ideológico: un banco acumula dinero, acciones empresariales, bienes inmuebles o tierras para negociarlos después con usura. Es decir, que si usamos el término banco asumimos de camino su naturaleza y funcionamiento de acumulación y su naturaleza fiduciaria. En ningún momento se pone en cuestión la misma idea de propiedad privada que discutimos aquí.

En aquella propuesta parlamentaria de IU se leía «El Banco de Tierras sería el organismo institucional encargado de redistribuir los terrenos agrícolas de forma que se adecuen lo más posible para el desarrollo y modernización agraria y social del campo.(…) El Banco de Tierras es una herramienta que permite movilizar las tierras de cultivo mediante arrendamientos o cesión (…). Los destinatarios de la actividad del Banco de Tierras pueden ser cooperativas agrarias que pretendan aumentan su base territorial o jóvenes que quieran dedicarse a la actividad agraria en zonas afectadas por el envejecimiento o el éxodo rural.» En la respuesta del Ministerio a esta iniciativa se afirmaba: «el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente no tiene entre sus previsiones la constitución de una entidad de esas características.»

Respecto a la Junta de Andalucía de entonces, más receptiva ante el problema agrario: «La Junta de Andalucía, al contrario que el Gobierno central, sí creará el banco de tierras para parados con las fincas públicas. El fracaso en la venta de 20.000 hectáreas de tierras del desaparecido Instituto Andaluz de Reforma Agraria (IARA), por las que sólo ingresaron 10,6 millones de los 75 previstos, ha dejado el inventario casi hecho» (El País, 1/11/2012) . Aunque parece adivinarse en ello una reivindicación del último y fracasado proyecto de Reforma Agraria, implícito en la desaparición del IARA que se menciona en la noticia. Lo contaba así el mismo diario, con tono elegiaco de responso, poco después: «El viernes pasado entró en vigor el decreto aprobado por el Consejo de Gobierno el pasado 27 de julio que da carpetazo oficialmente a la reforma agraria que nació en el año 1984 y que supone la extinción del Instituto Andaluz de Reforma Agraria (Iara). A partir de ahora, se abre un plazo de un año para que todos los colonos que venían explotando las tierras opten a su compra y adquieran la condición de propietarios»

La idea de los bancos de tierras sigue en funcionamiento, como se puede ver en la web de la Red Terrae, el proyecto municipal mancomunado que pretende, con una «música» de estos tiempos, lo siguiente: “El objetivo es recuperar las prácticas agrícolas de los antepasado y acercarlas a las propias de la agricultura ecológica, por ejemplo, evitando los pesticidas. Una de las medidas que han desarrollado es el banco de tierras, que cuenta con un espacio en la web en el que interactúan ofertantes y demandantes de tierras para prácticas agroecológicas. “

Todo ello, como comprueba el amigo lector, en la más estricta ortodoxia de un capitalismo que se pretende con rostro humano y ecologista, como es el que defiende la socialdemocracia española. Sin embargo, el problema de fondo, la necesidad ética y política, de revisar el régimen de la propiedad y sus límites sociales, santificado constitucionalmente, sigue invisible, intocado e intocable.

La desatención a lo que está ocurriendo de verdad, un proceso de nueva reapropiación y concentración en la propiedad de las tierras es realmente escandalosa. En los últimos 20 años el número de sociedades no cooperativas propietarias de fincas agrícolas se ha duplicado y van acumulando un porcentaje importante de tierra agrícola. Aunque no he encontrado datos oficiales, se sabe que grupos empresariales como Ebro, Siro, Gullón o Pascual acumulan cada una de ellas más de 15.000 Has de tierra. Las consecuencias de este proceso acumulativo se conocen: el precio de la tierra agrícola aleja la posibilidad de instalación de pequeños agricultores o cooperativas y facilita la especulación.

Todo está facilitado por la naturaleza jurídica de la tierra (por eso llamamos, como Negri, «república de la propiedad» al régimen que padecemos) que la consideraba un auténtico y exclusivo bien privado, al margen de cualquier regulación o restricción por su interés social. Su mercantilización es absoluta y está en la raíz de las desigualdades en el medio rural y entre este y el medio urbano, cada vez mayores. Y, para colmo -y para acabar por hoy el rosario de nuestras razones- no es ni siquiera ya un problema español, sino universal.

Según un informe de la FAO, desde 2011 se dispararon los precios de los alimentos y hubo una auténtica explosión de adquisiciones de enormes extensiones de tierras cultivables y de zonas ricas en agua. De estas compras especulativas explicaba el diario Público -el de antes-: «La multiplicación de estas transacciones (que alcanzan un territorio equivalente a la totalidad de Europa Occidental) podría entrañar, según Diouf, ‘un forma de neocolonialismo: Estados pobres produciendo alimentos para los países ricos a expensas de su propia población hambrienta’».

Este es el verdadero «Gran Juego» del capitalismo rampante que sufrimos, en que todos somos, a nuestro pesar, participantes y cómplices involuntarios. Espero haber ayudado al lector y suscriptor a entender la urgencia, equívocos y olvido imperdonable de esta fuente de injusticia hiriente, que hizo exclamar a un jornalero, en un diálogo entre un jornalero y un senador, que cita Díaz del Moral en su libro sobre las luchas campesinas: «Señorito, ¿y cuándo llegará el gran día?» y responde, ante la perplejidad del político ante la pregunta, «el día en que todos seamos iguales y se reparta la tierra entre todos»…

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La organización espontánea

Creo que una de las cosas que dan fe del tono vital de una sociedad es su capacidad para generar formas espontáneas de organización. Sucede que se habla de ellas, o surgen en más cantidad y con más estruendo, en situaciones de alarma o crisis, que también surgen espontáneamente. Así ocurre en los momentos posteriores a catástrofes naturales o tras atentados de naturaleza terrorista como el del 11-M en Madrid. También en circunstancias nacionales de postración extrema, como las redes de trueque y préstamo de servicios que surgieron en Buenos Aires y en otras grandes ciudades de América del Sur, gracias a las cuales muchos ciudadanos podían ir al cine, arreglar el grifo del fregadero o comer sin tener que desembolsar un dinero que no tenían.

También es verdad lo contrario: que la atonía vital de una comunidad la delata en primer lugar el recurso o queja indiscriminada al estado ante el menor contratiempo o dificultad, la ausencia de actuación alternativa a la algarada callejera: sean agricultores que tiran frutas y verduras o trabajadores despedidos que claman de forma destemplada al gobierno por un puesto de trabajo alternativo o una jubilación anticipada. Ni siquiera se dirigen contra las empresas las formas convencionales de lucha y protesta de la antañona clase obrera, como si se hubiera asumido ladinamente por todos que el último responsable de nuestra vida y milagros, continuación natural y abstracta del entramado empresarial, la misma cosa, es el estado.

Si esto es así en formas organizativas improvisadas por alguna necesidad concreta, ya se ve cómo van las formas asentadas por la historia, las instituciones o la costumbre. Las casas del pueblo del PSOE languidecen, cerradas y vacías salvo cuando hay que hacer listas electorales, tanto como los viejos casinos de las poblaciones rurales. El Parlamento se ha convertido, por diputados a la fuerza, en silenciosas asambleas de `culiparlantes´ -según la feliz creación de Luis Carandell- o en pandas de chicos de la porra, como las de esos vociferantes -y famosos por ello- diputados del PP o Vox. En una vida mortecina y desapercibida transcurren también ya esas viejas organizaciones, antes tan orgullosas y vivas, que son los sindicatos, tanto como las iglesias y las clases de Religión, por más ruido medioambiental que provoquen los obispos y su cadena de radio…

Walter Lippmann creó, en la década de los años 20, el concepto de «fábricas de consentimiento» para designar una tarea, inexcusable para él, que debían acometer los estados -a través de sus medios de persuasión colectiva- y que encomendaba a las minorías intelectuales: tamizar, seleccionar, filtrar la información -y consiguientemente, las pautas de pensamiento y conducta- para que llegara al ciudadano común convenientemente dosificada y aséptica. Se trata del viejísimo prejuicio del poder sobre la incapacidad de la gente para pensar, decidir y actuar con cordura. La infantilización de los ciudadanos, en justo equilibrio con la estatalización de los niños -desde los 3 años, pensémoslo bien, el estado se hace cargo de su educación-, que ha traído como consecuencia esta infantil queja universal en que se han convertido los ciudadanos occidentales, y que podemos ver cada vez que una cadena de televisión hace «entrevistas espontáneas» a los transeúntes por la calle.

Linus Tolvard, el padre del famoso Linux, decía, en una citada afirmación nostálgica a un colega, que echaba de menos los tiempos en que los hombres eran hombres y diseñaban sus propios `drivers´ (esos programitas que hacen funcionar los cacharros informáticos).

Yo echo de menos, o espero -la esperanza no es más que una nostalgia inversa-, los tiempos en que los hombres volvamos a ser hombres para diseñar nuestros propios controles, nuestras propias organizaciones, nuestras propias vidas más allá de esa recogida de firmas que veo menudear por cualquier cosa.

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La hipnosis como relación de poder

Hipnotízame, mi amor

Solo he presenciado una vez una sesión de hipnosis. Fue, además, en una discoteca a la que iba en calidad de periodista. El hipnotizador, chileno, era muy espectacular y nos contó historias muy interesantes y sabrosas (por ejemplo que había auxiliado a un cirujano en una operación a un hemofílico), aunque siempre sospeché que allí había gato encerrado… Hablo de ello porque me cuentan que se usa mucho esta técnica para dejar de fumar.

Pero mi descreimiento me puede, ¿por qué?, ¿no será miedo/rechazo a aceptar lo fácil que es vulnerar nuestra voluntad?, ¿la frívola fragilidad de nuestra conciencia? Puede que no haya tanto misterio y que lo único que ocurre es que alguien está convencido de su dominio sobre otro, y lo ejecuta. Es decir, hipnotiza porque puede.

Aquel a quien entrevisté decía que toda la parafernalia de música y péndulos formaba parte de la máquina teatral, del espectáculo, pero que no eran cosas en absoluto necesarias. Cuando lo interrogué sobre usos indebidos de la hipnosis -en concreto sobre su utilización subliminar para el ligue o la seducción-, con una sonrisa diabluna, me respondió que no, que él era un caballero en esas tesituras…Tras la despedida, ya en la calle, le pedí a mi compañero fotógrafo que me diera un cachete por si había quedado en trance contra mi voluntad: no las tenía todas conmigo.

Nunca he olvidado aquello, ni a aquellos voluntarios a los que el hipnotizador convenció de que estaban nadando, manoteando para jolgorio general en el sucio suelo del escenario. Y no he dejado de preguntarme si mi amigo no tenía razón al afirmar que lo único necesario para hipnotizar a alguien es la voluntad de hacerlo, el convencimiento de que puedes. O lo que es lo mismo, una relación de poder en la que la voluntad de desearlo se complementa necesariamente con el perverso deseo de sumisión de otro…

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«Cantar de la guarda», de Nathan Alterman

Nathan Alterman

Guarda tu alma, guarda tus fuerzas, guarda tu alma.
Guarda tu vida, tu cordura y una vez más tu vida.
El muro que se desmorona y el techo que se cae,
la oscura sombra y la piedra de la honda,
el cuchillo y las garras.
Guarda tu alma de lo que arde y de lo filoso que corta.
Cuídate de lo mas próximo y de lo más cercano como el polvo
y como el cielo.
Del silencio de lo que nos acecha y de lo que nos agobia,
De los muertos como las aguas del pozo
y del fuego de los hornos.
Guarda tu alma, tu cordura y las puertas de tu alma.
De tu valor cuida, de tu alma y una vez más de tu vida.
Sólo se trata en apariencia de una noche de verano que nos visita,
solamente de otra bondadosa noche de verano,
una vieja y conocida noche,
que viene para la benevolencia y la compasión
y no para despertar las moiras del miedo
ni para suscitar culpas ni temores.
Viene en cambio con perfumes de especias y candilejas
que nos iluminarán con displicencia
y es entonces que plácidamente nos dormiremos.
Es solamente una cálida noche
que nos es afable en apariencia,
se trata nada más que de otra buena noche de estío
que no para amedrentarnos viene.
Así su brisa nos dará una mano sin suspiros
y así lentamente una puerta se abrirá en la obscuridad.
Dime entonces, ¿por qué ríes desde la angustia,
y por qué te crispas desde la alegría?
¿Por qué el mundo te es tan extraño todavía
y el fuego y las aguas de todos lados nos observan?
Dime, ¿por qué revolotea tu vida
como un pájaro que se posa asustado
sobre la palma de tu mano?
Dime entonces, ¿por qué eres vuelo y temblor
como ese mismo pájaro que busca refugiarse en el encierro?
Sólo se trata en apariencia de una cálida noche de verano…
Guarda entonces tu alma cansada, cuídala,
cuida de tu vida y de tu cordura y de tu ser,
del cabello sobre tu rostro, de tu piel y de tu belleza,
guarda tu alma buena y el coraje de tus manos.

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El cantante de boleros

Una mañana desayunaba en un bar popular de por aquí, bullicioso y vocinglero, disfrutando de un cantante de boleros, un jubilado de voz de seda, que cantaba quedo, a través de su mascarilla:

Imagen - historias.jpg

… Mira que eres linda,

qué preciosa eres.

estando a tu lado

verdad que me siento

más cerca de Dios …

Un silencio repentino le preparó el aire. Apoyado contra la pared, marcando el compás con los nudillos sobre la mesa, con aire ausente… ¿En quién pensaría, qué memoria de amor o desamor templaba su voz y entrecerraba sus ojos?

Antes, hasta hace unos años, la costumbre de cantar en las tabernas -flamenco, casi siempre- estaba tan extendida que aún sobrevive en algunos locales antiguos la ignominiosa prohibición «Prohibido el cante» que, a lo que recuerdo, no era obedecida por nadie. Cuando desaparecieron del todo, quedó solo el televisor, las voces estentóreas, el silencio ensimismado de los bebedores de aguardiante…

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Art by Nanette Vonnegut

In memorial of the children and soldiers in Iraq (By Maggie May Ethridge)

And Lot’s wife, of course, was told not to look back where all those people and their homes had been. But she did look back, and I love her for that, because it was so human. So she was turned into a pillar of salt. So it goes.
― Kurt Vonnegut, Slaughterhouse-Five

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Where literature and art intersect, with an emphasis on W.G. Sebald and literature with embedded photographs

You can download a compilation of all of the titles from my multiple Photo-Embedded Fiction & Poetry Bibliographies from here on Vertigo. This free PDF lists in chronological order the over 700 titles I have located from the 1890s through 2023 which have photographs as an essential part of their text. To reduce file size, this compilation does not include the images of the book’s front covers

Vertigo
Where literature and art intersect, with an emphasis on W.G. Sebald and literature with embedded photographs

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You can download a compilation of all of the titles from my multiple Photo-Embedded Fiction & Poetry Bibliographies from here on Vertigo. This free PDF lists in chronological order the over 700…

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The Wonderful Wizard of Oz

The first copies of the children’s novel The Wonderful Wizard of Oz by L. Frank Baum were printed by the George M. Hill Company.

During the subsequent decades after the novel’s publication in 1900, it received little critical analysis from scholars of children’s literature. This lack of interest stemmed from the scholars’ misgivings about fantasy, as well as to their belief that lengthy series had little literary merit.

The Wonderful Wizard of Oz by L. Frank Baum

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