Todo necio confunde valor y precio


Cuando decimos de algo que tiene «un precio incalculable», en realidad, queremos decir que tiene un precio elevado -muy elevado, si se quiere- pero que aún no ha entrado en ningún intercambio, que aún nadie lo ha comprado y que, por tanto, la «autoridad» del mercado no ha estipulado aún su equivalente monetario. Sin embargo, cuando de ese o de otro objeto afirmamos que su valor es incalculable, decimos y no decimos lo mismo. Más bien hacemos referencia a que es improbable -no imposible- establecer un valor de cambio para esa cosa, o, dicho de otra manera, que solo tiene valor de uso que, por definición, por su naturaleza cualitativa, está reñido con el cálculo. Estas ideas sobre el valor de uso y el valor de cambio o, más en general, sobre el valor y el precio de las mercancías y el plusvalor como origen del capital, se hicieron ciertamente populares, en su interpretación marxista, hasta el punto de que las encontramos incluso en unos versos de Machado, esos que dicen que «todo necio confunde valor y precio» (Proverbios y Cantares, LXVIII). Lo he vuelto a encontrar, como saber común, en un interesante reportaje publicado por la revista El Salto sobre los garranos gallegos, los últimos caballos salvajes del mundo, y sus avatares durante los terribles incendios del año pasado.

Xilberte Manso, director del Instituto de Estudios Miñoranos -que promueve el conocimiento y estudio de la Val Miñor- dice, según leemos en el reportaje, respecto a estos caballos semisalvajes que sobreviven en las comarcas del sur de Pontevedra:

[el garrano] es una joya biológica y una joya cultural porque, probablemente, sea el único caballo salvaje, y lo de «caballo», entre comillas, que existe en el mundo en la actualidad.

Garranos

El lector amigo debe retener la metáfora de la «joya» porque después volveremos, en esta indagación sobre la nueva economía del enriquecimiento a partir de las cosas, sobre las joyas y los objetos suntuarios. El reportaje continúa contando que, a raíz de los devastadores incendios de octubre de 2017, una veintena de garranos que vivían habitualmente en el monte Galiñeiro, huyeron de las llamas y se dispersaron por las poblaciones vecinas, y estuvieron perdidos hasta que fueron encontrados en los días siguientes y reconducidos a cerrados. Allí fueron alimentados con paja cedida gratuitamente por particulares, que no buscaban, con ello, beneficio económico. Manso, y a esta declaración es a la que queríamos llegar, afirmaba:

Tienen un gran valor y tienen poco precio. Porque, claro, hay que cosas que no se pueden tasar en euros, ni en dólares, ni en nada. La naturaleza no se puede tasar.

Y sin embargo, se tasa, y se expropia y apropia… Pero antes de detenernos en cómo crean cadenas de valor las «joyas» biológicas como los garranos, como los parques naturales o el «patrimonio» urbano, que junto a las suntuarias son las verdaderas y valiosas mercancías de este tiempo, que el recientemente fallecido Samir Amin llamaba el «capitalismo senil», debemos recordar muy brevemente el camino recorrido, los procesos sociales y económicos que nos han traído hasta aquí.

El desplazamiento y vaciamiento de los grandes espacios industriales desde los países occidentales al Sur global, popularizado en sus primeros momentos como «deslocalización», supuso también un desplazamiento de la acumulación capitalista llamémosla «clásica»: pauperización y explotación de los trabajadores, trabajo esclavo, expropiación de los recursos naturales, guerras económicas, desplazamientos de poblaciones… El alejamiento de los procesos de fabricación tradicionales desde los centros capitalistas europeos y americanos, trasladados a los países periféricos supuso también, como es sabido, una gran transformación en nuestras formaciones sociales, muy estudiada y conocida: fragmentación de las clases trabajadoras, reducción y domesticación de los viejos sindicatos y partidos de izquierda, nacimiento del precariado, empobrecimiento general de la población sometida a procesos de desposesión continuos, asalto a las instituciones públicas que amortiguaban los efectos más letales de la desigualdad social, como la educación o la sanidad…

Sin embargo, a pesar del alejamiento geográfico de la creación de plusvalía, el enriquecimiento de nuestras élites no deja de aumentar en esta nueva economía de los activos y de las «cosas». Veamos en qué consiste tan admirable circunstancia.

Mencionamos en primer lugar, para abandonarlos enseguida, los activos, esas extrañas entelequias que no son más que cristalizaciones del futuro, encarnaciones del tiempo como valor fiduciario. En el fondo son apuestas: capital que apuesta por cosas que aún no son pero de las que se espera un plusvalor futuro cuando formen parte del mundo «real». Apuestas que dependen, por ejemplo, del clima o las plagas o desastres, en el caso de las cosechas en los mercados de futuros, que pueden convertir los productos agrícolas de que se trate en mercancías fallidas, sin valor, provocando la ruina del inversor y del agricultos. Pero lo más común, en esta que se conoce comúnmente como «economía financiera», propia del neoliberalismo, es que las apuestas se hagan sobre «productos financieros», es decir, dinero o -lo más beneficioso y arriesgado- el futuro dinero de lo que hoy es deuda. El mundo de los activos no es más que, en el fondo, un juego donde se apuesta, se adeuda, se cobra y se paga, con dinero, en especies o con promesas. El dinero llama al dinero como un ciervo en celo, según la conocida metáfora de Marx. El hombre, las distintas especies de seres vivos, el planeta todo desaparecen aquí de la escena transformados en el valor tasable de todos los valores.

Más enigmático me resulta a mí el mundo de las joyas o los objetos de lujo. Son, en realidad, la mercancía más antigua: los tesoros. El atesoramiento forma parte del mundo precapitalista y, frente a la naturaleza de perpetuum mobile que es la propia del capital, el tesoro, los objetos preciosos tenían, y aún tienen, un carácter más propiamente estático y su valor consiste primordialmente en su posesión. Aunque en muchas ocasiones ha tenido valor de cambio (las mismas monedas de otro tiempo, acuñadas en metales preciosos, heredan ese valor) no era esa su función -como no es la función de una joya familiar ser vendida en el Monte de Piedad, aunque de hecho ocurre. La función del objeto lujoso es su propiedad y su exhibición pública «prudente», un símbolo de ostentación o de identidad de clan familiar o clase. En el Imperio Romano esta ostentación público de joyas o vestidos suntuosos fue censurada muchas veces y se debatió políticamente esa censura, en forma legal y punitiva. Se promulgaron, de hecho, varias leyes antisuntuarias, que intentaban evitar el malestar y la ira de las clases pobres de Roma ante su exhibición publica. Aparecen a partir del siglo III y limitaban el uso, no solo de joyas, sino de telas como la seda, hilos de plata y oro y ciertos colores como el púrpura, permitido solo en vestidos y accesorios de naturaleza religiosa. El lector que sienta curiosidad por conocer mi punto de vista sobre estas leyes, puede leer la columna que dediqué a este tema el 4 de julio de 2009 en el diario La Opinión de Málaga. Se puede leer en línea en la hemeroteca de este periódico, aquí: Lex Julia sumptuaria.

Domus romana: Ornamenta gemmarum

Como ha sucedido siempre en las épocas de crisis capitalista, las joyas se han convertido en un negocio muy boyante: en Francia y en Italia, por ejemplo, este sector supone hasta un 9% de sus exportaciones anuales. Pero no basta, para entenderlo, con pensar que, simplemente, hay unos excedentes de capital brutales que necesitan transformarse temporalmente en objetos como estos, que siempre se revalorizan (como lo hacían, o lo hacen, pero en menor medida, las casas o el oro). Lo cual es verdad, pero intentamos averiguar por qué. Porque, en contradicción con las mercancías industriales, cuyo aprecio sube en relación al futuro, a ser el último grito, digamos, en los adornos del lujo son el pasado, la antigüedad, los que añaden valor (y precio).

Pero me parece que para entender bien la importancia de estas «cosas» capaces de generar cadenas de valor tan abultadas, hay que detenerse en lo que comparten con otros objetos muy especiales: los objetos artísticos, las «obras de arte». Y eso que comparten es la excepcionalidad, su carácter de objetos únicos.

Va de suyo que esa naturaleza especial de cosas singulares excluye de su valor lo que el falso sentido común nos sugiere en una primera instancia: que es el «buen hacer» del artesano o el artista el que otorga su valor a la extraña mercancía. No importa que el objeto suntuario o artístico estén «bien hechos» ni que provoquen admiración por ello. El arte post realista nos curó de espanto en ese sentido y, en lo que respecta a los objetos artesanos, no hay más que recordar que, en muchos casos, es un defecto el que lo hace especial y lo revaloriza. En la filatelia es muy común, y eso nos obliga a pararnos brevemente en el coleccionismo, que lo es, paradójicamente, ¡de objetos únicos!

Coleccionismo compulsivo

Las colecciones como las de sellos son otro negocio que, aunque quizá esté llegando a su agotamiento (ya nadie escribe cartas y las piezas raras o únicas son todas propiedad de alguien), no ha dejado de crecer desde su nacimiento en el siglo XIX. Para hacernos una idea del volumen especulativo que ha llegado a alcanzar este coleccionismo, basta recordar (a los lectores españoles les resultará muy familiar: aún andan los chasqueados inversores reclamando sus capitales perdidos) la enorme estafa piramidal de Fórum Filatélico (la mayor empresa de compraventa de sellos en España, que ofrecía altos intereses a sus clientes -en torno el 6%- usando como garantía lotes de productos filatélicos, en la mayoría de los casos sobrevalorados) y Afinsa, con toda su trama de sociedades fantasmas. Los estafadores dejaron un agujero patrimonial de 3.500 millones de euros. Ni más ni menos.

Como bien explican Boltanski y Esquerre1, «La forma colección permite neutralizar la tensión entre el ‘el valor intrínseco’ de un objeto -derivado de aquello que lo hace único y, por consiguiente, inconmensurable con otros objetos y su valor de mercado. Formalizado a modo de precio mediante la prueba del intercambio. Las transacciones entre los coleccionistas de arte son un ejemplo adecuado. El valor reconocido de una obra se basa en el juicio colectivo de críticos, comisarios e historiadores del arte, que a menudo trabajan para instituciones (museos, universidades) financiadas por el Estado o por organizaciones benefactoras.». Estas decisiones, que se supone que están por encima de intereses particulares consiguen «legitimar» el precio de una obra, incluidas aquellas que, a priori, tenían un «valor incalculable».

La literatura narrativa del siglo XIX nos ha legado, por su parte, relatos sobre la pasión fría del coleccionismo y sobre la compulsión (que hoy llamaríamos consumista) de poseer objetos lujosos. Los autores del artículo citado más arriba recuerdan al primo Pons, de Balzac, que «nunca se siente realmente satisfecho a no ser que consiga obtener las ‘bellezas’ que ansía por un precio inferior a su ‘verdadero valor’; en otras palabras, más bajo del que alcanzaría en el futuro, cuando una comunidad más amplia de entusiastas reconzca el gusto y el estilo excepcionales de su propietario.». Permitásenos, por nuestra parte, citar a Benito Pérez Galdós, quien en Lo prohibido, una de sus últimas novelas, retrata de manera formidable la pasión por la compra y posesión de «bellezas» que sufre su protagonista, Eloísa:

La transformación del palacio era en verdad grandiosa. Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que acostumbra cobrar bien sus obras. En el salón vi además un cuadrito de Palmaroli, una acuarela de Morelli, preciosísima, un cardenal de Villegas, también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres lienzos que me parecieron de subidísimo precio, una cabeza inglesa, de Nittis, otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas granadinas, de Martín Rico. Pregunté a Eloísa cuánto le había costado aquel principio de museo, y díjome, en tono vacilante, que muy poco, por haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de desmoronarse.

Eloísa, representante de las clases ociosas de la Restauración, dilapida sus capitales en el atesoramiento enfermizo de estas colecciones de arte que atiborran su casa como un «principio de museo», al decir de Galdós. Las cosas no han cambiado mucho en el capitalismo tardío y la posesión de objetos de lujo o de arte, sin valor de uso y -salvo ocasiones extremas- sin valor de cambio, sigue siendo una actividad mercantil en auge, desde las fundaciones de los bancos, hasta fondos de inversión o acaudaladas fortunas personales.

Es hora de recalar, en este recorrido por la vida secreta de estas extrañas «cosas», en esas que llamamos, por costumbre, «patrimonio», cuya naturaleza última es tan parecida a las que hemos intentado analizar hasta ahora. Los andaluces que vean habitualmente la televisión regional, Canal Sur, recordarán cómo la cadena, a bombo y platillo, dedicó varios telediarios casi al completo a desglosar el éxito, los méritos y los beneficios futuros del reconocimiento de las ruinas de Medina Azahara como patrimonio de la humanidad por parte de la UNESCO. Junto al relato épico de la «lucha» de nuestras instituciones por conseguirlo, como en el cuento de la lechera, se nos aleccionaba sobre los distintos proyectos de reformas o excavaciones que mejorarían y ampliarían esas ruinas cordobesas, así como del beneficioso aumento de las visitas turísticas al enclave.

La creación de «patrimonio» -histórico, cultural, natural- acompaña el crecimiento disparatado de los objetos «excepcionales» vistos hasta ahora. Para conseguirlo, no se hace ascos al adorno o invención descarada de relatos más o menos ficticios que forman parte de él, sirviéndoles de soporte. La misma función la cumplen eventos como las conmemoraciones, los festivales, los festejos más o menos justificados en nombre de la tradición o el homenaje a santos o prohombres. O la ayuda inestimable de los arquitectos como Frank Ghery, el diseñador del Museo Guggenheim que resucitó el puerto de Bilbao, creador también de otro museo de naturaleza parecida en la ciudad francesa de Arlès, víctima de la misma decadencia industrial que la ciudad vasca.

Los ejemplos de esta implicación del objeto inútil y único, sea de lujo o de arte, se multiplican en todos los ámbitos, incluido el de la moda. Como señalábamos en uno de los apuntes anteriores de este mismo blog, que llamaba «Las faldas de Prada»:

Patrizio Bertelli, director general de Prada, concibe sus tiendas como “una instalación vanguardista sobre el arte de las compras”. Aviso para caminantes. Chin-Tau Wo (NLR, 108) apostilla sobre la conversión de las faldas de Prada al nivel del arte: “La exposición de objetos presentada en el lenguaje inteligente del arte conceptual contemporáneo, bajo el imprimátur de Herzog & De Meueron y de Rem Koolhaas, tenía la clara intención de elevar las faldas de Prada a la categoría del arte y la arquitectura contemporáneos. Cuando las faldas llegaron a Shangái en mayo del 2005, la exhibición Waist Down, promocionada como una exposición de arte (…) había generado ‘mucha expectación, de acuerdo con Newsweek.”

Así las cosas, a nadie extrañará que, en un futuro previsible y cercano, los garranos supervivientes de Pontevedra, con cuya evocación emezábamos esta ya larga reflexión, convenientemente encerrados en nuevos cercados con denominación de origen de espacio natural protegido, o algo así, se vuelvan a cargar de valor y precios incalculables mientras son fotografiados por las masas de turistas estólidos que recorren insomnes los espacios abigarrados y oníricos de nuestro mundo…

1Luc Boltanski y Arnaud Esquerre, «La vida economica de las cosas», NLR, 98, mayo de 2016.

Dependientes, camareros y mercancía: el “lugar” del intercambio (y 2)

El mercado es, pues, el lugar del intercambio, la tienda de nuestro hortera, por ejemplo, o cualquier gran supermercado en el extrarradio o en la pantalla de un ordenador. Este templo sacro-santo -por usar el adjetivo de Balzac en “L’épicier”- tiene un amo, casi siempre invisible en la tecnología y diplomacia de la trastienda, que provee las mercancías, y unos vigilantes o guardianes que las custodian y que administran su transformación en dinero, que, a su vez, servirá para adquirir más mercancías…: los dependientes. Y así, en este nunca acabar que es el alma de nuestro mundo, resulta que, al cabo, la acumulación y circulación continua del dinero es ya la única riqueza, como nos enseñaba Marx en los primeros compases del libro primero de El Capital, sobresaltándonos con la sensación de que hablaba de nuestro presente:

El grito que ahora resuena de una punta a otra del mercado mundial es: ¡No hay más mercancía que el dinero! Y como el ciervo por agua fresca, su alma brama ahora por dinero, la única riqueza1.

Tienda

Cuando la mercancía llega a los expositores del supermercado o de la tiendecita de ultramarinos, llega a un mundo dominado por el fetichismo, entendido como lo hacía el pensador alemán: un mundo de cosas que protagonizan relaciones sociales de intercambio con otras cosas y en el que lo que da valor a esas cosas, justamente el trabajo social acumulado en ellas, desaparece y se oculta. Cuando el cliente-amo tiene delante una chaqueta, con su precio en la etiqueta, y dinero en el bolsillo, hace cálculos con esos datos de la realidad y toma determinadas decisiones; pero en ningún caso piensa en el trabajo del sastre que la diseñó, cortó, cosió y vendió, ni en su cansancio o pericia, ni en la situación laboral o emocional o de salud en que realizó su trabajo. Nadie lo hace: sólo existe el deseo subjetivo / sugerido de poseer la mercancía o su necesidad. Esa naturaleza fetichista que el mercado otorga a los objetos crea un universo antinómico en el que solo hay “relaciones cosificadas entre personas y relaciones sociales entre cosas”.

Por eso, por la necesidad de ir más allá del fetichismo de las mercancías, es tan importante la denuncia, cada vez más extendida en el mercado universal, de las condiciones laborales y sociales del trabajo (en muchos lugares, esclavista) en que se producen los oscuros objetos del deseo del consumidor. O la generalización del Comercio Justo y su cautela con el origen de los productos y las condiciones de dignidad del trabajo que los creó, como le gusta pensar a David Harvey, si queremos romper el hechizo fetichista de su ocultamiento, su cerco encantado.

* * *

Pero volvamos a nuestro humilde y paradójico dependiente asalariado de comercio (vigilante, guardián, ángel custodio del proceso del intercambio) que entre las muchas tareas que tiene encomendadas (el escaparate, la limpieza, el trajín de los objetos…) tiene una fundamental: atender sin dilación a su segundo patrón y señor: el cliente con dinero. Y cerrar la puerta con un “no” a quien no puede ser cliente. Da igual, a estos efectos, que las tareas de vigilancia se hayan subcontratado en las grandes superficies y que estos guardias estén encargados de castigar el hurto o cerrar la puerta física. El “no”, con toda su fuerza de exclusión del circuito mágico, corresponde al dependiente o cajero. Andrew Smith, que ha tenidos experiencias laborales en comercios, cuenta en este sentido, en su Trabajar cara al público2:

De acuerdo con mi experiencia, los implicados sentían profundamente la contradicción de esta de esta posición, y muchos de mis compañeros estaban claramente desconcertados por este aspecto de su trabajo. En cierto sentido porque suponía una labor emocional problemática: tener que absorber y gestionar esas expresiones de descontento que no procedían de quienes eran clientes, sino de quienes no podían serlo. Más en general, sin embargo, lo que preocupaba a mis compañeros parecía ser la incómoda sensación de que se les exigía convertirse en funcionarios de un poder que ni siquiera conocían.

En la tienda aprendemos a identificarnos socialmente, nuestro lugar en el mundo. Como nos recuerda Smith, el no-cliente sale del comercio confirmándolo con frases como “Esto no es para nosotros”. Para el cliente con dinero (mi dinero soy yo…), sin embargo, todo queda reducido a una cuestión de gusto. “La violencia simbólica implícita en la jerarquía del gusto siempre está interiorizada”. La feria de las vanidades que es una tienda, para quien tiene el capital adecuado, tiene un solo mecanismo: el deseo subjetivo del valor de uso de las cosas allí expuestas, la esperanza siempre frustrada de que se cumpla su eterna promesa de felicidad…

Pero la “violencia simbólica” que más me ha inquietado del ensayo de Smith ha sido el descubrimiento de cómo perviven, en este contradictorio trabajo a las órdenes de dos señores, relaciones precapitalistas como las del amo con sus criados. Y eso que estaban ante nuestros ojos y oídos: ¿quién no recuerda, hasta en uno mismo, interpelaciones desabridas a un camarero del tipo “¡Que es para hoy, que no tengo todo el día!” o la devolución despechada de una mercancía que entendemos que es defectuosa, o que no responde a nuestras expectativas, triándola literalmente sobre el mostrador con cara de perro…? El trabajador que hace las veces del dueño paga siempre los platos rotos.

Ellen Meiksins Wood (la cita es del propio Smith) explicaba que “el desarrollo inicial del capitalismo dio un nuevo margen de vida a la concepción patriarcal de la relación amo-criado como soporte ideológico más disponible y adaptable para la desigualdad del contrato de trabajo asalariado.” Pero no se trata solo de una argumentación histórica sobre los orígenes; nuestro autor sentencia: “el capitalismo puede, en diversos puntos, ser articulado por el ensayo o reactivación momentáneos de una forma de autoridad relacional más antigua. En los vacíos entre Dinero y Mercancía, el capitalismo parece ayudado por algo que no es capitalismo.”

La relación premoderna, pues, entre el dependiente (o camarero, o botones…) y el comprador con posibles persistirá en tanto lo haga el mercado capitalista y sobreviva el fetichismo y poder del dinero, pues a este le es necesario un lugar (“la boutique sacro-sainte…”), real o simbólico, para que se renueve sin cesar la demiurgia del intercambio, y unos guardianes, en consecuencia, que permitan la violencia epistemológica de la autoridad y el buen gusto del cliente, necesarios en ese paso inequívoco de D a M en que “las cosas mantienen relaciones sociales y las personas relaciones cosificadas…”3.

Esto será así aunque tengamos la falsa impresión de que la venta masiva por internet está provocando “la aniquilación del espacio mediante el tiempo”3. Esa impresión ya la han tenido varias generaciones, pues la burguesía capitalista y su cohorte de científicos, tecnólogos e inventores han aprovechado, y potenciado, como nadie las sucesivas revoluciones en los medios de transporte y comunicación. Los comercios sobrevivirán, aunque parezca que la llegada casi instantánea a nuestras casas de la mercancía comparada en Amazon encarna el sueño de instantaneidad del cliente-amo: el paso transparente del valor de cambio en valor de uso que no conoce término. Pero que, por eso mismo, para que no se quede solo en la ceniza de la inanidad, es un acto que necesitamos ver representado en la escena triste e hipnótica de la tienda, rodeado de cosas y criados que nos sonríen obsequiosa y servilmente una y otra vez, una y otra vez…


  1. Marx, Karl, El Capital, libro I, cap. 3 (en sus propios términos históricos, Marx tenía en mente la crisis económica de 1857) 
  2. Smith, Andrew, “Trabajar cara al público”, New Left Review nº 78, Ecuador, 2013. 
  3. Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, vol. II, p. 13. 

La propiedad de la tierra y la Ley de la Gravedad

La propiedad de la tierra es una idea paradójica que oscila entre el símbolo y la mercancía, pero en los dos casos tiene un carácter monstruoso. Si la entendemos como signo o emblema de poder, insignia de clan y herencia, entra en la categoría del significante-amo, tal como entiende la psiquiatra feminista Luce Irigaray el símbolo fálico: es decir, cosa de hombres, patrimonio, en tanto el matrimonio es lo propio de las mujeres, hija, esposa, madre. Este significante-amo de la propiedad está santificado en todas las constituciones como un principio sagrado que lleva al filósofo Antonio Negri a hablar de los estados, genéricamente, como la República de la Propiedad. No hay otro principio que haya provocado más crímenes, guerras, alzamientos y rebeliones que este, sin que haya sido nunca abolido, repensado o refundido de forma duradera hasta el presente: es la verdadera alma del capital y sus mercados.

En cuanto a su carácter imposible de mercancía -insólita pues es soporte de todas las demás- Marx lo explicaba integrando la tierra en su relación dialéctica con el movimiento perpetuo del capital donde queda sujeta, junto a todas las demás mercancías, a la noria infernal del valor, el valor de uso, el valor de cambio y la circulación universal del dinero. Así, en los manuscritos de 1844* 1 del pensador alemán, aquí más joven e impetuoso, leemos:

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Es necesario que sea superada esta apariencia, que la territorial, raíz de la propiedad privada, sea arrebatada al movimiento de ésta y convertida en mercancía, que la dominación del propietario, desprovista de todo matiz político, aparezca como dominación pura de la propiedad privada, del capital, desprovista de todo tinte político; que la relación entre propietario y obrero sea reducida a la relación económica de explotador y explotado, que cese toda relación personal del propietario en su propiedad y la misma se reduzca a la riqueza simplemente material, de cosas; que en lugar del matrimonio de honor con la tierra se celebre con ella el matrimonio de conveniencia, y que la tierra, como el hombre, descienda a valor de tráfico. Es necesario que aquello que es la raíz de la propiedad territorial, el sucio egoísmo, aparezca también en su cínica figura. Es necesario que el monopolio reposado se cambie en el monopolio movido e intranquilo, en competencia; que se cambie el inactivo disfrute del sudor y de la sangre ajenos en el ajetreado comercio de ellos. Es necesario, por último, que en esta competencia la propiedad de la tierra, bajo la figura del capital, muestre su dominación tanto sobre la clase obrera como sobre los propietarios mismos, en cuanto que las leyes del movimiento del capital los arruinan o los elevan. Con esto, en lugar del aforismo medieval nulle terre sans seigneur aparece otro refrán: l’argent n’a pas de Maître, en el que se expresa la dominación total de la materia muerta sobre los hombres.

El paso de fetiche de poder (nulle terre sans seigneur) de la tierra acotada al de mercancía (l’argent n’a pas de Maître) queda reflejado en las maneras de medirla a través del tiempo. Así, durante siglos (en algunas partes de Europa hasta la misma Revolución Francesa) las superficies agrarias se medían fundamentalmente de dos maneras: por tiempo de trabajo humano y por la cantidad de granos sembrados. Según cuenta Witold Kula 2 en su hermoso y entretenido libro sobre las medidas y los hombres:

(…) desde España hasta Rusia, comprobamos la existencia del sistema de medir la tierra por la cantidad de trabajo humano. Las pequeñas diferencias geográficas o cronológicas (campo de cereales o viñedos, arado de bueyes o de caballos, etc.) tienen importancia secundaria. Lo importante es la identidad de la actitud mental, de la relación del hombre con la tierra. La elección de este principio de medición señala cuál de las numerosas propiedades de la tierra era más importante para el hombre: en este caso la más importante era la cantidad de trabajo que debía dedicarse a la tierra para que esta diera frutos.

Este sistema de medición tuvo una duración poco común en muchas partes de Europa. Aún en los albores de la Revolución Francesa, en uno de los Cahiers de doléances 3 de la región de Bourges, encontramos la siguiente definición: “el arpent no se mide en varas o pies, sino en journées, es decir, es decir, en los campos que pueden ser arados por un hombre en el transcurso de un día; según las costumbres locales, un arpent de tierra es igual a 16 journées“.

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La sustitución universal de estas maneras de medir por el sistema métrico preparaba, con su pretensión de progreso y razón enarbolada por la Revolución Francesa, en realidad, un cambio de actitud mental en la relación del hombre con la tierra que mencionaba Kula. Medir la superficie con los días que tardaba un hombre en ararla era atender a las dificultades del relieve, a la calidad de la tierra, a su apelmazamiento y considerar, por tanto, que dos propiedades consideradas iguales si las medimos en hectáreas, no lo son -como nos dice el sentido común- calculadas en tiempo de trabajo. Además había un presentimiento en esa manera secular de medir, de que, como aprendimos de Marx, es el trabajo (socialmente necesario) el que otorga su valor a las mercancías.

Una de las consecuencias desdichadas del sistema métrico aplicado a la medición de superficies agrarias la tenemos en las ayudas de la UE a los terratenientes, lo que se conoce como PAC, regalías económicas cuyo cálculo se basa solo en el número de hectáreas que posee el latifundista. A este propósito, la ilustrada revista La Marea se hacía eco este mes de julio pasado de un informe elaborado por los sindicatos andaluces SOC y SAT, bajo el llamativo título de 80 familias acaparan 100 millones de euros de la PAC en Andalucía de que:

Las 80 familias (entre ellas sólo algunas empresas) que acumulan más tierras cultivables en Andalucía percibieron en 2013 casi 100 millones de euros en concepto de ayudas europeas directas de la Política Agraria Común (PAC), sólo por ser propietarias (a los que hay que sumar otras ayudas de la PAC, a las que muchas de ellas pueden optar)

El grupo de ayudas directas de la PAC al que se acogen estos propietarios se destina a bonificar a los propietarios de tierras cultivables sin exigir a los terratenientes contrapartidas ni de producción ni de generación de empleo.

Los efectos de este sistema de ayudas en Andalucía se evidencian en el hecho de que 70 de los 80 propietarios que más cobran son familias. La familia Mora-Figueroa, fundadora de Rendelsur, la compañía embotelladora y distribuidora de Coca-Cola en Andalucía, encabeza el ranking de cobro de estas ayudas, con más de 6 millones de euros en 2013. De esos 70 apellidos familiares, al menos 13 ostentan títulos nobiliarios. Le corresponde a la Duquesa de Alba el primer puesto entre la aristocracia, y el quinto del ranking general en este apartado de las ayudas.

Al menos tres de los siete andaluces que figuran en la relación de personas más ricas de España en la última edición de la revista Forbes ocupan los primeros puestos del ranking de percepción de ayudas de la PAC: la Duquesa de Alba, Ramón Mora Figueroa, y Nicolás Osuna (de Inmobiliaria Osuna).

[…]

La PAC es la mayor política de ayudas de la UE. Absorbe el 40% de todo el presupuesto de la Unión.

Las ayudas permiten a muchos propietarios optar por mantener las tierras sin cultivar, lo que supone dejar sin trabajo a muchos jornaleros, ya que esos 80 propietarios concentran en sus manos la propiedad de casi un cuarto de millón de hectáreas, una gran parte de la superficie cultivable de Andalucía. La única contrapartida que la UE pide a estos propietarios es la observancia de ciertas compensaciones medioambientales, que en la práctica se traducen en mantener limpios de matorrales los campos para evitar incendios.

Ese dinero contante y sonante que reciben los terratenientes se calcula, decíamos, por hectáreas, todas iguales: cultivadas o no, dando trabajo o sin darlo, con inversiones de mejora y sin ellas… La UE ha subvencionado -y condenado- de siempre productos agrícolas, por intereses relacionados con el intercambio comercial mundial -no por ningún afán altruista de mantener vivo el medio campesino- como ha hecho durante décadas con la remolacha azucarera. Pero no es el caso, no explica este estipendio que yo solo puedo entender como un sustituto político contemporáneo de la vieja renta que -de nuevo Marx- el terrateniente recibía por la cesión de sus tierras al aparcero y al capital, su participación en el valor que estas generaban.

Las propiedad privada de la tierra siempre ha sido necesaria para el movimiento constante del capital. Porque es el soporte de la vida que depreda: alimentos, agua, metales, energía… La especulación con los precios de los alimentos, en esos siniestros mercados de futuros (Adrián Calvo, en su blog, explica muy bien qué son y cómo funcionan) es la cínica compostura de su financiarización. Sería posible pensar también, dadas las inversiones millonarias en tierras que se están realizando hace tiempo en África o América, por parte de multinacionales -de motu proprio o en representación de sus gobiernos- , que las dádivas de euros por hectáreas en la catalexia europea no sean sino otra manera de asegurar las grandes propiedades que ya existen, mediante esta renta atípica, en previsión de hambrunas futuras o de una venidera sed de agua universal…

Sea como sea, el significante-amo de la propiedad de la tierra forma parte ya de nuestro imprinting mental, como sus herencias o repartos, y resulta muy difícil ya imaginar otro estado de cosas, salvo que reparemos, desde nuestra distancia, en las comunidades indígenas que, a lo largo y ancho del continente americano, resisten y luchan por mantener la explotación común del campo y las aguas. El mismo Marx, en sus prácticamente desconocidas notas en el Cuaderno Kovalevsky 4 ( al decir de García Linera: “La obra de Kovalevsky está dividida en tres partes. La primera trata acerca de la propiedad en las culturas de caza y pesca en el nuevo mundo, y sobre las formas de control de la tierra de los españoles en las partes conquistadas de América.”), trató de una manera novedosa la distinción entre propiedad y posesión de la tierra:

En los Cuadernos Kovalevsky, esta distinción se hace más tajante, por cuanto Marx da cuenta de la imposibilidad de aplicar el mismo concepto de “propiedad” usado en Europa, para estudiar sociedades en donde la tierra no puede ser alienada (vendida). Cambiando sistemáticamente los títulos de Kovalevsky en los que se habla de “propiedad” por “posesión”, Marx prefería hablar de la comunidad como “dueña” de las tierras, y de los individuos trabajadores como “poseedores” de ella.

Esto que parece una disquisición teórica tan lejana, se incorpora, sin embargo, a las rebeliones campesinas andaluzas de finales del siglo XIX y comienzos del XX que tuvieron, como se sabe, una impronta anarquista tan poderosa. Díaz del Moral, el notario cordobés autor de una ejemplar historia de esas luchas campesinas 5, usa los dos conceptos cuando discute la vieja aspiración al reparto de tierras, considerándolo falsamente libertario. Lo volvemos a encontrar en las actas de consitución del sindicato CNT, en el que los ponentes usan cuidadosamente siempre “poseer” y “posesión”…

Termino con una proclama emocionante (distópica y ucrónica, tal vez, en esta Europa que presencia indiferente le final del campesinado) de unas Memorias del V Congreso Nacional de Agricultores (Zaragoza, 22 de mayo de 1917) que reclama la tierra por donde menos esperaríamos: ¡por la Ley de la Gravedad!

El propietario, que pretextando su exclusivo derecho, priva del uso de la tierra a sus semejantes que, tanto como él o más que él, la necesitan para cultivarla, comete, además de un despojo, una barbaridad inconcebible, porque se opone a la Ley de la Gravedad que nos atrae de una forma irresistible hacia la corteza terrestre, y de la cual ya no podrá nunca separarnos por muchos pretendidos derechos que invoque; ¡que no está al alcance de su estúpida pretensión el variar el curso de la naturaleza!


  1. Marx, Karl, Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, URL: http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/manuscritos/man1.htm#1-3 [man1] 
  2. Kula, Witold, Las medidas y los hombres, Madrid, 1980 (primera reimpresión, 2012), Siglo XXI de España Editores . 
  3. Los cuadernos de quejas (en francés: Cahiers de doléances ) fueron unos memoriales o registros que las asambleas de cada circunscripción francesa encargada de elegir a los diputados en los Estados Generales rellenaban con peticiones y quejas. Aunque eran usados desde el Siglo XIV los más famosos son los de 1789, por su importancia en la Revolución Francesa. 
  4. García Linera, Álvaro, Introducción al Cuaderno Kovalevsky de Karl Marx, La Paz, Ofensiva Roja, 1989.
    Extracto en URL: http://es.scribd.com/doc/72278664/1-1-Introduccion-Al-Cuaderno-Kovalevsky [1-1-Introduccion-Al-Cuaderno-Kovalevsky] (Álvaro García Linera, vicepresidente del gobierno boliviano, es el único -hasta donde se me alcanza, que ha leído este cuaderno de anotaciones de Marx y que ha publicado en español la única glosa interpretativa de lo que hay en él) 
  5. Díaz del moral, Juan, Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, Madrid, 1979, Alianza Editorial (concluido en 1923, publicado en 1928) 

Los mundos pequeños de la economía (segunda parte)

Seguimos con los mundos pequeños de la economía. En estas dos semanas que han transcurrido desde que, en la anterior entrada, dedicada a la defensa y reclamo de una renta básica universal, dejé medio comprometido seguir hablando sobre el cooperativismo…, en ese ínterin, decía, me he ido cruzando con noticias que nos contaban cómo la Corporación Mondragón -una red de cooperativas que es, por su volumen de negocios y empleo, el primer grupo empresarial vasco, el décimo de España y el noveno mayor conglomerado de cooperativas del mundo- acudía en ayuda de Fagor, la vieja empresa de electrodomésticos, madre nutricia, además, del grupo actual inmersa hoy en una crisis profunda, con un fondo de 70 millones de euros aportados por las demás cooperativas del grupo y, por tanto, por los propios trabajadores-socios.

Los mundos pequeños de la economía: cooperar Así que empecemos por aquí esta segunda parte de nuestra reflexión, aunque criticando en seguida, como verá el lector, que el cooperativismo solo consiga visibilidad en los Medios cuando, como ahora, se buscan ejemplos alternativos dentro del sistema: es decir, estructuras empresariales resistentes a la crisis, modelos de producción y negocio que sigan vendiendo sus mercancías, manteniendo puestos de trabajo, sin interés alguno por la filosofía social de que nacen estos modelos empresariales híbridos. Es el caso de esta enorme corporación, cuyas cifras realmente apabullan: 110 cooperativas relacionadas con el sector  de los componentes industriales, los electrodomésticos o los servicios, que mantiene más de ochenta y tres mil empleos. Su filosofía es común en las redes de empresas cooperativas: las rebajas de salario son consensuadas por los socios-trabajadores, guardando proporcionalidad entre los que más ganan y los que menos, reubicación de los puestos de trabajo en otras empresas del grupo, reorientación de los negocios o las sedes físicas del as empresas a otros países, mantenimiento o aumento de los fondos dedicados a investigación, etc. Una capacidad de adaptación al nuevo capitalismo, en resumen, junto a su resistencia al despido de trabajadores que las han convertido en epónimas en estos tiempos tan desdichados para la clase obrera.

Algunas, como Mol Matric -una cooperativa cuyo origen fue una quiebra tras la que, hace 30 años, quedó la empresa en manos de sus trabajadores; he conocido muchos casos así, todos en Cataluña- han ideado sistemas ingeniosos para los baches en que no hay trabajo: los bancos de horas, que suponen que los trabajadores se van a casa mientras dura la caída, pero siguen cobrando; cuando las circunstancias del negocio mejoran, a cambio, devuelven esas horas de trabajo extra a la empresa. En otros casos, como sucede por lo que sé con las cooperativas del barrio de Sants, en Barcelona, las cooperativas cumplen también una  función de vertebración social de la vida vecinal. Los mundos pequeños de la economía: cooperar mejor que competirEl trabajo cooperativo, aún sometido a las fieras leyes de la acumulación de capital, la peligrosa financiarización del actual capitalismo o a las vergonzosas leyes laborales y de retiro vigentes, tienen la vieja virtud del modelo mixto de co-gestión empresarial (el trabajador participa en la toma de decisiones y participa del reparto de beneficios) que era el de la primera, y desaparecida, socialdemocracia europea -aunque aún sobrevive, si bien a duras penas, en la denostada Alemania- y el encanto inmarchitable del asociacionismo y el apoyo mutuo.

En mis recuerdos asociados al nacimiento del SOC pervive la ilusión con que viví el nacimiento de algunas cooperativas ganaderas -una hacía unos quesos buenísimos- en la Campiña de Sevilla (ahí sigue el empeño de la pequeña y gran Marinaleda, con sus cooperativas agrícolas) o la admiración con que Fernando Álvarez Palacios -que fue presidente de la Federación de Cooperativas de Andalucía- me hablaba de un taller que había visitado en Italia donde fabricaban unas humildes tuercas de no sé qué, pero que vendían por todo el mundo; para demostrarlo, me enseñaba un tríptico a todo color con las virtudes de la dichosa tuerca traducidas a cuatro idiomas… Tengo un amigo cooperativista, en la deprimida cuenca minera del Tinto, que me contaba también, para mi admiración, que en el taller del que es socio y trabajador, todos se habían comprometido hace tiempo a hacer una comida familiar periódica, en los mismos aledaños del taller, para que esa convivencia en el mismo tajo les ayudara a superar rencillas o malos rollos y a no olvidar, así, la relación social, amistosa y familiar, más allá de la laboral, entre los miembros de la cooperativa.

La expresión “mundos pequeños” con que he titulado esta mini serie está tomada de un experimento sociológico 1 llevado a cabo por el antropólogo John Barnes que, tras dos años de convivencia en una pequeña isla noruega, descubrió que, junto a las relaciones administrativas y económicas “oficiales”, existía un tejido de relaciones informales de distintas naturalezas que encerraba en su tela de araña a todos los habitantes de la isla. Es posible, sería deseable que, mientras tanto somos capaces de zafarnos del nihilista modo de producción y vida capitalista, con un trenzado de mundos pequeños económicos y, por ende, políticos, simbólicos y sentimentales, consiguiéramos crear un tejido social alternativo -una red, como se dice en la neolengua- que, junto al desestimiento del existente, sine ira et studio, terminara por sustituirlo, en un palimpsesto revolucionario, y que, mediante la ocupación de la economía real, pudiéramos recuperar y recrear de nuevo el mundo humano habitable y compartido, cooperativo en un sentido radical, del que estamos siendo desposeídos desde hace siglos con tan ignominiosas violencias y maneras.

Los mundos pequeños de la economía, mientras tanto…

Cuesta entender cómo tópicos tan profundamente falsos como que la economía se puede separar de la política o que una política económica como la actual tiene un carácter neutro y pretende el bienestar de todos arraigan de forma tan profunda en las creencias de la gente. Pero es así, a pesar de tantas evidencias. Economistas nada revolucionarios como Galbraith ya explicaron que la economía no existe aparte de la política y “es de esperar que siga siendo así en el futuro”.

Pero no ha sido así. Daniel Raventósrenta-básica, el presidente de la Red Renta Básica, defendiendo en un inteligentísimo artículo 1 la necesidad de tal salario universal, que garantizaría las necesidades materiales de toda la población, cita un ejemplo muy claro sobre esta inseperabilidad entre política y economía: la ley Glass-Steagall, vigente de 1933 a 1999 en EE. UU., que obligaba a separar los bancos de depósitos de los bancos de inversión, configuró unos mercados financieros totalmente diferentes de los que acondicionó la ley Glamm-Leach-Bliley, que le sucedió y que anuló esa separación. Dos medidas políticas: la segunda ha hecho posible la debacle de Lehman Brothers; con la primera no habría tenido lugar.

Un política económica se diseña para beneficiar a una clase social o a otra y esta que sufrimos se ha configurado desde hace años para beneficiar a los ricos, pero haciéndose pasar por la única posible, justificándose en la necesidad (a partir de una propaganda intensa y continua en la que, por ejemplo, la contención del déficit público se ha hecho pasar por algo de sentido común, como ha denunciado muchas veces el activo Paul Krugman) y en la promesa de un futuro mejor. Como ese futuro mejor, tras el heroico austericidio, no va a llegar, más vale que, mientras tanto, vayamos observando los “mundos pequeños” de la economía que, en palimpsesto, pueden estar transformando, sin pedir permiso ni esperar al futuro, muchas más cosas de las que podríamos imaginar.

La propuesta de la renta básica es una de ellas. De ser acusada de utopía disparatado cuando nació, como idea, en pequeños reductos universitarios, ha pasado a considerarse seriamente en ámbitos mayores, tanto académicos como políticos y, va calando en la gente del común gracias a los corros asamblearios como los del 15M. En un mundo que escamotea el trabajo y que agujerea sin piedad las redes de protección social, un salario básico universal sin distinción de edad, sexo o condición social, que satisfaga las necesidades materiales de todo el mundo, empieza a ser considerada como una propuesta “razonable”. Basta recordar que su reivindicación ha sido oída muchas veces en las manifestaciones de este Primero de Mayo, es decir, ha adquirido carta de naturaleza política y sindical.

renta-basica2Y no sólo eso, sino que no es sólo una idea, sino que es real nada menos que en Alaska, donde desde 1982, todo el mundo, tenga o no trabajo y con la edad o sexo que sea, recibe una renta básica anual, de 676 euros en 2012 -en algún año, según Mariana Vilnitzky en la revista que citamos al pie, ha llegado a ser de 2.000 euros. La persona más vieja que la recibió tenía 107 años antes del 31 de diciembre de ese año; la más joven, había cumplido minutos antes de las campanadas. Una familia media, con cinco hijos, recibió 3.380 euros. A estos ingresos universales se les considera -hablamos de EE. UU., al fin y al cabo- un dividendo a cuenta de una corporación pública de Fondos, cuyo dinero proviene fundamentalmente del petróleo y de inversiones en cualquier lugar del mundo. La autora del reportaje cita el testimonio de una trabajadora de la hostelería que le aseguraba que muchísima gente guardaba esos ingresos para la universidad, gastos sanitarios (la sanidad americana es privada y cara) o a la caridad…

La versatilidad, fuerza y atractivo de esta idea (tal vez una de las últimas revoluciones posibles) que acabaría con el intrincado laberinto de pensiones, asistencias y ayudas -estatales, autonómicas o locales-, torpes puestas al día de las viejas “leyes de pobres” inglesas, tiene una gran dificultad práctica, claro está: requeriría de una reforma fiscal profunda y cabal y tendría enfrente a los aguerridos defensores del privilegio y la propiedad. Pero sus potencialidades son impresionantes. Daniel Raventós las explica con sencillez: paliar los efectos del desempleo, fomentando la autoocupación y el trabajo cooperativo; la mitigación de la pobreza;la recuperación de la identidad y capacidad de lucha y resistencia obreras. Estaría más cerca el ideal aristotélico del hombre con tiempo y dignidad para re-emparentar su vida con la filosofía o al arte, toda vez que la lucha cotidiana por el pan desaparecería.

En otra entrada seguiremos con estos mundos pequeños, otras tantas muestras de autoorganización y de la resistencia real a los desaguisados del capitalismo desembridado que padecemos. Muy en particular nos detendremos en el movimiento cooperativista que, aparte de mostrar una capacidad de resistencia y adaptabilidad muy serias frente a la bajada del consumo, la exportación y los despidos, está adquiriendo una vitalidad urbana y una capacidad de vertebración de los barrios muy notable. También hablaremos de las redes de apoyo mutuo o bancos de intercambio de tiempo, a lo que veo, también muy vivas y activas o de las sugerencias, nada disparatadas, de Attac. en torno a una posible reindustralización del país, que, al fin y al cabo, nunca llevamos a cabo como el dios de los tiempos mandaba. De modo que así quedamos y nos emplazamos, paciente lector.