La caída de Ícaro

Un poeta frente a un cuadro: W. H. Auden mira uno de Brueghel, el Campesino: “Paisaje con la caída de Ícaro”. En uno de sus más bellos poemas, de 1938, con el cuadro de Brueghel a la vista o en la memoria, habla de la inexorabilidad del sufrimiento humano y también de la inevitable indiferencia (de la naturaleza, de los hombres) con que ocurre. «Tocante al sufrimiento -dice el comienzo del poema de Auden- nunca se equivocaron los Viejos Maestros».

El cuadro de Pieter Brueghel causa perplejidad la primera vez que se lo mira. En sucesivas contemplaciones, la perplejidad se convierte en angustia o piedad y, finalmente, se contagia de la indiferencia absoluta con que sucede la escena. Tenemos frente a nosotros la panorámica (estamos en alto) de una hermosa bahía. En primer plano, vemos a un agricultor en plena faena, arando en surcos con mulo y arado de un solo diente. Más abajo -los planos son descendentes- está un pastor con su rebaño de ovejas. Por último, y ya en la orilla del mar, en nuestro ángulo inferior derecho, un pescador con su caña prueba suerte.

Al fondo una ciudad y una fortaleza flanquean la entrada de la bahía. El sol bordea el horizonte, hay casas en un islote, galeones, barcas, playas, olas… Es posible que, en una primera mirada, la tragedia que esconde el cuadro nos pase tan desapercibida como a los personajes indiferentes que pueblan el paisaje: muy cerca de donde el pescador lanza su caña, en la orilla del mar, levantando espuma apenas, se ven las piernas (en realidad sólo una, la otra está ya casi sumergida) de Ícaro hundiéndose en el mar.

¿Por qué el pescador, que lanza su sedal, no lo ve? ¿O es que lo ve y disimula? ¿Y los demás? El labriego ensimismado en su labor, en la derechura de su surco, por la trayectoria que sigue con su arado, ha debido verlo. Sin duda ninguna, lo ha visto el pastor, que mira, echado indolentemente sobre su cayado, al cielo. ¿Por qué no hay en ellos el más mínimo atisbo de inquietud, de piedad, de socorro, de alarma ante el drama terrible de un niño que cae del cielo y se hunde como piedra en el mar?

A mí me produce angustia la visión de este cuadro. Auden se maravilló sólo de la inevitabilidad de la tragedia humana y de cómo la asumimos en nuestra vida cotidiana; en sus palabras: «cómo todo le vuelve la espalda al desastre sin inmutarse». Pero es el peor de los destinos del dolor de los hombres, el más aciago, aquel al que se le priva de toda grandeza porque se le priva de testigos, de piedad o llanto: el que sólo le dedica la más solemne y aturdida indiferencia. He aquí la tragedia ridícula y anónima de un niño que, desoyendo los sensatos consejos de su padre, voló demasiado alto y demasiado cerca de la luz. Así nos lo dejó contado el mito.

Seguramente Brueghel, como todos los `Grandes Maestros´ como los llama Auden, adivinó en el Quinientos lo que para nosotros ya es ley: que las inmensas tragedias que acontecen cada día en nuestro mundo (enumerarlas es inútil: las violaciones y torturas interminables de Sudán, los mutilados y muertos de Palestina, la enfermedad, hambre y llanto de la inconsolable África, el asesinato vil de mujeres en nuestras calles, el tráfico universal de los niños…) no tienen testigo. Porque, aunque haya millones de cámaras de televisión o de `webcam´, de teléfonos móviles que hacen fotos, no hay testimonios -o se nos limpian con asepsia-, no hay testigos -o nadie los oye-. O los que hay miran cabizbajos el surco que trazan con su arado, contemplan indolentemente las nubes o echan el anzuelo al mar, por probar suerte, al pez nuestro de cada día…

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La vida buena

‘Hikers at Goodwood Downs, West Sussex’, George Henry, Oil on Canvas (Sheffield Museums)

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Pecado original

En el relato del Génesis hay algo fundamental que pasa desapercibido: el hombre es la última criatura. En un sentido muy literal, y familiar y entrañable, los animales son nuestros mayores, a los que, como tales, deberíamos tener devoción y respeto.

No fue así, no es así desde que invertimos el orden y nos creímos los primeros, viendo en ellos solo lo que no somos nosotros, los que los nombramos. Quizá sea por eso por lo que no soportamos la mirada directa a los ojos de un animal.

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La protesta pacífica contra las cuerdas en Europa (informe de AI)

No hay mejor guía de lo que nos conviene que el empeño de gobiernos e instituciones del orden por lo contrario. AI toca la campana de alarma con este informe.

La protesta pacífica, contra las cuerdas en Europa

Imagen/foto

España destaca por los nueve años de vigencia de las leyes mordaza (Ley de Seguridad Ciudadana y doble Reforma del Código Penal), impunidad tras los abusos policiales, demonización de la protesta, persecución de activistas y, especialmente, por las infiltraciones de policías en los movimientos sociales.

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En la red

Una sola vez maté un zorzal con una escopeta. Era joven y acompañaba a mi cuñado él sí cazador irredimible, al amanecer, discretamente embozados junto a un arroyo, a la espera de que alguno de estos pájaros madrugadores bajara a beber al río. Como otras veces, me invitó a disparar a alguno: esta vez no lo rechacé. Tuve la mala fortuna de descubrir  en aquel momento fatídico del amanecer que tengo buena puntería . Nunca olvidaré cómo aquel zorzal se detuvo en seco y cayó a plomo a pocos metros de mí. En mis ya luengos años no he vuelto a tomar un arma entre mis manos.

Caza de codornices con red en Mesina

Mi otra experiencia de hombre cazador fue de acompañante, en realidad. Acompañaba a mi padre a cazar codornices con red y reclamo. Estaba prohibida, porque se atraía al macho en época de celo, pero mucha gente la practicaba. Mi padre, que era manitas, diseñaba y construía el instrumento para imitar el canto de la codorniz hembra y la red, muy tupida y de color verde, no sé dónde la conseguía.

El proceso en sí, aparte de la caminata, era largo, tedioso y de infructuosos resultados. Iba probando distintos sembrados, sobre los que echaba y extendía la red insidiosa, nos situábamos en cuclillas en algún extremo discreto, él imitaba con su reclamo a la codorniz, y a esperar. Nunca tuvimos mucho éxito, no sé si por algún defecto de su instrumento musical o porque ya entonces empezaban a escasear estas aves.

He recordado estas mínimas escenas cinegéticas leyendo la Historia de  de San Michele de Axel Munthe, el famoso médico sueco que se retiró a Anacapri, en los mismos parajes paradisiacos donde lo hizo el emperador Tiberio. Menciona la caza de codornices con red, aunque en plan, digamos, industrial. Munthe era un apasionado de los pájaros, que poblaban el cielo en mucha mayor proporción que ahora. En sus palabras:

Llegaban justo antes del amanecer. Lo único que querían era descansar un poco tras su largo vuelo a través del Mediterráneo, pues el destino de su viaje, la tierra donde habían nacido y donde iban a criar a su prole, aún estaba muy lejos. Llegaban por miles: palomas torcaces, tordos, tórtolas, toda clase de aves acuáticas, codornices, oropéndolas, alondras, ruiseñores, lavanderas, pinzones, golondrinas, currucas, petirrojos y muchos otros pequeños artistas, de camino a sus conciertos primaverales en los silenciosos bosques y praderas del norte. Dos horas más tarde aleteaban enloquecidos e impotentes atrapados en las redes que los astutos humanos habían extendido por toda la isla desde los altos acantilados del monte Solaro y el monte Barbarossa. Al anochecer eran encerrados en cajitas de madera sin agua ni alimento y enviados en barco a Marsella para ser degustados más tarde en los restaurantes más elegantes de París. Era un negocio muy lucrativo. Capri había sido durante siglos la sede de un obispado enteramente financiado con la venta de aves cazadas con red.

Consiguió, comprar aquel monte a su malvado dueño, mediante un chantaje médico (lo operó de una pleura) y convirtió el monte Barbarossa en un santuario de aves. Yo también, como el médico humanista, “estoy seguro de que Dios todopoderoso ama a los pájaros o de lo contrario no les habría dado un par de alas como a sus ángeles.”

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