Darwinismo social rampante

Las sucesivas trampas léxicas que ha ido tendiendo el lenguaje político de la derecha han tenido la virtud de desnaturalizar el discurso de los partidos de izquierda, hasta hacerlo desaparecer, como en un palimpsesto, del todo. Que después se haya visto que esas epifanías lingüísticas de un tiempo nuevo no eran más que equivocas disputas nominalistas, metamorfosis aparentes o espejismos retóricos, no quita nada del daño irremediable que han hecho: la inquieta resignación en que han caído las sociedades europeas y la inopia política en que viven sus gobiernos. Después del «capitalismo popular», del que tanto se habló en la época de Margaret Tatcher; tras la «Tercera vía» para el socialismo de Tony Blair; en las vainas vacías de sintagmas como «capitalismo ético» o «capitalismo de rostro humano», lo que había de verdad era este darwinismo social rampante.

El darwinismo social y su axioma más popular, la supervivencia de los más aptos, tiene un padre equívoco: fue el británico Herbert Spencer -y no Darwin, como sugiere su nombre- el que acuñó la exitosa fórmula. Este inquieto pensador anti-estado, fascinado por los fósiles, fue el primero en relacionar los descubrimientos de los mecanismos evolutivos con la sociedad humana y su economía, y llegó a justificar la pobreza y la exclusión social como un resultado necesario de la evolución. Nadie tiene hoy en día la desfachatez de sostener en público -en privado, seguramente sí- semejantes ideas, pero es lo que se adivina tras las eufemísticas políticas económicas actuales.

La bancarrota fáctica de los estados europeos ha roto el espejo del «estado del bienestar» en que creyeron reconocerse un día. Sin la retórica del «Wellfare», y de la progresiva nivelación social que traería consigo, quedan sólo las políticas asistenciales o de beneficencia pública que, a duras penas, van manteniendo la apariencia de «normalidad» social. Pero las cuentas que ahora se airean de nuevo, dedicadas al pago de los intereses de la deuda, nos retratan más bien al viejo hidalgo arruinado, pero con sus antiguas ínfulas, de nuestra literatura clásica.

Es el darwinismo económico el que justifica el inusitado realce actual de las agencias de calificación, que «puntúan» la solvencia o ruina de los estados movilizando, en la selva del crédito y el dinero, a los tahúres y usureros de la deuda, los únicos en celebrar las albricias del momento histórico. Es el darwinismo social el que ha provocado fenómenos sociales tan inquietantes como el de los suicidios laborales en los centros de trabajo o la progresiva «medicalización» (complejos vitamínicos, ansiolíticos, antidepresivos…) que la soledad del trabajador de ahora, continuamente observado, compelido a ver en el compañero un rival, y medido en su «productividad», propicia. Como ocurre con el parado y sus insomnios o taquicardias. O con el trato social fosco y a cara de perro que se impone poco a poco entre nosotros…

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