La mer, la mer, toujours recommencée
«Le Cimetière marin» (Paul Valéry)
Soy de tierra adentro y de una generación poco dada a viajes o aventuras, por eso no conocí el mar hasta después de los veinte años. Para colmo, ya velaban mis ojos las cataratas de la literatura y el cine. Así que rectifico: conocí el mar pronto, pero en versos y en películas. Fue literaria incluso la expectativa que tenía cuando mi acompañante en el coche me advirtió de su inminente aparición. Si una sensación recuerdo del encuentro fue de respeto y miedo: un encuentro más bien contrariado y distante. Ni siquiera sentí la cosquilla acariciadora del agua, común al decir de la gente: solo su frialdad.
Nunca he llegado a nadar bien y aguanto poco tiempo en su seno, menos aún que tumbado al sol o comiendo sardinas. Y ya siempre ha sido así, sin remisión posible. Hasta mi hija ha heredado esa relación incómoda y aún recuerdo su llanto desconsolado cuando la acerqué a la orilla sentada sobre mis hombros, aún muy pequeña…
El equivalente al mar en mi imaginario y mis sentimientos es el viento, todos los vientos. Debe ser porque me crié en tierras donde el viento solano gobierna las vidas y el humor de la gente y de los gatos. Amo la sensación de libertad que me proporciona, la fuerza y el afán, y al mismo tiempo la ligereza y liviandad con que me asiste; sus mil rumores, sus murmullos o aullidos irascibles. Auuu….
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