Claros en el bosque

Blog de Manuel Jiménez Friaza

La paradoja de Abilene o el pensamiento gregario

Por Manuel Jiménez Friaza, hace 1 año y 2 meses

Vamos a demorar la continuación prometida al final de la última entrada, Arbitristas, regeneracionistas y otras especies del planeta Crisis, para compartir, mientras tanto, mi descubrimiento de lo que se conoce como la paradoja de Abilene y la luz que creo que puede arrojar sobre el conformismo o consentimiento social y su entendimiento. Pero también a mí me ha ayudado a comprender mejor lo que José Antonio Marina, el inquieto pensador español, llama la inteligencia social. No nos alejamos, pues, demasiado del hilo que seguíamos, pues el principal obstáculo para un verdadero cambio político (y, por ende, social, económico, cultural) que propugnamos como necesario es esa conformidad desganada, o resignación o desidia, con que aceptamos las decisiones injustas, colaborando con ellos, justificándolas al fin.La paradojade Abilene Nos hemos ocupado de indagar en los mecanismos de ese asentimiento social a la injusticia en varias ocasiones. El lector curioso puede leer la entrada que titulé El consentimiento social.

La paradoja de Abilene 1 que he conocido gracias a mi compañero y amigo Antonio Romero 2 toma su nombre y su potencia explicativa de esta anécdota que reproduce Jerry B. Harvey en su libro, citado en nota al pie, que transcribo del claro resumen que hace de ella Juan Carlos Cougil en español, en su blog, tambien mencionado a pie de la página:

Una calurosa tarde en Coleman, una familia compuesta por suegros y un matrimonio está jugando al dominó cómodamente a la sombra de un pórtico. Cuando el suegro propone hacer un viaje a Abilene, ciudad situada a 80 km., la mujer dice: «Suena como una gran idea», pese a tener reservas porque el viaje sería caluroso y largo, pensando que sus preferencias no comulgan con las del resto del grupo. Su marido dice: «A mí me parece bien. Sólo espero que tu mamá tenga ganas de ir.» La suegra después dice: «¡Por supuesto que quiero ir. Hace mucho que no voy a Abilene!»

El viaje es caluroso, polvoriento y largo. Cuando llegan a una cafetería, la comida es mala y vuelven agotados después de cuatro horas.

Uno de ellos, con mala intención, dice: «¿Fue un gran viaje, no?». La suegra responde que, de hecho, hubiera preferido quedarse en casa, pero decidió seguirlos sólo porque los otros tres estaban muy entusiasmados. El marido dice: «No me sorprende. Sólo fui para satisfacer al resto de ustedes». La mujer dice: «Sólo fui para que estuviesen felices. Tendría que estar loca para desear salir con el calor que hace». El suegro después refiere que lo había sugerido únicamente porque le pareció que los demás podrían estar aburridos.

abilenePiense el lector qué preciosa herramiento de análisis nos ofrece el paradójico viaje de la familia de Coleman para comprender, por ejemplo, nuestro comportamiento gregario en plena «fiebre del oro» de la burbuja inmobiliaria. Seguramente nadie quería emprender aquel viaje al fin de la noche de las hipotecas, pero los bancos pensarían quizá (aparte de en ganar más dinero, que es su alma)) que con los créditos baratos estaba fomentando el crecimiento y prosperidad de sus países. Las empresas constructoras (las grandes y multinacionales tanto como las que surgieron como setas, con capital meramente crediticio) justificarían su ambición, tal vez, en que, además de dar el pelotazo, creaban empleo y contribuían al progreso de la nación. Los compradores endeudados, por qué no, se ilusionarían con  que, además de prosperar individualmente, colaboraban así también en la conformación del sueño liberal de John Rawls: formar parte de una democracia de propietarios.

Cuánto mejor se entiende también ahora, con el absurdo viaje a Abilene en la memoria, la conformidad desganada con que pagamos el sobreprecio injusto del IVA, toleramos a regañadientes la quita de pensiones, bajas, sueldos o pagas extraordinarias; con cuánta resignación y estoicismo madrugamos todos los días para ir al trabajo, a la oficina del paro o a la plaza; cómo soportamos, en fin, esta extracción económica que saca dinero de nuestros bolsillos para tapar trapisondas o desfalcos bancarios; para que las multinacionales del automóvil puedan seguir produciendo coches; las eléctricas subiendo el recibo de la luz y jugando a la bolsa; con qué cuajo contemplamos cómo se abre cada vez más el inmenso negocio posible de la Salud y la Educación, de las tierras y los mercados de futuros -hambres futuras-  a esas masas inmensas de excedentes de capital que no pueden detener su crecimiento del 3% anual de tasa de beneficios; todo esta debacle, en fin, de acumulación por desposesión de bienes comunes y personales a que asistimos hechizados a diario. La comprensión de los mecanismos del asentimiento social provoca melancolía porque nos arroja una imagen muy poco piadosa de nosotros mismos en tanto sociedad. Como en el viaje de la familia de Coleman, pensamos en el fondo que es por el bien de otros que aguantamos. Puede que incluso muchos tontos políticos con mando en plaza crean que es por nuestro bien futuro, y porque lo deseamos, que toman tantas medidas desagradables para ellos mismos: ¿No se expresaba así Rajoy al poco de llegar al poder? ¿No pensaron quienes lo votaron que, aunque no les agradaba personalmente, ni ellos a él tampoco, sobre todo si eran ex votantes del PSOE, todo sería por el bien de todos? El caso más extremo de pensamiento gregario es el de las tontas ovejas lanzándose al vacío una tras otra sólo porque lo hizo la primera.

En fin, que es posible, sin embargo, que a estas décadas desdichadas de estupidez y gregarismo en las sociedades occidentales, empiece a suceder un tiempo de inteligencia común que no nos haga viajar de nuevo a Abilene. El hecho de que, pese a todo, el activismo encomiable de los grupos movilizados en toda España contra los desahucios esté conseguiendo detenerlos en la vía judicial y haya logrado abrir una brecha en el poder absoluto de la mayoría de derechas en el Parlamento, con la iniciativa popular, admitida, como hubiera sido normal en primera instancia, a discusión pública, es un motivo de alegría común, como lo fueran las acampadas de la Puerta del Sol. Tiene razón Josep Ramoneda cuando afirma que esa ciudadanía puesta en pie de rebelión está supliendo, con sus acciones y convocatorias, la parálisis y aturdimiento de los partidos políticos. Pero hay que tener cuidado con no convertirlas en un placebo sustitutivo (de una rebelión social mayoritaria, enhermanada en un proyecto de cambio mayor) que nos haga pensar en los mismos términos de la democracia delegada: muy bien por ellos, ya puedo yo dedicarme con más tranquilidad a mis cosas...

Lo importante de estos movimientos  es lo que pueden tener de semillas que hagan nacer de nuevo la inteligencia social, la confluencia de análisis y decisiones acertadas, el inicio de un ciclo virtuoso en el que, necesariamente, tenemos que participar todos. Así nació, como explica José Antonio Marina con singular tino, la II República de España y el milagro de aquella generación que hizo tantas cosas, que propició tantos cambios en tan poco tiempo. Creó tal sensación de peligro y tal reacción violenta en los sectores conservadores de la España profunda que aún vivimos en las ondas sísmicas del terremoto que provocaron, lleno de destrucción, ruido y sangre, para poder detener aquella inteligencia colectiva que se había puesto a trabajar en común en un nuevo país, en un nuevo mundo.

  1. Fue expuesta por Jerry B. Harvey, un experto en Administración y eso que de forma tan estirada se conoce como «toma de decisiones», en 1998, en su libro: The Abilene Paradox and other Meditations on Management.. No lo he leído; tomo como fuente la exposición, resumida pero solvente, que hace de él Juan Carlos Santos Cougil en su blog 7 faros
  2. Tiene un carácter ilustrativo, y su sal, la circunstancia en que me la mencionó: hablábamos de una de esas clases de Bachillerato, tontas y vacías, impuestas como alternativa a las de Religión por la Iglesia Católica, a las que un reducidísimo grupo de alumnos, asistían empero. Antonio lo explicaba con esta paradoja: a ninguno nos gustaría dar esa clase, pero ellos van porque piensan que para mí es importante mientras que yo, por mi parte, pongo buena cara y las imparto pensando que son ellos quienes tienen un oscuro interés en esa hora de relleno.

1 comentario

#1. Antonio Romero, hace 1 año y 2 meses

Gracias por la mención...¡esperemos que ninguna de las alumnas de Alternativa lean esta entrada, o se rompería el encanto de la paradoja!

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