La hipótesis de Condorcet tiene aún cierto valor: considerar que las dinámicas sociales están protagonizadas por la humanidad entendida como un pueblo único, sin que se vean afectadas por las vicisitudes de las naciones o patrias, constituido en comunidad política. La perspectiva de esta abstracción es la que ha conseguido, por ejemplo, el avance imparable de las políticas de Derechos Humanos. Pero tal vez aún mayor que este acierto fue el error del filósofo francés de creer ciegamente en la perfectibilidad de los seres humanos, y, como consecuencia, en el progreso continuo. Es uno de los padres de tan nefasta sugestión.
Esa idea tan dañina, asumida desde la Ilustración, resumida en la conocida frase de Leibnitz, “el presente está preñado de porvenir”, se ha mostrado, tras la última ilusión (un hedonista presente continuo, preconizado por la posmodernidad desde los años 80), como un “progreso” hacia la nada, el de una humanidad sonámbula en un tren sin conductor, por decirlo con la conocida metáfora.
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Hay gente tan conocida como el filósofo Slavoj Zizeck, la escritora española Milena Busquets o la cantante Patti Smith.
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A pesar de que muchos han diagnosticado como «crisis moral» la atmósfera de fondo que ha provocado esta última crisis dineraria de nuestro mundo, pocos –en un análisis superficial, sin escalpelo, muy propio de la posmodernidad– han profundizado en los síntomas y causas de esa «enfermedad moral» de las sociedades capitalistas. Roma ya lo era, y las enseñanzas de sus desvaríos podrían ayudarnos a entendernos mejor si no fuera porque el olvido del estudio de las culturas clásicas no fuera uno más de los olvidos deliberados –y freudianos, en tanto que culpables– en que vivimos.
No he leído, por ejemplo, salvo en los escritos «altermundistas» que reivindican el crecimiento cero, ninguna crítica severa al lujo y exhibicionismo de las élites económicas posmodernas. Al contrario, pues de lo que se trata es de potenciar de nuevo, por emulación, el endeudamiento familiar y el fasto, el consumo en cacharrería inútil, la reornamentación de casas y cuerpos para que el dinero y la usura vuelvan a las cotas en que solían. Uno mi voz a esas tímidas llamadas a las costumbres de vida y ornato morigerados, recordando hoy algunos de eso intentos fútiles, pero enderezados a razón, del mundo antiguo por sujetarlos.
Hacia el año 46 a. C., César emitió este edicto que tomo como título de la columna, con el fin de controlar la ostentación desproporcionada del lujo en la agitada Roma del siglo I a. C. Entre otras cosas, se intentaba regular el uso público de los vestidos caros y llamativos (por ejemplo, los de color grana: un tinte muy caro), la exhibición de joyas o la cantidad y calidad de los alimentos consumidos en los banquetes, así como el número de invitados. Se cuentan anécdotas de soldados que entraron en casas para controlar in situ la glotonería proverbial de los romanos y que, durante un tiempo, hombres de su confianza hacían ronda –policía moralizadora– por entre las tiendas del Foro. La paradoja de que el dictador hubiera sido toda su vida un manirroto –coleccionista de perlas y de obras de arte, entre otras «aficiones» personales como la celebración espectacular de sus triunfos, o los hiperbólicos funerales que organizó por su hija Julia– no parece que afectara mucho a la acelerada actividad legislativa que desarrolló febrilmente los últimos años de su vida.
Como el político inteligente que fue, no parece que confiara tampoco mucho en la efectividad de esa ley cuando él estuviera ausente de Roma. No fue, por supuesto, el primero ni el último intento legislativo para moderar la suntuosidad. De una naturaleza ejemplarizante parecida hubo, al menos, tres disposiciones anteriores (la más antigua, la Lex Oppida, especialmente misógina, prohibía que las mujeres poseyeran más de media onza de oro entre todas sus joyas y adornos) y muchas más posteriores. Ni siquiera fue sólo una cierta obsesión del pueblo romano, al que tanto gustaban –en un plano teórico, desde luego, sin traducción práctica en ninguna época salvo en su propia mitología fundacional– las admoniciones sobre la moderación y la frugalidad. En la Inglaterra de los Tudor también hubo leyes suntuarias con la torcida y muy británica intención –eso sí– de evitar equívocos en las relaciones sociales empezando por la indumentaria.
Todas las leyes que han querido regular costumbres han fracasado. Y es normal que la gente se rebele contra ellas. Pero no debería ser olvidada la intuición política que las motivó. Recuerdo, así, con cierta nostalgia, la austeridad y el modo de vida sobrio de que hicieran gala, durante mucho tiempo, los militantes del Partido Comunista y del primer PSOE. Al modo en que Ortega recordaba la impronta de Antonio Maura -tostado siempre de sol de campo– como de una «elegancia rural», modesta y nada exhibicionista, tal vez nos hiciera falta –da grima tener que decirlo– moderar al menos las apariencias y la publicidad del lujo más ofensivo: aquel que, como en un cuento de Navidad, ofende con el opíparo y luminoso escaparate la dignidad hambrienta del mendigo.
Bridgette Guerzon Mills es una artista cuya obra incorpora diversas técnicas y materiales, como fotografía, pintura, encáustica, así como fibra, textiles y otros materiales recuperados. Sus obras han sido publicadas en revistas y libros, y su trabajo está presente en colecciones tanto en Estados Unidos como a nivel internacional. Actualmente reside en Towson, Maryland, con su familia.
Bridgette Guerzon Mills, 2017
Como artista de técnicas mixtas, la encáustica es un medio versátil que le permite crear profundidad en capas y le sirve para explorar más a fondo tanto la forma como el significado. Combina la fotografía con la encáustica para crear un puente entre dos mundos, el real y el reconstruido. El lienzo se convierte en una superficie de múltiples capas que habla tanto al sentido visual como al táctil.
Sin embargo, persistió / Nevertheless, She Persisted
Libro abierto / Book Open, técnica mixta / mixed media, 2020
Cuando se separaron las técnicas y el saber -o lo que es lo mismo, el saber especulativo y el saber práctico-, empezó el largo y laberíntico reinado de esta reina por un día que llamamos, de forma extremadamente vaga, cultura. Se bifurcaron, en realidad, más cosas: arte y artesanía, música y folclore, comida y gastronomía o campo y naturaleza. Si se examinan las parejas de nombres se verá enseguida que uno corresponde a la variante de prestigio y la otra a esa especia protegida -pero en vías de extinción- del vivir y saber popular. Hasta museos de artes y costumbres populares hay aún por esos mundos de Dios, imagino que tan vacíos como los dedicados a la Paleontología…
Andy Warhol: Campbell’s Soup Cans and Other Works, 1953-1967 | MoMA
La historia de esa escisión es también la del progresivo desligamiento entre la creación de cosas bellas y su uso y disfrute por la gente. Hoy se alaba, por ejemplo, cualquier plato de cualesquiera cocineros famosos con palabras sospechosamente parecidas a las de un crítico de arte ante una pintura abstracta. Los platos presentados son tan minimalistas como los de un bodegón porque su fin no es alimentar -el cuerpo y el alma, claro, porque ése es el fin de la comida- sino «crear arte». Ésa es, justamente, una de las claves que explica el divorcio histórico de que hablaba al principio: si a un hacer se le quita la utilidad, el uso, el disfrute sin demasiadas mediaciones de expertos, ahí nace el `arte´. Un plato de comida cuyo fin no es alimentar, sino, en todo caso, estimular las pituitarias de glotones connaisseurs o iniciados, eso ya es gastronomía o ciencia alquímica. Obsérvese la ironía, algo obscena, de nuestras sociedades: los restaurantes que sirven comida para comer, sin sello de marca y en platos hondos y económicos, se les llama «populares».
Una silla que no sirva para sentarse -decíamos- ya empieza a ser arte (¿de diseño llaman a esos muebles espantosos de las revistas?), tal como la lata de sopas Campbell´s de Andy Warhol. Y, a la vez -segunda clave explicativa-, empieza a valer dinero. Porque es que si algo define a los objetos de arte es que son valores fiduciarios. si se abren las secciones de Cultura de cualquier periódico se verá con qué naturalidad pasmosa encontramos allí, un día por otro, los precios récord que tal o cual cuadro, esta o aquella antigualla, han alcanzado en alguna subasta. Yo vi el `truco´ hace muchos años, cuando me enteré de que Manolo Escobar, la vieja gloria de la canción española, invertía sus ahorros en obras artísticas. Recordemos con una triste sonrisa los cotizadísimos cuadros que aquellas laboriosas investigaciones del expolio marbellí sacaron a luz, incluida la luz blanca de los cuartos de baño de los facinerosos snobs de la Costa del Sol…
Yo tenía un amigo, con fama de rebelde sin causa, temido por sus provocaciones y admirado por su manera de vivir al margen de las convenciones. Un día me sorprendió al confesarme, en una de esas charlas en que nos vemos envueltos de jóvenes, tantas veces, sobre lo que querríamos que fuera nuestra vida futura, que él, de verdad de la buena, lo que siempre quiso ser es mayordomo de una gran casa. Me quedé de una pieza, claro.
Toda la admiración que sentía por aquel amigo se me fue de golpe a la nube de los actos fallidos. Pero después le agradecí su sinceridad, porque me ayudó a entender mejor la naturaleza humana. Bueno, para ser sincero yo también, la naturaleza humana de la clase obrera a la que él y yo pertenecemos. Y me puse a pensar a toda máquina qué demonios había tras aquella afirmación tajante que sonaba a una de sus «boutades» de siempre. Se lo pregunté, por supuesto, y he aquí, más o menos su respuesta: «Es que en ese trabajo no tendría que pensar, sólo planear y ejecutar; al levantarme, cada día estaría ya ocupado de antemano y en cada ocasión de duda, la misión fundamental de mi vida estaría clara: hacerle la vida más fácil a mi señor».
Por si algún lector se alarma, piensen despacio en cuánta gente, de cualquier edad, no desea en el fondo, como mi amigo, que alguien le organice la vida, que una cotidiana predestinación le indique en qué ocupar las 24 horas del día. Piénsenlo. Y no fue la última vez que oí ese razonamiento: con otro amigo. éste con más violencia contenida en su interior que decidió enrolarse en el ejército, tuve una conversación parecida. Una pregunta como «¿Me puedo acostar ya, señor?» puede que dé sentido a muchas vidas.
Al leer en la prensa nacional que el 72% de los hijos de obreros deja de estudiar tras finalizar o malacabar la ESO y, en su mayoría, vuelve a la casa o se pone a trabajar, no puedo más que recordar y usar estas paradójicas explicaciones. Los nombres que podemos darle pueden ser otros, más convencionales y digeribles, pero el resultado es el mismo: miedo a la libertad (Erich Fromm), la estructura bicameral de nuestro cerebro. Qué más da el nombre que le demos. A mí me gusta llamarlo el síndrome del mayordomo.
Está ahí, a nuestro alrededor, en nosotros. Cuando oímos que 9 de cada 10 de las mujeres que trabajan sufren acoso sexual-laboral por parte de sus jefes o compañeros, muchos nos alarmamos e inquietamos. Pero cuando nos dicen los que saben de estas cosas que sólo una cuarta parte de ellas lo comenta con alguien (digo comentarlo, no que hagan otra cosa más conflictiva o radical) y que cuando los empresarios se enteran, en un 50% no hace nada, en un 5% lo consideran un incidente normal en el día a día del trabajo y un 4% traslada a la trabajadora de lugar, a la inquietud y la alarma tiene que sumarse una explicación.
El espíritu de mayordomía que atenaza a tantos hijos de la clase obrera que, a duras penas terminada la ESO, prefieren servir al primer señor que les pague antes que atreverse a iniciar un camino en busca de la luz (y más euros) y de luchar por un nombre propio; la oscura resignación de la trabajadora besuqueada u obligada a sonreír ante sucios chistes verdes del jefe; todo ello son señales que sólo en contadas veces salen a la luz del conocimiento público de los estragos que, como un enorme y doloroso descosido sobre la maltrecha piel humana, causa día a día el «progreso progresado», la expoliación fiduciaria y sin control del mundo que ya no conoce más límite que la posible y pasajera bondad de algún señor sobre su obediente mayordomo. También a mí el contador de minutos de mi reloj me dice que debo acabar ya. ¡Qué alivio!
Pasado en claro de Octavio Paz es un poema largo de alrededor de seiscientos versos escrito entre finales de 1974 y principios de 1975, en Cambridge, Massachusetts. Es un texto principalmente autobiográfico en el que se entreveran muchos temas, en su mayoría ya explorados por Paz a lo largo de su obra poética, como el transcurrir del tiempo, la fuerza creadora de la palabra, la poesía, el erotismo, la memoria, la orfandad del ser humano y el vínculo con la naturaleza. En el poema conviven dos voces: la del poeta que recuerda desde el presente y la de un pasado que reinventa, con lo que se urde una poética del habitar, de la casa, del hogar y de la infancia.
Oídos con el alma, pasos mentales más que sombras, sombras del pensamiento más que pasos, por el camino de ecos que la memoria inventa y borra: sin caminar caminan sobre este ahora, puente tendido entre una letra y otra. Como llovizna sobre brasas dentro de mí los pasos pasan hacia lugares que se vuelven aire. Nombres: en una pausa desaparecen, entre dos palabras. El sol camina sobre los escombros de lo que digo, el sol arrasa los parajes confusamente apenas amaneciendo en esta página, el sol abre mi frente, balcón al voladero dentro de mí.
Me alejo de mí mismo, sigo los titubeos de esta frase, senda de piedras y de cabras. Relumbran las palabras en la sombra. Y la negra marea de las sílabas cubre el papel y entierra sus raíces de tinta en el subsuelo del lenguaje. Desde mi frente salgo a un mediodía del tamaño del tiempo. El asalto de siglos del baniano contra la vertical paciencia de la tapia es menos largo que esta momentánea bifurcación del pensamiento entre lo presentido y lo sentido. Ni allá ni aquí: por esa linde de duda, transitada sólo por espejeos y vislumbres, donde el lenguaje se desdice, voy al encuentro de mí mismo. La hora es bola de cristal. Entro en un patio abandonado: aparición de un fresno. Verdes exclamaciones del viento entre las ramas. Del otro lado está el vacío. Patio inconcluso, amenazado por la escritura y sus incertidumbres. Ando entre las imágenes de un ojo desmemoriado. Soy una de sus imágenes. El fresno, sinuosa llama líquida, es un rumor que se levanta hasta volverse torre hablante. Jardín ya matorral: su fiebre inventa bichos que luego copian las mitologías. Adobes, cal y tiempo: entre ser y no ser los pardos muros. Infinitesimales prodigios en sus grietas: el hongo duende, vegetal Mitrídates, la lagartija y sus exhalaciones. Estoy dentro del ojo: el pozo donde desde el principio un niño está cayendo, el pozo donde cuento lo que tardo en caer desde el principio, el pozo de la cuenta de mi cuento por donde sube el agua y baja mi sombra.
Tina Modotti, Mexican (born Italy), 1896 – 1942; Hands of the Puppeteer, Mexico City; 1929; Gelatin silver print; 9 15/16 x 7 15/16 in. (25.24 x 20.16 cm) (image, sheet); Minneapolis Institute of Art; Gift of the Patrick and Aimee Butler Family Foundation 85.87