Barbarism / Barbarie

By @hosh

Barbaric acts are something that only the other side do.  You could never accept that your own side is guilt of barbarism. It’s an accusation you reserve only for actions committed by the enemy.

This stems from the fact that «barbaric» is related to the word «barbarian,» which literally means «foreign» or «foreigner».   Both come from an onomatopoeic Greek word for «stammer.»  A barbarian is  someone who cannot speak the language properly, i.e. a foreigner.  It is also the origin of the name given to the Berbers of North Africa, of the name Barbara, «a foreign woman», and it even pops up in Sanskrit and Hebrew in loan words.

Foreigners are always suspect; the more foreign and unfamiliar they seem, the less you can trust them. It is interesting that during the time of the crusaders, the Arabs considered Christians to be barbaric, due to their supposed practice of cannibalism.  And when Salah ad-Din, the Kurdish general, entered Jerusalem he vowed that he would treat the inhabitants with greater clemency than did the Crusadors, when they conquered the city and reportedly put everyone to the sword, including even the Christian inhabitants.

There is another word for foreigner in Greek: xenos.  Although we know it only from the term «xenophobia», it actually was often used in a nicer way, to indicate a stranger, who might actually be a god in disguise, so had better be treated hospitably.  Among all the stories of despicable barbarism during the Hamas attack on Israel, is a humorous story of a couple who saved their family by treating the attackers as honoured guests.  This was one of the only tales with a happy ending to emerge from that day.

During times of war and extreme conflict, we are willing to hear only about the suffering of our own side, and cannot listen to any word that expresses understanding towards the other.  I think that is genuinely at the basis of the current crisis in Israeli relations with the UN.  The Secretary General was apparently careful in his choice of words, but the Israeli ambassador heard only what his ears allowed him to hear.  And no amount of evidence will ever allow Palestinians to believe that the Israelis were not responsible for attacking that hospital.  Europeans meanwhile are convinced of their higher morality while secretly believing that both Jews and Palestinians are incorrigible bloody-minded murderers.  It isn’t very long since Europeans themselves were committing genocide and enslaving other peoples. And now entire continents suffer from the brutal aftermath of colonialism.  Just don’t let them in!

People are people, wherever they are; scarred and traumatized people can do despicable things to one another, just as they can practice extraordinary acts of kindness. We should never give up our belief in the potential for human beings to act humanely, despite their evident crimes.  Even today there are Israelis and Palestinians who continue to work together to create a different reality on the ground.

Barbarie

Los actos de barbarie son algo que sólo hace el otro bando.  Nunca podrías aceptar que tu propio bando es culpable de barbarie. Es una acusación que sólo reservas para las acciones cometidas por el enemigo.

Esto se debe a que «barbarie» está relacionado con la palabra «bárbaro», que literalmente significa «extranjero» o «forastero».   Ambas proceden de una palabra griega onomatopéyica que significa «tartamudo».  Un bárbaro es alguien que no puede hablar correctamente el idioma, es decir, un extranjero.  También es el origen del nombre dado a los bereberes del norte de África, del nombre Bárbara, «una mujer extranjera», e incluso aparece en sánscrito y hebreo en palabras prestadas.

Los extranjeros son siempre sospechosos; cuanto más extraños y desconocidos parecen, menos se puede confiar en ellos. Es interesante que, en tiempos de los cruzados, los árabes consideraran bárbaros a los cristianos por su supuesta práctica del canibalismo.  Y cuando Salah ad-Din, el general kurdo, entró en Jerusalén, juró que trataría a los habitantes con mayor clemencia que los cruzados, cuando conquistaron la ciudad y, según se dice, pasaron a todos a cuchillo, incluso a los habitantes cristianos.

En griego existe otra palabra para extranjero: xenos.  Aunque sólo la conocemos por el término «xenofobia», en realidad se utilizaba a menudo de forma más amable, para indicar a un extranjero, que en realidad podía ser un dios disfrazado, por lo que era mejor tratarlo con hospitalidad.  Entre todas las historias de barbarie despreciable durante el ataque de Hamás a Israel, hay una historia humorística de una pareja que salvó a su familia tratando a los atacantes como huéspedes de honor.  Esta fue una de las únicas historias con final feliz que surgieron de aquel día.

En tiempos de guerra y conflicto extremo, sólo estamos dispuestos a oír hablar del sufrimiento de nuestro propio bando, y no podemos escuchar ninguna palabra que exprese comprensión hacia el otro.  Creo que esa es realmente la base de la actual crisis en las relaciones de Israel con la ONU.  El Secretario General fue aparentemente cuidadoso en la elección de sus palabras, pero el embajador israelí sólo escuchó lo que sus oídos le permitieron oír.  Y ninguna prueba permitirá jamás a los palestinos creer que los israelíes no fueron responsables del ataque a ese hospital.  Mientras tanto, los europeos están convencidos de su elevada moralidad y creen secretamente que tanto los judíos como los palestinos son asesinos sanguinarios incorregibles.  No hace mucho que los propios europeos cometían genocidios y esclavizaban a otros pueblos. Y ahora continentes enteros sufren las brutales secuelas del colonialismo.  No los dejen entrar.

Las personas son personas, estén donde estén; personas marcadas y traumatizadas pueden hacerse cosas despreciables unas a otras, del mismo modo que pueden practicar actos extraordinarios de bondad. Nunca debemos dejar de creer en el potencial de los seres humanos para actuar humanamente, a pesar de sus evidentes crímenes.  Aún hoy hay israelíes y palestinos que siguen trabajando juntos para crear una realidad diferente sobre el terreno.

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Sabía leer el cielo

He terminado de releer Sabía leer el cielo, un libro que combina textos de Timothy O’Grady con fotografías de  Steve Pyke, fotógrafo de The New Yorker. Es un libro que me ha parecido precioso del que, gracias a la editorial Pepitas de calabaza, tenemos ya una digna traducción al castellano, a pesar de que el original se publicó en 1997. Era ya conocido y estimado, según me entero ahora, y hay una película inspirada en él, I Could Read The Sky así como una canción de de Mark Knopfler, Mighty Man. Una y otra las enlazo al final de la entrada.

Los textos de O’Grady evocan, con una fuerza lírica tremenda, los recuerdos de su protagonista individual, un irlandés que encuentra un sentido para su vida en las canciones que sabe tocar con su acordeón (27 canciones, según leemos en uno de los fragmentos que transcribo a continuación) y en el amor total que siente por una mujer, Maggie, descrita siempre de forma elusiva, con sinestesias que la identifican con los elementos de la naturaleza: el viento, el mar, la tierra…

Hay otro personaje, colectivo, que se nos va presentando bajo diversos nombres, apariencias e historias, en representación de los campesinos irlandeses que, a comienzos del siglo pasado, emigraron a Inglaterra a trabajar en la construcción de túneles y carreteras o casas, en el trabajo agrícola -de un campo ya industrializado- o ganadero. Cambian tanto de trabajos como de nombres y la realidad húmeda y sucia de los cuartos oscuros donde duermen o de las tabernas donde se emborrachan o cantan, se compensa con los recuerdos rurales de su infancia perdida en Irlanda. Como dice el protagonista narrador en este fragmento, cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado…

Cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado. Después trabajé. Pavimenté carreteras, rompí cemento, excavé bajo viviendas y retiré barro. Conté paladas, conté patatas y conté ladrillos. Fue el tiempo en el que tuve un pasado. Era pesado como los bloques que lastran una barca. Sin pasado me habría hundido. Creía que tenía futuro también, pero no podía verlo. Estaba en las cosas que levantaba y acarreaba y en lo que me daban por hacerlo. Era un futuro que parpadeaba y se oscurecía cuando intentaba mirarlo.

Bajo los epígrafes «lo que sabía hacer» y «lo que no sabía hacer», que cito ahora, podemos leer una declaración de principios sobre un saber, el saber obrero de antes de la división social del trabajo -a través de la especialización que estos campesinos aún no conocen- nos vuelve indefensos, torpes e ignorantes para vivir. Un saber total. Un saber que es un hacer, pues los trabajadores siempre han sido los hacedores del mundo…

Lo que sabía hacer:

Sabía remendar redes. Techar con paja. Construir escaleras. Tejer una cesta con juncos. Entablillar la pata de una vaca. Cortar turba. Levantar un muro. Pelear tres asaltos con Joe en el ring que papá instaló en el granero. Sabía bailar. Leer el cielo. Armar un tonel para caballas, Arreglar caminos. Construir un bote. Rellenar una silla de montar. Colocar una rueda en un carro. Cerrar un trato. Preparar un campo. Manejar la volteadora, la rastra y la trilladora. Sabía leer el mar. Disparar con puntería. Coser zapatos. Esquilar ovejas. Recordar poemas. Sembrar patatas. Arar y gradar. Leer el viento. Criar abejas. Liar gavillas. Fabricar un ataúd. Aguantar la bebida. Asustar con historias. Sabía qué canción cantarle a una vaca mientras la ordeñaba. Tocar veintisiete canciones en el acordeón.

Lo que no sabía hacer:

Tomar comidas sin patatas. Confiar en los bancos. Llevar reloj. Invitar a pasear a una mujer. Trabajar en desagües o con objetos más pequeños que un clavo. Conducir un coche. Comer tomates. Recordar las rutas de los autobuses. Sentirme cómodo con el cuello de la camisa. Ganar a las cartas. Reconocer a la reina. Soportar las voces altas. Observar el protocolo de los saludos y las despedidas. Ahorrar dinero. Disfrutar del trabajo en una fábrica. Tomar café. Mirar una herida. Seguir el críquet. Entender la forma de hablar de un hombre del oeste de Kerry. Llevar zapatos o botas de goma. Imponerme a PJ en una discusión. Hablar con hombres que llevan cuello de camisa. Flotar en el agua. Enfrentarme al dentista. Matar un domingo. Dejar de recordar.

El libro acaba con esta última cosa que no sabía hacer: dejar de recordar… Vale la pena leerlo, en tiempos como estos en que el desprecio hacia los campesinos y obreros de ciudades, y más aún si son emigrantes como estos irlandeses, por parte de los poderosos y las clases ociosas, ha cobrado estos tonos tan hirientes y humillantes que todos conocemos… Seguramente porque ya nadie sabe leer el cielo o el mar y se ha clausurado el mundo como un enigma que tiene la apariencia engañosa y banal de un escaparate luminoso.

I COULD READ THE SKY

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Me gusta / No me gusta

Me gusta:

La humildad, la bondad, la inteligencia crítica, el saber compartido. Me gustan las mujeres porque representan la úlltima esperanza de la Humanidad. Me gustan los niños porque aún no son hombres y no están domesticados del todo. Me gusta la organización espontánea. Me gusta el campo (no la naturaleza, que es un concepto abstracto), los pueblos y los gatos. Me gusta enseñar, pasear, charlar en torno a un café. Me encantan las plazas y los bulevares. Me gusta leer y escribir casi por encima de todas las cosas. Me gusta mirar las estrellas de mi hemisferio...

No me gusta:

La soberbia ni la prepotencia, ni la maldad, ni la injusticia, ni la ignorancia satisfecha, ni el machismo. No me gustan los estados ni las instituciones que los representan. No me gusta el dinero ni los depredadores que lo acaparan, los amos de todo: el paradigma capitalista. No me gustan las aulas ni los grises y tristes edificios en los que encerramos a los niños y otro montón de cosas que se podrían resumir en la perversión del gusto público y la falta de pasión, ternura o curiosidad. Es decir, las almas muertas...

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Homenaje

No hay que olvidar nunca las lecciones de la lengua. Como bien recuerda Antoni Doménech (El eclipse de la fraternidad), «homo», en el latín medieval, llegó a tener el significado de «siervo» o «esclavo» , de donde  «homenaje», el reconocimiento del vasallo a su señor.

En tiempos del humanismo críptico y alienado como los que vivimos, esta mínima lección de etimología, nos advierte de lo cercana que vuelve a estar nuestra condición del «homenaje» medieval : sumisión, consentimiento respecto a los amos. El olvido de la fraternidad es solo una de sus manifestaciones

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El síndrome de la redención

Rosa Montero habla de lo que llama «el síndrome de la redención» en las mujeres.

Una que, por ejemplo, se enamora de un tipo «áspero y grosero», pero se empeña es que es una apariencia falsa: que por dentro es un hombre dulce y que ella lo sacará a la luz, pues solo necesita «sentirse más querido, más seguro, mejor acompañado». Necesita solo su «varita mágica»…

Tal es es su síndrome de perdición.

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En corro

Uno es hijo de sus contradicciones. Por ejemplo, tengo que confesar una que nunca he logrado resolver del todo. Y es que, a pesar de la enorme masa de espacio y tiempo que he dedicado a leer libros en solitario, lo que me gusta de verdad es la lectura expresiva, en voz alta, en corro. De hecho, soy un lector lento en comparación con los que aprendieron con técnicas más modernas de lectura silenciosa y veloz. La mayor parte de las veces hago una lectura subpalatal, es decir, pronunciando aunque sea en un nivel inaudible para los demás. Así aprendí. Y así gocé las primeras veces de la lectura coral, alrededor de la mesa camilla, que hacía mi padre de las noticias del día, cuando disponía de un periódico. Era común en tiempos sin televisión, o con la televisión estropeada, que era casi siempre.

Mi tío abuelo Manuel es el primer lector de libros que conocí. Entiéndaseme bien: lector de novelas del Oeste, no de obras clásicas consagradas por el Canon, ni nada parecido. Eso sí, las novelas del Coyote -eran sus predilectas-, de José Mallorquí, tenían ínfulas literarias. Contaban las estupendas aventuras de don César de Echagüe, un californiano criollo y justiciero que, gracias a la doble vida que le proporcionaba su máscara (un poco al estilo del Zorro, popularizado por el cine) y a su carácter de propietario agrario, hacía frente al nuevo poder norteamericano y sus abusos.

Me fascinaba la figura de mi tío abuelo, leyendo en silencio en una dependencia de la casa a la que teníamos vedado el acceso los niños de la familia en los momentos en que lo hacía. Era magnético: inmóvil durante horas, ensimismado -yo lo espiaba cautelosamente- y silencioso, pero también me resultaba incomprensible en su opacidad. Según crecí y aprendí a leer, lo imitaba; pero me aburría, y enseguida buscaba a  alguien dispuesto a compartir mi lectura en voz alta. Siempre ha sido así desde entonces, aun al precio de gozar de la fama bien ganada de «pesado». Mucho más agrias, desde luego, han sido las recriminaciones que he recibido viendo cine con alguien, porque siento la misma necesidad incontrolable de comentar y preguntar, o hacer algún espóiler, sobre la ficción de la película.

Esta inveterada costumbre, pero ya de modo planificado, la he mantenido en mis años de profesor. Siempre he dedicado un día -el viernes, casi siempre- a la lectura coral de un libro, aunque también cualesquiera de los textos de trabajo que, por la naturaleza de mi asignatura, estudiábamos y comentábamos en clase. Han sido los momentos más placenteros en el aula: hacer que las palabras escritas sobre el papel levantaran el vuelo convertidas en mariposas de colores, devueltas a la alegría del aire…

Tras todo lo dicho, es fácil entender que he conceptualizado y razonado mi crítica a la lectura solitaria como una de las grandes rémoras del universo Gutenberg. En realidad, la llegada de la Internet social fue para mí una enorme liberación, y la razón última de que aún siga por aquí todos los días, dando cuenta de mis lecturas o pensamientos, compartiéndolos al instante con otros. Aunque con las dificultades conocidas -la tiranía contemporánea de la imagen-, estas nuevas formas de «leer» (en su significado más amplio posible: la actualidad, las razones, los poemas, el apunte cotidiano…) nos han hecho salir de la soledad del lector ensimismado al encuentro común con las lecturas de los demás…

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Eterno retorno

Aunque los renacentistas lo consideraban una enfermedad, una especie de infección que se contagiaba a través de la mirada, no hay tal cosa exterior a nosotros como lo que llamamos amor. Sin embargo, hay enamorados, miríadas de enamorados, que a cada instante atestiguan esa realidad intangible. Es de esas verdades solo accesibles por los testimonios: no son cosas, no son conceptos, un poco a la manera de los profetas de las grandes religiones, pero de forma más universal y constante, menos interesada.

Cada vez que algún humano, a lo largo de la historia de nuestra especie, ha dicho «te quiero» a alguien, tembloroso y con los ojos húmedos, en cualquiera de las infinitas lenguas de la Tierra, ha dado existencia al amor, ha transformado la palabra en cosa.Una cosa que muere y renace continuamente, en el más misterioso eterno retorno que nos es dado conocer.

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