Claros en el bosque

Blog de Manuel Jiménez Friaza

Desnudos

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 1 año

La fuerza metafórica del desnudo de Antonio Orts -un preferentista de Bankia, jubilado y ciego- en la Junta de Accionistas de ese banco de finales del mes pasado en Valencia, motivó un apasionado artículo de Juan Ramón Lucas, en infolibre.es, en el que afirmaba, tajante, que era el desnudo más digno que había visto en su vida. La escena, que seguramente ya conocerá el lector, la describía el veterano periodista, con un lenguaje entre épico y dramático tan poco común ya en el periodismo actual, así: «el presidente de Bankia, el señor Goirigolzarri –a quien le toca lidiar un toro que él no sacó a la plaza, arreglar una situación que él no ha provocado– parece no prestar atención a la indignada alocución del señor Orts, hasta que éste anuncia, y procede: «Mire cómo me ha dejado Bankia…» y el presidente mira, y los accionistas miran, y los estafados por las preferentes aplauden y animan y Orts, desde su ceguera compatible con una lúcida idea del valor de la imagen, se despoja de su ropa y se queda en calzoncillos.»

Todos los desnudos son dignos excepto los que son concebidos y vendidos como mercancía. Por eso a mí me emociona la bravura y rápida extensión universal del movimiento Femen. La lucha por la liberación de la activista tunecina Amina Tyler, encarcelada aún y pendiente de juicio, es admirable. También lo es el empeño por restituir una y otra vez la fotografía de las tres chicas de su página en Facebook, que, a pesar de haber sido censurada -con un humillante difuminado de los pezones- volvió a desaparecer hace poco y ha sido subida de nuevo por las bravas feministas. En esa misma página explican su interpretación y defensa del desnudo de sus mujeres: «Creamos una nueva interpretación de la desnudez, donde nosotras mismas la controlamos, haciendo que abandone el sentido objetual. Queremos que la desnudez sea poderosa, que nuestro cuerpo nos pertenezca y poder expresarlo cuando queramos y cómo queremos». No hay metáforas, como en la desnudez de Antonio Orts, sino una rebelión contra la cosificación en mercancía de sus cuerpos, un grito mudo frente al espectador despistado, una mirada directa y digna a quien se parapeta y observa detrás del objetivo. Ese voyeur desatento y silencioso mira a otro lado cuando se encuentra con estas chicas de distintas razas, edades y lenguas, flacas o gordas, que usan su cuerpo como signo, como soporte de una escritura elemental que se ofrece así, como texto, a la lectura intimidatoria del censor: «My body, not your honor»... También debemos denunciar aquí la traición de los intelectuales, su silencio cómplice. En ninguno de los enlaces que he hecho en las redes sociales (Facebook o Diaspora, en esto no hay diferencias) de las distintas noticias que tenían como motivo central este movimiento, he obtenido ningún «me gusta» ni comentario alguno, salvo de un grupo especializado en la denuncia de la violencia contra las mujeres; lo que, naturalmente, no es significativo. En ninguno de los muros de escritores o intelectuales que he revisado, angustiado por la falta de referencias, he encontrado nada: la única excepción es Amelia Valcálcer, la filósofa y profesora de Filosofía Moral y Política en la UNED, que escribió en su página a comienzos de julio estas tres lacónicas frases: «Femen no hace pornografía. Femen hace valentía. Femen es la forma en que las jóvenes pelean por la libertad».

femen4La acusación de pornografía, esgrimida por Facebook como excusa para el cierre inicial de su página y las censuras posteriores, aparte de ridícula en su obsesión por las tetas, nos da pie para recordar que, según los que saben de estas cosas, la mitad de los recursos de internet están dedicados a imágenes, vídeos y textos pornográficos. Mucha tela, el 50% de la tela: un dato que debería servir de escarmiento los que anunciaron hace años la epifanía de una nueva época, cantaron las albricias de la revolución y la felicidad que iba a traer Internet a nuestras vidas y la construcción de una rediviva Biblioteca de Alejandría como sede de un nuevo saber para la Humanidad.

La pornografía, de la que se acusa a las mujeres deFemen, sea la victoriana -basada en textos más que en imágenes- o la contemporánea, basada casi exclusivamente en imágenes, no cuenta más que una historia monocorde: la de unas mujeres insaciables que sólo se tranquilizan con la potencia fálica del hombre. No hay relatos pornos, sólo secuencias temporales agrupadas por tipos de actividad sexual, repetidas hasta el hartazgo. En la pornografía, la verdad del sexo no es otra -como recuerda José Carlos Bermejo en su libro La consagración de la mentira- que la dominación de la mujer por el hombre. En ese sentido, entronca con la visión del cuerpo de la mujer griega que tenían los hipocráticos, para quienes el útero tenía una vida independiente y errabunda que sólo encontraba quietud con el sexo y el embarazo. Cuando no ocurría así, lloraba lágrimas de sangre. Pero una idea parecida es la que encontramos también en las histéricas de Charcot y Freud, que recomendaban para su curación sexo y matrimonio o, en el peor de los casos, una masturbación tranquilizadora. El doctor Charot llegó a explicar las convulsiones de estas mujeres encerradas en La Salpetriére, como movimientos orgásmicos realizados ante los atónitos estudiantes de Medicina. Hoy sabemos que esos síntomas corresponden a la epilepsia y la esclerosis múltiple.

La apropiación de todos los discursos -filosófico, científico, psiquiátrico, político, sexual, sentimental...- por parte de los hombres, que tan inteligente y melancólicamente ha interpretado y analizado Luce Irigiray, psquiatra a su vez, hace que la condición humana esté incompleta en tanto no asumamos la condición femenina como esa mitad que nos falta. El relato del que carecemos tiene muchas dificultades para salir a la luz y enunciarse en un lenguaje nuevo, diferente del «siempre lo mismo» del discurso masculino. Este, con la moderna corrección política, nos quiere clasificar en géneros -un término vago y tramposo que, en el fondo, sólo se aplica a las mujeres para que se comporten como si fueran hombres y hagan las cosas tan bien como ellos- y nos enseña que el sexo es independiente del cuerpo (¡donde está su sede!) y es producto de una elección o transformación quirúrgica... ¡Cuántas mentiras! Eugenio Trías imaginaba ese discurso monótono y fálico, como un Minotauro, enfrentado a su «ser del límite», cuyo únicos verbos son mandar y obedecer, cuyos únicos sustantivos son amo y esclavo.

En tanto eso no suceda, y mientras no tiremos del hilo de la verdad, a cuya búsqueda dedicó su vida el gran filósofo recientemente fallecido, para salir del laberinto, creo que necesitamos de los gestos desconcertantes de las mujeres desnudas de Femen. Necesitamos ver sus cuerpos, ni modificados ni transformadas (leemos en ellos la negación de ese «objeto de arte» perpetuamente maleable a que nos acostumbró la Historia), cuerpos que no son ni amorosos ni pornográficos, que asumen como recordatorio la triste condición de mercancías a que la biopolítica contemporánea condena los cuerpos de todos, de todas formas. Nos hace falta leer los grafitis con que ellas mismas tatúan las paredes de sus cuerpos, como si fueran calles de cualquier ciudad castigada. Es aleccionador ver los trazos y difuminos que la censura bienpensante de Facebook ha trazado sobre ellos, en el intento inútil de transformarlos en cuerpos publicitarios. Necesitamos su mirada seria y desarmada -dirigidas a nosotros, los mirones que estamos detrás de la cámara-, porque esa mirada nos devuelve por unos instantes la nobilísima dignidad de la condición humana perdida, o más exactamente, la de esa mitad que condenamos al silencio, a la mentira o al asesinato.

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