Esta noche he estado soñando con multitudes. Era, en la primera parte del tiempo onírico, una especie de mercado, con algo de ágora antigua, abigarrado, alegre y bullicioso. Nos rozábamos unos con otros, y, a las veces, era imposible avanzar. Mi subconsciente me situó, como era esperable, en el zagizamí donde se compraban y vendían libros y fue allí donde tuve un encuentro sorprendente: Agustín García Calvo, con su barba bávara y el pelo enzarzado de siempre, quizá un poco más gordo de lo que era habitual en él, se me acercó con una sonrisa luminosa y nos fundimos en un largo abrazo…
En la segunda parte de esta poblada noche, volvía a dar clases, pero no en el instituto, sino en la extensión del pueblo todo: las aulas eran las casas y alumnos y profesores nos mezclábamos con cualesquiera vecinos, agrupándonos en una suerte de seminarios improvisados…
A pesar de transcurrir todo bajo la luz crepuscular o lunar propia de los sueños, reinaba en las dos escenas una alegría contagiosa, una actividad animada y llena de sentido. Ya por la mañana, con la engañosa racionalidad de la luz del día, me preguntaba por el mensaje cifrado de estos sueños, consecuencia clara de los extraños días de aislamiento y temores fantasmales que estamos viviendo..
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