Intramuros: monjas enamoradas

No quiero ser monja, no, / que niña namoradica so

Me mueve a escribir esta entrada la lectura reciente de un excelente artículo de Miguel Ángel Ortega Lucas, La monja portuguesa o el fatal hechizo voluntario, en el que glosa las cartas de amor y desamor de Sor Mariana Alcoforado,  conocida como “la monja portuguesa”, a Noël Bouton de Chamilly. Ortega Lucas imagina así su enamoramiento del apuesto soldado y aristócrata francés:

A mediados del siglo XVII, en el Monasterio de la Concepción del territorio portugués de Beja, muy cerca de Extremadura y Andalucía, una monja llamada Mariana Alcoforado contempla a las tropas francesas, aliadas de Portugal en su guerra contra la corona española, ejercitar sus ensayos de guerra en la llanura. Las banderas flameantes, los uniformes, los caballos caracoleando con ímpetu de aquí allá. Podríamos añadir que bruñe en los aceros la luz del amanecer o del crepúsculo, y que se trata de algún día de verano de 1666. Entre el rumor de las voces graves, el fragor de las armas, la brisa del sur y el escándalo de las golondrinas, Sor Mariana, que presencia la escena junto a otras jóvenes enclaustradas del monasterio, vislumbra a lo lejos una silueta a caballo destacándose (sus propios ojos, queremos decir, hacen que una silueta a caballo se destaque de entre el resto):

Estaba en ese balcón el día fatal en que comencé a sentir las primeras manifestaciones de esta pasión desgraciada. Parecía que deseabas agradarme, aun sin conocerme. Me convencí de que me habías distinguido de entre todas mis compañeras…

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Image/photo

Pero no es este, ni mucho menos, el único caso de monja enamorada y abandonada que nos ha legado la literatura o la leyenda. Si bien es verdad que tenemos infinitamente más mujeres mal casadas o mal maridadas que mal monjadas, por decirlo con el neologismo de Rosa Navarro Durán. A esta misma filóloga debo la mayor parte de los fragmentos que vienen a continuación. Este, por ejemplo, de la lírica tradicional antigua, donde las mujeres eran protagonistas del “yo poético” como en las deliciosas jarchas:

¿Agora que sé d’amor
me metéis monja?
¡Ay Dios, qué grave cosa!

¿Agora que sé d’amor
de cavallero,
agora me metéis monja
en el monesterio?
¡Ay Dios, qué grave cosa!1

Este destino forzado al enclaustramiento que han sufrido tantas mujeres (los otros destinos, como se sabe, eran el matrimonio o la prostitución) a lo largo de los siglos no ha sido muy explorado, ni, desde luego, es muy conocido a pesar de que forma parte de muchas leyendas e historias transmitidas oralmente. Permítaseme que cite  un testimonios oral que, como receptor, guardo en mi memoria. Es un recuerdo vago e incompleto, no sé siquiera si inventado, rodeado del halo de lo misterioso y prohibido. Es una escena de fuga, que me contó una vez mi madre, en la que un caballero (porque iba a caballo, no por su condición social), enamorado perdidamente de una monja, y harto de vivir su amor en la clandestinidad, acordó fugarse con ella una noche cerrada, con la complicidad de alguien dentro del convento que sería el encargado de abrir las puertas. Mi madre se recreaba en el momento culminante en que la monja enamorada subía a lomos del caballo y en la huida al galope en la noche oscura, alejándose, como en un sueño, de los muros del monasterio….

Los románticos, como Zorrilla, sintieron debilidad por estas historias de amor y encierro.. Transcribo los fragmentos y comentarios del retrato de Inés de Alvarado,  de este mismo autor, tal como los presenta Rosa Navarro Durán (La monja enamorada):

Lo inicia con el recuerdo de su encierro forzado:

Cerraron en un convento
a doña Inés de Alvarado,
y obraron con poco tiento,
porque jamás fue su intento
tomar tan bendito estado.

(vv. 913-917)

De origen noble, bella, llena de fantasías, despierta a la vida entre las rejas de un convento. Nos la imaginamos de la mano del verso de Zorrilla, encontrándose con los espejos, ensayando pasos de danza en cuanto pisa una alfombra, iniciando en el laúd «un himno de amor», llenos de lágrimas los ojos al ver las puertas cerradas del convento, contemplando por la ventana la inmensidad del campo, queriendo cambiar «su sayal de lana» por la «basquina» de una aldeana. Borda -los bordados son el puente de cristal entre Inés y la monja gitana- y se siente tentada a trazar con la aguja, en vez del nombre de Cristo, «el de un hombre». Como dice el narrador:

Y así se la van los días
en suspirar y gemir,
por las bóvedas sombrías
de las largas galerías
que la habrán de ver morir.

(vv. 983-987)

Y sentencia, poniéndose al lado de la pobre bella monja encerrada.

¡Oh!, que al abrir un convento
a doña Inés de Alvarado
obraron con poco tiento,
que bien se ve que su intento
no la llamaba a su estado.

(vv. 993-997)

Pero de pronto, la bella monja sufre una transformación. Sus ojos aparecen «serenos y radiantes», participa con gusto en los ritos obligados, borda afanada «labores exquisitas». Las otras monjas ven asombradas cómo «la oveja descarriada» vuelve al redil y siguen rezando para que persevere en esa actitud nueva. El narrador destaca su error de lectura y canta la fuerza del amor humano:

¡Impertinencia importuna!
¡Oh necias, sin duda alguna,
las pobres siervas de Dios,
si no alcanzasteis ninguna
lo que va de Inés a vos!

[…]

¡Necias! La blanca ovejuela
que se vuelve a su pastor,
y cuya vuelta os consuela,
es tórtola que se vuela
al reclamo de su amor.

(vv. 1044-1068)

Sus ojos no miran el altar, sino que buscan otros ojos: «… lenguas en ojos residen, / y los espacios se miden / con las lenguas de los ojos», vv. 1076-1078. Y nos descubre la razón de la metamorfosis de la bella monja: «Un hombre la contemplaba, / y un hombre la devoraba / con sus ardientes pupilas, / y doña Inés se abrasaba», vv. 1079-1082. Es el capitán Montoya que la ronda, y las monjas no ven nada: no ven cómo ella le tiende la mano y él se la besa, no ven huir «una sombra sospechosa» a la luz de la luna, ni los jardineros ven al «rondador caballero», ni ellas imaginan que sus maravillosas flores bordadas esconden billetes amorosos. Y el narrador cierra la unidad narrativa exclamando de nuevo, a modo de estribillo con final diferente:

¡Oh, que al abrir un convento
a doña Inés de Alvarado
obraron con poco tiento,
pues no han mirado su intento
ni en el capitán pensado!

(vv. 1114-1118)

Comienza en seguida el relato de la «aventura inexplicable», como la llama el escritor, el episodio que tomó de Torquemada o de su derivación con final moralizante de Cristóbal Lozano, pero que enriquece con la presencia de otro personaje, don Luis de Alvarado, el hermano de doña Inés y amigo del capitán; así queda en evidencia el engaño de la pobre monja por el seductor sin escrúpulos porque fue galán de monjas sólo por una apuesta. Él mismo lo confesará en el desenlace de su historia al rogarle al padre de su prometida que le dé una parte de su hacienda a «don Luis de Alvarado, / que gana la apuesta infame / que hice de robar a Dios / la mejor prenda al casarme», vv. 1587-1590, y añade que no le diga «que era Inés, su propia hermana, / la prenda que iba a jugarse», vv. 1597-1598. La apuesta entre los dos amigos tiene esa desmesura que espanta: quiere robar al propio Dios la «prenda», una de sus servidoras, de sus «esposas».

El capitán Montoya, aterrorizado por la visión y arrepentido, se hace fraile capuchino; como reza el epitafio de su tumba: «Aquí yace fray Diego de Simancas / que fue en el siglo el capitán Montoya», w.1766-1767. Una «nota de conclusión», en tono ligero -como si el narrador se encogiera de hombros-, precisa la suerte de la bella monja:

Y por si alguno pregunta,
curioso, por doña Inés
y opina que queda el cuento
incompleto, le diré
que doña Inés murió monja
cuando la tocó su vez,
sin su amor, si pudo ahogarle,
y si no pudo, con él.
Porque destino de todos
vivir de esperanzas es;
quien las logra muere en ellas,
quien no las logra también.

(vv. 1768-1779)

Ha abandonado a su suerte a doña Inés de Alvarado.

También creada por Zorrilla, en su leyenda El desafío del diablo otra bella monja enamorada., Beatriz de Hinestrosa:

Doña Beatriz de Hinestrosa, cuyo destino impuesto no encajaba con su inclinación; así se inicia el relato de su vida y de la leyenda:

Nació doña Beatriz
para monja destinada;
mas salió al mundo inclinada
y no fue elección feliz.
Con demasiado devoto
corazón, en su preñez
hizo su madre tal vez
tan desatinado voto.

El narrador desautoriza esa entrega de la libertad ajena: «¿Quién puede ¡necio! decir / lo que otro ha de querer?» y recuerda que no era raro ver -«diez o doce años atrás»- a un niño de seis años «ya arrastrando / un hábito dominico» o «hecha una santa Teresa / una chica de once meses». La defensa que hace en los dos textos de la libertad de la mujer en la elección de su estado es manifiesta; así se oyen en sus versos ecos de las quejas que la lírica tradicional guardó.

A los ocho años la visten bellamente y la encierran en el convento. El narrador describirá el proceso que lleva de la niña ilusionada con sus galas a la jovencita que cae en una profunda melancolía por vivir en un estado de prisión no elegida; nada menos que dedica veinte octavillas a exponer su tristeza, los recuerdos de sus pocos años de libertad feliz en su infancia, de la orilla del río por donde había paseado, de los balcones de su casa «sin reja y sin celosía» por donde veía a la gente, la vivencia de su cautividad monótona, la profunda melancolía que la va devorando hasta hacerla caer en una enfermedad que no logran curar los médicos, «los fieros espectros con tocas» que quiere que se alejen, los gritos en su delirio pidiendo aire que respirar… Zorrilla se detiene morosamente en ese magnífico análisis psicológico de la bella Beatriz, monja novicia por decisión materna, por una supuesta promesa piadosa de acción de gracias. No ha aparecido todavía en su triste vida el amor; languidece por la falta de libertad, por la pérdida de ese mundo apenas entrevisto. Son sólo fantasías sus visiones:

Y en la orilla de aquel río,
y en redor de aquella fuente,
y entre la turba de gente
que veía por su balcón,
tal vez alcanzaba errando
una visión hechicera
cuya sombra pasajera
turbaba su corazón.

Se oye su voz de prisionera sin esperanza, de bella ave enjaulada, alejada por la voluntad ajena de un mundo anhelado, privada de la contemplación de la propia obra de Dios, la maravillosa naturaleza:

«¡Ay!, exclamaba la triste,
contristada y dolorida:
¡cuan monótona es mi vida,
cuan sin gloria y sin placer!
¿Qué es para mí el universo,
si yo, cual ave entre redes,
estoy entre esas paredes
condenada a nunca ver?
¿Qué valen las maravillas
que Dios sembró por su suelo,
si sólo alcanzo del cielo
un jirón escaso y ruin,
y el cántico pasajero
de algún pajarillo errante
que se detiene un instante
en las ramas del jardín?»

Y el narrador subraya su prisión; el claustro aparece como mazmorra, en donde pena olvidada la bella muchacha:

Así en el fondo del claustro
donde cautiva moraba,
allá a sus solas pensaba
la olvidada Beatriz.

(p. 833)

El destino de la pobre novicia parece que va a enderezarse porque, ante la desconocida enfermedad que la aqueja, un médico convence a su padre de que la única forma de salvarle la vida es sacarla del convento. Recobra su libertad y conoce a un hombre que la enamora; pero Zorrilla decide entonces tomar como modelo a otra espléndida mujer prisionera de las tocas, la Leonor de Sesé de El trovador de García Gutiérrez. Don César no será un trovador, pero sí un bandido, que tampoco será tal en su origen, sino un caballero noble; y quien se opone a esos amores no es un poderoso rival como don Nuño, sino el malvado hermano de doña Beatriz, don Carlos, que quiere que su hermana quede encerrada en el convento, en el fondo para apoderarse de su herencia. Ambos caballeros se desafían poniendo como objeto esa cárcel religiosa de Beatriz. Oímos al hermano: «Monja ha de ser (dijo Carlos) / aunque cuanto valgo exponga»; y a César: «Si va mi cabeza (dijo / el otro) no será monja». Una complicada peripecia (una trampa urdida para coger al bandido) desemboca en la noticia que le da a Beatriz su hermano de la muerte de su amado. Ella decidirá entrar de nuevo en el convento, ahora por su voluntad, y profesará, como hizo su modelo, Leonor de Sesé, al enterarse de la supuesta muerte del trovador. El narrador nos la presenta conforme con la reclusión:

Quedó monja Beatriz, lector querido,
y aunque triste, tranquila,
a su suerte con fe se ha sometido
y en ella no vacila.
Los usos del convento
no la molestan ya, ni el abandono
del claustro apesadúmbrala un momento.
De santa calma y de virtud modelo,
olvidada del mundo,
vive esperando en el futuro cielo.

(p. 870)

Sin embargo, no olvida a su amado César. Un día la sombra de un hombre cruza la nave de la iglesia y se arrodilla ante la reja del coro. La monja observa su figura, «mil lisonjeros sueños, / mil bellas fantasías / mil fútiles manías / la mente la asaltaban», hasta que el embozado deja caer un billete sobre la alfombra y muestra su rostro a la bella monja: es su amado, que vive. Volvemos a oír la voz de la desesperada Beatriz en su soliloquio:

«¿Con que vive?, decía,
¿vive? ¡Necia de mí! ¡Y en este encierro,
mientras él por el siglo me buscaba,
labré mi tumba y preparé mi entierro!
Llámame desleal, pérfida, ingrata,
y de mí se despide.
¡El pesar o la cólera me mata!
¡Y parte! Y el misterio de su muerte
no explica en su papel… ¡Cielos tiranos,
con qué estrella nací! ¡Cuan dura suerte
me dan vuestros decretos inhumanos!»

(p. 871)

Nuevas octavillas renovarán el estado de delirio, de fiebre, de desesperación ahora, de la pobre doña Beatriz, que siente cómo ella ha entrado voluntariamente en su cárcel. Reaparecen los espectros de las tocas, la falta de aire… Y viene la rebeldía y la transgresión que acaba en terrible castigo. Don César con una escala entra en el convento; pero no hay escena de seducción, porque es ella la que está determinada a escaparse con un caballero temeroso de franquear la barrera sagrada de los votos. Frente a su «creo en el cielo, y temo / contra su ley rebelarme», está la intempestiva réplica de doña Beatriz: «Ya me lo temía,¡imbécil! / ¡Adiós para siempre, parte!» (p. 876), que recuerda el «imbécil»” final que García Gutiérrez pone en boca de la gitana Azucena. Llega «la apalabrada noche / para la resuelta fuga / de Beatriz», y mientras don César la espera en la calle, ella se arrodilla ante una escultura de Cristo que hay ante un altar. Cedo la palabra a los versos de Zorrilla:

Mas ¡cielos! ¡Cuál fue su angustia
cuando al querer levantarse,
sintió que una mano enjuta
la asía por los cabellos;
y una voz oyó más ruda,
más poderosa que el eco
que con el trueno retumba,
que la dijo: «¿Dónde vas?»
enojada e iracunda.
Cayó Beatriz en tierra,
sin sentidos que la acudan,
y apagándose la lámpara,
todo quedó en sombra muda.

(p. 878)

Mientras, en la calle, don César se enfrentará al malvado don Carlos y lo matará. Al enterarse, a la mañana siguiente, de la muerte de su amada Beatriz, se irá a las montañas de Córdoba, ya no como bandido, sino como penitente.

Y para acabar, una de las joyas del Romancero Gitano de Federico García Lorca, inspirado en la Inés de Zorrilla, “La monja gitana“: Una preciosidad a la que, quizá, valdría la pena volver:

Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.
Vuelan en la araña gris,
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.
¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza,
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.
¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas,
en el mantel de la misa!
Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.
Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
¡Oh!, qué llanura empinada
con veinte soles arriba.
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!
Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.

Post scriptum

Un antiguo amigo, que pasó un tiempo enclaustrado en un monasterio de dominicos, me contaba que era muy común el caso de monjas enamoradas de los confesores del convento. Intramuros, la sublimación del amor humano en divino ha debido recorrer siempre, también, el camino inverso… Soy de una ciudad con varios conventos. Uno de mis recuerdos más emotivos tiene que ver con uno: durante una temporada en que trabajé de cartero, me detenía casi todos los días ante el viejo torno de madera que daba acceso, y vedaba, el acceso a unas monjas enclaustradas. A veces, el proceso se demoraba porque los paquetes o certificados tenían que entrar y salir, como en las puertas giratorias, a través del torno. Siempre oía la misma voz cantarina, amable, cariñosa, joven, que hablaba conmigo sobre las novedade cotidianas, el tiempo y hasta mi salud: “Manuel, tiene la voz de estar acatarrado, ¿por qué no toma…?” Un día no reconocí su voz, pero sí oí , entre el frufrú de las ropas talares, una pequeña discusión entre mi monja y la usurpadora, que acabó desplazada. “Buenos días, Manuel, ¿cómo está del resfriado?…”

Los efectos del calor (#apuntes, 25)

Esta entrada se publica simultáneamente en mi canal personal de Hubzilla y en mi blog Claros en el bosque.

Aviso para caminantes

Di una verdad y verás como todo el mundo se ríe.

(Enrique Jardiel Poncela a Alfonso Sastre)

¿Qué hace uno aquí?

– El indio (¿en territorio comanche?)
– Yendo en romería acaecí en un prado…
– Llorar (escribir en España es)
– Aprender, aprender, aprender.
– (¿Hacer amigos?)
– Ejercer de cosmopolita (¿cosmopolitano?)
– Dignificar el español en Internet (esa lengua de rufianes en que se ha convertido)
– Pensar con (contigo, con él, con ella)
– Disfrutar de las vacaciones en que se ha convertido mi vida en esta tranquila costa de la periferia del mundo (digital)

¿Qué hace usted aquí?
Me alegro de que me haga esa pregunta…

Los grados del verbo ser

(Miguel Mihura, Tres sombreros de copa. Paula habla con Dionisio.)

Paula.- ¿Sus padres también eran artistas?
Dionisio.- Sí, claro. Mi padre era Comandante de Infantería. Digo, no.
Paula.- ¿Era militar?
Dionisio.- Sí. Era militar, pero muy poco, casi nada. Cuando se aburría, sobre todo.

(Agustín García Calvo)

Los niños son lindos, lindos, lindos. Pero les falta la misma gracia que a todos: ser menos…

#apuntes

La poesía militante de Gabriel Celaya

El pasado 18 de marzo fue el aniversario del nacimiento de Gabriel Celaya, “perteneciente a la generación literaria de posguerra, fue un destacado poeta del antifranquismo. Comunista, autor de 100 títulos, vivió sus últimos años en la pobreza y en la enfermedad”, tal como lo recordaba la edición digital de El viejo topo, siempre pendiente de estas cosas.

Una generación inolvidable: Gabriel Celaya, Carlos Muñiz, Alfonso Sastre, Mari Dapena, Jose María de Quinto y Eva Forest.

Así caracterizaba Gabriel Celaya  la “poesía social” que inauguraba su generación, a propósito de los Cuadernos de poesía Norte:

NORTE, según pensábamos Amparitxu y yo en aquel momento, debía ser un puente tendido por encima de la “poesía oficial” hacia los entonces olvidados poetas del 27, hacia la España peregrina, y hacia la poesía europea de la que el autarquismo cultural, y la dificultad de hacerse con libros extranjeros, nos tenía separados desde el fin de nuestra guerra. Por eso publicamos, entre los extranjeros, a Rilke, Rimbaud, Blake, Eluard, Lanza del Vasto, Sereni, Mario Luzi etc. Y entre los españoles, a Leopoldo de Luis, Labordeta, Cela, Cremer, Bleiberg, Ricardo Molina y otros. Lo que nosotros queríamos era romper un cerco: El estúpido cerco de la “poesía oficial”. Y si después, con las visitas de Virgilio Garrote, Jorge Semprún, Eugenio de Nora y Blas de Otero, fuimos convirtiéndonos en uno de los primeros nidos de la “poesía social” fue porque el desarrollo de nuestra poesía así lo demandaba.”

(De “Historia de mis libros”)

Reproduzco a continuación la selección de poemas disponible en la página web mantenida por la Diputación Foral de Guipuzkoa.


EN EL FONDO DE LA NOCHE TIEMBLAN LAS AGUAS DE PLATA

(De “Marea de silencio”, 1935)

En el fondo de la noche tiemblan las aguas de plata.
La luna es un grito muerto en los ojos delirantes.
Con su nimbo de silencio
pasan los sonámbulos de cabeza de cristal,
pasan como quien suspira,
pasan entre los hielos transparentes y verdes.

Es el momento de las rosas encarnadas y los puñales de acero
sobre los cuerpos blanquísimos del frío.

En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio;
los hombres gritan tan alto que solo se oye la luna.

Es el momento en que los niños se desmayan sobre los pianos,
el momento de las estatuas en el fondo transparente de las aguas,
el momento en que por fin todo parece posible.
En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio.

Decidme lo que habéis visto los que estabais con la cabeza vuelta.
La quietud de esta hora es un silencio que escucha,
el silencio es el sigilo de la muerte que se acerca.
Decidme lo que habéis visto.
En el fondo de la noche
hay un escalofrío de cuerpos ateridos.

ESPAÑA EN MARCHA

(De “Cantos iberos”, 1955)

Nosotros somos quien somos.
¡Basta de Historia y de cuentos!
¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.

No vivimos del pasado,
ni damos cuerda al recuerdo.
Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.

Somos el ser que se crece.
Somos un río derecho.
Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.

Somos bárbaros, sencillos.
Somos a muerte lo ibero
que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.

De cuanto fue nos nutrimos,
transformándonos crecemos
y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.

¡A la calle!, que ya es hora
de pasearnos a cuerpo
y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.

No reniego de mi origen,
pero digo que seremos
mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo.

Españoles con futuro
y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.

Recuerdo nuestros errores
con mala saña y buen viento.
Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño.

Vuelvo a decirte quién eres.
Vuelvo a pensarte, suspenso.
Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo.

No quiero justificarte
como haría un leguleyo.
Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso.

España mía, combate
que atormentas mis adentros,
para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.

LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO

(De “Cantos iberos”, 1955)

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque a penas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.

MOMENTOS FELICES

(De “De claro en claro”, 1956)

Cuando llueve, y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,

y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
–el pitillo en los labios, el alma disponible–
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican de alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro –sé que todo es fiado–,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así a la muerte,
¿no es felicidad lo que trasciende?

Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme, pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es felicidad lo que amanece?

Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?

Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y, pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
“Estaba justamente pensando en ir a verte.”
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?

LOS ESPEJOS TRANSPARENTES

(De “Los espejos transparentes”, 1967)

Uno dice lo que dice, mas no dice lo que piensa.
Los espejos no reflejan: transparentan.
Todo mira fascinante de frente, pero no existe.
Todo vuelve por detrás y es lo real, invisible.
En lo que veo, no veo; en lo que no veo, creo;
en toda imagen apunta una múltiple presencia,
palpitante intermitencia del corazón: confusión;
y así me siento indeciso como un pobre hombre perdido,
como tú que ¿quién eres?, como yo que ¿quién soy?

Los espejos que me escupen hacia fuera, y hacia dentro
me proponen transparencias de distancias y silencios,
deben ser, quiero que sean, para mis obras ejemplo,
con mucha luz hacia fuera, con más secreto hacia dentro.
Juego al juego, sí, con trampa, como hay doblez en los versos.

Así se cuentan las cosas que nos pasan cada día,
y bien contadas parecen fascinantes y sin alma.
Si se piensa, nada es lo que se ve en el espejo.
La luz grande es un abismo y un estúpido misterio.

NIÑEZ SONÁMBULA

(De “Los espejos transparentes”, 1967)

Era una casa grande, vacía, llena de ecos,
con veinte ventanales abiertos hacia el mar.
Y el mar sonaba triste contra el acantilado
como el destino sueña y acaba por matar.
Era una casa rara porque nada pasaba
y siempre parecía que algo iba a pasar.
Era una casa loca como aquella en que, niño,
según ahora me explican, nunca llegué a vivir,
pero que yo recorro, sabiendo los secretos
de sus cien corredores y sus puertas ocultas,
sus vueltas y revueltas, sus cámaras cargadas
de perfumes pesados y de un pasado horror
que todas las ventanas abiertas hacia un mar
de luz y de aventura, y disponibilidad,
no barren con su brisa, ni liberan del ¡ay!
Era una casa antigua. Y triste sin razón.
Allí viví de niño, y allí vivo de veras
por mucho que me nieguen. Y así, ciego, atravieso
los pasillos sin fin y las salas vacías,
y esas puertas que empujo para abrir otras salas,
todas ricas, lujosas, con sus tapicerías,
relojes, porcelanas, cortinas y recuerdos.
Todas eran iguales, repetidas, abiertas,
la rosa y la morada, la del león de oro,
la del abuelo Juan… ¿En qué se distinguían?
Yo abría puertas, puertas, buscando una salida,
lloraba algunas veces sin saber bien por qué,
y huía como un ciervo frente a aquella doncella
que me decía amable: “¿Qué quiere el señorito?”
Huir, huir, mi vida sólo ha sido una huida
sin saber hacia dónde y sin saber por qué.
Huir de aquella casa donde viví de niño,
aunque según me dicen nunca viví de veras.
No es un sueño. No. Veo oculto y real
a ese niño que mira con ojos espantados
detrás de una ventana, la mar, el mar, la mar.

PRIMERAS MATERIAS IBERAS

(De “Iberia sumergida”, 1978)

El esparto, la sal, el granito,
lo estrictamente seco, lo ardientemente blanco,
la furia indivisible en la luz absoluta
de un sol por todo lo alto y un espacio vacío.

Las piedras abrasivas y la cal deslumbrada.
El cuarzo y su explosión de estrellas diminutas
metidas en los dentros de lo que no se explica.
Y el explendor del mundo carente de sentido.

Aquí, en los dentros, roca, luz, furia, sequedades,
detalles violentos y a veces luminosos;
y el tejido del aire, los temblores del lino
entre los leves dedos de una brisa insinuante.

Lo digo, y al decirlo, recuerdo cuentas, cuentos
que Plinio registró con nombres sustanciales:
la bellota, la arcilla, la encina y el arrabio,
el vino y el calcanto, la pizarra y la cera,

el escombro, el electro, la plata viva ardiente,
el deslizado aceite, el plomo negro o blanco,
el cárbaso, los higos, la cebolla albarrana,
la sal en bloque, el agua mineral y el conejo.

La luz de los metales: sus encuentros sagrados
y en la noche, enterradas, sus mil aguas quemantes,
y ese furor del oro, rojo león llameante,
y ese azul de aire ardiente, duro esplendor parado.

¡Furias! ¡Dominaciones! ¡Dioses devoradores!
¡Velocidades ciegas! Y de pronto, ante el sol,
un grito alucinado que gira sobre sí,
que puede, que podría ser no se sabe qué.

LA IRRACIONAL ALEGRÍA

(De “Poemas órficos”, 1978)

En la mañana clara, la risa de los dioses
retumba como un trueno.
El toro subterráneo levanta la cabeza
y los árboles tiemblan millonarios de hojas.

Tempestad transparente. ¡Azul! Y de repente
una leve sonrisa femenina, perdida,
condena al silencio los grandes poderes,
y parece que algo dice.
Pero no dice nada.

LA VIDA, AHÍ FUERA

(De “Poemas órficos”, 1978)

Esa vida que no es mía y me rodea,
el misterio de la muerte, lo que llamamos la muerte
y el misterio de la vida siempre abierta,
lo que llamamos la vida
en el árbol, en las nubes y en el agua,
y en el viento y en el mundo que es quien es sin ser humano,
y en la inmensa transparencia que no se dice, se muestra
en eso que busqué tanto y ahora encuentro regresando:
La infancia, quizá, la infancia, nuestro final seguro,
nuestro cuento, nuestro canto, nuestra mágica conciencia:
El total de lo sin fin y de la vida abierta.

DEDICATORIA FINAL (Función de Amparitxu)

(De “Función de uno, equis, ene”, 1973)

Pero tú existes ahí. A mi lado. ¡Tan cerca!
Muerdes una manzana. Y la manzana existe.
Te enfadas. Te ríes. Estás existiendo.
Y abres tanto los ojos que matas en mí el miedo,
y me das la manzana mordida que muerdo.
¡Tan real es lo que vivo, tan falso lo que pienso
que -¡basta!- te beso!
¡Y al diablo los versos,
y Don Uno, San Equis, y el Ene más Cero!
Estoy vivo todavía gracias a tu amor, mi amor,
y aunque sea un disparate todo existe porque existes,
y si irradias, no hay vacío, ni hay razón para el suicidio,
ni lógica consecuencia. Porque vivo en ti, me vivo,
y otra vez, gracias a ti, vuelvo a sentirme niño.

#Poesía #Literatura #Gabriel Celaya

El deterioro

Reúno aquí, engavillados en un solo texto, las cinco columnas que, con el título genérico de El deterioro, publiqué en La Opinión de Málaga entre el 27 de mayo y el 23 de junio del 2007. Quise realizar en ellas un diagnóstico del deterioro, justamente, de nuestras sociedades, economía, política y vida cotidiana a partir de noticias “pequeñas” de entonces. El despliegue completo del análisis que resultó de los cinco textos creo que aún puede ayudar al lector de hoy a entender lo que nos está pasando.

El deterioro

I

Según un estudio del sitio de internet CollegeHumor.com, más de un 60% de los estudiantes universitarios norteamericanos copia en los exámenes. No es nada sorprendente, pero lo que, al menos a mí, sí me ha inquietado es que sólo un ralo 16,5% siente remordimientos por hacerlo. Y lo que ya me ha determinado a compartir con ustedes hoy mis incertidumbres es comprobar que los más proclives a hacer chuletas, a inscribir fórmulas salvadoras en la calculadora o a soplar o inspirarse en el compañero más cercano, son los más religiosos (un 65,4%) que, como ven, sobrepasan en mucho a aquel grupito minoritario -sospecho que formado por laicos y demócratas- que, al menos, sentía el resquemor y el peso insobornable de la -mala- conciencia.

La falta de remordimiento de la que, por cambiar de paisaje y venirnos a la patria, hacen gala los protagonistas de la mentira de estado, con proyección internacional -ONU, consignas a redactores de cabeceras de otros países- perpetrada en los días aledaños al mayor atentado terrorista acaecido en nuestro país el 11 de marzo de 2004, es sólo una muestra más. Ahí les ven y oyen, a algunos de los protagonistas, dictando soflamas en favor de la moralidad nacional, ofreciéndose como paradigmas de eficacia en la lucha antiterrorista, a ex ministros ex vicepresidentes y ex candidatos que entonces acumularon en su currículum el mayor grado de ineficacia e imprevisión, de mala guarda del pueblo ante el terror islamista conocida entre nosotros. Ésas sí, epónimas.

Pero es que es la falta de remordimiento, que es uno de los síntomas más claros para mí del deterioro de la democracia española, la señal que más se deja ver entre nosotros de que algo va mal, muy mal en el desenvolvimiento de nuestro procomún, como pueblo. Se ve en los rostros incólumes de mentirosos que fueron ministros, de prevaricadores que fueron magistrados, de manipuladores de información pública que siguen siendo directores de cabeceras periodísticas, de corruptores de opinión que siguen teniendo el privilegio -la tentación malversada, para ellos- de un micrófono ante el que proferir inflamadas y mendaces palabras, incendiarias insidias: todo eso que en nuestra vieja, hermosa y ultrajada lengua, siempre se llamó así, porque deforma en rictus contrahecho los músculos del rostro: caras duras.

Las caras duras menudean en la investigación que conocemos como Malaya, que dejará testimonio escrito para la posteridad -ay vergüenza nuestra, ante nuestros hijos y nietos- de la mayor concentración por metro cuadrado -nunca mejor dicho- de corrupciones y corruptelas, de malversación de caudales y confianzas públicas, de vaciamiento de tierra comunal, de hipotecas para siempre y nunca en las cuentas de escurridos jornales y eternas hipotecas. Esas caras de piedra de concejales y alcaldes, de empresarios, contratistas, subcontratistas y vivillos que menudean en los álbumes de fotos familiares y públicas de famosos del día. Sin un atisbo de remordimiento, salvo quizá, el de que los haya pillado alguien, el de no haber sido suficientemente listos, pillos o rápidos. De no haber rezado con suficiente fervor a la Virgen del Rocío.

Para el estudiante estadounidense que logra pegar el cambiazo en un examen (¿nos creemos que esos 60 de 100 de que hablaba el estudio?) y que, sin el menos escozor de su sobornable conciencia -algunos, según CollegeHumor cobra en relaciones sexuales si no puede en dinero-, acaba sus estudios y da gracias al Creador (pues es casi el mismo sospechoso porcentaje que el de los que se consideran religiosos) por haberle dado tal clarvidencia, esto no será más que el verdadero aprendizaje para la verdadera (buena) vida que presiente y que le espera. Nuestros jóvenes y primerizos votantes, pensemos que también incautos, en las Municipales ¿estarán también, a su manera, refleja e inexperimentada, emprendiendo este descarado aprendizaje? ¿Apretarán la mandíbula y endurecerán la mirada al depositar el voto, al modo de los más caracterizados gentleman del cinismo mundializado si son sorprendidos copiando?

II

De modo que el cinismo y la falta de arrepentimiento lo entendemos como una de las muestras más claras del deterioro que sufre la democracia española y, en un sentido amplio, las sociedades del llamado enfáticamente «mundo libre» en los tiempos de la Guerra Fría. Lo hacíamos desde varias perspectivas: desde el caso, sólo aparentemente fútil, de aquel 60% de estudiantes norteamericanos que, según un estudio publicado en internet, hacía trampas en los exámenes, sin el más mínimo atisbo de remordimiento, hasta el más conocido y contumaz de los políticos conservadores españoles, que en sus múltiples y cínicas apariciones en los Medios, no hacen sino recordarnos, como en un palimpsesto, aquellas otras apariciones, cuando ocupaban cargos de responsabilidad en el último gobierno Aznar, y su intento mendaz, desenmascarado ya en el juicio oral sobre los atentados del 11 de Marzo de 2004, de asociar la infame masacre a ETA.

Pero el deterioro, como ocurre con la vejez o algunas enfermedades, presenta muchos otros síntomas, tal como lo entendemos. Uno de ellos es el inveterado intento de los medios de comunicación conservadores por crear la errónea percepción óptica de que, «mutatis mutandis», Madrid es una metonimia de España toda (como en aquella cursilería de llamar a la mesetaria capital «crisol de todas las españas»). José Antonio Labordeta, cantante y viejo militante aragonesista, como saben, lo cuenta de manera muy gráfica, y con gracejo maño, en el diario electrónico «elplural.com», al explicar cómo en Aragón el repetido titular «El PP ha ganado las elecciones» es tan falso como afirmar que las ha ganado su propio partido regionalista. Con contundencia afirma que «la España de las autonomías, la convierten, con este discurso triunfalista, en un territorio “cabezón” donde solo lo que ellos ven es lo que quieren que veamos los demás».

El viejo sueño «cabezón» (capital viene del latín «caput», cabeza) de una España unitaria, al que no es ajena una capitalidad de origen tan rural como Madrid, sólo por su situación central en la península. De ese monstruoso sueño de la razón da  muestra el irremediable y obsesivo trazado radial de ferrocarriles y carreteras de la céntrica cabeza a la periferia, ida y vuelta. El muestra, cabezón, la ceguera histórica de dejar durante siglos incomunicadas las regiones excéntricas entre sí. Recuerden sólo que aún hasta ahora mismo apenas se termina por completo la reconstrucción moderna de la vieja Vía de la Plata para facilitar el viaje del NO al SO del país sin tener que pasar, ay Carmela, por Madrid.

Algo parecido, una distorsión auditiva paralela a la «visual», ocurre con la bronca, al parecer de muchos decibelios, con que el omnipresente tema vasco, o los nuevos símbolos, y circunvalaciones urbanas, hace pensar a muchos que es la misma riña que, como en eco, destempla el resto del territorio español. Un antiguo éxito de ventas de los años de la Transición -lo recordarán los más añudos o memoriosos de los lectores- se llamaba «Las Autonosuyas», del inefable Vizcaíno Casas: cualquier día lo reeditan. Pienso, como Labordeta, que los políticos del partido de la derecha española refundada, no han aceptado nunca, de forma natural: como la misma esencia del país, la estructura y vida multipolar, multilingüística, multihistórica de España.

La distorsión lingüística, visual y auditiva que hace proclamar al PP este discurso triunfalista, debido en gran parte a la imposible metonimia de Madrid (eco lejano y desvaído de aquel otro, desesperado y fatalista, del «No pasarán» republicano) es el signo de deterioro del que les quería hablar hoy, en contraste con esa saludable y refrescante constatación de Labordeta de que ni el PP ni ellos -la Chunta Aragonesista-, en Aragón, esto es, en una de las españas, «se han comido una rosca».

III

Es la lengua la que crea realidad al nombrarla, no al revés. Del mismo modo que la red de los significados filtra lo que nombra (una incógnita, una «x» a la que sólo cercamos por aproximación: lo que quiera que haya ahí afuera) parcelando la realidad de una determinada manera y no de otra. En lo más sencillo de apreciar, es lo que explica que en español distingamos «pez» y «pescado» y el francés no. Del mismo modo que los esquimales tienen cuatro palabras, al menos, para nombrar la nieve y nosotros sólo una. Por eso me resulta tan descorazonador que en el análisis político se considere suficiente un pequeño haz de palabras-baúl, vacías o desgastadas, con sus correspondientes ideas-tópico, cuando en ese análisis, es decir, en entender lo que nos pasa, lo que hace con nosotros el mercado, el poder o la invocación a una patria, nos va, literalmente, la vida.

Por eso, en las dos columnas anteriores, me detenía en la aceptación o resignación común ante la mentira colectiva o en la falta absoluta de arrepentimiento de los mentirosos (estudiantes que copian, ministros que en vez de dar cuenta de lo que saben, intentan crear una realidad paralela mediante el engaño o la propaganda). O como cuando, como les decía el sábado pasado, una manera no compartida de entender el topónimo España («Hemos ganado en toda España»), como una metonimia de Madrid, es utilizada como filtro «cabezón» de una realidad multipolar como la nuestra, inasequible a la uniformidad de ese enunciado.

Porque si a duras penas entendemos la realidad filtrada por las palabras que la nombran, cuando ni siquiera se intenta (pues eso es mentir) sino que se la quiere suplantar con una ficción, o, cuando intencionadamente se quiere extender una cláusula de habla como la única posible, es entonces cuando empezamos a perdernos en el peor de los laberintos humanos: el de la inanidad.

Unas cuantas creencias comunes son las que, de hecho, mantienen en pie la vida social o la ficción de las naciones. Y formuladas en un repertorio limitado de afirmaciones y actos de fe codificados en palabras. Sea cual sea la contradicción, desorden o injusticia que llevan dentro, esto funciona «como si» fueran verdad, y en base a esa certeza lingüística actuamos, nos levantamos para ir al trabajo, mandamos nuestros hijos a la escuela o despedimos a jóvenes soldados cuando los llevan a países remotos.  Por eso es tan peligrosa la grieta que rasga día a día ese «gran teatro del mundo» que consideramos nuestro mundo real: la hendidura que cada día separa más las grandes afirmaciones que seguimos oyendo machaconamente, a diario, y la cada vez menos creíble interpretación de los actores, la insufrible vacuidad del texto.

Si el actor no se cree su papel, el público tampoco (¿cuál creen, si no, que es el éxito de Sarcozy, cuál fue el de Zapatero?) o si el texto no conecta con alguna realidad comúnmente presentida de la misma forma, la obra se viene abajo. Ése es el hiato de que hablaba. En el caso del terrorismo etarra, algunos al menos, levantan su voz en los Medios -José Mª Ridao y alguno más, en realidad, entre los nuestros- para denunciar la obvia y antigua trampa léxica de ETA que ha acabado por complicarnos el entendimiento a todos. Que eso que en los telediarios llaman aún «kale borroka» tiene otros nombres que filtran mejor lo que nombra: gamberrismo, vandalismo, destrozos, amenazas, fanfarronadas de pandilleros. Que la palabra «tregua» sólo crea algo «real» en una guerra: pero es que aquí no hay guerra. O el «conflicto» de Euskadi con el estado… Y etcétera. Y sin embargo, los actores políticos siguen usando un lenguaje que, más allá de estar tan lejos de nombrar nada, quiere «crear» la realidad a la que en apariencia se refieren.

Algo tan sencillo y cabal, al no entenderse, agranda más y más la brecha: la que separa más y más no sólo lenguaje y realidad, sino la que alienta el desistimiento y abandono del público: no porque la obra, incluso el teatro en sí, no le interese, entiéndase bien, sino porque la dicción y el texto, la falsía de la trama y su falta acelerada de verosimilitud, la hacen cada día más insoportable.

IV

Si al lector le pasó alguna vez que tuvo que resolver un problema matemático con datos equivocados en el enunciado, recordará que no salía nunca, aunque aplicáramos la fórmula adecuada, aunque el razonamiento seguido fuera impecable. ¿Cómo podríamos definir la sensación sentida: frustración, impotencia, perplejidad? Algo de las tres cosas, seguramente, y, al final, renuncia, rendición…

Algo así creo que nos pasa cuando nos ponemos a comprender nuestro mundo, éste, el occidental en que vivimos, el Primero, y aquellos otros (Países Emergentes, los llaman, y el viejo e irredimible Tercero, o esos sin remedio, condenados, que la nombradía políticamente correcta, sin embargo con qué descaro, etiqueta como Países Inviables, sin más) cada vez más cercanos y más adentro, en el nuestro, en nuestras calles, en la vecindad. Que como los enunciados con que queremos entender el problema son erróneos -porque se han sustituido datos, escamoteados otros, o porque la sintaxis utilizada es ambigua, o deliberadamente confusa, o porque el repertorio de palabras-comodín, que como cantos rodados, ya no dicen nada y arrojan sólo sombras sobre sombras- el problema, es decir, el entendimiento de lo que nos pasa, se nos antoja irresoluble.

Y es así como acabamos encogiéndonos de hombros, renunciando, dejándonos llevar por el fatalismo, achacando a nuestra propia ignorancia o incapacidad, o a la maldad intrínseca de los conductores de estados -cuando lo más seguro es que a ellos tampoco les salgan las cuentas nunca, y hasta con buena fe actuarán la mayoría: quién lo duda con nuestro presidente, o con las maternales Angela Merkel o Ségolène Royal- lo irremediable de nuestros males, la inescrutable y siempre postergada resolución de los problemas…

¿Pero cómo será posible un razonamiento honesto que no ponga en el enunciado al rey Midas, al Dinero, de la mano inseparable del poder, y su devastador efecto de convertirlo todo en mercancía? ¿Cómo puede extrañarse nadie de que se vendan niños en China como esclavos, que miles o millones se rompan las espaldas o las manos trabajando la tierra o las minas? ¿Quién puede explicar la devastación de Irak, de Líbano, de Palestina, de Chechenia, en elegantes términos de política internacional, de equilibrios de poder, de economías emergentes, sumergidas, invisibles…? ¿Quién, con un razonamiento honrado, puede sustituir, hasta que no se entiende nada, eso que nombraba tan bien, claro y rotundo, un libro anónimo que circuló durante el siglo XVII por nuestra España y en español: «la desordenada codicia de los bienes ajenos»?

Nadie puede explicarse la ecuación de las tragedias de nuestro mundo sin establecer el verdadero valor de «x», el dinero, y de «y», su hermano el poder. Todos lo sabemos al madrugar para ir a vender nuestra fuerza de trabajo por un puñado de euros, pero como en esas amnesias del corto plazo que recrean algunas películas, lo olvidamos al caer el día. Oímos hechizados las compras y ventas muchimillonarias con que cada día nos obsequian (¿quién no se ha hipnotizado con esa venta masiva de casas y palacios del Santander o el BBV para realquilarse después en ellas?) admirando la habilidad de malabares con que el capitalismo malversa hasta el último rincón de la tierra, la energía del último y más esondido hombre o mujer del planeta. Y culpamos a la mala suerte.

Y por fin, el corchete de cierre, las sustituciones de la realidad acaecidas en esta última y largamente planeada jugada maestra: el vaciamiento del lenguaje y su hermano el pensamiento ocioso que denunciaba la semana pasada. Esta lengua inerme que transforma nuestra rabia en un suspiro, la de otros en una tea, la de todos en la misma sensación de impotencia, de confusión, de mal sueño. Es ese malestar insidioso que traslada poco a poco nuestros enseres a realidades a medida y comprensibles, sean éstas la de Second Life o la más humilde y obrera de la teleserie en que transitamos, con toda naturalidad, del cansancio hasta la cama. Sin entender ni jota.

V

Cuando Pepe Garcés bajaba a los sótanos donde trabajaba el fraile lego, sabía que se encontraba ante alguien a quien no podía engañar porque tenía el «alma líquida». Esto ocurría (ocurrirá siempre, pues es privilegio de las historias escritas suceder de nuevo cada vez que alguien las lee) en la «Crónica del alba», del inolvidable, y sin embargo olvidado, Ramón Sender. Quizá algún lector recuerde aún la serie televisiva que se basó en ella. La enseñanza de las almas líquidas la aprendió el joven protagonista el curso que pasó interno en un colegio de Reus. Al margen de las clases, como es habitual, se escapaba hasta unos sótanos del internado donde trabajaba un fraile lego que fue su verdadero maestro. Este frade, el verdadero maestro de Garcés, le enseñaba que para los que poseen almas líquidas no existe el engaño, pues entran en comunión con las almas de los demás gracias a la naturaleza fluida de su espíritu: se funden con las almas de los demás.

Les cuento esta pequeña historia para que vean lo importante que es elegir la manera en que se llaman las cosas: hoy se despacha a algo parecido a lo de las almas líquidas con un tecnicismo al uso, la empatía, que quiere nombrar -pero no puede- una habilidad o capacidad semejante. La disminución constante de almas líquidas entre nosotros es el último signo del deterioro que, a los ojos de cualquiera aún con el corazón vivo y la razón y la lengua todavía no domesticadas del todo, sufre nuestra vida cotidiana, la de las naciones -y la nuestra en particular- y del planeta entero como ya empiezan a contarnos tantos, levantada por fin la veda informativa sobre el derrumbe de nuestro mundo.

La falta de almas líquidas es lo que está en el fondo de los ominosos asesinatos de mujeres a que la triste rutina de las catástrofes nos ha hecho ya acostumbrarnos. En otras ocasiones he hablado aquí de ello, de esa paradoja infame que convierte a un hombre en asesino de la persona que se suponía que más amaba, aquella que le había mostrado y abierto, confiada, su alma y cuerpo -tan inerme, ay, tan «mortal y rosa». La terrible pérdida de las almas líquidas es lo que está detrás del neoesclavismo que niños y mujeres y hombres -en orden de infamia- sufren en esos países lejanos de que nos cuentan, pero también aquí, en esa cooperativa clandestina, en aquel bar de carretera. Que el alma sólida y acorchada, como de piedra pómez, de quien convierte al semejante en mercancía, cosa o cadáver, aún con el encanallamiento del mercado todopoderoso, sin la falta desgarradora de empatía no se puede explicar. Por eso se asegura que no hay un gramo de oro en el mundo que no esté manchado de sangre.

Tras cada pistola que mata, tras la bomba que siembra muertes al azar hay un apocalipsis irremediable, porque en cada humano que muere desaparece un universo: una parte, pues, de todos, como sabemos, no ya por ninguna fe, sino porque lo explican los físicos teóricos. El terrorista que planea una o muchas muertes sublimando su intención o acto en una ideología o religión dejó que el alma líquida que debió tener de niño se solidificara poco a poco, o de golpe, hasta dejarlo convertido en esa ceniza o piedra que ya es.

El alma líquida de mis lectores, que presiento en las palabras enhebradas aquí cada semana, se funde con ellas, pues es una de las virtudes del agua adaptarse al recipiente que las contiene como un molde. En ese presentimiento, y en la alarma que me comunican, he hilado estas cinco columnas con el motivo común de esta como enfermedad de síntomas difusos que nos atenaza: incomodidad, rabia, impotencia… La he llamado «el deterioro». Se le puede llamar de muchas otras maneras, pero los lectores saben que la manera de llamar las cosas es importante, es la primera escaramuza en que se pierde una guerra. Y en guerra estamos las almas líquidas: contra la codicia, la mala fe, la mala muerte, la humillación y el amontonamiento de ruinas, desechos y mercancías inútiles que convierten cada día nuestro mundo en un muladar y nuestra vida en un mal sueño.

© Manuel Jiménez Friaza

«El deterioro» by Manuel Jiménez Friaza is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License.

Hacer unas risas (Apuntes, 11)

Empecé a escribir esta nota así: “Esta mañana, tomando el café en la terraza de siempre, me eché unas risas con un amigo al que hacía mucho que no veía…” Pero caí en la cuenta (al margen del nulo interés que eso pueda tener para los demás) de lo que me gusta esa construcción, que uso mucho, “echar unas risas”, como “andar unos pasos” y otras donde un verbo con su complemento directo sustituye al seco verbo intransitivo. Y esto quizá tenga más interés para los enamorados de lenguas y palabras…
Alfonso Sastre, en su Ensayo general sobre lo cómico, contaba que un vecino suyo de Ondarribia decía a menudo “hacer unas risas”. Él pensaba que era por influencia del eusquera, lengua en la que el verbo “egin” (hacer) interviene en multitud de expresiones que indican acciones. “Hacer unas risas”, qué hermosa manera de restituir a las palabras la acción creadora de los hombres…

Mirar hacia abajo

Explorando aún el paseo mañanero: me encuentro con un vecino que regenta un bistró que es un hijo de campesinos. Siempre va por la calle mirando al suelo. “¿Por qué?” -me pregunto. No es tímido, ni especialmente despistado o meditabundo… Y hoy creo haber descubierto la razón: es un gesto heredado de su padre. Los campesinos miran continuamente al suelo y al cielo. Al suelo porque la tierra es accidentada y tienen que ver por dónde pisan, y porque allí está lo que siembran y crece. Al cielo por las azarosas lluvias o el inclemente sol… Los mineros también miran al suelo, pero no al cielo. Solo los habitantes de las ciudades miran de frente, porque el suelo es plano y previsible, porque el cielo es pequeño, lejano o invisible y nada puede venir de él que altere su caminar…

La prisa contemporánea

(De una conversación en Hubzilla sobre tuiter y la nueva política…)

El medio es el mensaje (es el masaje, bromeaba McLuhan) A mí me encantaban las listas de discusión por correo electrónico: el email es más lento, daba tiempo a leer y pensar/escribir los mensajes; había reflexiones largas… El “tempo” musical. Incluso los grupos de news, que ya iniciaron la aceleración de ese tiempo, con respuestas alboratads, rápidas y mezcladas como en los chats, permitían un intercambio más reposado. El email se ha convertido en una antigualla. La aceleración acelerada del timeline en las redes sociales es ya la aceleración del consumo capitalista, del usar y tirar, la dictadura de la adicción que tienen los lóbulos frontales a la novedad continua, al estímulo rápido y su pequeño “subidón”. Las consecuencias se conocen: extensión del microtexto, generalización del olvido, falta de paciencia y concentración, nerviosismo ante lo que suponga establecer una línea de causas y consecuencias… Todo eso crea sinapsis neuronales adaptadas y relega las antiguas, desarrolladas por un entorno en el que primaba el discurso verbal (la conversación, el libro, el periódico…) Es decir, nuestro cerebro se ha reconfigurado. Cambiar las sinapsis es muy difícil. Lo sabemos muy bien quienes nos dedicamos a la enseñanza con adolescentes.

… En ese nivel cognitivo que te propongo, las diferencias entre una red privada y otra abierta son irrelevantes. En Hubzilla, el límite no son 1.000 caracteres, como en gnusocial, sino que es, a efectos prácticos -lo que somos capaces de escribir- un “n” infinito ¿Y no notas que al menos, si no más, el 50% de las entradas son telegráficas? ¿Que lo son aún más las respuestas? ¿Que lo que predomina, de forma abrumadora, es “compartir” y no crear… ¡Porque es más rápido y la sensación de novedades es mayor! Aquí existe la posibilidad de una búsqueda y lectura reposada de las cosas de tus amigos visitando su perfil, hay filtros para ver el timeline por fechas, por autor, por temas, por entradas marcadas como preferidas, por posts nuevos o por comentarios nuevos… ¿Quién lo hace? Se miran los 10 últimos posts del stream y luego la persiana arriba, a los más nuevos.

A lo mejor es que soy algo más optimista con las personas que, de entrada y sin ninguna pistola en la nuca que les obligue, optan por compartir en redes libres aun a sabiendas de que habrá menos público.

… No se trata de ser optimista o pesimista ni de redes libres o no libres. Vamos, no trataba de eso mi comentario. En el sentido en que lo hacía, es indiferente que sean de un tipo u otro. Todas comparten la acumulación de estímulos auditivos o icónicos en mucha mayor proporción que los verbales, la rapidez de su sucesión… Y es eso lo que ha reconfigurado nuestro cerebro. Respecto a que te sigan más o menos personas, como bien dices, no importa: importa la gente que siga a quien te siga, su capacidad de geminar tus cosas. Si es que la cosa va de que te lean y te conozcan mucho quod erat demonstrandum

A mí, particularmente, me cuesta reflexionar sobre la calma

A todo el mundo. Pero creo que hay que pensar por qué y adónde conduce eso y qué efectos tiene. El capitalismo, desde los primeros imperios coloniales, rompió el espacio acelerando el tiempo (medios de transporte más rápidos, más extendidos…) en su afán que no conoce fin de crear mercados y consumidores para crear más capital, etc. Esa es la raíz de la prisa contemporánea: distancias cada vez mayores en las ciudades, multiplicación de trabajos y ocupaciones “lúdicas”, multiplicación de “viajes” y “experiencias” tanto como de “amores”, “amigos” o “likes”… Es la misma prisa que tiene nuestro cerebro, que es adictivo como te decía a las novedades, en adquirir anécdotas, noticias, frases, citas… Los chicos actuales en clase interrumpen cualquier explicación o historia con un “pues yo me enteré en internet de que…” venga o no a cuento con el hilo principal de la clase en ese momento. El nerviosismo que sentimos ante el tiempo de carga de una página web está estudiado y dura fracciones de segundo. Si no se ha cargado en ese tiempo infinitesimal, nos vamos a otra y abandonamos nuestra intención inicial. ¿Se trata de una “manera de ser” como tú insinúas? NO, es general e intencionado. ¿Se pueden descubrir “verdades” a ese ritmo? NO. El girigay del PSOE de ayer, sin ninguna discusión de nada sustancial ¿es casual?, ¿es producto de la idiosincrasia española? NO. La raíz de todo este alboroto del gallinero humano es la misma…

Juegos, imaginación, pobreza

Ni sé las veces que reutilicé los palos, tablas y puntas mohosas (mi padre era carpintero y arrumbaba restos en el antiguo corral de mi casa, donde yo jugaba), los cartones de las cajas que me encontraba por ahí… Puedo testimoniar lo que aquellos tejemanejes estimulaban la imaginación y lo bien que me lo pasaba… Pero ya tenía inoculado el veneno del consumo de los primeros anuncios de la primera televisión y a veces sentía como una melancolía de no poder tener los muñecos y artefactos con que la incipiente publicidad me tentaba. Eran pocos, y veía poco esa primera tele en blanco y negro, que además estaba casi siempre averiada. Así que, afortunadamente, me dio tiempo a crear mis autodefensas frente a ella, “recreando” con mis palos y cartones el submarino de Viaje al fondo del mar y hasta el rancho de Bonanza…. En la calle era más fácil, porque nos juntábamos con los primeros que encontrábamos para jugar a la pelota, a las rayuelas cuando llovía, al “teje” con viejas suelas de zapatos o a bailar los trompos. La cosa iba por temporadas y era todo tremendamente económico, aunque la principal razón es que ninguno teníamos un duro, todo hay que decirlo.

La indiferencia universal

La literatura romántica nos acostumbró a que los paisajes naturales se acompasaran a nuestros sentimientos. Así, el joven Werther, cuando hacia el final de la ficción de Goethe desespera y se rebela ante la idea de no volver a ver a su amada Lotte, sale a dar un paseo y se encuentra con que el valle había sido inundado por una crecida de algunos arroyos cercanos. Es entonces que se coloca en la cima de una roca y mira hacia el abismo, hacia el valle inundado, que parece un mar embravecido y exclama «¡entonces se apoderaba de mí un estremecimiento y un anhelo! ¡Ah!, con los brazos abiertos, erguido ante el abismo, respiraba ¡abajo!, ¡y me perdí en el delicioso sentimiento de arrojar mis torturas en aquel abismo y alejarme rugiendo como las olas!»…

Paisaje rocosoEl héroe romántico, aunque sufría lo que Rafael Argullol llama la cesura trágica entre él y el sentido del mundo, el desgarro del abandono de Dios, nunca está solo: el jardín o el bosque, las montañas o las olas embravecidas del mar sienten junto a su corazón y se transforman al par que sus emociones y angustias… Por eso la cantata a dos voces que es, en tantas ocasiones, el texto romántico es, al mismo tiempo, una metafísica en la que el ser, entendido a la manera renacentista como anima mundi, se une, en un secreto acorde, con el alma del poeta en un hermoso bucle que nuestro mundo ha perdido.

Nuestro tiempo es el de la soledad radical, la que provoca la sospechada indiferencia del universo respecto a nuestro corazón y sus cuitas, en relación al desorden de la injusticia y el crimen que conforman el dintorno de nuestras vidas. La andreia que, en la tradición aristotélica, reivindica el filósofo Víctor Gómez Pin como una actitud humana digna ante esa indiferencia universal que nos afrenta tras la muerte de Dios, lleva implícita la renuncia a la filosofía perenne, la disyunción y divorcio definitivo de la naturaleza que, en un raro azar, se enamoró del alma romántica.

Joseph Roth, el misterioso y enorme escritor austriaco que escribía con tinta de seda, retrató esa indiferencia -en la personal elegía de la decadencia y caída del mundo antiguo que es La marcha Radetzky– de una forma extremadamente sutil en una escena cotidiana que pasa desapercibida pero que evoca con eficacia el abandono universal que sucedió al romanticismo. En ella, el segundo Trotta de la dinastía protagonista -un rutinario funcionario del imperio austro-húngaro- nota, a la hora del desayuno acostumbrado, una falta alarmante: la correspondencia del día, que siempre le deja su fiel y anciano criado sobre la mesa, no está. Jacques está enfermo y se ha quedado en cama presintiendo la muerte: «Se fue a la ventana y se sorprendió en extremo al comprobar que fuera todo seguía igual, sin tener todavía en cuenta los cambios que ocurrían en su casa. Porque hoy no había comido ni leído el correo. Y Jacques estaba en cama con una extraña enfermedad. Y la vida seguía igual.»

indiferenciaEl hiato de la indiferencia universal ha excedido en nuestro tiempo a la naturaleza, abandonada a la suerte de la cosificación nihilista del capitalismo y aherrojado en su solipsismo el hombre actual (literalmente un hombre sin atributos, como lo llamó Robert Musil, otro espléndido escritor austriaco), se ha extendido también al paisaje humano. Es ese carácter tan fiero el que da la clave desesperada de la tragedia contemporánea. Pienso en ello estos días en que, de nuevo, se sueltan los «perros de la guerra» en Siria.

Imagino la soledad radical de cualquiera de esos 15.000 sirios que han huido del horror, abandonando casas, gente, recuerdos, vida: ¿qué desesperación no sentirán al asomarse a la ventana de sus tiendas de acampada, o de la casa donde, con suerte, hayan sido acogidos, ante la indiferencia de la naturaleza y los hombres sin atributos? O, cuando leo que en México un millón de niños trabajan en el campo en condiciones esclavistas, del mismo modo que otros millones más lo hacen en las minas, en este posmoderno descenso a los infiernos, ¿qué soledad helada no sentirán esos niños al mirar por la ventana de Trotta?