Un drama ridículo

Una obra teatral (¿y qué es, si no, la actualidad política?) se viene abajo cuando los actores intentan paliar el desajuste entre un texto dramático ampuloso y vacío con una representación impostada, cargada de sobreactuación de aires trágicos inverosímiles o de jeremiadas increíbles. Es el equivalente del falsete que se carga la ejecución musical del desprevenido cantante o del gallo que traiciona la nueva voz grave del adolescente. Algo de todo eso está ocurriendo entre nosotros

A cuenta de la reforma (moderada, temerosa, corta) del delito de sedición, vuelve a aparecer en boca de la extrema derecha la rancia y bélica idea de la traición, que siempre ha estado presente en las agrias diatribas nacionalistas (las «provincias traidoras», acusación que recordaba Anasagasti, el veterano nacionalista vasco, en una de aquellos ásperos enfrentamientos parlamentarios que sostuvo con Aznar) o en las cargas periodísticas de los Medios y políticos conservadores contra Sánchez: «España camina hacia el precipicio» (antes contra Zapatero al que acusaron, también, de traición en muchas ocasiones) .

Por el deajuste entre ese lenguaje épico o trágico (afirmaciones performativas, de naturaleza grandilocuente y mágica como «España es un gran país y saldrá de esta crisis» o, desde la perspectiva complementaria del nacionalismo catalán, «hemos puesto a España contra las cuerdas»…) es por lo que la representación se está viniendo abajo con tanto estrépito. No hay correspondencia entre la retórica huera de los actores, un texto dramático pobre y desviado y la realidad del público: desafinan los falsetes las intervenciones hinchadas de los tenores, nadie se cree ya las jeremiadas tópicas o los monólogos insufribles de los actores; suenan los gallos adolescentes en las admoniciones severas de la primera actriz y el drama se convierte desde el primer acto en una tragedia retórica y ridícula.

Como recordaba Walter Benjamin en sus indagaciones sobre el drama barroco alemán, el verdadero héroe de la tragedia griega antigua guardaba silencio: era su manera de aceptar el sacrificio frente a los dioses, a la vez que una protesta altiva sobre a la fiera exigencia del destino. Del mismo modo, el verdadero héroe de esta representación hay que buscarlo en el silencio digno y despechado con que tanta gente está sufriendo tamaño agravio, semejante desposesión. Silencio que adquiere más valor cuando lo contrastamos con la verborrea vacía con que los malos actores de esta tragedia ridícula llenan el ámbito de la escena, y en la que a los héroes verdaderos de las clases trabajadoras deposeíadas,  les está tocando expiar una culpa que no es la suya, apretando los dientes, sin decir palabra, haciendo mutis por el foro lentamente, mientras imaginan un texto nuevo en otra obra, en otro lugar o tiempo tal vez,  en la que, al fin libres de la máscara trágica, recuperen la voz para poder hablar y le sea devuelta la fuerza de sus manos para construir un nuevo decorado, de nuevo el mundo.

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Risa y ética

En un capítulo de su Ensayo general sobre lo cómico, Alfonso Sastre estudia casos en que algunos efectos cómicos entran en conflicto con la ética. El ejemplo más común es la risa que nos provoca una caída o una deformidad (un cojo, un jorobado) o un problema funcional (un tartamudo),  pero hay otros más difíciles de explicar, porque tienen que ver con la clase social o el sexo. Sosias, de El Anfitrión de Plauto es risible pero porque es esclavo. Del mismo modo que Sancho Panza o los graciosos de la comedia barroca (no tienen ni apellido, no son “hijos de algo”). El caso más extremo que aporta Sastre es el de una desdichada dependienta de una comedia de Alfonso Paso que recibe tortazos de sus patronos a diario. Así que, cuidado con lo que te induce a reír…

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Lucrecio contra los fantasmas

Las enseñanzas de Epicuro y su escuela o, mejor dicho, lo que nos ha sido legado en su  versión más desarrollada y sentida, la del poeta latino Lucrecio, forman parte de una reducida literatura (en parte, filosófica o científica; en parte, moral o religiosa) cuya finalidad era combatir el sufrimiento y el miedo de los hombres. En cierto sentido, el epicureísmo occidental es equivalente al budismo oriental. Son doctrinas sin dios que solo (¡y nada menos!) intentaron poner coto al miedo humano y a todas sus indeseables consecuencias: sufrimiento, cielos e infiernos, o, más humildemente, como se explica en el docto artículo que reproduzco enseguida, duraderas supersticiones como la de los fantasmas.

Lucrecio, como se lee también en este ensayo, puso en práctica el tetrafármaco de Epicuro, cuyas “buenas nuevas” difundió entre los romanos, de manera ejemplar, en su De rerum natura:

La divinidad no es de temer, la muerte no es nada para nosotros, el bien es fácil de alcanzar y el mal es fácil de sobrellevar

Sirva esa buena nueva como prologuillo al texto a cuya lectura invito a los amigos del canal: un entretenido y pedagógico ensayo sobre Lucrecio y su alegato materialista contra los fantasmas, de Ángel Jacinto Traver Vera, publicado en la revista de la Universidad de Córdoba Littera Aperta (URL: http://www.uco.es/litteraaperta) bajo licencia CC-BY).

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Siempre plantados, esperando…

We always stand and wait… Esas palabras de Milton apuntan a una verdad, alumbran como siempre hacen los poetas, ahorrándonos pensar o buscar fatigosamente ideas…

Siempre estamos dispuestos y a la espera: de una llamada o carta, de una visita o encuentro fortuito en la calle. O quizá, prendándonos de unos ojos que durante unos instantes al cruzar una plaza, al entrar en un bar, en la consulta de un médico, nos impelen a seguirlos, con curiosidad, deseo o sospecha…

La vida, en realidad, es una larga y pausada espera a que un azar nos mueva y nos sorprenda, una espera veces paciente, a veces desesperada

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Los nombres de las cosas

¿Qué nombre, de los nombres que damos a las distintas maneras de reunirnos, podríamos dar a reuniones tan versallescas e inútiles como las del clima o la inflación? ¿Fiesta, baile, congreso, consejo de administración o de ministros, tertulia, mitin, conferencia, rueda de prensa o del alfiler, corro, comunicación, clase, puja, reunión de amigos o pandilla, familia, comité, rodaje, anuncio?

Los nombres son las ventanas a través de las cuales señalamos y casi tocamos las cosas; agrupándolos en una gramática -convirtiéndolos en material de construcción- le creamos un sentido -construimos paredes, umbrales, puentes, casas- a la realidad. Por eso, los problemas que tenemos para poder llamar de alguna manera a esas reuniones que copan los informativos son problemas de falta de sentido.

La mera acumulación y omnipresencia de esos actos «políticos» -pero vacíos de sentido, fin, utilidad para quienes los vemos desde fuera- se nos impone como criterio de su utilidad. Están, pues, en el acorde capitalista de los «índices de productividad» que se pretenden extender a todos los ámbitos: la educación, la medicina, la producción de leyes y reglamentos…

Pero esa inflación conduce, por el contrario, al hastío y al hartazgo. También a la visualización pública de su naturaleza ritual y ausencia de teleología. La más vieja carencia del poder (presentarse como imprescindible ante los súbditos) se transparenta hoy como  nunca debido a la obscenidad multiplicativa -en eco- de actos sin nombre, y sin sentido por tanto…

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El vitalismo creciente del arte contemporáneo

Publicado en Infolibre el 8 de febrero de 2023

El otro día, hablando de viajes, me confesaba una amiga que ya estaba harta de piedras y monumentos, que cuando viajaba ahora se dejaba llevar por la gente, la luz, los ruidos y olores. Es la segunda vez que me ocurre oír esa confidencia, pero sospecho que son muchos más los que así piensan que, llevados del pudor o el prejuicio cultural, no se atreven a manifestarlo y llevarlo a la práctica. Me cuento entre ellos y, de hecho, algunos de mis escasos viajes se convirtieron, desprevenidamente, en descubrimientos o aventuras. En cualquier caso, de las ciudades que he conocido recuerdo de forma general la gente que me acompañó o conocí, las luces de los atardeceres, el sonido de las campanas, los olores de las calles y las librerías que visito religiosamente, con preferencia a los templos, cada vez que llego a un lugar desconocido.

Creo que he logrado entender, con el tiempo, mi incómoda relación con los monumentos, pareja a la impaciencia que me provocan los museos. Se trata de que son portadores de un pasado que pretenden transmitir -en un sentido «educativo» muy banal- un mensaje universal y atemporal, muertos, en un sentido muy literal. Los restos arqueológicos, las iglesias y castillos, los infinitos cuadros o esculturas que yacen en los museos, desposeídos de la función que tuvieron en el tiempo en que fueron creados, se nos ofrecen para su contemplación pasiva -onanista, para los expertos- siempre como símbolos ostensibles de un pasado siempre mejor. Ni siquiera la belleza de este mundo apabullante, pero inerte, se ofrece como dada o intuida. Estamos obligados a reconstruirla con la ayuda del canon y la historia estética.

La reclamación del presente en exposiciones y museos, pero también en galerías comerciales, explica el auge de las performances en las que el tiempo real hace coincidir el proceso creativo con la percepción y experiencia del espectador. Dicho de otra manera, la mirada del que mira forma parte del espectáculo. Si queremos verlo en términos cuánticos, su intervención modifica al mismo tiempo lo contemplado. Esto llega a extremos, según mis noticias, de que el autor llama por teléfono a participantes del público en algunos casos.

Según me entero por Marcus Verhagen, las «Esculturas de un minuto» , de Erwin Wurm -obras interactivas que su autor lleva montando desde loa década de los 90- van acompañadas de un manual de instrucciones que indican al participante las posturas que debe adoptar. En un ejemplo que aporta Verhagen «los asistentes podían mantenerse de pie con otra persona sobre un plinto, sujetando botellas de plástico entre sus cuerpos o ponerse en pie sobre otro plinto estirando una tira de goma con los dedos gordos del pie».

El problema de conceptualizar estas cosas y darles nombre es, en el fondo, una cuestión muy nimia. Me gusta, personalmente, el término «vitalismo», aplicado por Verhagen a la obra de Wurm cuando dice que forma parte de «un vitalismo ascendente en el arte contemporáneo, con connotaciones muy diferentes al culto celebratorio de la fuerza vital presente en el movimiento vanguardista de fin de siglo». Dada la crisis de espectadores de los eventos culturales clásicos -y lo caras que, como consecuencia, son las entradas- esta oferta de arte «presentista» o vitalista se extiende también por razones económicas.

Yo me quedo, de todo ello, con el placer de liberarme del tiempo monumental y universalista, que se aleja de la vieja prohibición museística de ver pero no tocar, mirar pero no actuar. En términos absolutos, lo considero como una restitución debida.

Aquí, mi primera tentativa sobre este tema:

Museos abandonados, hermosas ruinas

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La ficción del yo

Para Annie Ernaux, la reciente Nóbel de Literatura, el «yo» es un lugar, no la expresión de una subjetividad. La razón le asiste: como bien saben los expertos publicitarios, «yo» en un anuncio es cualquiera que lo lee y dice «yo». La culpa de la sobrevaloración de la primera persona del verbo es, seguramente, de la poesía lírica. Más aún, de la identificación del que habla con la biografía real del autor/persona.

Nada más lejos. En realidad, los pronombres personales son deícticos, señaladores de las lenguas, perfectamente equiparables al dedo índice dirigido a quien habla o a quien escucha: «yo» es toc-toc… Nos engaña, así, ese relleno metafísico que llamamos identidad o conciencia, muy antiguo ya en nuestra cultura, una amalgama de recuerdos mal hilvanados y vaporosos sueños de futuros, no menos neblinosos.

Como bien explica Annie Arnoux, el «yo» usado sin excepción en su obra literaria no es más que un espacio donde impactan las experiencias vividas como reales, modificadas por y modificando a los infinitos contextos en que nos pasan las cosas. Su libro Los años da buena cuenta de ello.

Ni siquiera es aplicable a la primera persona gramatical el concepto, y medida, de verdad. En nuestro auxilio, los hermosos versos de José Saramago en su «El poeta es un fingidor»: finge tan certeramente / que hasta finge que es verdad / el dolor que en verdad siente… En el límite, todas las autobiografías son historias de ficción, sostenidas a duras penas por los testigos de las distintas tramas de la vida, tan poco fiables como la pretenciosa voz del «yo» protagonista.

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¿Fray Luis precursor de Saussure?

De los nombres de Cristo se publicó en Salamanca en 1583 y seguramente lo empezó a escribir Fray Luis desde la cárcel de Valladolid, en 1574 ó 75. Pertenece al género del diálogo doctrinal, muy popular en el Renacimiento. De intención didáctica, desarrolla el origen y significado de catorce nombres o advocaciones de Cristo elegidas por su autor de entre los doscientos que se encuentran en la Biblia. En conjunto podemos considerar el libro como un tratado cristológico, en el sentido de que la figura de Cristo marca el inicio de los nuevos tiempos de la Humanidad redimida y el final del primer periodo de la caída tras el pecado original.

Los protagonistas del diálogo son tres frailes agustinos (Julián, Marcelo y Sabino) que, de vacaciones en la quinta La Flecha, a orillas del río Tormes, el día 29 de junio, festividad de San Pedro, dialogan sobre el significado de los nombres de Cristo, teniendo la Biblia como fuente fundamental para sus argumentos. Es legendaria la brillantez y riqueza de su escritura, entre lo culto y lo popular, que un admirado Fernando Lázaro Carreter llamó «castellano radioactivo».

Sin embargo, a pesar de las múltiples sugerencias de esta obra, lo que nos traemos entre manos de ella es la Introducción y, en concreto, las disquisiciones sobre el nombre como categoría gramatical. Aquí encontramos una visión moderna que nos permite considerar a Fray Luis como un lejano precursor de Saussure y sus teorías sobre el signo lingüístico. Si hablar de «precursor» es, ciertamente, anacrónico, sí deben sorprendernos las coincidencias entre ambos «lingüistas» a pesar de los siglos que los separan. De ello voy a hablar a continuación.

La definición del nombre con la que comienza Marcelo su lección no aporta nada especialmente novedoso, pues formaba parte del saber común renacentista:

El nombre, si habemos de decirlo en pocas palabras, es una palabra breve que se sustituye por aquello de quien se dice y se toma por ello mismo. O nombre es aquello mismo que se nombra, no en el ser real y verdadero que ello tiene, sino en el ser que le da nuestra boca y entendimiento.

Donde empieza, al menos para mí, la sorpresa, es en las distinciones entre signficado, significante y cosa que -salvando, como es natural, la distinta conceptualización de lenguas tan alejadas en el tiempo- es la misma que siglos después desarrollaría el famoso lingüista ginebrino:

Y desto mismo se conoce también que hay dos maneras o dos diferencias de nombres: unos que están en el alma y otros que suenan en la boca. Los primeros son el ser que tienen las cosas en el entendimiento del que las entiende, y los otros, el ser que tienen en la boca del que, como las entiende, las declara y saca a la luz con palabras. Entre las cuales hay esta conformidad: que los unos y los otros son imágines y, como ya digo muchas veces, sustitutos de aquellos cuyos nombres son. Mas hay también esta disconformidad: que los unos son imágenes por naturaleza y los otros por arte. Quiero decir que la imagen y figura que está en el alma sustituye por aquellas cosas,cuya figura es, por la semejanza natural que tiene con ellas; mas las palabras, porque nosotros que fabricamos las voces, señalamos para cada una la suya, por eso sustituyen por ellas. Y cuando decimos nombres, ordinariamente entendemos estos postreros, aunque aquellos primeros son los nombres principalmente. Y así nosotros hablaremos de aquellos teniendo los ojos en estos.

Si aceptamos «alma» en lugar de «psique», encontramos el mismo enfoque en el Course… de Saussure:

Le signe linguistique unit non une chose e un nom, mais un concept e une image acoustique. Cette dernière n’est pas le son matériel, chose purement phisique, mais l’empreinte psychique de ce son, la représentation que nous en donne le témoignage de nos sens; elle est sensorielle, et s’il nous arrive de l’appeller «matérielle», c’est seulement dans ce sens et par opposition à l’autre terme de l’opposition, le concept, géneralement plus abstrait.1

1. El signo lingüístico no une una cosa y un nombre, sino un concepto y una imagen acústica. Este último no es el sonido material, una cosa puramente física, sino la huella psíquica de este sonido, la representación que nuestros sentidos nos dan de él; es sensorial, y si se nos ocurre llamarlo «material», es sólo en este sentido y en oposición al otro término de la oposición, el concepto, que es generalmente más abstracto.

A mi amigo Manuel Laza, que levantó esta liebre.

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Creced y multiplicaos

Hay fenómenos de naturaleza involuntaria (por más que los gobiernos pretendan a menudo potenciarlo con dádivas: recordemos a nuestro Zapatero) como el crecimiento demográfico, que pueden tener consecuencias muy profundas en el cambio social. Recordemos, por ejemplo, el derrumbe de las fronteras del Rhin del Imperio romano a causa de las oleadas imparables de los pueblos germánicos.

Un mando del Ejército israelí así lo aseguró ante la Comisión de Asuntos Extranjeros y de Defensa de la Knesset el pasado 26 de marzo. Alrededor de cinco millones de palestinos viven en Cisjordania y en la Franja de Gaza. Si a esas cifras se le suman los residentes palestinos de Jerusalén Oriental, en torno a 323.000, y los árabes israelíes (1,8 millones), los árabes (7,1 millones) superarían en número a lo judíos en la zona que abarca del Mediterráneo al río Jordán. Según el censo anual publicado por el servicio israelí de estadística el pasado 16 de abril, los judíos son 6,5 millones en la región (un cifra que incluye a los colonos instalados en Cisjordania).

Dichos cálculos tienen repercusiones políticas. Y confirma el argumento enarbolado por la izquierda israelí desde hace décadas, a saber, que la demografía palestina es una “bomba de efecto retardado” y que es urgente dar con la solución de los dos Estados antes de que los judíos sean minoría. Sin embargo, en la derecha, esta teoría ha sido invalidada sistemáticamente. Al contrario, los partidarios del Gran Israel, o al menos de la anexión de una parte de Cisjordania, aspiran a conservar una mayoría judía, consideran que la dinámica demográfica es propia a los judíos y que las cifras facilitadas por el Ejército son “falsas”. Israel-Palestina: el desafío demográfico

Recuerdo que lo advertía frecuentemente el periodista Eduardo Haro Tecglen, cuando apenas se atisbaban las masas migratorias y de refugiados, empujando los fuertes de Occidente, que vemos hoy, con tan estúpida indiferencia. Al fin y al cabo, es el arma más vieja de los pobres: tener más hijos, formar una prole. Tirando muy largo y muy atrás, tal vez ese fue el secreto del homo sapiens en su expansión y preponderancia por todo el planeta: ser más, desbordar el espacio para crear un nuevo tiempo…

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Pecado original

Tras la caída de este sol inclemente, toca regar las macetas. Es un rito purificador que reconcilia con el alma del mundo. Hay ya muchas pruebas de que estos seres son sintientes y comunicativos. Me gusta imaginar que en los tiempos primordiales hubo una gran asamblea entre los vivientes, en la que unos decidieron moverse y otros echar raíces en la madre tierra. Somos hijos de la diáspora universal que emprendieron nuestros antepasados. No estoy seguro de que esa desatinada decisión no fuera el origen de nuestras desdichas, la causa de las otras, el verdadero pecado original.

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