Sobre la risa contemporánea y otros apuntes (Apuntes, 12)

La risa contemporánea

Uno de los problemas de la cacharrería tecnológica que ha invadido nuestros espacios y nuestro vivir es que ya no provoca risa, que la tomamos demasiado en serio. A pesar de que el filósofo Henri Bergson fundamentaba lo cómico en la imitación humana de los movimientos mecánicos, nadie se ríe hoy de sí mismo, o de su vecino, encorvado sobre un ordenador, con la mirada absorta en la pantalla y tecleando como un loco. O de la imagen (¡qué partido le habría sacado Chaplin!) de los adolescentes entrando y saliendo de clase abstraídos con el móvil entre las manos y su andar robótico, con las parejas ensimismadas, dizque enamorados, uno junto a otra, contestando mensajes en el telefonito. O con los robóticos, más que eróticos (el baile sublimaba la danza libidinosa de las épocas de celo en el mundo animal) de los movimientos gimnásticos, de una simetría cuasi mecánica, de los bailes actuales.

Escenas iniciales de “Tiempos modernos”

Sin embargo, aún somos capaces de reírnos con los movimientos de autómata de Charlot tras apretar tuercas en la fábrica donde trabajaba en “Los tiempos modernos”. O con la casa “moderna” y la fábrica “Plastak” que Jacques Tati retrataba tan felizmente en su película “Mon oncle”. Nos tomamos demasiado en serio, a nosotros y a nuestros pequeños autómatas; hemos asumido de una forma acrítica la idea de que las máquinas nos aportan exclusivamente facilidades y bienestar, nos hemos creído a pies juntillas que el progreso es una cosa muy seria…

En términos teatrales, nos hemos vuelto más actores trágicos (de tragedias ridículas, tantas veces) que de comedia, hemos olvidado reírnos de nosotros mismos y  entregado nuestras vidas cotidianas a los dioses de la electrónica y la biomecánica, inertes y sin humor. La risa contemporánea se ha convertido en muchos casos en la risa terrorífica de “L’homme qui rit”. Esa risa de la que en español decimos, tan ajustadamente, que es por no llorar…

…ISTAS

Los periodistas no aprenden, es una secuela del periodismo decimonónico: me refiero a su manía de crear neologismos para los seguidores de un político. Leo, por ejemplo, en infoLibre: “Los congresos autonómicos que finalizaron la semana pasada en lugares como la Comunidad de Madrid o Andalucía reflejaron las diferencias que existen entre pablistas, errejonistas y anticapitalistas…”. Más frustrante aún es que algunos quieran hacer lo mismo con las distintas “¿escuelas?” del PP donde tenemos rajoyistas o marianistas, según el grado de cercanía, supongo, al político conservador. Con menos seguidores, imagino, podríamos seguir especulando con la existencia terrenal de loyolistas frente a cospedalistas u otros engendros semejantes, tan vacíos de significado unos como otros…

Un periodista ejemplar, como era Manuel Vázquez Montalbán (aún recuerdo artículos suyos en Mundo Obrero que firmaba, con un irónico e inofensivo disimulo, como “Manuel Vázquez Molbatán”) publicó todo un libro de crónicas políticas con el empingorotado título de La aznaridad. Es un asunto viejo y tiene que ver con la muerte o enfermedad crónica y grave de las ideas en nuestro mundo contemporáneo. Un ejemplo eximio es el de los marxistas y sus diferentes y encontradas subespecies: ¡Cuánto daño ha hecho a Marx, y cuánta antipatía ha generado en gente que no ha leído sus libros o artículos ese engendro de adjetivo!

Y en esas seguimos, cogiéndonosla con papel de fumar mientras tratamos de entender las diferencias entre pablistas y errejonistas, con matices tan importantes, lo recordarán los amigos, como que uno levanta los dedos en la tradición de Churchill, formando una V, y el otro es más fiel, a lo que parece, al viejo puño cerrado. Lo cual levantó, según recuerdo, encendidos cruces de acusaciones en la red del pajarito y agrias recriminaciones mutuas que, supongo, no han hecho sino aumentar y que habrán sido asumidas por sus respectivos seguidores, mientras deciden si asaltar los cielos o permanecer sentados en el Parlamento, como unos culiparlantes cualesquiera, según otro neologismo, este sí feliz, del recordado cronista Luis Carandell…

Publicado por

Manuel Jiménez Friaza

Manuel Jiménez Friaza

Profesor y escritor de obra breve, natural de Osuna (Sevilla), España.

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