Lo que sabía y no sabía hacer

He terminado Sabía leer el cielo, un libro que combina textos de Timothy O’Grady con fotografías de  Steve Pyke, fotógrafo de The New Yorker. Es un libro precioso del que, gracias a la editorial Pepitas de calabaza, tenemos ya una digna traducción al castellano, a pesar de que el original se publicó en 1997. Era ya conocido y estimado, según me entero ahora, y hay una película inspirada en él, I Could Read The Sky así como una canción de de Mark Knopfler, Mighty Man. Una y otra las enlazo al final de la entrada.

Los textos de O’Grady evocan, con una fuerza lírica tremenda, los recuerdos de su protagonista individual, un irlandés que encuentra un sentido para su vida en las canciones que sabe tocar con su acordeón (27 canciones, según leemos en uno de los fragmentos que transcribo a continuación) y en el amor total que siente por una mujer, Maggie, descrita siempre de forma elusiva, con sinestesias que la identifican con los elementos de la naturaleza: el viento, el mar, la tierra…

Hay otro personaje, colectivo, que se nos va presentando bajo diversos nombres, apariencias e historias, en representación de los campesinos irlandeses que, a comienzos del siglo pasado, emigraron a Inglaterra a trabajar en la construcción de túneles y carreteras o casas, en el trabajo agrícola -de un campo ya industrializado- o ganadero. Cambian tanto de trabajos como de nombres y la realidad húmeda y sucia de los cuartos oscuros donde duermen o de las tabernas donde se emborrachan o cantan, se compensa con los recuerdos rurales de su infancia perdida en Irlanda. Como dice el protagonista narrador en este fragmento, cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado…

Cuando era joven no tenía ni futuro ni pasado. Después trabajé. Pavimenté carreteras, rompí cemento, excavé bajo viviendas y retiré barro. Conté paladas, conté patatas y conté ladrillos. Fue el tiempo en el que tuve un pasado. Era pesado como los bloques que lastran una barca. Sin pasado me habría hundido. Creía que tenía futuro también, pero no podía verlo. Estaba en las cosas que levantaba y acarreaba y en lo que me daban por hacerlo. Era un futuro que parpadeaba y se oscurecía cuando intentaba mirarlo.

Imagen/foto

Bajo los epígrafes “lo que sabía hacer” y “lo que no sabía hacer”, que cito ahora, podemos leer una declaración de principios sobre un saber, el saber obrero de antes de la división social del trabajo a través de la especialización -que estos campesinos aún no conocen- que nos vuelve indefensos, torpes e ignorantes para vivir. Un saber total. Un saber que es un hacer, pues los trabajadores siempre han sido los hacedores del mundo…

Lo que sabía hacer:

Sabía remendar redes. Techar con paja. Construir escaleras. Tejer una cesta con juncos. Entablillar la pata de una vaca. Cortar turba. Levantar un muro. Pelear tres asaltos con Joe en el ring que papá instaló en el granero. Sabía bailar. Leer el cielo. Armar un tonel para caballas, Arreglar caminos. Construir un bote. Rellenar una silla de montar. Colocar una rueda en un carro. Cerrar un trato. Preparar un campo. Manejar la volteadora, la rastra y la trilladora. Sabía leer el mar. Disparar con puntería. Coser zapatos. Esquilar ovejas. Recordar poemas. Sembrar patatas. Arar y gradar. Leer el viento. Criar abejas. Liar gavillas. Fabricar un ataúd. Aguantar la bebida. Asustar con historias. Sabía qué canción cantarle a una vaca mientras la ordeñaba. Tocar veintisiete canciones en el acordeón.

 

Lo que no sabía hacer:

Tomar comidas sin patatas. Confiar en los bancos. Llevar reloj. Invitar a pasear a una mujer. Trabajar en desagües o con objetos más pequeños que un clavo. Conducir un coche. Comer tomates. Recordar las rutas de los autobuses. Sentirme cómodo con el cuello de la camisa. Ganar a las cartas. Reconocer a la reina. Soportar las voces altas. Observar el protocolo de los saludos y las despedidas. Ahorrar dinero. Disfrutar del trabajo en una fábrica. Tomar café. Mirar una herida. Seguir el críquet. Entender la forma de hablar de un hombre del oeste de Kerry. Llevar zapatos o botas de goma. Imponerme a PJ en una discusión. Hablar con hombres que llevan cuello de camisa. Flotar en el agua. Enfrentarme al dentista. Matar un domingo. Dejar de recordar.

El libro acaba con esta última cosa que no sabía hacer: dejar de recordar… Vale la pena leerlo, en tiempos como estos en que el desprecio hacia los campesinos y obreros de ciudades, y más aún si son emigrantes como estos irlandeses, por parte de los poderosos y las clases ociosas, ha cobrado estos tonos tan hirientes y humillantes que todos conocemos… Seguramente porque ya nadie sabe leer el cielo o el mar y se ha clausurado el mundo como un enigma que tiene la apariencia engañosa de un escaparate luminoso.

Mighty Man
by Wesley Kaizer on YouTube

I COULD READ THE SKY
by Nichola Bruce on Vimeo

Adultescencia (Apuntes, 8)

Lo de la “adultescencia” es un neologismo que se ha hecho popular a partir del libro de Eduardo Verdú Adultescentes: autorretrato de una juventud invisible. Intenta reflejar un fenómeno muy contemporáneo y propio de las sociedades capitalistas occidentales: Hombres -mayoritariamente- de una franja de edad que ya abarca de los 20 a los 40 años, que no abandonan la casa de los padres (el antiguo síndrome del “nido vacío” se ha convertido en el del “nido lleno”), que han renunciado a montar familia propia, e incluso a compartir piso, con trabajos esporádicos e ingresos irregulares (solo un 35% dice tener una cierta autonomía económica, pues no pagan hipoteca ni alquiler) que, sin embargo, dedican a gastos relacionados con el consumo personal y las satisfacciones hedonistas: salir de copas, relaciones esporádicas… La publicidad y el Mercado ya se fijaron en ellos hace tiempo, en su búsqueda perpetua de nuevos consumidores.

Las explicaciones económicas son evidentes: trabajos precarios (los contratos predominantes actualmente son de una semana), miedo a tener hijos (la media de edad española anda en torno a los 30 años para el primer hijo), incertidumbre general sobre el futuro que los hace refugiarse en una juventud sin límites que pretenden aproblemática. Y ahí entran las explicaciones psicológicas que a mí me convencen menos pero me preocupan más: el síndrome de Peter Pan, el narcisismo, la dependencia de otros, o de las ayudas del mismo estado, la queja continua…

Hace tiempo que saltó por los aires el tradicional relevo generacional, cuyo dictum era, en pocas palabras: uno debe superar las dificultades e intentar vivir mejor que los padres. Un “adultescente” citado en un artículo de Alberto G. Palomo, publicado en el número de junio de Tinta Libre, que ha motivado esta reflexión, lo explicaba así: mis padres lucharon contra las privaciones y lo consiguieron, nosotros luchamos contra nuestros deseos frustrados y fracasamos.

Ya vivimos, en general, al margen de la edad biológica y la “madurez”, entendida como aceptación del principio de realidad y la asunción de las riendas de la propia vida entendida como una toma de decisiones, empieza a llegar, en muchos casos, a los 30 años. Posiblemente en unas décadas, llegue a los 40. Esa adultescencia, pues de alguna manera debe seguir produciéndose el relevo generacional en tanto existan nuestras sociedades “organizadas”, va a terminar girando alrededor de un eje cronológico impreciso en que se alternarán periodos de paro, de formación y de minijobs que, de forma sucesiva e irresoluble nos llevará a la edad tardía. La dictadura de la escolarización cuasi permanente nos sujetará a ese principio de indeterminación y dependencia de otros o de las instituciones “protectoras”, pese a todo, de los estados, que parece marcar la pauta de estos tiempos bobos….

Apuntes, 6

Lecciones olvidadas

Aristóteles explicaba hace siglos, en su Política, que las tiranías tienen tres objetivos muy claros: que los ciudadanos piensen poco, que se enfrenten unos a otros y que no actúen. El desconocimiento de estas verdades como puños, de éste y de tantos pensadores que pensaron en favor del pueblo es una de las cosas que más desesperan. La transformación de la Historia de la Filosofía en una asignatura optativa -uno de los regalos que nos deja la LOMCE del PP- abundará en ese olvido trágico, en este aborrecimiento general de la política que estamos viviendo, indiferentes y estólidos…

Pero no es solo el mangoneo con asignaturas o itinerarios educativos, ni siquiera con leyes canallas como esta de Educación en España que mencionaba (al fin y al cabo, yo he conocido 8 y he sobrevivido a todas), no. Es el desaprovechamiento culpable de este cúmulo de datos, experiencias y pensamientos que -aún- hay accesibles para todo el mundo en Internet. No digo ya la obra de Aristóteles, sino los elementos de la Geometría de Euclides, las obras completas del ilustrado Feijoo, magníficas entradas científicas… Un saber acumulado que hace tan fácil la autoinstrucción. Ya no hay que ir a sacar libros de la Biblioteca Pública como hicieron los pocos héroes autodidactas de las clases trabajadoras que nos ha sido dado conocer, de forma directa o indirecta, a través de la literatura misma. Como esos trabajadores alemanes y checos cuyo emotivo retrato nos legó Peter Weiss en su Estética de la resistencia, quedándose dormidos de cansancio en su pupitre de la escuela nocturna…

Recordemos: que pensemos poco, que compitamos entre nosotros, que no actuemos… ¡Sería tan fácil contradecir y desengañar esas aprovechadas expectativas que tienen las tiranías respecto a nosotros. Es tan fácil leer con provecho las lecciones del viejo maestro griego, y pensar y no competir y actuar!

Religiones, iglesias, Iglesias

A mi juicio -como gustaba de decir Felipe González- mezclas habitualmente religión / iglesia; no solo tú, claro. Los griegos más antiguos, pueblo sensato donde los haya tenían religiones versátiles y adaptativas (los demonios o ángeles familiares, que los romanos llamaban lares y penates, eran de veneración universal, como debe ser: la casa y los antepasados) en la que convivían en armonía dioses, dioses menores, diosecillos, héroes un poco al gusto de cada cual… Pero no tuvieran iglesias ni curas hasta la época imperial alejandrina, que ya necesitaba el apoyo de hermandades y sacerdotes y monjas de sus templos para el control de la gente. Un viejo camino que ya conocemos.
Como tú eres un hombre muy leído, recordarás los sorprendentes testimonios de las primitivas comunidades de cristianos-aún-no-iglesia que desvelan los manuscritos del Mar Muerto, Nag Hammadi y todos esos pecios que nos han llegado. El cristianianismo-ya-iglesia, de Constantino para acá, es lo que criticamos y debemos criticar sin ningún tipo de ambigüedad. La iglesia compañera siempre de los estados, ángel custodio del pensamiento de la gente.
La española es particularmente impresentable, desde… Desde siempre, desde el montaje de Santiago hasta los cruzadistas que sacaban a Franco bajo palio y llevaban el santolio a los fusilamientos. La actual, la de los chollos económicos, la de los chanchullos …

… Las masas rocieras ¿son iglesia o Iglesia?, las partidas de la porra anti aborto ¿son iglesia o Iglesia? Quiero decir que, más allá de la jerarquía, cuando una religión se institucionaliza ¿sigue siendo religión o ya es iglesia? Un credo articulado, una ética establecida, unos límites que marcan la heterodoxia (sit anatema!)… No sé yo; a mí me sigue pareciendo que esos matices -tan jesuíticos, por otro lado- que estableces no ayudan a entender lo que me parece que es el pecado original de las religiones monoteístas y las iglesias o Iglesias que, forzosamente, nacen y proliferan con ellas: la alianza con el poder, la cosificación de unas creencias o consuelos indecisas pero vivas, en unos estatutos, el proselitismo. Y estirando, la movilización, el heroísmo o el martirio. Piensa uno.

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Estos días estoy engolfado en Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Una historia septentrional, la última novela de Cervantes -en la bendita edición exenta que acaba de sacar Jesús Munárriz en Hiperión-, y en el luminoso estudio que le dedicó Michael Nerlich, El Persiles descodificado. La Divina Comedia de Cervantes. El Persiles ha sido víctima siempre de una exégesis malintencionada que nos presentaba a un Cervantes finalmente convertido a la ortodoxia de la Contrarreforma, y ha impedido una lectura limpia e ingenua de esta historia llena de simbolismos y utopías, mucho más que una novela de aventuras.

Paz activa

Este textito sobre la paz activa aparece en un fanzine o revistilla escolar (la compañera que lo ha editado prefiere llamarlo libreto) al que da título genérico. Según costumbre extendida en estos tiempos, se venderá aquí y allí y el dinero obtenido se destinará a algunas oenegés. Como tengo integrados el blog y mi canal en Hubzilla, esta entrada ve la luz en ambas plataformas simultáneamente. Y sin más, al cuento.

Para Carmen Morago

Oriana Fallaci contaba que, ante la pregunta ¿qué es para ti la paz?, un niño vietnamita le respondió que eran esos días en los que no estallaban bombas ni tenía que huir a toda a prisa con su familia a otro lugar. Seguramente un niño sirio contestaría hoy de forma parecida a la mítica reportera italiana.

Una paz armada no es paz, es solo una guerra menos cruenta, un periodo sin bombas y sin tener que salir corriendo. Por eso la paz no solo es ausencia de guerra, tiene que ser un paz activa, una prevención constante, un acto producto de la voluntad vigilante y del esfuerzo, la construcción de un espacio sin sobresaltos en el que la vida cotidiana sea previsible de un día para otro, en la que el sueño sea reparador y la mañana siguiente sea como la de hoy, soñolienta y aburrida.

Porque la paz es aburrida y debe serlo, porque solo del aburrimiento surgen los manantiales de la creación, del mismo modo que solo del silencio nacen los diálogos y conversaciones, el descubrimiento y el hallazgo, el placer del juego improvisado, los amores con fruto. Una paz activa supone controlar a la fiera y los monstruos que nos habitan, sabiendo que ese control siempre es provisional y está en precario. La paz activa es trabajo y laboriosidad, humor y amor, es el alma de la colmena.

Esta paz en la guerra, y esa otra guerra en la paz, como le gustaba decir a Miguel de Unamuno, con la que soñamos tantos implica vencer el miedo a los otros, ser capaces de mirar a los ojos al otro, al distinto, al que huye o naufraga para sentir su humanidad doliente. La paz activa es vencer a nuestro peor enemigo, nuestro propio miedo. Restaurar el antiguo y sagrado derecho de asilo para el que busca refugio en su fuga del espanto o el hambre no es solo una cuestión estética que podamos delegar en manos de los gobernantes o de las organizaciones de caridad para tranquilidad de nuestras conciencias: debe implicar a nuestras propias conciencias. El derecho de asilo y protección del náufrago está contado en las historias fundacionales de nuestra cultura al menos desde las pérdidas de Ulises, nuestro más antiguo e ilustre náufrago. Olvidarlo es olvidar de dónde venimos, perder el marco y el sentido: un modo de locura.

Pienso a menudo en cómo será el despertar sobresaltado de un niño en los infiernos de las ciudades sirias, de nombres inmemoriales, Aleppo, Madaya, Fuaa, Kafraya, entre escombros o hambrunas. O en las de Libia, Irak, Afganistán. O en las remotas aldeas de Chechenia. O en las miradas tristes y resignadas de tantos niños en las invisibles ciudades o poblados del norte, el centro y el sur de África, la tierra madre de la Humanidad. O en los ojos brillantes de alerta de los niños de América del norte, del centro, del sur. O en los pequeños ángeles negros de los suburbios de Madrid, Barcelona, París bostezando entre las latas refulgentes de las chabolas…

Pienso en esta guerra en la paz, en esta paz armada y recelosa, cuando miro el primer cielo de las mañanas camino del trabajo, el cielo compartido que para mí es cotidiano y previsible porque cuento con que de él no caerán bombas. Pienso en esta paz que debe ser activa cuando entro en la primera clase y veo las miradas soñolientas de los estudiantes, aburridas tal vez, o fastidiadas, pero sin miedo. Son esas miradas, que no encontrarán otros maestros, a esas mismas horas, en tantas aulas que hayan sobrevivido a las llamas y derrumbes, las que me hacen recordar la respuesta de aquel niño vietnamita y la que habría dado cualquiera de mis alumnos a la vieja periodista italiana: la paz es tener sueño y aburrirse, enamorarse o sentir abrigo frente al frío del invierno, la paz es esperar la llegada de otro previsible viernes…

#apuntes

Las tentaciones de San Antonio

Una niebla espesa con que ha amanecido el día aquí, convierte en irreal y onírica esta mañana de elecciones en España.. He estado a punto de ir a votar, no creas: el imprinting mental de la educación, los tópicos y la propaganda pesan lo suyo, nadie se libra. Pero, mientras tomaba café en un bar popular cerca de casa, rodeado de pensionistas, bebedores de aguardiente madrugadores, parados de esos que llaman "de larga duración", me pasaron por la cabeza las imágenes predecibles de esta noche (las aclamaciones de los fieles de cada partido, las banderas o los puños, las sonrisas prefabricadas de unos y otros, pues todos ganan siempre…) o los recuerdos evanescentes de otras elecciones (hasta aquellos remedos del franquismo dejaron su huella en mi memoria, elecciones a procuradores en cortes se llamaban, por el tercio familiar o municipal o sindical, vete a saber ya, en unos tristes tenderetes electorales solitarios, pues los españoles de entonces estaban cagados de miedo, pero no eran tontos del todo) Bastó eso, esas melancólicas imágenes, para que se me quitaran esas ganas de ir a votar.

Y en su lugar, acudieron las razones, claro, el pacto de siempre, la renuncia de siempre necesaria para poder acceder al poder, el pasaporte imprescindible, las líneas rojas, como las llaman, lo que no se puede tocar: la emergencia universal de las catástrofes que afectan a la vida humana y animal del planeta todo, el régimen nihilista del capitalismo que la sustenta; la monarquía anacrónica -en lo que respecta a España-, la propiedad privada, la falta de cuestionamiento del trabajo en este mundo agotado en que todo el trabajo necesario ya se hizo…

Todo aquello en lo que uno piensa desde que tiene luces: convertir en real la gestión autónoma de nuestras vidas, dejar que se desprenda por sí sola la propaganda por los hechos; la lucha cotidiana por el hombre nuevo -y por ende, por el mundo nuevo- allí donde la vida lo va poniendo a uno, conversando con la gente, con los alumnos con los que le ha tocado a uno vivir, denunciado mentiras, recuperando territorios, soltando nudos y lastres, ocupando, desocupando territorios y deseos, por decirlo a la manera de Guilles Deleuze, que ya he hecho mía …

#apuntes