Halloween

Definitivamente no me acostumbro a esto del Halloween, no logro incorporarlo a mi experiencia del mundo. Anoche -llovía: supongo que es un tiempo propicio para estas celebraciones – llamaron a mi puerta, abro y se produce una escena que, con variantes, revivo todos los años.

Dos niñas, sin disfraz ni objeto que me ayudara a situarme, me miran como dos gatos, sin decir nada. Yo las miro a mi vez, encerrado en el mismo mutismo interrogante, hasta que, de repente, caigo en la cuenta:

-¡Ah, esto es por lo de Halloween!
-Sí…
-Y ahora se supone que tengo que daros caramelos…
-Sí.
-Pues la cosa es que no tengo. ¿Qué ocurre si no os doy?

La pregunta era totalmente inocente, con un punto de culpabilidad al que soy muy propenso.

-Nada, no te preocupes…

Se dan media vuelta para seguir su ronda, pero una de ellas regresa, apresurada, y me avisa:

-Pues el domingo van a venir muchos más. ¡Acuérdate!

Y en efecto, hoy he comprado una bolsa de caramelos. Benditos niños…

De techos y neurosis de clase

Antonio Maestre escribe en La Marea sobre la existencia de un techo de clase entre los trabajadores, reformulando, así, el "techo de cristal" de las mujeres, que limitan para ellas los puestos o cargos de alta responsabilidad, institucional o empresarial, o preeminencia y prestigio social. No es nada nuevo: hace unos días, el presidente del Gobierno aludía a su aspiración de poner en marcha de nuevo el "ascensor social", lo que, en el fondo, nos más que otra manera de manifestar el deseo nostálgico de las clases medias, depauperadas, según es fama, durante las últimas crisis financieras.

Este mismo límite o techo afectaría, según el autor, a los miembros de la clase obrera. Tras constatar, con tino, que la clase social no existe como concepto en el espacio público, nos recuerda que la conciencia de clase no opera cuando se está rodeado de gente del mismo entorno: "Se sale de casa sin pensar en ella, pero se le recuerda en cada proceso de la vida cotidiana al compartir espacio con quienes tienen una posición más privilegiada. " Maestre termina su comentario con una especulación, mucho menos interesante para mi gusto sobre lo que llama "tránsfugas  de clase", una especie de traidores a su origen social que intentan ocupar los espacios vacíos de la sociedad burguesa, comportándose política y lingüísticamente como las clases pudientes. Piénsese, por ejemplo, en el caso tópico y muy manoseado, de los barrios y ciudades de población obrera que votan mayoritariamente a los partidos de derecha.

Hay una perspectiva, de naturaleza psicológica, que Vincent de Gaulejac llamó "neurosis de clase". La hipótesis de base es que cualquier cambio de clase social, elegido o padecido, crea conflictos en quien la sufre, aunque solo algunos de esos trastornos son neuróticos. En realidad, son conflictos existenciales en torno a comportamientos y maneras de ser, relaciones con la adaptación o choque entre la clase de origen y la de destino. Él pone como ejemplo el adjetivo francés "élevé", que significa tanto "muy educado" como "de clase social alta". En muchos momentos de mi vida he experimentado/padecido esta neurosis.

En fin, para acabar con vuelos más altos, quiero recordar la paradoja de Sartre, que decía más o menos, que los hombres -y nuestra clase social- son productos de la Historia, pero también lo es nuestra continua lucha para modificar esa misma Historia. Más que cualesquiera techos o ascensores, es eso lo que nos mantiene en pie.

El azar y el pretérito imperfecto de subjuntivo

Cuando estudiaba el sistema verbal del español, tan rico y complejo, me llamó siempre la atención el uso del pretérito imperfecto de subjuntivo con el valor de un pretérito pluscuamperfecto de indicativo. Lo mencionaba, sin demasiados detalles, el profesor Vidal Lamíquiz en su estudio sobre la flexión verbal de nuestra lengua. Me llamaba la atención, y me frustraba, porque no lo había visto documentado y porque la mayoría de los gramáticos no lo mencionan, salvo alguna breve alusión a su carácter literario arcaizante o a su uso más normalizado en algunas regiones como Galicia y Asturias. Eran tiempos sin Internet y acabé olvidando semejante cosa durante años, hasta que un (doble) afortunado azar me lo ha puesto delante de las ojos, leyendo El primo Basilio, de Eça de Queirós, ¡en una traducción de Ramón del Valle-Inclán!

[Pero me tengo que detener un momento en esta novela, por lo que pido disculpas al lector amigo. Es una novela especial para mí, porque forma parte de un ciclo narratológico europeo sobre las desventuras de una mujer casada que vive la tragedia de enamorarse y tener una relación fuera del matrimonio. "Tragedia" porque, en justo castigo a su rebelión, excepto Ana Ozores, mueren de una forma terrible. Entre mis proyectos, eternamente postergados, está realizar un estudio comparativo entre todas ellas. Son "La Regenta", de Clarín; "Madame Bovary, de Flaubert; "Anna Karenina", de Tolstoi; "Effie Briest" y "la adúltera", de Fontane, y esta, que me faltaba por leer, de Eça de Queirós.]

Al poco de empezar a leer El primo Basilio, en el primoroso castellano de Valle-Inclán, me encontré con esto "Era la primera vez que se separaba de Luisa, y sentía achicarse su corazón al abandonar aquella salita que él mismo ayudara a empapelar la víspera de su matrimonio…" Aunque es el uso predominante en toda la novela, aparece en combinación con el pretérito pluscuamperfecto ("ante-co-pretérito", se llama también a este tiempo, en el colmo de la cursilería terminológica), como ocurre en la misma página de la cita anterior: "Físicamente, Jorge nunca se la había parecido". Los ejemplos son continuos a lo largo del libro, que, una vez compartida mi alegría, abandono por el momento.

Por lo demás, en lo que se refiere al tratamiento normativo y gramatical dado a este tiempo, no han cambiado mucho las cosas. En la norma del español oficial contemporáneo (ESPOFCON), con su moralina habitual sobre el buen y el mal uso de la lengua, se considera como un error. Así, por ejemplo, el Manual del español urgente, de la agencia EFE, afirma:

No debe aparecer en los despachos de la agencia la forma cantara como equivalente de había cantado o de cantó. ("La sesión, que comenzara a las cuatro de la tarde, se prolongó hasta la madrugada".) Se trata de una pedantería ajena al buen empleo del español moderno (o de un influjo gallego o asturiano). Cantara tuvo ese valor de pluscuamperfecto de indicativo, heredado del latín en la Edad Media, pero lo fue perdiendo, y adquiriendo el de imperfecto de subjuntivo hasta que confundió sus usos con los de cantase. Fueron los poetas románticos quienes, para "medievalizar" su estilo, resucitaron el antiguo valor ya olvidado de cantara, y desde entonces se ha mantenido en la literatura. Pero debe estar ausente del lenguaje periodístico, donde ha penetrado por las citadas causas.

El mismo manual se extiende en otros usos del pasado en el modo Real, de este tiempo, que igualmente censura, como el del pretérito indefinido, aportando ejemplos como "El jugador que marcara (="marcó") el gol de la victoria". Aún hay otros valores atestiguados en el español escrito, más minoritarios ciertamente, como los equivalentes contextuales a un condicional compuesto o incluso al pretérito pluscuamperfecto del modo subjuntivo… Pero lo dejo aquí, para no aburrir más allá de lo permisible al paciente compañero de lecturas.  

Acabo, pues, reiterando mi alegría de filólogo jubilado con el hallazgo, y con la afirmación más honesta, gramaticalmente hablando (pues deja la cuestión pendiente, como hay que hacer siempre con las cosas de las lenguas), que he encontrado sobre este versátil y proteico tiempo verbal. Es de Nelson Cartagena y aparece en la  Gramática descriptiva de la lengua española, dirigida por Ignacio Bosque y Violeta Demonte.

Los ejemplos dados han mostrado que la alternancia hiciera / había hecho ocurre tanto en el español peninsular como en el americano. Se necesitan, no obstante, estudios detallados de frecuencia de la distribución de los tipos básicos en diversos tipos de textos y de hablantes para poder determinar fundamentalmente diferencias regionales, sociales y estilísticas en su empleo.

#apuntes #lengua

Vergüenza y culpa

Quien, como yo, haya sufrido una educación católica sentirá, como una marca indeleble, el sentimiento de la culpa o la vergüenza. Es para siempre, como bien sabía San Agustín. En un extenso episodio de sus Confesiones, cuenta el santo, avergonzado, que a sus dieciséis años, junto a una pandilla de amigos, robó una gran cantidad de  peras para tirarlas apenas mordisqueadas. Lo que más le dolía, sin embargo, era haberlo hecho, simplemente, porque estaba prohibido.(«dum tamem fieret a nobis quod eo liberet, quo non liceret»). En su introspección, intenta aclarar los motivos con estas palabras:

Pues, miserable de mí, ¿qué fue lo que fue lo que yo busqué en el hurto que ejecuté esa noche a los dieciséis años de mi edad? Hermosas eran aquellas peras, Señor, pero no era su hermosura y bondad lo que mi alma apetecía. Porque tenía yo abundancia de otras mejores, y aquellas las cogí solamente por hurtar. pues luego que las tuve, las arrojé, comiendo de aquel hurto solamente la maldad, con que me divertía y alegraba. Porque si entró en mi boca algo de aquellas peras, solamente el delito y la maldad era lo que para mi gusto las hizo sazonadas y sabrosas [quid me in furto delectaverit] (II, 6, 12)

Teniendo a la vista la culpa original, de la que no podemos librarnos («habiendo sido yo concebido en culpa, y viviendo en ella en el seno de mi madre». Sal. 51.5), dirime, en otro lugar, la vergüenza de la desnudez tal se nos cuenta en el Libro del Génesis:

Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban (Génesis, 2, 25)

. Fue después cuando la vergüenza entró en el mundo:

Entonces se abrieron los ojos de ambos y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Cosieron, pues, hojas de higuera y se hicieron delantales (Génesis, 3, 7)

. Todo había cambiado. Así respondía Adán a la llamada de Dios tras la Caída:

Oí tu voz en el jardín y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. «¿Y quién te ha dicho que estás desnudo?» -le preguntó Dios- ¿Acaso has comido del fruto del árbol que yo te prohibí comer? (Génesis, III, 10-11)

Ahí entró la vergüenza, y su hermana la culpa, en nuestro mundo. En la próxima entrega de esta miniserie, abordaré el parentesco -y las diferencias- entre los dos sentimientos y su naturaleza, más comunitaria que individual, frente a las apariencias que, engañosamente, los ubican en la subjetividad de la conciencia…

***

El mismo San Agustín acepta un relativismo comunitario en el sentimiento de la vergüenza del desnudo. En De doctrina christiana, se refiere al vestido y no a la desnudez para señalar su carácter social e histórico:

Porque así como entre los antiguos romanos era vergonzoso llevar la túnica hasta los tobillos y con mangas, y ahora no lo es cuando las visten gentes de alcurnia, en todas las demás cosas se ha de procurar advertir que no intervenga la liviandad en su uso. (cit. Carlo Ginzburg, NLR 120)

Este mismo autor se sorprende de este relativismo cuando señala que San Agustín, en el mismo contexto pero refiriéndose a la poligamia de los antiguos patriarcas: «las costumbres matrimoniales cambian como lo hacen los vestidos: su percepción puede variar de un lugar a otro y de año en año. A veces pueden resultar vergonzosas.»

Ginzburg comienza su artículo sobre estos sentimientos «políticos» de una manera provocadora: «Hace mucho tiempo me di cuenta de repente de que el país al que se pertenece no es, como dice la retórica habitual, al que se ama, sino del que uno se avergüenza. La vergüenza puede ser un vínculo más fuerte que el amor.» De eso sabemos mucho los españoles. Pero más impactante aún es el final de su reflexión, cuando, de la mano del testimonio de Primo Levi, habla de la «vergüenza de la humanidad». En La tregua, con la guerra recién terminada, Levi, junto a un grupo de supervivientes de Auchwitz, se encuentra con unos soldados rusos -sus libertadores- a caballo. Describe así la escena:

No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante el crimen cometido por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducido irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla.

En libros posteriores, Levi volvió sobre el mismo tema, vinculando ya siempre vergüenza y culpa. La última vez, en Los ahogados y los salvados, de 1986. El hecho de que ni víctimas ni libertadores hubieran podido evitar la injustica se le hizo intolerable. Un año después, se suicidó.

Sueño con multitudes y una luz

Esta noche he estado soñando con multitudes. Era, en la primera parte del tiempo onírico, una especie de mercado, con algo de ágora antigua, abigarrado, alegre y bullicioso. Nos rozábamos unos con otros, y, a las veces, era imposible avanzar. Mi subconsciente me situó, como era esperable, en el zagizamí donde se compraban y vendían libros y fue allí donde tuve un encuentro sorprendente: Agustín García Calvo, con su barba bávara y el pelo enzarzado de siempre, quizá un poco más gordo de lo que era habitual en él, se me acercó con una sonrisa luminosa y nos fundimos en un largo abrazo…

En la segunda parte de esta poblada noche, volvía a dar clases, pero no en el instituto, sino en la extensión del pueblo todo: las aulas eran las casas y alumnos y profesores nos mezclábamos con cualesquiera vecinos, agrupándonos en una suerte de seminarios improvisados…

A pesar de transcurrir todo bajo la luz crepuscular o lunar propia de los sueños, reinaba en las dos escenas una alegría contagiosa, una actividad animada y llena de sentido. Ya por la mañana, con la engañosa racionalidad de la luz del día, me preguntaba por el mensaje cifrado de estos sueños, consecuencia clara de los extraños días de aislamiento y temores fantasmales que estamos viviendo..

#apuntes

"El corazón", de Andrés Neuman (poesía en la curva de Koch)

Ya he publicado aquí, al menos, otro poema de los que intentan hermanar poesía y ciencia: poesía mestiza o híbrida que me parece enormemente fértil e interesante. "El corazón" es un poema que nos remite a las Matemáticas, en concreto, a la curva de Koch ("copo de nieve": las curvas que forman un triángulo equilatero… ¡de perímetro infinito!). Lo he encontrado en Cinco poemas sobre ciencia, de Andrés Neuman | Diario Judío México junto a cuatro más, que iré publicando en el canal en ocasiones venideras, por mor de no hacer las entradas demasiado largas, según mi costumbre…

(EL CORAZÓN)

Existe en matemáticas
una curva distinta a la que algunos,
los que nunca han dudado,
llaman curva de Koch.

Los perplejos en cambio han preferido
denominarla así: Copo de Nieve.

Se comporta esta curva fascinante
multiplicando siempre su tamaño
por cuatro tercios y hacia el interior,
llegando, de tan densa, al infinito
sin rebasar su área diminuta.

Artesana,
también así te creces muy adentro:
habitándome lenta,
quedándote con todo, sin forzarlo,
este pequeño corazón hermético.

Nota de Leo Lobos sobre este poema:

La variación más conocida de la curva de Koch es el “copo de nieve”, que no es más que tres curvas que inicialmente forman un triángulo equilátero. Su perímetro es, por supuesto, infinito, pero que su área tiende a 8/5 del valor del área inicial.

Sobre Andrés Neuman

Andrés Neuman nace en Buenos Aires, Argentina el año 1977, en la actualidad esta radicado en España. En 1991 se trasladó a Granada, donde obtuvo la licenciatura en Filología Hispánica. Ha impartido clases de literatura hispanoamericana y colaborado como columnista y guionista de tiras cómicas en el diario Ideal de Granada. Desde que en 1995 se da a conocer en el Certamen Nacional de relatos de Alfaguara, ha cosechado una importante cantidad de reconocimientos y premios literarios, tanto en el género de la poesía como en el de la narrativa y el cuento. Algunos de los más importantes son el XVII Premio Hiperión de poesía, por su libro El tobogán, o el Premio Primavera de novela, del que fue finalista en 2002 con su novela La vida en las ventanas. Su poesía ha sido incluida en varias antologías de poesía joven española como La generación del 99 de José Luis García Martín; La lógica de Orfeo de Luis Antonio de Villena; Yo es otro. Autorretratos de la nueva poesía de Josep María Rodríguez; o Veinticinco poetas españoles jóvenes de la editorial Hiperión. Además de su dedicación como escritor, hay que destacar su trabajo relacionado con el relato breve como coordinador del proyecto Pequeñas resistencias, una tetralogía sobre el cuento actual escrito en castellano, donde se encarga de la parte argentina.

#poesía #literatura #Andrés_Neuman

Los efectos del calor (#apuntes, 25)

Esta entrada se publica simultáneamente en mi canal personal de Hubzilla y en mi blog Claros en el bosque.

Aviso para caminantes

Di una verdad y verás como todo el mundo se ríe.

(Enrique Jardiel Poncela a Alfonso Sastre)

¿Qué hace uno aquí?

– El indio (¿en territorio comanche?)
– Yendo en romería acaecí en un prado…
– Llorar (escribir en España es)
– Aprender, aprender, aprender.
– (¿Hacer amigos?)
– Ejercer de cosmopolita (¿cosmopolitano?)
– Dignificar el español en Internet (esa lengua de rufianes en que se ha convertido)
– Pensar con (contigo, con él, con ella)
– Disfrutar de las vacaciones en que se ha convertido mi vida en esta tranquila costa de la periferia del mundo (digital)

¿Qué hace usted aquí?
Me alegro de que me haga esa pregunta…

Los grados del verbo ser

(Miguel Mihura, Tres sombreros de copa. Paula habla con Dionisio.)

Paula.- ¿Sus padres también eran artistas?
Dionisio.- Sí, claro. Mi padre era Comandante de Infantería. Digo, no.
Paula.- ¿Era militar?
Dionisio.- Sí. Era militar, pero muy poco, casi nada. Cuando se aburría, sobre todo.

(Agustín García Calvo)

Los niños son lindos, lindos, lindos. Pero les falta la misma gracia que a todos: ser menos…

#apuntes

La poesía militante de Gabriel Celaya

El pasado 18 de marzo fue el aniversario del nacimiento de Gabriel Celaya, «perteneciente a la generación literaria de posguerra, fue un destacado poeta del antifranquismo. Comunista, autor de 100 títulos, vivió sus últimos años en la pobreza y en la enfermedad», tal como lo recordaba la edición digital de El viejo topo, siempre pendiente de estas cosas.

Una generación inolvidable: Gabriel Celaya, Carlos Muñiz, Alfonso Sastre, Mari Dapena, Jose María de Quinto y Eva Forest.

Así caracterizaba Gabriel Celaya  la «poesía social» que inauguraba su generación, a propósito de los Cuadernos de poesía Norte:

NORTE, según pensábamos Amparitxu y yo en aquel momento, debía ser un puente tendido por encima de la «poesía oficial» hacia los entonces olvidados poetas del 27, hacia la España peregrina, y hacia la poesía europea de la que el autarquismo cultural, y la dificultad de hacerse con libros extranjeros, nos tenía separados desde el fin de nuestra guerra. Por eso publicamos, entre los extranjeros, a Rilke, Rimbaud, Blake, Eluard, Lanza del Vasto, Sereni, Mario Luzi etc. Y entre los españoles, a Leopoldo de Luis, Labordeta, Cela, Cremer, Bleiberg, Ricardo Molina y otros. Lo que nosotros queríamos era romper un cerco: El estúpido cerco de la «poesía oficial». Y si después, con las visitas de Virgilio Garrote, Jorge Semprún, Eugenio de Nora y Blas de Otero, fuimos convirtiéndonos en uno de los primeros nidos de la «poesía social» fue porque el desarrollo de nuestra poesía así lo demandaba.»

(De «Historia de mis libros»)

Reproduzco a continuación la selección de poemas disponible en la página web mantenida por la Diputación Foral de Guipuzkoa.


EN EL FONDO DE LA NOCHE TIEMBLAN LAS AGUAS DE PLATA

(De «Marea de silencio», 1935)

En el fondo de la noche tiemblan las aguas de plata.
La luna es un grito muerto en los ojos delirantes.
Con su nimbo de silencio
pasan los sonámbulos de cabeza de cristal,
pasan como quien suspira,
pasan entre los hielos transparentes y verdes.

Es el momento de las rosas encarnadas y los puñales de acero
sobre los cuerpos blanquísimos del frío.

En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio;
los hombres gritan tan alto que solo se oye la luna.

Es el momento en que los niños se desmayan sobre los pianos,
el momento de las estatuas en el fondo transparente de las aguas,
el momento en que por fin todo parece posible.
En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio.

Decidme lo que habéis visto los que estabais con la cabeza vuelta.
La quietud de esta hora es un silencio que escucha,
el silencio es el sigilo de la muerte que se acerca.
Decidme lo que habéis visto.
En el fondo de la noche
hay un escalofrío de cuerpos ateridos.

ESPAÑA EN MARCHA

(De «Cantos iberos», 1955)

Nosotros somos quien somos.
¡Basta de Historia y de cuentos!
¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.

No vivimos del pasado,
ni damos cuerda al recuerdo.
Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.

Somos el ser que se crece.
Somos un río derecho.
Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.

Somos bárbaros, sencillos.
Somos a muerte lo ibero
que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.

De cuanto fue nos nutrimos,
transformándonos crecemos
y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.

¡A la calle!, que ya es hora
de pasearnos a cuerpo
y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.

No reniego de mi origen,
pero digo que seremos
mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo.

Españoles con futuro
y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.

Recuerdo nuestros errores
con mala saña y buen viento.
Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño.

Vuelvo a decirte quién eres.
Vuelvo a pensarte, suspenso.
Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo.

No quiero justificarte
como haría un leguleyo.
Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso.

España mía, combate
que atormentas mis adentros,
para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.

LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO

(De «Cantos iberos», 1955)

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque a penas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.

MOMENTOS FELICES

(De «De claro en claro», 1956)

Cuando llueve, y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,

y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
–el pitillo en los labios, el alma disponible–
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican de alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro –sé que todo es fiado–,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así a la muerte,
¿no es felicidad lo que trasciende?

Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme, pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es felicidad lo que amanece?

Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?

Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y, pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
«Estaba justamente pensando en ir a verte.»
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?

LOS ESPEJOS TRANSPARENTES

(De «Los espejos transparentes», 1967)

Uno dice lo que dice, mas no dice lo que piensa.
Los espejos no reflejan: transparentan.
Todo mira fascinante de frente, pero no existe.
Todo vuelve por detrás y es lo real, invisible.
En lo que veo, no veo; en lo que no veo, creo;
en toda imagen apunta una múltiple presencia,
palpitante intermitencia del corazón: confusión;
y así me siento indeciso como un pobre hombre perdido,
como tú que ¿quién eres?, como yo que ¿quién soy?

Los espejos que me escupen hacia fuera, y hacia dentro
me proponen transparencias de distancias y silencios,
deben ser, quiero que sean, para mis obras ejemplo,
con mucha luz hacia fuera, con más secreto hacia dentro.
Juego al juego, sí, con trampa, como hay doblez en los versos.

Así se cuentan las cosas que nos pasan cada día,
y bien contadas parecen fascinantes y sin alma.
Si se piensa, nada es lo que se ve en el espejo.
La luz grande es un abismo y un estúpido misterio.

NIÑEZ SONÁMBULA

(De «Los espejos transparentes», 1967)

Era una casa grande, vacía, llena de ecos,
con veinte ventanales abiertos hacia el mar.
Y el mar sonaba triste contra el acantilado
como el destino sueña y acaba por matar.
Era una casa rara porque nada pasaba
y siempre parecía que algo iba a pasar.
Era una casa loca como aquella en que, niño,
según ahora me explican, nunca llegué a vivir,
pero que yo recorro, sabiendo los secretos
de sus cien corredores y sus puertas ocultas,
sus vueltas y revueltas, sus cámaras cargadas
de perfumes pesados y de un pasado horror
que todas las ventanas abiertas hacia un mar
de luz y de aventura, y disponibilidad,
no barren con su brisa, ni liberan del ¡ay!
Era una casa antigua. Y triste sin razón.
Allí viví de niño, y allí vivo de veras
por mucho que me nieguen. Y así, ciego, atravieso
los pasillos sin fin y las salas vacías,
y esas puertas que empujo para abrir otras salas,
todas ricas, lujosas, con sus tapicerías,
relojes, porcelanas, cortinas y recuerdos.
Todas eran iguales, repetidas, abiertas,
la rosa y la morada, la del león de oro,
la del abuelo Juan… ¿En qué se distinguían?
Yo abría puertas, puertas, buscando una salida,
lloraba algunas veces sin saber bien por qué,
y huía como un ciervo frente a aquella doncella
que me decía amable: «¿Qué quiere el señorito?»
Huir, huir, mi vida sólo ha sido una huida
sin saber hacia dónde y sin saber por qué.
Huir de aquella casa donde viví de niño,
aunque según me dicen nunca viví de veras.
No es un sueño. No. Veo oculto y real
a ese niño que mira con ojos espantados
detrás de una ventana, la mar, el mar, la mar.

PRIMERAS MATERIAS IBERAS

(De «Iberia sumergida», 1978)

El esparto, la sal, el granito,
lo estrictamente seco, lo ardientemente blanco,
la furia indivisible en la luz absoluta
de un sol por todo lo alto y un espacio vacío.

Las piedras abrasivas y la cal deslumbrada.
El cuarzo y su explosión de estrellas diminutas
metidas en los dentros de lo que no se explica.
Y el explendor del mundo carente de sentido.

Aquí, en los dentros, roca, luz, furia, sequedades,
detalles violentos y a veces luminosos;
y el tejido del aire, los temblores del lino
entre los leves dedos de una brisa insinuante.

Lo digo, y al decirlo, recuerdo cuentas, cuentos
que Plinio registró con nombres sustanciales:
la bellota, la arcilla, la encina y el arrabio,
el vino y el calcanto, la pizarra y la cera,

el escombro, el electro, la plata viva ardiente,
el deslizado aceite, el plomo negro o blanco,
el cárbaso, los higos, la cebolla albarrana,
la sal en bloque, el agua mineral y el conejo.

La luz de los metales: sus encuentros sagrados
y en la noche, enterradas, sus mil aguas quemantes,
y ese furor del oro, rojo león llameante,
y ese azul de aire ardiente, duro esplendor parado.

¡Furias! ¡Dominaciones! ¡Dioses devoradores!
¡Velocidades ciegas! Y de pronto, ante el sol,
un grito alucinado que gira sobre sí,
que puede, que podría ser no se sabe qué.

LA IRRACIONAL ALEGRÍA

(De «Poemas órficos», 1978)

En la mañana clara, la risa de los dioses
retumba como un trueno.
El toro subterráneo levanta la cabeza
y los árboles tiemblan millonarios de hojas.

Tempestad transparente. ¡Azul! Y de repente
una leve sonrisa femenina, perdida,
condena al silencio los grandes poderes,
y parece que algo dice.
Pero no dice nada.

LA VIDA, AHÍ FUERA

(De «Poemas órficos», 1978)

Esa vida que no es mía y me rodea,
el misterio de la muerte, lo que llamamos la muerte
y el misterio de la vida siempre abierta,
lo que llamamos la vida
en el árbol, en las nubes y en el agua,
y en el viento y en el mundo que es quien es sin ser humano,
y en la inmensa transparencia que no se dice, se muestra
en eso que busqué tanto y ahora encuentro regresando:
La infancia, quizá, la infancia, nuestro final seguro,
nuestro cuento, nuestro canto, nuestra mágica conciencia:
El total de lo sin fin y de la vida abierta.

DEDICATORIA FINAL (Función de Amparitxu)

(De «Función de uno, equis, ene», 1973)

Pero tú existes ahí. A mi lado. ¡Tan cerca!
Muerdes una manzana. Y la manzana existe.
Te enfadas. Te ríes. Estás existiendo.
Y abres tanto los ojos que matas en mí el miedo,
y me das la manzana mordida que muerdo.
¡Tan real es lo que vivo, tan falso lo que pienso
que -¡basta!- te beso!
¡Y al diablo los versos,
y Don Uno, San Equis, y el Ene más Cero!
Estoy vivo todavía gracias a tu amor, mi amor,
y aunque sea un disparate todo existe porque existes,
y si irradias, no hay vacío, ni hay razón para el suicidio,
ni lógica consecuencia. Porque vivo en ti, me vivo,
y otra vez, gracias a ti, vuelvo a sentirme niño.

#Poesía #Literatura #Gabriel Celaya

El deterioro

Reúno aquí, engavillados en un solo texto, las cinco columnas que, con el título genérico de El deterioro, publiqué en La Opinión de Málaga entre el 27 de mayo y el 23 de junio del 2007. Quise realizar en ellas un diagnóstico del deterioro, justamente, de nuestras sociedades, economía, política y vida cotidiana a partir de noticias «pequeñas» de entonces. El despliegue completo del análisis que resultó de los cinco textos creo que aún puede ayudar al lector de hoy a entender lo que nos está pasando.

El deterioro

I

Según un estudio del sitio de internet CollegeHumor.com, más de un 60% de los estudiantes universitarios norteamericanos copia en los exámenes. No es nada sorprendente, pero lo que, al menos a mí, sí me ha inquietado es que sólo un ralo 16,5% siente remordimientos por hacerlo. Y lo que ya me ha determinado a compartir con ustedes hoy mis incertidumbres es comprobar que los más proclives a hacer chuletas, a inscribir fórmulas salvadoras en la calculadora o a soplar o inspirarse en el compañero más cercano, son los más religiosos (un 65,4%) que, como ven, sobrepasan en mucho a aquel grupito minoritario -sospecho que formado por laicos y demócratas- que, al menos, sentía el resquemor y el peso insobornable de la -mala- conciencia.

La falta de remordimiento de la que, por cambiar de paisaje y venirnos a la patria, hacen gala los protagonistas de la mentira de estado, con proyección internacional -ONU, consignas a redactores de cabeceras de otros países- perpetrada en los días aledaños al mayor atentado terrorista acaecido en nuestro país el 11 de marzo de 2004, es sólo una muestra más. Ahí les ven y oyen, a algunos de los protagonistas, dictando soflamas en favor de la moralidad nacional, ofreciéndose como paradigmas de eficacia en la lucha antiterrorista, a ex ministros ex vicepresidentes y ex candidatos que entonces acumularon en su currículum el mayor grado de ineficacia e imprevisión, de mala guarda del pueblo ante el terror islamista conocida entre nosotros. Ésas sí, epónimas.

Pero es que es la falta de remordimiento, que es uno de los síntomas más claros para mí del deterioro de la democracia española, la señal que más se deja ver entre nosotros de que algo va mal, muy mal en el desenvolvimiento de nuestro procomún, como pueblo. Se ve en los rostros incólumes de mentirosos que fueron ministros, de prevaricadores que fueron magistrados, de manipuladores de información pública que siguen siendo directores de cabeceras periodísticas, de corruptores de opinión que siguen teniendo el privilegio -la tentación malversada, para ellos- de un micrófono ante el que proferir inflamadas y mendaces palabras, incendiarias insidias: todo eso que en nuestra vieja, hermosa y ultrajada lengua, siempre se llamó así, porque deforma en rictus contrahecho los músculos del rostro: caras duras.

Las caras duras menudean en la investigación que conocemos como Malaya, que dejará testimonio escrito para la posteridad -ay vergüenza nuestra, ante nuestros hijos y nietos- de la mayor concentración por metro cuadrado -nunca mejor dicho- de corrupciones y corruptelas, de malversación de caudales y confianzas públicas, de vaciamiento de tierra comunal, de hipotecas para siempre y nunca en las cuentas de escurridos jornales y eternas hipotecas. Esas caras de piedra de concejales y alcaldes, de empresarios, contratistas, subcontratistas y vivillos que menudean en los álbumes de fotos familiares y públicas de famosos del día. Sin un atisbo de remordimiento, salvo quizá, el de que los haya pillado alguien, el de no haber sido suficientemente listos, pillos o rápidos. De no haber rezado con suficiente fervor a la Virgen del Rocío.

Para el estudiante estadounidense que logra pegar el cambiazo en un examen (¿nos creemos que esos 60 de 100 de que hablaba el estudio?) y que, sin el menos escozor de su sobornable conciencia -algunos, según CollegeHumor cobra en relaciones sexuales si no puede en dinero-, acaba sus estudios y da gracias al Creador (pues es casi el mismo sospechoso porcentaje que el de los que se consideran religiosos) por haberle dado tal clarvidencia, esto no será más que el verdadero aprendizaje para la verdadera (buena) vida que presiente y que le espera. Nuestros jóvenes y primerizos votantes, pensemos que también incautos, en las Municipales ¿estarán también, a su manera, refleja e inexperimentada, emprendiendo este descarado aprendizaje? ¿Apretarán la mandíbula y endurecerán la mirada al depositar el voto, al modo de los más caracterizados gentleman del cinismo mundializado si son sorprendidos copiando?

II

De modo que el cinismo y la falta de arrepentimiento lo entendemos como una de las muestras más claras del deterioro que sufre la democracia española y, en un sentido amplio, las sociedades del llamado enfáticamente «mundo libre» en los tiempos de la Guerra Fría. Lo hacíamos desde varias perspectivas: desde el caso, sólo aparentemente fútil, de aquel 60% de estudiantes norteamericanos que, según un estudio publicado en internet, hacía trampas en los exámenes, sin el más mínimo atisbo de remordimiento, hasta el más conocido y contumaz de los políticos conservadores españoles, que en sus múltiples y cínicas apariciones en los Medios, no hacen sino recordarnos, como en un palimpsesto, aquellas otras apariciones, cuando ocupaban cargos de responsabilidad en el último gobierno Aznar, y su intento mendaz, desenmascarado ya en el juicio oral sobre los atentados del 11 de Marzo de 2004, de asociar la infame masacre a ETA.

Pero el deterioro, como ocurre con la vejez o algunas enfermedades, presenta muchos otros síntomas, tal como lo entendemos. Uno de ellos es el inveterado intento de los medios de comunicación conservadores por crear la errónea percepción óptica de que, «mutatis mutandis», Madrid es una metonimia de España toda (como en aquella cursilería de llamar a la mesetaria capital «crisol de todas las españas»). José Antonio Labordeta, cantante y viejo militante aragonesista, como saben, lo cuenta de manera muy gráfica, y con gracejo maño, en el diario electrónico «elplural.com», al explicar cómo en Aragón el repetido titular «El PP ha ganado las elecciones» es tan falso como afirmar que las ha ganado su propio partido regionalista. Con contundencia afirma que «la España de las autonomías, la convierten, con este discurso triunfalista, en un territorio “cabezón” donde solo lo que ellos ven es lo que quieren que veamos los demás».

El viejo sueño «cabezón» (capital viene del latín «caput», cabeza) de una España unitaria, al que no es ajena una capitalidad de origen tan rural como Madrid, sólo por su situación central en la península. De ese monstruoso sueño de la razón da  muestra el irremediable y obsesivo trazado radial de ferrocarriles y carreteras de la céntrica cabeza a la periferia, ida y vuelta. El muestra, cabezón, la ceguera histórica de dejar durante siglos incomunicadas las regiones excéntricas entre sí. Recuerden sólo que aún hasta ahora mismo apenas se termina por completo la reconstrucción moderna de la vieja Vía de la Plata para facilitar el viaje del NO al SO del país sin tener que pasar, ay Carmela, por Madrid.

Algo parecido, una distorsión auditiva paralela a la «visual», ocurre con la bronca, al parecer de muchos decibelios, con que el omnipresente tema vasco, o los nuevos símbolos, y circunvalaciones urbanas, hace pensar a muchos que es la misma riña que, como en eco, destempla el resto del territorio español. Un antiguo éxito de ventas de los años de la Transición -lo recordarán los más añudos o memoriosos de los lectores- se llamaba «Las Autonosuyas», del inefable Vizcaíno Casas: cualquier día lo reeditan. Pienso, como Labordeta, que los políticos del partido de la derecha española refundada, no han aceptado nunca, de forma natural: como la misma esencia del país, la estructura y vida multipolar, multilingüística, multihistórica de España.

La distorsión lingüística, visual y auditiva que hace proclamar al PP este discurso triunfalista, debido en gran parte a la imposible metonimia de Madrid (eco lejano y desvaído de aquel otro, desesperado y fatalista, del «No pasarán» republicano) es el signo de deterioro del que les quería hablar hoy, en contraste con esa saludable y refrescante constatación de Labordeta de que ni el PP ni ellos -la Chunta Aragonesista-, en Aragón, esto es, en una de las españas, «se han comido una rosca».

III

Es la lengua la que crea realidad al nombrarla, no al revés. Del mismo modo que la red de los significados filtra lo que nombra (una incógnita, una «x» a la que sólo cercamos por aproximación: lo que quiera que haya ahí afuera) parcelando la realidad de una determinada manera y no de otra. En lo más sencillo de apreciar, es lo que explica que en español distingamos «pez» y «pescado» y el francés no. Del mismo modo que los esquimales tienen cuatro palabras, al menos, para nombrar la nieve y nosotros sólo una. Por eso me resulta tan descorazonador que en el análisis político se considere suficiente un pequeño haz de palabras-baúl, vacías o desgastadas, con sus correspondientes ideas-tópico, cuando en ese análisis, es decir, en entender lo que nos pasa, lo que hace con nosotros el mercado, el poder o la invocación a una patria, nos va, literalmente, la vida.

Por eso, en las dos columnas anteriores, me detenía en la aceptación o resignación común ante la mentira colectiva o en la falta absoluta de arrepentimiento de los mentirosos (estudiantes que copian, ministros que en vez de dar cuenta de lo que saben, intentan crear una realidad paralela mediante el engaño o la propaganda). O como cuando, como les decía el sábado pasado, una manera no compartida de entender el topónimo España («Hemos ganado en toda España»), como una metonimia de Madrid, es utilizada como filtro «cabezón» de una realidad multipolar como la nuestra, inasequible a la uniformidad de ese enunciado.

Porque si a duras penas entendemos la realidad filtrada por las palabras que la nombran, cuando ni siquiera se intenta (pues eso es mentir) sino que se la quiere suplantar con una ficción, o, cuando intencionadamente se quiere extender una cláusula de habla como la única posible, es entonces cuando empezamos a perdernos en el peor de los laberintos humanos: el de la inanidad.

Unas cuantas creencias comunes son las que, de hecho, mantienen en pie la vida social o la ficción de las naciones. Y formuladas en un repertorio limitado de afirmaciones y actos de fe codificados en palabras. Sea cual sea la contradicción, desorden o injusticia que llevan dentro, esto funciona «como si» fueran verdad, y en base a esa certeza lingüística actuamos, nos levantamos para ir al trabajo, mandamos nuestros hijos a la escuela o despedimos a jóvenes soldados cuando los llevan a países remotos.  Por eso es tan peligrosa la grieta que rasga día a día ese «gran teatro del mundo» que consideramos nuestro mundo real: la hendidura que cada día separa más las grandes afirmaciones que seguimos oyendo machaconamente, a diario, y la cada vez menos creíble interpretación de los actores, la insufrible vacuidad del texto.

Si el actor no se cree su papel, el público tampoco (¿cuál creen, si no, que es el éxito de Sarcozy, cuál fue el de Zapatero?) o si el texto no conecta con alguna realidad comúnmente presentida de la misma forma, la obra se viene abajo. Ése es el hiato de que hablaba. En el caso del terrorismo etarra, algunos al menos, levantan su voz en los Medios -José Mª Ridao y alguno más, en realidad, entre los nuestros- para denunciar la obvia y antigua trampa léxica de ETA que ha acabado por complicarnos el entendimiento a todos. Que eso que en los telediarios llaman aún «kale borroka» tiene otros nombres que filtran mejor lo que nombra: gamberrismo, vandalismo, destrozos, amenazas, fanfarronadas de pandilleros. Que la palabra «tregua» sólo crea algo «real» en una guerra: pero es que aquí no hay guerra. O el «conflicto» de Euskadi con el estado… Y etcétera. Y sin embargo, los actores políticos siguen usando un lenguaje que, más allá de estar tan lejos de nombrar nada, quiere «crear» la realidad a la que en apariencia se refieren.

Algo tan sencillo y cabal, al no entenderse, agranda más y más la brecha: la que separa más y más no sólo lenguaje y realidad, sino la que alienta el desistimiento y abandono del público: no porque la obra, incluso el teatro en sí, no le interese, entiéndase bien, sino porque la dicción y el texto, la falsía de la trama y su falta acelerada de verosimilitud, la hacen cada día más insoportable.

IV

Si al lector le pasó alguna vez que tuvo que resolver un problema matemático con datos equivocados en el enunciado, recordará que no salía nunca, aunque aplicáramos la fórmula adecuada, aunque el razonamiento seguido fuera impecable. ¿Cómo podríamos definir la sensación sentida: frustración, impotencia, perplejidad? Algo de las tres cosas, seguramente, y, al final, renuncia, rendición…

Algo así creo que nos pasa cuando nos ponemos a comprender nuestro mundo, éste, el occidental en que vivimos, el Primero, y aquellos otros (Países Emergentes, los llaman, y el viejo e irredimible Tercero, o esos sin remedio, condenados, que la nombradía políticamente correcta, sin embargo con qué descaro, etiqueta como Países Inviables, sin más) cada vez más cercanos y más adentro, en el nuestro, en nuestras calles, en la vecindad. Que como los enunciados con que queremos entender el problema son erróneos -porque se han sustituido datos, escamoteados otros, o porque la sintaxis utilizada es ambigua, o deliberadamente confusa, o porque el repertorio de palabras-comodín, que como cantos rodados, ya no dicen nada y arrojan sólo sombras sobre sombras- el problema, es decir, el entendimiento de lo que nos pasa, se nos antoja irresoluble.

Y es así como acabamos encogiéndonos de hombros, renunciando, dejándonos llevar por el fatalismo, achacando a nuestra propia ignorancia o incapacidad, o a la maldad intrínseca de los conductores de estados -cuando lo más seguro es que a ellos tampoco les salgan las cuentas nunca, y hasta con buena fe actuarán la mayoría: quién lo duda con nuestro presidente, o con las maternales Angela Merkel o Ségolène Royal- lo irremediable de nuestros males, la inescrutable y siempre postergada resolución de los problemas…

¿Pero cómo será posible un razonamiento honesto que no ponga en el enunciado al rey Midas, al Dinero, de la mano inseparable del poder, y su devastador efecto de convertirlo todo en mercancía? ¿Cómo puede extrañarse nadie de que se vendan niños en China como esclavos, que miles o millones se rompan las espaldas o las manos trabajando la tierra o las minas? ¿Quién puede explicar la devastación de Irak, de Líbano, de Palestina, de Chechenia, en elegantes términos de política internacional, de equilibrios de poder, de economías emergentes, sumergidas, invisibles…? ¿Quién, con un razonamiento honrado, puede sustituir, hasta que no se entiende nada, eso que nombraba tan bien, claro y rotundo, un libro anónimo que circuló durante el siglo XVII por nuestra España y en español: «la desordenada codicia de los bienes ajenos»?

Nadie puede explicarse la ecuación de las tragedias de nuestro mundo sin establecer el verdadero valor de «x», el dinero, y de «y», su hermano el poder. Todos lo sabemos al madrugar para ir a vender nuestra fuerza de trabajo por un puñado de euros, pero como en esas amnesias del corto plazo que recrean algunas películas, lo olvidamos al caer el día. Oímos hechizados las compras y ventas muchimillonarias con que cada día nos obsequian (¿quién no se ha hipnotizado con esa venta masiva de casas y palacios del Santander o el BBV para realquilarse después en ellas?) admirando la habilidad de malabares con que el capitalismo malversa hasta el último rincón de la tierra, la energía del último y más esondido hombre o mujer del planeta. Y culpamos a la mala suerte.

Y por fin, el corchete de cierre, las sustituciones de la realidad acaecidas en esta última y largamente planeada jugada maestra: el vaciamiento del lenguaje y su hermano el pensamiento ocioso que denunciaba la semana pasada. Esta lengua inerme que transforma nuestra rabia en un suspiro, la de otros en una tea, la de todos en la misma sensación de impotencia, de confusión, de mal sueño. Es ese malestar insidioso que traslada poco a poco nuestros enseres a realidades a medida y comprensibles, sean éstas la de Second Life o la más humilde y obrera de la teleserie en que transitamos, con toda naturalidad, del cansancio hasta la cama. Sin entender ni jota.

V

Cuando Pepe Garcés bajaba a los sótanos donde trabajaba el fraile lego, sabía que se encontraba ante alguien a quien no podía engañar porque tenía el «alma líquida». Esto ocurría (ocurrirá siempre, pues es privilegio de las historias escritas suceder de nuevo cada vez que alguien las lee) en la «Crónica del alba», del inolvidable, y sin embargo olvidado, Ramón Sender. Quizá algún lector recuerde aún la serie televisiva que se basó en ella. La enseñanza de las almas líquidas la aprendió el joven protagonista el curso que pasó interno en un colegio de Reus. Al margen de las clases, como es habitual, se escapaba hasta unos sótanos del internado donde trabajaba un fraile lego que fue su verdadero maestro. Este frade, el verdadero maestro de Garcés, le enseñaba que para los que poseen almas líquidas no existe el engaño, pues entran en comunión con las almas de los demás gracias a la naturaleza fluida de su espíritu: se funden con las almas de los demás.

Les cuento esta pequeña historia para que vean lo importante que es elegir la manera en que se llaman las cosas: hoy se despacha a algo parecido a lo de las almas líquidas con un tecnicismo al uso, la empatía, que quiere nombrar -pero no puede- una habilidad o capacidad semejante. La disminución constante de almas líquidas entre nosotros es el último signo del deterioro que, a los ojos de cualquiera aún con el corazón vivo y la razón y la lengua todavía no domesticadas del todo, sufre nuestra vida cotidiana, la de las naciones -y la nuestra en particular- y del planeta entero como ya empiezan a contarnos tantos, levantada por fin la veda informativa sobre el derrumbe de nuestro mundo.

La falta de almas líquidas es lo que está en el fondo de los ominosos asesinatos de mujeres a que la triste rutina de las catástrofes nos ha hecho ya acostumbrarnos. En otras ocasiones he hablado aquí de ello, de esa paradoja infame que convierte a un hombre en asesino de la persona que se suponía que más amaba, aquella que le había mostrado y abierto, confiada, su alma y cuerpo -tan inerme, ay, tan «mortal y rosa». La terrible pérdida de las almas líquidas es lo que está detrás del neoesclavismo que niños y mujeres y hombres -en orden de infamia- sufren en esos países lejanos de que nos cuentan, pero también aquí, en esa cooperativa clandestina, en aquel bar de carretera. Que el alma sólida y acorchada, como de piedra pómez, de quien convierte al semejante en mercancía, cosa o cadáver, aún con el encanallamiento del mercado todopoderoso, sin la falta desgarradora de empatía no se puede explicar. Por eso se asegura que no hay un gramo de oro en el mundo que no esté manchado de sangre.

Tras cada pistola que mata, tras la bomba que siembra muertes al azar hay un apocalipsis irremediable, porque en cada humano que muere desaparece un universo: una parte, pues, de todos, como sabemos, no ya por ninguna fe, sino porque lo explican los físicos teóricos. El terrorista que planea una o muchas muertes sublimando su intención o acto en una ideología o religión dejó que el alma líquida que debió tener de niño se solidificara poco a poco, o de golpe, hasta dejarlo convertido en esa ceniza o piedra que ya es.

El alma líquida de mis lectores, que presiento en las palabras enhebradas aquí cada semana, se funde con ellas, pues es una de las virtudes del agua adaptarse al recipiente que las contiene como un molde. En ese presentimiento, y en la alarma que me comunican, he hilado estas cinco columnas con el motivo común de esta como enfermedad de síntomas difusos que nos atenaza: incomodidad, rabia, impotencia… La he llamado «el deterioro». Se le puede llamar de muchas otras maneras, pero los lectores saben que la manera de llamar las cosas es importante, es la primera escaramuza en que se pierde una guerra. Y en guerra estamos las almas líquidas: contra la codicia, la mala fe, la mala muerte, la humillación y el amontonamiento de ruinas, desechos y mercancías inútiles que convierten cada día nuestro mundo en un muladar y nuestra vida en un mal sueño.

© Manuel Jiménez Friaza

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