En los oídos de las estrellas

En confusión me pusiera, Sabino, lo que habéis dicho, si ya no estuviera usado a hablar en los oídos de las estrellas, con las cuales comunico mis cuidados y mis ansias las más de las noches, y tengo para mí que son sordas.

Estas palabras pertenecen a De los nombres de Cristo, de Fray Luis de León, escrito en el “español radioactivo” (Lázaro Carreter) cuyo secreto murió con él . Es, desde hace tiempo, mi libro de cabecera y, más allá del tratado de cristología que, formalmente, es, y más acá de la obsesión cristiana (a decir verdad, muy cansina) por dividir la historia del mundo en dos mitades, la de los anuncios y precursores de Cristo y la de la salvación posterior a él. A pesar de las trampas y forzamientos a que se ve obligado (y de las que él mismo parece ser consciente en algunos momentos) de los que abusa continuamente para acarrear pruebas e interpretaciones de esos nombres que son el hilo conductor del libro; a pesar de ello, decía, la sensualidad y música de su prosa son de tal naturaleza que leo sus palabras en un estado hipnótico, como en ese diálogo sordo con las estrellas que soñó tantas veces, motivo de la cita que daba pie a esta nota…

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Ficción y realidad en la fotografía

A veces me pregunto por qué en algunas fotografías las personas parecen personajes de película aunque sean seres reales y anónimos. O al revés. Creo que se debe al punto de vista del fotógrafo. Si el fotógrafo mira desde nuestro lado, desde el lado de la gente corriente, la sensación de realidad domina la imagen: no hay actores, no hay poses. Esto es lo que (casi) siempre ocurre con las fotos de mi amigo @Indiefotog.

Por el contrario, con las fotos, por ejemplo, de Nan Goldin (una gran fotógrafa y activista), me ocurre que sólo veo ficción, no realidad, a pesar de que ella sólo fotografiaba a amigos o gente de la calle y de su intención de testimonio y denuncia. Aún no sé por qué me ocurre esto: ¿es, tal vez, la pretensión de «hacer arte» lo que distorsiona la mirada del artista y la del observador?

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Madres, hijas (hijos)

Es realmente abrumador, y aburrido, el volumen de ficciones -literarias y cinematográficas- que tienen como eje las relaciones entre padres e hijos. Y no solo me refiero a los universos imaginarios, sino también al ensayo psicoanalítico, a las interpretaciones simbólicas, a las interacciones criminales: parricidios, filicidios, luchas y traiciones en cuyo origen están las herencias…

El hijo es siempre el patrimonio del padre, su espejo oscuro, el súbdito del apellido, el clan o el escudo. La oportunidad neurótica de corregir los errores propios en el niño, literalmente su segunda oportunidad, convierten esa relación neurótica en una fuente interminable de conflictos y tristezas, de dramas y vidas revocables o desperdiciadas frente a un modelo de imposible cumplimiento.

Por eso es tan refrescante encontrar una selección de relatos, realizada por Laura Freixas (Madres e hijas) que se ocupan del universo escondido, invisibilizado, de las madres y las hijas. Ese mundo en el que no hay herencias ni apellidos, ni espejos correctores, aunque sí, ¡quién puede evitarlo!, sufrimientos o desamor, abandonos y cuidados. Sobre todo cuidados: es la hija (o la sobrina, la prima, la nieta) la que acoge y mima, la depositaria de los recuerdos, la guardiana de la memoria.

Y la que lucha y defiende. Recuerdo, de mi trabajo como profesor y tutor, relatos familiares en los que una madre admirable, exprimiendo un tiempo escaso, trabajaba y protegía, y venía a hablar conmigo de su hija estudiante, con una sonrisa radiante que borraba las ojeras de su cansancio. La madre mágica, también, la que intuye los traspiés de la hija, sus soledades y alegrías.

Hay un hilo matrilineal, invisible casi siempre para el resto de la familia, que zurce la existencia de las mujeres y solo podemos adivinar si somos capaces de oír su lenguaje ancestral, los hombres, tan sordos. Un poco como aquella lengua críptica, solo transmitida de madres a hijas, que en China sirvió de soporte a las mujeres en su resistencia ante los abusos de los hombres, durante siglos. Ojalá que libros como el de la Freixas sean un síntoma de un desvelamiento que empieza, tan necesario, de los secretos de ese jardín cerrado…

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Fuera de control

Por mucho que, civilizadamente, teoricemos sobre el amor y hasta nos atrevamos a dar consejos al respecto, el amor siempre está fuera de control como en la canción de Leonard Cohen, «Una pesada carga se levantó de mi alma: / aprendí que el amor estaba fuera de mi control».  Enamórate tú también hoy, escapa del control…

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(Un)likeability

Vaya en primer lugar la palabra: «likeability». Al final pondré el enlace a un interesante artículo de NPR donde se analiza en hombres y mujeres en el centro de trabajo. En el Wictionary se la define así: «The property that makes a person likeable, that allows them to be liked». Es el equivalente, en español, de la simpatía, el «buen rollo», el caer bien…

El problema es por qué la agradabilidad se ha alejado tanto de la antigua – eterna, diríamos – sensación subjetiva – espontánea, inevitable – que se nos desprendía cuando, sin remedio, alguien nos caía bien o mal, nos enamoraba al primer encuentro o nos caía gordo para siempre. No, sino que ahora es una propiedad que de forma intencionada se usa como filtro social, de género, de raza, de ideología. También literario, pues la mayor parte de las escritoras deben soportar la acusación universal de ariscas, antipáticas o provocadoras. Es el caso, por citar las más recientes,  de Annie Ernaux o Raquel Cusk, de las que se reconoce su enorme calidad a regañadientes, con un miserable «si no fueran tan…»

Lo explica muy bien Alicia Menéndez en la entrevista de NPR que enlazo al final:

Así, por ejemplo, una mujer negra que se muestre asertiva a menudo será interpretada como agresiva o enfadada. En el caso de las latinas como yo, nos enfrentamos a dos estereotipos diferentes: o bien esta idea de que somos muy humildes y trabajadoras, pero no necesariamente material de liderazgo, o bien que somos vivaces y apasionadas como Sofía Vergara en Modern Family. Pero, de nuevo, no es alguien a quien se pueda tener al timón del barco. Todo eso sólo significa que cuando alguien dice: «No me gustas», muy a menudo lo que está diciendo es: «No has cumplido mis expectativas de cómo se supone que una persona como tú debe aparecer en el mundo».

Un prejuicio fundamentalmente de género, decíamos: usado hasta la saciedad contra las feministas (¿por qué tienen que ser tan malévolas y agrias? ), pero también como medida del éxito laboral o social, del «liderazgo». Y aún en el mundo virtual de la Internet de las relaciones donde el «like» se institucionalizó hace ya tanto tiempo. Likeabilityunlikeability, definen la manera políticamente correcta en que debemos presentarnos al mundo, particularmente las mujeres, y del mismo modo que normalidad y anormalidad estereotipan el lugar que en otros momentos ocupaba el alma y después las razones y los actos.

What ‘likeability’ really means in the workplace

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El afeitado nuestro de cada día…

Odio afeitarme todos los días, pero también cada dos o tres días 🙂 La solución más obvia sería dejarme crecer la barba, pero… Aquí surge otro problema: ¡no tengo paciencia! Hay días en los que estoy lleno de razones y digo «vamos, que en un par de semanas estaré presentable con mi barba canosa de caballero español…». Ni modo, ni acordándome de una querida amiga que me dijo que le encantaría ser hombre para poder hacerlo. Imposible. Sólo una vez conseguí darle una oportunidad a un bigote. Fue una experiencia traumática en la que mi carácter cambió y me convertí en un tipo malhumorado e irascible.

Así que cederé de nuevo y mañana por la mañana, resignado y triste, me volveré a afeitar y otra vez, por supuesto, volveré a cortarme, y me pasaré el día acariciando mi carita de niño, con la inconsolable nostalgia de mi barba imposible…

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Las afueras

Esta cita que puedes leer ahora pertenece a un librito delicioso de Annie Ernaux, Mira las luces, amor mío:

El súper y el hipermercado no son reductibles a su uso de economía doméstica, al «rollo de las compras» . Suscitan pensamientos, fijan en recuerdos sensaciones y emociones. Seguro que podrían escribirse relatos de vida a través de las grandes superficies comerciales frecuentadas.

Como me ocurre a menudo con esta magnífica -y laureada- escritora francesa, su lectura me ha hecho revivir mi relación con las grandes superficies, repentizar mis propios recuerdos de ellas y caer en la cuenta de su enorme importancia en las sociedades contemporáneas.

Como tardé mucho en tener coche y conducirlo, mis primeras incursiones en los hipermercados del extrarradio se limitaron a ejercer de acompañante, porteador de bolsas («agente de bolsa», bromeaba un amigo) y conductor de carritos. Justamente la lejanía de esos gigantescos comercios, levantados a veces en la nada esteparia de las afueras de las ciudades, y la necesidad consecuente del automóvil para desplazarse hasta ellas, fueron los principales motivos de mi descontento y actitud crítica para con ellos.

Vivía, sin embargo, en una relación contradictoria: pues si bien se me presentaba al principio como un lugar inhóspito, muy pronto percibí una intensa socialización que iba más allá de la aparente soledad onanista en que el consumidor y las infinitas mercancías de los anaqueles hablaban de amor.

Una vez que me recuperé y desperté de la atmósfera hipnótica provocada por el rumor del aire acondicionado o la música pegadiza -en calculado contrapunto con los anuncios de ofertas o los cambios continuos de puntos de cobro- descubrí un verdadero continente sumergido: la convivencia entre mujeres, hombres y niños y la comunicación entre personas de distintas razas y culturas. Aprendí poco a poco a observar a aquella populosa sociedad flotante y a descodificar su ropa y gestos.

En ocasiones, por la frecuencia y la costumbre, saludaba -saludo- a trabajadores, amigos, conocidos, vecinos. Con la ventaja que da a estos recintos  el pretexto de las mercancías sobre viejos lugares de encuentro, hoy en retroceso histórico, como plazas, paseos y mercados, el tiempo circunstancial que pasamos en el hipermercado es cada vez mayor.

Más raro, pero no insólito, es la atracción amorosa de alguna conductora de carritos o la preferencia amistosa por alguna cobradora. También la antipatía hacia los solitarios que, con el pretexto de que sólo llevan unas botellas de algo o una bolsa de comida para gatos, se cuelan siempre en las colas de salida, con aire de prisa impostergable. ¿Por qué se desplazaron, pues, tan lejos?

Creo que por una razón parecida a la que lleva a mucha gente mayor a los hospitales: saludar y comprobar la salud general, para situarse a sí mismos, sin mucha cola, en la línea de salida…

Tras todo lo dicho, a nadie extrañará que haya disfrutado tanto con una película alemana que he visto recientemente. Cuenta una historia de soledad, amor y compañerismo entre trabajadores de un hipermercado de la antigua RDA, A la vuelta de la esquina. Ni que decir tiene que recomiendo vivamente tanto el libro como la película al despistado lector de estas líneas…

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Samuel Beckett: Quadrat I y II

Beckett más allá de «Esperando a Godot»…

Samuel Beckett: Quad I+II (play for TV)
porText und BühneenYouTube

Escrita en 1980 bajo el título «Square», esta primera de las piezas televisivas minimalistas y experimentales que Beckett realizó para la Süddeutscher Rundfunk en la década de 1980 opera con el juego en serie de un patrón de movimiento de cuatro actores, que también permite cuatro solos, seis dúos y cuatro tríos. Reconocibles e irreconocibles al mismo tiempo gracias a capuchas de colores, interpretan un implacable drama de circuito cerrado: una vez que han entrado en la plaza, están condenados a recorrer monótona y sincrónicamente los seis escalones de cada una de las líneas longitudinales y diagonales de la plaza, acompañados en parte por diversos ritmos de tambor. La precisión matemática y la coreografía son posibles gracias a una sincronización exacta. La variación de la coreografía se limita al número de actores y a las constelaciones de colores cambiantes resultantes. El centro del cuadrado, marcado con un punto, siempre se circunvala por la izquierda. Los pies dejan vagas huellas en las diagonales del cuadrado blanco en el transcurso de la producción. En el contexto de sus últimas piezas televisivas, «Quadrat» (versión I) es la más dramática, a pesar de toda su reducción. Beckett también rodó una variante en blanco y negro (Versión II) con cuatro figuras idénticas vestidas de blanco al compás de un metrónomo.

Rudolf Frieling

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Escaparates

La lectura de uno de los pecios de Campo de retamas, de Rafael Sánchez Ferlosio, me ha hecho recordar mi relación infantil con los escaparates. Ferlosio se recuerda mirando el de una ferretería, con la frente apoyada en el cristal, embelesado pensando cuántas de las herramientas y materiales que veía allí se compraría.

Yo me recuerdo así en el escaparate de una cuchillería que tenía el escabroso nombre de «Sindicato del crimen». Me veo mirando con fijación morbosa las enormes navajas albaceteñas, los finos estiletes de despliegue automático o los inquietantes cuchillos jamoneros. Aunque la persistencia fija de ese escaparate y ese nombre me obligó a preguntar a algunos coetáneos por tal tienda y nadie la recordaba. Así que su fijeza onírica y la falta de otros testimonios me ha hecho pensar en una imagen desprendida de un sueño, pues ¿qué es la vida, al decir de Anne Carson, sino una cadena de sueños?

Los otros escaparates anclados en mi memoria son más comunes y previsibles: los de las jugueterías en Navidad. El niño que miraba obsesivamente pegado al frío cristal era un niño pobre cuya casa visitaban, en las madrugadas heladas de enero, Reyes Magos también pobres. De la fascinación de esos escaparates, al contrario del que describía al principio, me libré pronto, con cierto alivio, todo hay que decirlo…

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