La no-gente

George Orwell llamaba «no-gente» a los habitantes de su distopía 1984 que no eran aptos para entrar en la Historia, y eran borrados, en consecuencia, de los anales y de la memoria de los tiempos venideros. Así ocurre, también, en nuestras sociedades de ficción verdadera…

No hay verdad posible sin la asunción del dolor, como quería T. W. Adorno. Y es el presentimiento de ello, la inquietud por el escamoteo de la verdad, por la condición de no-gente a que se está condenando a sectores enteros de la sociedad, escandalosamente grandes, lo que provoca esta sensación de inquietud y ansiedad, como la desazón de esas manadas que veíamos en las películas del Oeste cuando presentían el fuego o la cabalgada de un grupo de facinerosos con malas intenciones. Los lectores de corazón aún sensitivo y con la herida abierta de la mala vida lo percibirán. Si la humanidad es ese fondo insobornable que nos hace ser hombres, y no su conjunto cerrado (eso solo ocurrirá cuando acabe nuestra historia, y ya no habría nadie para contarla), la no-gente está siendo privada de su humanidad.

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