Ritos iniciáticos

Publicado primero en El Salto

Fotografía de Álvaro Minguito

Una de las principales preocupaciones de los alumnos del último curso de Bachillerato era (hablo en pasado ¡qué remedio!) la ausencia -o dificultad o postergación- de alguna ceremonia -entrega de diplomas, discursos, cena y fiesta- que escenifique de alguna forma el final de una larga y difícil etapa de estudios. En realidad, pues hay una coincidencia con su mayoría de edad, se trata de la celebración de su puesta de largo como adultos, el abandono de la infancia y adolescencia: un ritual iniciático, roto por el estado de alarma y la devastación de la pandemia.

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Oveja negra

Se llamaba August Landmesser y el 13 de junio de 1936 trabajaba en un astillero en Hamburgo. Aquel día Adolf Hitler visitó las instalaciones, todos los obreros cumplieron con lo esperado: levantaron el brazo. Lo hicieron por convencimiento o para no significarse. Landmesser, no. Sus brazos cruzados se han convertido en un icono de la decencia. Puede comprobarse en esta fotografía mítica, ese gesto callado de resistencia lo resalta nuestro montaje.

La valentía de decir no: cultura y periodismo para resistir al autoritarismo

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Lluvia de oro

Acabo de descubrir, leyendo la última novela de Salman Rushdie, que existe un árbol llamado lluvia de oro (laburnum anagyroides) Bien bonito es.. ¿Lo tendrán los banqueros en sus jardines? 🤔

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El poder de la imaginación

Esto que le pasó a Schubert lo llamaba Ortega “conocimiento fantasma”, ese que no adquirimos mediante los datos inmediatos de la realidad sino gracias a otras instancias como, en este caso, la imaginación. En realidad, la mayor parte de nuestro saber es de esa naturaleza, incluido el conocimiento científico o el divulgado por los medios de educación social. Algo nos condena -toda vez que hemos renunciado a guiarnos por nuestros propios sentidos- a entender solo por aproximaciones fantasmales que tranquilizan nuestro espíritu, siempre inquieto y preguntón, a pesar de todo…

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Menosprecio de corte y alabanza de aldea

Ilustración de Antonio Luis Villar

En Madrid, para hacer referencia al resto de España, es decir, a todo lo que no es Madrid, se utiliza (o utilizaba, que hace mucho tiempo que no voy por allí) el término “provincias”. Así aparece (o aparecía) en los buzones del edificio central de Correos. En el ambiente teatral se dice (o decía) “hacer una gira por provincias”. Por otra parte, las palabras “paleto” o “cateto” y “pueblerino”, con el matiz despreciativo que todos conocemos, nació en las grandes ciudades para aludir a la gente de procedencia rural. Su significado es connotativo y hace referencia a una cierta torpeza, brusquedad de trato, anacronismo en el vestir. Aún hoy, con la globalización de tópicos, modas y músicas ya muy generalizada.

Ser de pueblo, en las ciudades grandes, ha sido siempre como viajar en un tren de mercancías: una ciudadanía de segundo orden. El hecho no es ni siquiera contemporáneo: arranca de los primeros imperios. En la Roma imperial, poseer la ciudadanía romana era un privilegio negado a los oriundos de las provincias que hacía exclamar a los que la poseían: “civis romanus sum!”, “’¡soy ciudadano romano!”.

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¿Quién, quiénes?

Se puede responder de varias maneras, trazando con cada una de ellas, diferentes estelas semánticas, es decir, estableciéndose distintas categorías en la realidad. Un policía, por ejemplo, preferiría el genérico y despectivo “individuo” o “individuos”. Así lo he oído en un telediario hace un rato: “se sospecha que los autores del robo del Louvre fueron cuatro individuos…” En un registro más vulgar, dejarían de ser individuos para ser “tíos” o “tipos” (‘tipejos’ si la ausencia de prestancia física o dignidad es su principal característica).

Si es la habilidad o inteligencia en su especialidad (como parece apreciarse en el robo del tesoro napoleónico), “ladrones” parece más adecuado pues la palabra se adorna con los saberes consagrados de un venerable y antiguo oficio. Aún hay otros términos ya en desuso como “cacos” o “hampones” en los que no nos detenemos por ahora.

Por arriba, tenemos aún los “sujetos”, preferidos en el mundo judicial (“responda el sujeto a la pregunta”) o en el de la Hacienda y sus impuestos, en sintagma ciertamente ambiguos como “sujeto imponente” (¿existe semejante cosa?) y algunos más humorísticos como “tipo impositivo”…

CONTINUARÁ

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