Beben y beben y vuelven a beber: la crisis del PSOE

El estribillo del conocido villancico es tan extraño y surrealista (tan inquietante también, tan obsesivo) como el enrocamiento y empecinamiento u ofuscación o despiste de los dirigentes del PSOE (pero también de sus cuadros regionales o locales, de sus desmoralizados militantes de barrio) en el empeño de convertir al veterano partido en una organización política irrelevante, transparente de pura falta de sustancia cuando está lejos del poder.
La crisis del PSOE Apuntémonos, pues, al tema de estos días, ya que Rubalcaba (que lleva camino de acumular tantas derrotas en su haber como las que, en un reto difícil de superar, acaparó Javier Arenas en tantas elecciones en Andalucía) y sus fieles beben y beben y vuelven a beber en las aguas de la afasia, el autismo político y la irrelevancia pública.

Se repite con insistencia que el problema fundamental de este PSOE es la falta de ideas y propuestas, pero el vaciamiento ideológico ocurrió hace mucho tiempo, desde que Felipe González consiguió que se eliminara la referencia al marxismo en sus estatutos y borró del alma socialdemócrata cualquier recuerdo de su pasado revolucionario. El poder, una vez que lo consiguió, llenó el vacío ideológico, la insoportable levedad del ser del partido que se fue llenando de arribistas y sinsustancias. Vinieron los largos años de sueños megalómanos como el de convertir la Cartuja sevillana en un Sylicon Valley andaluz o llenar España de trenes de alta velocidad y autopistas radiales en la tradición trasnochada y obsesivamente centrípeta y mesetaria de la monarquía española: de Madrid a la periferia y viceversa, la Puerta del Sol como el kilómetro cero ruinoso de una red de caminos carísimos hacia ninguna parte.

Socialdemocracia Genuflexa 300x260Pero aún así, el PSOE encarnaba para muchos, al menos, la utopía de Ortega y Gasset de la vertebración de España: tenía representación importante en todos los territorios del país y era un poderoso freno de sensatez frente a las tentaciones secesionistas de los nacioanlismos históricos y las reacciones histéricas complementarias del nacionalismo neofranquista español. Es en ese sentido en el que las últimas derrotas electorales, y la previsible en Cataluña (donde Félix de Azúa vaticina que pronto habrá de presentarse con sus siglas nacionales, tras la problable reconversión catalanista del PSC), han dejado al descubierto su naturaleza prescindible de mero conglomerado electoral, su carencia de un proyecto socialista de rostro humano.

De modo que, sin ideas y con dirigentes ofuscados con la recuperación del poder que pueda suplir de nuevo el vacío ideológico, y escorados a ese centro ideal e imposible donde siguen pensando que están sus votantes, muchos piensan que sólo un relevo generacional puede hacer menos catastrófica su caída. Como recordaba el mencionado Félix de Azúa, en un artículo reciente en el El País, «De manera que son las nuevas generaciones socialistas las que deben imponer su criterio. Si este es el de una radicalización que les aproxime a los comunistas, bienvenida sea. Y si por un milagro se plantean una política menos ideológica y más pragmática, menos reaccionaria y más técnica, una política que tenga menos que ver con la imagen y más con la realidad, a lo mejor es posible volver a votarles algún día.»

Mi hermano, un veterano y desengañado ugetista, me lo explicaba un día en el estilo lúcido y refrescante de la razón popular: «Mira, Manolo -me decía muy serio-, esto se arregla yendo a los institutos y preguntando: ‘a ver, ¿dónde están los alumnos con más nota?’ y persuadirlos para que se que se hagan militantes del PSOE» Es decir, lo contrario de la selección social inversa (la que se produce en los clubes de solteros: los más guapos y listos no se apuntan por el qué dirán, pero los feos y tontos sí porque no les importa; estos se casan, aquellos se quedan mozos) que ha llenado ese partido de bobos y vivales que se estudiaron el catecismo del capitalismo financiero en unas cuantas tardes, como es fama que hizo Zapatero, en las clases particulares de Jordi Sevilla, en los comienzos de su gira triunfal al frente del «gobierno de España», como dicen tan enfáticamente aún los anuncios de la tele que parece que él mismo diseñó.

 

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El testigo

Con ser un drama humano -que comparten con los millones de españoles que los acompañan en su penoso mutis por el foro de la vida social activa, en un paro inmerecido e injustificado el hecho de que más de 8000 periodistas hayan sido despedidos en estos años (lo recordaba Juan Luis Cebrián, que va contribuir a la suma con los 200 redactores que El País va a poner en la calle con su anunciado ERE), y no dejando de ser motivo de inquietud el cierre de cabeceras periodísticas, o su venta en almoneda a inversores de ocasión; siendo todo eso verdad, lo es más, o es una verdad de una naturaleza más dramática por sus consecuencias sociales, la desaparición progresiva y masiva, que ese desperdicio y pérdida humana supone, de los testigos que desde el siglo XVII nos venían contando con fidelidad lo que sus ojos veían. Pues esa ha sido la misión fundamental de los periodistas -los buenos periodistas, se entiende: es un pleonasmo-, de carácter tan profundamente moral: la de ser intermediarios sociales, poner los ojos, la inteligencia, la sospecha y las palabras, vigilar y desvelar con la luz pública a los poderosos y gobernantes, ir a los lugares donde pasan las cosas para que podamos ver y entender el mundo quienes nos pasamos la vida yendo de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, desentendidos de abusos, mentiras, guerras porque estamos atrapados en las mínimas batallas y escaramuzas de esta otra guerra interminable en que se ha convertido nuestra vida cotidiana…

Es una pérdida terrible. Leer, por ejemplo, en la página de Reporteros sin fronteras, los recuentos y recuerdos de las amenazas, asesinatos, desapariciones, secuestros, extorsiones sufridas por periodistas o blogueros en el mundo entero, es un acto que produce una tremenda melancolía. Por eso, quiero dedicar esta entrada a realizar un humilde homenaje al hermoso y arriesgado arte del fotoperiodismo. Aunque haya escogido algunos nombres propios inevitables, con los que me quedo a continuación, no quiero dejar pasar la ocasión de reconocer -yo, que soy tan enemigo del incómodo e impertinente telefonito móvil- la contribución que esos millones de cámaras fotográficas incorporadas al gadget más popular de nuestro tiempo han hecho ya a revelar acciones o rostros que deseaban el anonimato; su involuntario papel de incómodos testigos, su inesperada capacidad para crear arte. En las sucesivas exposiciones de que se hace eco la página de Eyephoneography, verbigracia, se pueden apreciar tan sorprendentes posibilidades (para mí, al menos, tan mal conocedor como soy del lenguaje y la técnica fotográfica, que, sin embargo tanto me fascina), como en esta foto en blanco y negro, tan sugerente, titulada «The Wait», de Annie Mallegol.

Felicia Baños
Annie Mallegol, «The Wait»

Pero la imagen que ha motivado esta entrada es esta que enlazo a continuación, del fotoperiodista afgano de la AFP Massoud Hossaini, que ganó el prestigioso premio Pulitzer y el World Press Photo Award en el 2011. Hossaini fotografió a esta niña el 6 de diciembre del año pasado, cerca de un santuario chiita, donde se produjo una explosión que dejó 80 muertos y 150 heridos. Según el testimonio del autor, que publicaba en su reseña la AFP

«Junto a la calzada, no muy lejos de la mezquita, había un lugar donde mujeres y niños se habían reunido para ver la procesión. Vi muchos niños heridos, que no se movían. Vi una niña de unos doce años, Tarana, totalmente ensangrentada, no sabía qué hacer (…) lloraba mucho.»

La imagen es de las que no se olvidan. El llanto y los gritos de espanto de Tarana rodeada de los inesperados cadáveres, el poderoso simbolismo del color verde y blanco de su ropa teñido de sangre roja son un alegato mudo contra la violencia ciega que permanece en la memoria, junto a los recuerdos personales. Y es así porque el testigo estaba allí:

El diario El País, en abril del 2012, volvía a traer a colación la singular fotografía a propósito del debate ético sobre la conveniencia o inconveniencia de publicar imágenes de una fuerza tan desgarradora como la que nos ocupa. Allí se nos contaba que, si bien The New York Times la publicaba en portada un día después, otros periódicos como The Wall Street Journal The Whasington Post (que la dio a conocer sólo después del Pulitzer y bajo advertencia) lo hicieron con cortapisas y restricciones o moralinas. Lo cierto es que, salvo el fotoperiodista Enrique Meneses -cuyo enfoque es, para nosotros, el más contemporáneo y acertado-, todos los demás, periodistas tan importantes como Gervasio Sánchez, Javier Bauluz (el único español ganador de un pulitzer, fundador de Periodismo Humano), o el mismo Hossaini, mostraban prejuicios «éticos» sobre la necesidad o deber de compartir testimonios como este. Aquí compartimos la perspectiva de Meneses: «La gente está tan sensibilizada que da vergüenza. Estamos haciendo periodismo del miedo, quien no se quiera informar que no se informe. (…) La guerra no se intuye, se vive o no se vive.». Dejo a continuación una fotografía de Tarana en su casa de Kabul, de abril pasado, y un vídeo con una impresionante antología de imágenes sobre Afganistán, proporcionada por la agencia AFP.

Tarana, 2012
Tarana Akbari en su casa de Kabul el pasado 17 de abril. / SHAH MARAI (AFP)

Decía Cartier-Bresson que la fotografía consta de tres elementos esenciales: luz, composición y corazón. Apostillaba  Lino Gonzáles Veiguela (en su blog en fronterad.com), en relación a la imagen de Hossaini, «Actualizando la frase de Bresson se podría decir que, a día de hoy, la fotografía depende de la luz, la composoción, el corazón y, en ¿demasiadas? ocasiones, el photoshop. Cada una de estas variables, si el fotógrafo así lo decide, puede generar graves distorsiones a la hora de reflejar la realidad. No se ha constatado que el fotógrafo afgano que tomó la fotografía premiada con el Pulitzer haya distorsionado ninguno de esos elementos para aumentar el dramatismo ni la violencia de la fotografía: los muertos eran reales, la sangre era real, el grito de la niña -que terminaba de perder a varios familiares- fue real.»

El juego de la verdad y la mentira, cada vez más indistinguibles, por falta de criterios de discernimiento, entre la maleza de datos y el ruido de fondo de internet, por la incapacidad de los políticos contemporáneos para gobernar sino al dictado de encuestas y técnicos en publicidad sociológica, por la indeferencia -también tan contemporánea- acomodaticia de las clases-masa del presente, o, directamente, por su renuncia a buscar la verdad (es cansado), pensarla, enfrentarse a ella, como a la esfinge… Viguela terminaba su texto con una larga cita de un artículo que Joseph Roth, publicó en el diario alemán Neue Berliner Zeitung en 1920. Vale la pena leerla:

Estuve en el hospital viendo a los «lisiados maxilares». ¿Sabéis qué son lisiados maxilares? Son hombres que Dios creó a su imagen y semejanza, y que luego la guerra remodeló a la suya. (…) A los «lisiados maxilares» les está prohibido poseer fotografías de su propia deformación. Está prohibido mostrar al público lesiones maxilares o sus vaciados en yeso que se custodian en el hospital. ¿Por qué? Debieran mostrarse lesiones maxilares en todas las revistas ilustradas del mundo, en todos los museos y columnas de anuncios. Y el ministerio de Cultura debía decretar que, durante medio año, en todos los cines de Alemania, antes de empezar la «Crónica semanal» y al final de la setenta y siete parte del «Vampiro», se mostrara una imagen: el hombre sin labios.

Y, si se imitara ese ejemplo en todo el mundo, pronto se crearía una confederación de pueblos cuyo presidente sería el soldado sin labios. Esa confederación no tendría que dar muchas explicaciones…

Acabo por ahora (volveremos más adelante, tal vez, al apasionante mundo del fotoperiodismo) tal como terminaba una de mis columnas  publicadas en La Opinión de Málaga, que titulé, justamente, con el consejo que daba el filósofo Empédocles para buscar, y encontrar, la verdad: ¡Mirad a los testigos!1

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Suum cuique tribuere (y 2)

Así que quedábamos en que, en lo que se refiere a la justicia punitiva o penal, era el sentimiento de la injusticia lo que ocurre en primer lugar seguido del deseo de una restitución del equilibrio roto, el sufrimiento provocado, el abuso cometido. Dia Mundial Justicia Social 300x198Y que ese deseo es lo que cristaliza en la idea de la justicia, como es, por su lado, la esclavitud o sujeción lo que hace nacer la idea de la libertad. Y en ese sentido, decíamos, la justicia penal es otro nombre de la venganza. Por ello, prenden tan rápidamente entre la gente las reclamaciones de penas de muerte o de cárceles inacabables. Y es por eso también que los gobernantes populistas, como los del del PP español, estimulan a sus votantes con medidas de consentimiento social que satisfacen esos deseos. Discutíamos, a propósito de un episodio pedagógico que contaba Jean Itard en su libro sobre el niño salvaje de L’Aveyron, que el anhelo de justicia / venganza fuera, como él pretendía, innato. Y ahí dejábamos la cosa, abandonando esa indagación en tan gran medida estéril (como lo es el eterno debate sobre sobre la bondad o maldad connaturales o adquiridas o sobre el lenguaje o sobre nuestra condición animal o radicalmente nueva): innato e intuitivo en el ser humano sólo queda ya buscar la teta de la madre tras las primeras hambres. Lo demás es educación, sociedad, cultura: la realidad construida por el lenguaje…

Suum Cuique 11 300x223La justicia social o distributiva es comprensible sólo, como la otra, a partir del sentimiento de la injusticia. En este caso, del hecho desconsolador de que no recibe cada cual lo suyo, la desazón hiriente de que el reparto de los bienes comunes no es equitativo, de que unos viven a costa de otros. Amartya Sen, citando las fuentes indias que él tan bien conoce, llamaba a esto la «justicia de los peces»: el grande que se come al chico con toda naturalidad, como nos recuerdan continuamente. Esta injusticia, el incumplimiento del «suum cuique tribuere», es extremedamente difícil de combatir porque, entre otras razones, se ha hecho pasar siempre por la realidad misma, por un fenómeno natural y fatal en la condición humana, como la enfermedad, la infelicidad o la muerte: «siempre hubo pobres, se lee ya en el libro bíblico de los Macabeos», me dijo una vez un amigo. Y su traslado al futuro, por si las moscas: «siempre los habrá…»

Las teorías evolucionistas vinieron a complicar ese estado de cosas aún más. La neoliberalización económica que sufrimos se apoya de forma perversa en el darwinismo social, como lo hizo, de manera tan brutal, la colonización europea del mundo con aquel pretexto burdo de llevar la civilización a los pueblos atrasados o salvajes. Esa es la impronta del buen europeo del norte que juzga a sus primos del Sur, hoy, con la misma perspectiva mental: los países mediterráneos son perezosos, derrochones y nada ahorradores (se nos contaba en la prensa estos días cómo las familias holandesas siguen regalando huchas a los niños recién nacidos), con una tendencia innata a la corrupción; por tanto lo que les pasa es consecuencia de ese carácter, de ese comportamiento. La lección que se nos pretende enseñar en el momento presente, como explicaba tan ejemplarmente David Harvey, y los Medios nos reiteran machaconamente, es que los estados fracasan económicamente porque no son competitivos, y «el incremento de la desigualdad social dentro de un territorio era interpretado como algo necesario para estimular el riesgo y la innovación empresariales (…) Si las condiciones de vida empeoran entre las clases más bajas de la sociedad, esto se debía a su incapacidad, en general debida a razones personales y culturales para aumentar su capital humano». En el mundo neoliberal que padecemos, sólo sobreviven (o deberían) los más aptos. La injusticia se incorpora así a la realidad, de la forma más natural, científica y pegajosa.

Prensa 300x234Este darwinismo social impregna incluso a filósofos liberales tan honestos como John Rawls, uno de los santos laicos que estamos invocando en las últimas semanas. En su sutil y delicada construcción intelectual (un convencido proyecto de justificación de los regímenes democráticos, en la peculiar versión que adopta: una «democracia de propietarios») pretende imbricar la justicia entre los pilares de tales regímenes, no sin una gran dificultad y precariedad. Concebidos los regímenes democráticos contemporáneos como comunidades de ciudadanos libres e iguales, la libertad de los modernos (conciencia, pensamiento, expresión) es el único derecho humano considerado fundamental, junto al de la propiedad, incluida la de los medios productivos: la justicia como equidad, que considera uno de los principios morales que deben presidir las constituciones de este liberalismo sui generis, sitúa como dato de la realidad la injusticia (la «naturalidad» de que venimos hablando) y la justicia se acoge tan solo al principio de diferencia, una suerte de cálculo matemático de proporciones, autoadaptado a las circunstancias que serviría para que la desigualdad «ncesaria» no sobrepasa nunca un determinado punto medio de una gráfica entre los que más tienen y los que menos. Amartya Sen, el premio nobel de Economía, que matiza la teorización de Rawls, desde una profunda admiración y a veces con gran brillantez, no se sale, en realidad de las coordenadas de su maestro, aunque con un matiz utilitarista propio de la tradición norteamericana: la desigualdad necesaria que el régimen económico liberal genera, en sus manifestaciones concretas, convocaría una idea pragmática de lo justo cuya misión sería la de corregir la «injusticia manifiesta» cuando y donde se produzca, transformando y adaptando las instituciones que velan por ella según las circunstancias.

Pero en ninguno de los marcos conceptuales visibles en la razón pública (una idea, como decíamos en la primera entrada, tan querida por John Rawls; también por nosotros) aparece con nitidez suficiente una reclamación radical de la justicia social, como la de Marx en su crítica al programa de Gotha: a cada cual según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades. Sucede, sin embargo, que con la generalización e interiorización de los derechos humanos en el mundo contemporáneo, sí que se extiende cada vez más el deseo de romper el cerco neoliberal a esos derechos (la acumlación por desposesión, un proceso tan brutal como la acumulación capitalista primitiva, que describió Marx), porque en esa inequidad es donde hoy se siente la herida siempre abierta de la injusticia.

Se siente con mayor urgencia la necesidad de ensanchar el campo de la discusión. Cada vez es más grande el rechazo a la propaganda neoliberal que nos persuade de que los únicos derechos fundamentales y vigentes son el derecho a enriquecernos -si somos los más aptos- y su acompañante fiel: el derecho sacrosanto a la propiedad privada y su perpetuación en el tiempo en forma de herencia. Para romper ese cerco habría que romper antes el sello de las constituciones que velan por el orden de la propiedad y la riqueza (por eso es tan valioso el ánimo, lucidez y valentía de los círculos de españoles que reclaman en torno al Congreso una asamblea constituyente). Del mismo modo que se siente ya como una necesidad perentoria romper de una vez con los cálculos nihilistas que cifran el bienestar humano en las tristes compras, las tristes ventas y el triste precio de las mercancías creadas con la fatiga y el sudor de los hombres.

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Suum cuique tribuere

Hay que hablar de la bíblica hambre y sed de justicia, y no de sus sustitutos como la igualdad de oportunidades a que nos quiso acostumbrar el republicanismo cívico (una de las versiones del liberalismo político) que, como único y pálido resorte ideológico enarboló el PSOE en las legislaturas presididas por Zapatero.

Esa necesidad de justicia distributiva, a cada uno lo suyo, que late, de forma especialmente hiriente, en nuestras sociedades. Por ejemplo, en la petición masiva de firmas que hace http://change.org para obligar a los grandes supermercados españoles (sólo un 20% lo hace) a que donen los alimentos que ya no pueden comercializar a onegés locales, con el fin de que éstas los repartan entre los más pobres -aquí al lado he puesto el enlace a la página: la fotografía de reclamo, con esa gente saqueando rápida y vergonzosamente la basura, es en sí misma un manifiesto en favor de la justicia distributiva más primaria: comida para el hambriento.

Lo que sucede con esos bancos de alimentos rescatados del muladar al que son arrojadas las sobras del rico, es que, como en una novela de Pearl S. Buck que leí en mi adolescencia (el personaje que tuvo una iniciativa igual acabó enriqueciéndose a su propio pesar), serán esas grandes superficies las que, gracias al reconocimiento público -la falsa conciencia- que acabarán teniendo, saldrán ganando convirtiendo en euros el gesto moral: la caridad justa devendrá inversión en tiempos difíciles.

En realidad, no experimentamos la justicia sino la injusticia; del mismo modo que es la falta de libertad, su ausencia, la que nos ayuda a entender ésta como idea necesaria. Eso hace que la idea de justicia se nos aparezca siempre como un sentimiento primario, como una forma de venganza: la reacción caliente ante la ruptura de ese equilibrio inestable que nos sobresalta cuando una vida se troncha como una caña bajo el «empujón brutal» de una mano asesina, o el agravio que sentimos ante la desmesura de una inequidad social. Una venganza, diferida y fría unas veces pero caliente como la sangre en otras ocasiones, que apela al castigo directo o al código penal tanto como a las revoluciones sociales. En esas estamos. Sentimiento tal -de agravio, consternación o violencia- mueve a los que piden penas de muerte o cárceles eternas al mismo tiempo que estimula el provecho de los políticos populistas. Lo hemos visto con el hipócrita debate sobre el destino del etarra terminal y con el infanticidio más reciente. Lo hemos visto muchas veces y lo veremos muchas más. En el fondo, es un mecanismo más utilizado por los poderosos para conseguir el consentimiento social. Pero también vemos cómo el agravio social que ha sacado a la luz esta guerra de clases unilateral va arremolinando gente que no soporta esta injusticia aquí y allí, rompiendo el consentimiento.

Está por ver que la injusticia (la justicia hemos quedado en que el remedio ideal para apaciguar el escozor, incomodidad o rebelión que provoca) no es un sentimiento primario, sino adquirido en la convivencia con nuestros semejantes. Siempre que he escrito sobre esto (la primera vez en un artículo publicado en La Opinión que titulé «El cuarto oscuro»1) he recordado el necio experimento que Jean Itard, el ilustrado educador del niño salvaje de los bosques de L’Aveyron, cuenta en su informe. Resulta que un día quiso comprobar si su pupilo poseía el sentido de la injusticia y la injusticia como, según sus creencias, lo poseemos todos de forma innata. Para ello no se le ocurrió otra cosa que encerrar al pobre niño en un cuarto oscuro (que, para ocasiones extremas de necesidad de castigo, tenía preparado en su casa) sin que mediara ningún motivo en la conducta del muchacho, sino de forma arbitraria y violenta, en un momento en que estaba especialmente contento. En el relato, Itard nos cuenta, en un tono piadoso y algo hipócrita, la rabia, llena de lágrimas y golpes a su maestro, con que el niño reaccionó una vez liberado del encierro.

De ahí concluyó el pedagogo francés que, en efecto, su discípulo era más humano puesto que ya conocía la injusticia. Lo que desde luego conoció fue la pedantería y la estulticia de su maestro. Seguimos esta larga reflexión en otra entrada, por no alargar esta demasiado, viendo cómo ideas liberales sobre la justicia como equidad o justicia «en el punto de partida» o justicia práctica o de parcheo, como las que se aprenden en Rawls o Sen, han ido haciendo olvidar, en esta dura resignación contemporánea, ideas radicales de justicia distributiva como la que hizo famosa Marx en su Crítica del programa de Gotha, de 1875: «de cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades» o las libertarias reclamaciones que propugnan la revisión constitucional de la propiedad privada, o la reforma radical del sistema penitenciario, o la desaparición simple y llana de las cárceles (¡sólo lo hizo Nikita Jruchov en Moscú, por un brevísimo tiempo!) que, al menos, gracias al movimiento de la antipsiquiatría de hace unas décadas,consiguieron cerrar tantos lúgubres y viejos manicomios en Europa.

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Cataluña y el derecho a decidir

Creo que es buena cosa que se incorpore a la razón pública española, tras las declaraciones de Mas sobre la secesión de Cataluña, al calor y arrimo de la muchedumbre independentista que se manifestó en la Diada catalana, el debate racional sobre la independencia. También lo es, pese a que seguramente llega tarde (con la sospecha, que pesa sobre el PSOE como una losa en todas las iniciativas que toma ahora en su oposición política, de por qué no lo hizo antes), la reivindicación del federalismo como solución histórica para el viejo problema territorial de España. En realidad, el destiempo y el anacronismo arrancan de aquella flor de un día de la revolución de 1868 que fue la I República, la federal, tan fugaz que ni siquiera se hizo su hueco en nuestra literatura salvo en el cálido y melancólico episodio nacional que dedicó Galdós al cantón de Cartagena y a su resistencia numantina y romántica.

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Artur Mas en la Generalitat de Cataluña
Lo que sucede es que, con toda probabilidad, ésta será otra ocasión perdida: ya lo anuncian las baladronadas de la derecha política, social y mediática española a las que se unirán pronto, a no dudar, las declaraciones espontáneas y compulsivas de algún militar o de algún clérigo perteneciente al staff de la militante iglesia nacional-católica española. No sé si, en realidad, el delicado concepto de razón pública -tal como lo entiende John Rawls en la sofisticada construcción abstracta, que ha ido elaborando a lo largo de los años, sobre la legitimidad de los regímenes democráticos, por ejemplo en su conocido libro La justicia como equidad– se puede aplicar en nuestro país. En España falta el equilibrio reflexivo, la tranquilidad de ánimo necesaria para poder hablar y discutir, en una confrontación ecuánime, con la ayuda sola del sentido común, sin que enseguida nos asalten los malos modos, los agravios históricos, las amenazas de las líneas rojas. Siempre ha sido así, por decirlo con la fórmula feliz hallada por Andrés Trapiello, los límites de nuestro debate público son «las armas y las letras».

En la noble tradición intelectual del contrato social, ninguna institución, incluyendo entre las instituciones humanas, por supuesto, la del estado-nación, se diseña para ser eterna sino para cumplir con los deseos y satisfacciones de los ciudadanos que las crean y aceptan. Con más razón las nuestras, porque son producto de unos pactos provisionales que se hicieron a la salida de la Dictadura, en unas circunstancias de amedrentamiento social, de amnesia histórica y de miedo político, cristalizadas en una constitución de medias palabras que, concretamente en lo que se refiere a la estructura territorial, fijó el estado autonómico como paradigma intocable, simbolizado en la Monarquía heredada como forma de estado y en la salvaguarda y custodia extrema de la fuerza militar.

Mani Independencia 218x300Los que, como yo, defendemos la necesidad actual de un proceso constituyente lo hacemos para devolver la palabra a los ciudadanos españoles, únicos fideicomisarios de la soberanía. Si en ese proceso constituyente los nuevos representantes políticos deciden la secesión catalana, o vasca, o gallega, o andaluza, será así sin el artificioso sentimiento de pérdida que está en la raíz de la melancolía. Tanto como si la solución preferida por los nuevos constituyentes fuera un federalismo de nuevo cuño, como el que leía en un análisis de prensa reciente, inusualmente sosegado, que argumentaba sobre una federación de territorios basada en las lenguas peninsulares: una zona castellanoparlante, otra catalana, otra gallega y otra vasca. Salidas tan aceptables como la de seguir perteneciendo a un estado unitario con autonomías regionales.

En la tradición de los contratos sociales lo único que es inaceptable es la imposición por la fuerza. La aceptación de un contrato social tiene, además, una naturaleza simbólica (¿qué otra cosa es lo que, a nivel sentimental, forma la argamasa de un estado-nación sino un imaginario simbólico?) cuya existencia pertenece a la realidad imaginada de la que habla Lacan en su perspectiva psicoanalítica. Esa naturaleza imaginada incorpora al debate sobre la forma de estado la necesidad de la persuasión. Y la falta de persuasión es una de las razones del fracaso histórico de una «España vertebrada». Por eso, la palabra «fatiga» utilizada por Artur Mas para definir la relación de Cataluña con España -con las connotaciones que, sobre todo en andaluz, tiene de hartazgo y reiteración- me parece acertada. Persuadir a Cataluña, en esa realidad imaginaria que es España, en el plano simbólico y sentimental y no sólo en el económico, es una tarea pendiente que no sé si alguna vez tendrá realidad política.

En cuanto a lo económico y posibilista -que es lo que predomina en el debate tal como está planteado- parece claro que tanto unos como otros, independentistas, federalistas y autonomistas son conscientes de que no nos hemos movido de las declaraciones de intenciones. La pérdida tremenda de soberanía nacional que está suponiendo para todos los viejos estados-nación europeos la crisis financiera y política actual no hace presagiar, en ninguna de las hipótesis razonables, el visto bueno necesario de la Unión a un nuevo y minúsculo estado en su convulso seno.

Incluso, por último, una variante de las teorías de juegos (citada por John Rawls en el libro que mencionábamos antes) dejaría fuera del escenario de lo probable o real la reivindicación independentista de los nacionalistas catalanes. Se trata de imaginar el juego de los estados como un juego de lotería tal que ninguna coalición de jugadores lo abandonaría a menos que pueda garantizar a cada uno de sus miembros un mejor pago en una nueva lotería. La imposibilidad presente de encontrar ese nuevo juego de lotería que diera a los catalanes mejor pago no niega, en absoluto, su capacidad (pues es derecho de gentes) para especular, debatir, fundamentar, elegir y decidir a qué lotería les gustaría jugar.

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El consentimiento social

Uno de los fenómenos más desconcertantes del actual estado de las cosas es la mansedumbre general con que las sociedades occidentales han dado su consentimiento al proceso de acumulación capitalista y de expropiación continuada de riqueza y bienes comunes que llevan a cabo, a cara de perro, estos think tank oscurantistas en que se han convertido nuestros gobiernos. El consentimiento socialLlama la atención el grado de aceptación o resignación con que en España se toma, por ejemplo, el hecho alarmante de que Rajoy y sus ministros (y asesores desconocidos, sus técnicos en la sombra) lleven 9 meses gobernando a golpe de decretos leyes en un estado de excepción parlamentaria, ocultando o tergiversando la información y justificación de sus decisiones que, unilateralmente, rompen el traspaso generacional y su lógica (dejar a los hijos un mundo con más riqueza y más justo y habitable), sin que la ilegitimidad que eso supone haya generado mayor inquietud o rebelión social.

Parece que los movimientos que han llamado al cerco del Congreso el 25 de septiembre llevarán como consignas peticiones de dimisión del gobierno y convocatorias de un proceso constituyente (aquí al lado he puesto una entrevista a Roberto Viciano, de attact tv, en la que el lúcido profesor de Derecho Constitucional explica las razones para ello); esas solicitudes o exigencias de que se devuelva el poder y la soberanía a los ciudadanos (y dónde mejor que en la elaboración de una nueva constitución), en efecto, empiezan a dejarse oír por entre el ruido informativo de fondo, pero en sordina. Es evidente que no va a ser fácil que ideas así se hagan sitio y acaben colándose en el sentir común, con enemigos tan formidables como el think tank gubernamental, sus fundaciones amigas -con los ingenieros sociales que tienen a su servicio-, asociaciones, grupos empresariales, editoras de Medios con un enorme poder de persuasión, y, sobre todo, el asentimiento social mayoritariamente conseguido: será muy difícil, pero más difícil es el silencio, la aquiescencia, la miedosa y falsa sindéresis que nos amordaza.

Conseguir el consentimiento social es a un gobierno lo que para la publicidad de un producto es conseguir el efecto halo, la incorporación de una marca al léxico común. Cuando Coca-Cola se convirtió de verdad en «la chispa de la vida» y la gente llamó con ese nombre a cualquier refresco espumoso de color oscuro, ya pudo echarse a dormir, porque había dejado de ser una simple marca para formar parte de la vida cotidiana, de la lengua común, de las sensaciones que están más cerca de la naturaleza que del artificio humano. Un presentimiento anticipatorio de esto, en el plano político, lo tuvo Fraga cuando hablaba en los años 70 de la «mayoría natural» (una colusión de clases medias y altas, con nostálgicos del franquismo) que representaba la derecha española en nuestras elecciones generales. Algún analista político ha recordado en la prensa que, de hecho, el PSOE sólo ha ganado -a excepción de las «prórrogas», pero esas victorias de un partido que gobierna y repite son la norma sociológica- después de alguna catástrofe: la conspiración militar de 1981 o los atentados de Madrid. Está reciente en la memoria de todos esta mayoría absoluta (mayoría-mordaza) obtenida por el PP que ha dejado al PSOE, literalmente, sin palabras.Consentimiento 150x150

El consentimiento social se consigue cuando unas ideas sobre economía o filosofía políticas particulares pasan a formar parte de la realidad interpretada de una mayoría, haciéndose pasar por cosa de sentido común (como lo entendía Gramsci, que lo equiparaba al folclore o la religión y que oponía a la filosofía de la praxis: «nel senso comune si puó trovare tutto»), que no admiten, por tanto, discusión ni crítica y se asumen como propias, como si fueran razón y ética naturales. Ese trance se produce de forma oscura a veces, pero sus huellas, cuando ha sucedido, son muy visibles.

David Harvey las señala muy bien al rastrear las razones de esta complicidad colectiva de que goza el neoliberalismo económico, una economía y filosofía política tan devastadora que, sin embargo, arrasó al liberalismo embridado que, desde el final de la Guerra Mundial hasta los años 60, hizo concebir tantas esperanzas en Europa, junto al neoconservadurismo político complementario, que corrigió algunas de sus debilidades. En el fondo, el éxito de ese apoyo social está soportado por ideas triviales y sobreexplotadas pero que, una vez incrustadas en el «sentido común», tienen una tremenda potencia: la libertad personal, la identificación de las empresas con personas y con el derecho a esa misma libertad (con consecuencias tan letales como las donaciones libres de las grandes corporaciones a los candidatos electorales en EE. UU., acogidas a la enmienda constitucional de la libertad de expresión), la aceptación de las desigualdades como un arcano histórico, la creencia general en la corrupción intrínseca de las democracias (con la necesidad consiguiente de un orden coercitivo que garantice la propiedad, la libertad de negocio y las costumbres), las tradiciones culturales (en España, sería un ejemplo el retorno de las corridas de toros a la televisión pública o las subvenciones millonarias, sin recortes, a esta «fiesta nacional»), el nacionalismo (la presencia artificiosamente mantenida como actualidad en los Medios de ETA: millares en una manifestación contra la libertad de Bolinaga) y las rivalidades consiguientes…

En cada país, en cada circunstancia histórica, la construcción del consentimiento, su ingeniería, difiere en los detalles (en España está adobado con la sal del nacional-catolicismo y la pimienta del irredentismo nacional; en Francia está salpimentado con la grandeur republicana; en Alemania, con el miedo a la debilidad de la república de Weimar…) pero coinciden en las ideas-fuerza: la conversión de un pensamiento particular en razones comunes y la transmutación de la defensa de la identidad y libertad individuales en la opresión de todos. Así se cierra el candado de la indefensión acrítica. Como diría un castizo: natural, como la vida misma. Como una cocacola, añadiríamos nosotros.

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El órgano obstáculo

Cojo para el título de esta entrada la expresión descarnada, pero muy clara, que el politólogo Pierre Manent creó para designar a una institución que fue diseñada en principio para solucionar problemas y que, sin embargo, ha devenido en un impedimento, un obstáculo para esa misma solución, como la clase política, según indican machaconamente, desde hace tiempo, todas los trabajos sociológicos de campo.

El oxímoron
El oxímoron político: los extremos ficticios
La cita la traía a colación Fernando Vallespín, en un artículo, En guerra contra los políticos, que publicaba El País en su edición de ayer, a propósito de la cada vez mayor separación y desamor entre los ciudadanos y la clase política, algo que se ha convertido ya en un lugar común y que, siguiendo el consejo de Unamuno de repensar una y otra vez los lugares comunes, tomo como percha para esta reflexión.

Lo que ocurre ––y no sólo sucede en esta columna, pues no en vano su autor fue presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas durante varios años y eso imprime carácter, sino que es habitual en todos los análisis periodísticos que menudean sobre este tema es que se limitan a constatar el hecho y, en el mejor de los casos, a lamentarlo o a dar una suerte de consejo bienpensante a los políticos para que se enmienden y reduzcan esa distancia o cesura que los separa de sus representados. Todo en la línea de lo que Gustavo Bueno llamó el «pensamiento Alicia» en su conocido enfado con aquella idea de la Alianza de Civilizaciones del ex presidente Zapatero.

Vallespín nos da un ejemplo eximio de este «pensamiento Alicia» en el ramplón y huero final de su artículo, en el que manifiesta un deseo subjetivo, que hace pasar por necesidad compartida por todos, en relación a nuestros políticos: «Y que ahora les necesitamos unidos, eficaces y empáticos con una ciudadanía que oscila entre la rabia y la desolación». La rabia y la desolación tienen aquí un mero carácter retórico, el de servir de segundo término del oxímoron, para marcar un contraste algo más hiriente frente a esa idílica unidad de los políticos deseada por el autor.

El órgano obstáculo
El político intercambiable es el verdadero «órgano obstáculo»

Sobre esa supuesta necesidad de una unión deseable, que se nos presenta como una necesidad histórica, como un dato inmediato de la realidad, hablaré enseguida, criticando la monstruosidad política y moral que representa. Pero antes quiero detenerme en otra de las antítesis tramposas que leemos en este texto. Se trata de oponer extremos para que, entre ellos, reluzca el equilibrio, la luz cenital, el centro 1, la clave de bóveda del razonamiento; en palabras del Vallespín: (se trata de que) «no se desembarque en el populismo fácil de los Mario Conde o Sánchez Gordillo, por ir a los dos extremos».

Sobre el populismo ya hemos hablado largo y tendido en las tres partes de una extensa entrada de este blog (Una, dos y tres) y remito a ellas al lector interesado en saber cómo entendemos la razón última del político y del votante populistas. Me importa ahora subrayar la naturaleza tramposa de la contraposición -e igualdad en último término: los extremos se tocan- que establece el conocido sociólogo entre dos figuras como las de Mario Conde y el alcalde de Marinaleda. Conde, condenado por estafa y apropiación indebida en 2001 y 2002, es un personaje huero, ambiguo y peligroso que no dudó en acudir al chantaje al gobierno y del que el psquiatra Castilla del Pino dijo que «uno de los problemas de Conde es la prisa, el ritmo con que quiere el poder y la obsesión enfermiza por la imagen». Ligado a un partido hecho a su medida (Sociedad Civil y Democracia, qué hartura de palabras vacías) parece que se va presentar a las elecciones gallegas. Sánchez Gordillo es un político revolucionario y apasionado de una coherencia moral e ideológica, de un tesón y eficacia (Marinaleda tiene pleno empleo y sus habitantes forman una comunidad de propietarios de su tierra, aunque siempre se ha negado a tener su titularidad como quiso la Junta, una comunidad social, simbólica, sentimental) que en estos tiempos de plomo debería dar envidia y admiración. Pero ya se ve la arremetida del PP contra él, o el tópico de idealista trasnochado con que lo despachan los medios liberales o los políticos socialdemócratas. Pensándolo bien, lo único que tienen en común los dos extremos imaginados por Vallespín es el hecho de poner en cuestión la propiedad: uno para robar, el otro para devolverla al bien común.

Y ahora, por acabar, digamos algo de esa desdichada idea de la unidad feliz de los políticos. Lo primero, lo que diría Juan Panadero, es que es lo que nos faltaba, verlos a todos juntos pidiéndonos patriotismo en esta farsa y esperpento del «sangre, sudor y lágrimas» en versión hispánica: ¿unidad en torno a qué y para qué? ¿Para hacer lo mismo pero todos juntos? ¡Qué pesadilla! Debe ser una boba inercia de los famosos Pactos de la Moncloa, una más de las que forman el «tapón de la Transición» o la perversa idea, la mala inteligencia de que, una vez muertas las ideologías, qué sentido tiene la discrepancia, el enfrentamiento. Josep Ramoneda es de las pocas voces públicas que, dentro de la monotonía de la ortodoxia neoliberal que copa los Medios, lleva tiempo recordando que es justo al revés lo que necesitamos: ideología, deliberación, lucha, confrontación. Sólo de ahí puede surgir alguna luz y esperanza, un oxímoron verdadero, y no de esta atonía y agonía del juicio y la razón pública, de esta conjuración de almas muertas y silencio o pensamiento malherido.

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El rey y los doce sátrapas

Los lectores recordarán, acaso, el chiste del borracho y la farola que traía a colación en la entrada Democracia y populismo (1) como clave simbólica del populismo, tal como lo hacía Slavoj Žižek, aunque con una intencionalidad diferente, En tal chiste, un borracho que volvía a su casa de noche perdió su reloj y se puso a buscarlo.Mass Media 300x225 Pero, como no veía nada por la oscuridad, se puso a buscarlo bajo una farola, muy lejos del lugar en que lo había perdido. Uno que había presenciado la escena, le preguntó por qué lo buscaba allí y no en el sitio adecuado, a lo cual respondió el borracho que en la farola había luz. La historieta facilita mucho la comprensión de por qué tanta gente prefiere las explicaciones sencillas, en blanco y negro, en términos amigo / enemigo o los míos / los tuyos y da de lado los matices, las razones laboriosas, las sutilezas, los relativismos: están en la zona oscura, aunque sea justamente ahí donde hay que buscar. La anécdota real del rey y los doce sátrapas habla de eso.

Pues bien, el otro día me vi metido en una conversación de bar, de esas que acaban con nuestro castizo «esto lo arreglaba yo…», que me hizo recordar de nuevo el chiste de marras. Decía mi paisano, tras despotricar sobre cómo está la cosa, en su variante exitosa de hay que ver lo que gastan los políticos: «Esto lo arreglaba yo dándole todo el poder al rey, quien, a continuación, nombraría un número limitado de gobernadores regionales o provinciales -esto no lo tenía claro, ni su cantidad, aunque para sus cuentas no pasarían de 12 o 15- y un número limitado de alcaldes para las ciudades más grandes. Las pequeñas se tendrían que federar para tener alcaldías» Y así, a la luz cegadora de la farola de un cómic o de un drama barroco, o de un videojuego -vaya usted a saber- recortó mi amigo de tal manera el gasto político. Si traigo la anécdota aquí como motivo de reflexión no es para quejarme de la incultura política o el desconocimiento histórico de que hacía gala mi interlocutor.Satrapias 273x300

No, sería demasiado fácil. Este régimen de satrapías ucrónicas que mi amigo arbitrista ofrecía como solución política no es tan excepcional ni risible como a primera vista puede parecer. Con las variantes adecuadas, era la solución política ideal para millones de súbditos en las sociedades con regímenes totalitarios, antiguas o modernas. Me parece ver ejemplificada en la anécdota, en primer lugar, la diferencia que estableció Ortega y Gasset entre creencias e ideas. Creencia es aquello con lo que contamos (por ejemplo, que el sol va salir mañana, que hace falta un jefe para que un grupo humano funcione sin matarse) mientras que las ideas resultan de pensar en algo, sobre algo. Mi amigo no pensaba, sino que extrapolaba una consigna gubernamental, un lugar común (los políticos derrochan, así que disminuyamos su cantidad) y recurría a una creencia muy arraigada (mucho poder en pocas manos facilita el gobierno). Las creencias están justo debajo de la farola, las ideas están en la zona en penumbra de la calle.

Mi amigo, además, está solo, como lo estamos todos, desde que desapareció lo que Hannah Arendt llamaba «la esfera pública». Como ella afirma también: «La experiencia en la que se funda el totalitarismo es la soledad. Soledad es ausencia de identidad, que sólo brota en la relación con los otros, con los demás». El totalitarismo quiere organizar a las masas (no a las clases ni a los ciudadanos) y la «masa» está formada por individuos aislados y gregarios, sin capacidad de organizarse en nada que tenga como fin el bien común. Sólo en torno a símbolos y consignas. Una cosa es complementaria de la otra.

No hay esfera pública, ni debate público: hay individuos aislados y gregarios, que se embotan en cuanto pueden en el hedonismo triste y clónico de las masas de nuestro tiempo, que viven encerrados y protegidos en sus creencias y huyen de la oscuridad de las ideas, que sólo les provocan angustia y aturdimiento. A la utopía administrativa del rey y sus doce sátrapas de mi paisano sólo le falta un enemigo identificable y capaz de suscitar odio, de encarnar en si toda la infelicidad, todo el agobio. El mejor candidato hasta ahora ha sido el emigrante. Si cuajara éste o si surgiera otro, estarían dadas las condiciones objetivas para la epifanía de una renovada y pujante era totalitaria.

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Los futuros del hambre (y 2)

Sigamos ahora de la mano de Jean Ziegler, veterano relator de la ONU, experto, además en política alimentaria, y fiable pensador y escritor (recomiendo a los amigos del blog su El odio a Occidente, de Ediciones Península, recorrido radical y honesto por los excesos del colonialismo y los olvidos culpables del postcolonialismo y sus consecuencias, por ejemplo en la misma ONU). Cuenta Ziegler en un texto de Le Monde Diplomatique de febrero de este año, traducido al castellano en el blog Noticias de abajo con el título «Especulando con el hambre»:

«Me dirigía hacia el norte, hacia las grandes plantaciones de Senegal, con Adama Faye, un ingeniero agrónomo que asesora en cuestiones de desarrollo a la embajada de Suiza, y con el conductor Ibrahima Sar. Queríamos comprobar el impacto que está produciendo la especulación financiera en torno a los alimentos, aunque ya disponíamos de la última estadística del Banco Africano de Desarrollo. Pero Faye ya sabía que algo muy distinto nos estaba esperando. En el pueblo de Louga, a 100 kilómetros de San Luis, el coche se paró de forma repentina. “Venga a ver a mi hermana pequeña”, dijo Faye, “ ella no necesita su estadística para explicarle lo que está pasando”.
Hambre Mundo
Había algunos puestos al lado de la carretera, un mercado muy escaso: montones de caupí y yuca, unos pocos pollos cacareando en las jaulas, cacahuetes, tomates, patatas y naranjas y mandarinas españolas. No había mangos, aunque Senegal es conocido por ellos. Detrás de un puesto, una mujer joven con un pañuelo amarillo en la cabeza conversaba con sus vecinos. Era la hermana de Faye, Aisha. Estaba dispuesta a responder a nuestras preguntas, pero se enfadó mientras hablaba. En poco tiempo, una ruidosa multitud de niños, jóvenes y ancianas se reunieron a nuestro alrededor.

Un saco de arroz importado de 50 kilos había subido a un precio de 14000 francos ( 27 dólares), por lo que la comida había que hacerla más acuosa, con sólo unos pocos granos de arroz flotando en el plato. Las mujeres compraban arroz en los tenderetes en pequeñas cantidades. El precio de una botella de agua ha subido de 1300 a 1600 francos; un kilo de zanahorias, de 175 a 245 y una barra de pan de 140 a 175, mientras que un cartón con 30 huevos ha aumentado en un año de 1600 a 2500 francos. Igual ocurría con el pescado. Aisha regañaba a sus vecinos por ser demasiado tímidos en sus apreciaciones: “Dile al toubab (hombre blanco) lo que tenemos que pagar por un kilo de arroz. ¡Díselo! No tengas miedo. Los precios están subiendo casi todos los días.”»

MaizCreo que valía la pena la larga cita. Y ahora, de nuevo, los mercados agrícolas. Nos advierte Jean Ziegler de que estos son unos mercados muy especiales porque se consume más de lo que se vende. Es por ello por lo que a comienzos del siglo XX se inventaron en Chicago los derivados, es decir, que el precio «deriva» de otros productos subyacentes como bonos o acciones. Se creía que esto era beneficioso en un principio para los agricultores del Medio Oeste norteamericano: si el precio de las acciones caía en el momento de la cosecha, el agricultor estaba protegido; si subía, ganaba el inversor. Pero, sigue explicando Ziegler:

«En la década de 1990 estos activos comenzaron a utilizarse para especular en lugar de cumplir el objetivo de medida preventiva. Heiner Flassbeck, economista jefe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), estableció que entre 2003 y 2008, la especulación en torno a las materias primas que utilizan los fondos índice (Los fondos índice son fondos de inversión de renta variable que tratan de replicar el comportamiento de un índice bursátil. ), aumentó en un 2300%. Al finalizar este período, el repentino aumento del precio de los alimentos básicos provocó disturbios por los alimentos en 37 países. La televisión mostró imágenes de las mujeres haitianas en los tugurios de Cité-Soleil haciendo tortitas de barro para alimentar a su hijos. Se produjeron disturbios en las ciudades, saqueos y protestas de cientos de miles de personas en la calles del El Cairo, Dakar, Bombay, Puerto Príncipe y en Túnez, pidiendo pan para sobrevivir, algo que acaparó las portadas de los medios de comunicación.»

A mí me parece que esto no ha hecho más que empezar: la especulación con las deudas soberanas ya debe haberles dado suficientes beneficios y es un negocio que puede devenir incierto. Las puertas de la educación y la sanidad, que los capitales pugnaban por abrir desde hace décadas, ya están abiertas a sus «inversiones». Pero la tierra y su propiedad (el tabú más intocable de los estados, de la república contemporánea), la necesidad fundamental del alimento es un negocio tan rotundo que, pese a la conseja popular de que con las cosas de comer no se juega, van (quienes sean, cualesquiera que sean sus rostros y nombres propios, ellos, los mercados como se les llama ahora; los de siempre, ese 1 por ciento que nos ha declarado la lucha de clases unilateral, los amos del mundo) a persistir en esta sucia especulación. Mercados de futuros equivale, pues, a hambres futuras. Espero haber ayudado al lector a comprender la urgencia e importancia de saberlo, de incorporarlo a nuestros centros de atención tan aturdidos en el ruido informativo de este tiempo atroz.

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Los futuros del hambre

Leer o escribir sobre el soporte de la vida, los elementos que nos sustentan como el agua o la tierra y los alimentos que obtenemos de ella, es algo que me provoca algo así como un temblor y un pudor a la vez que me vuelve sentimental -más de lo que lo soy habitualmente- e irascible. No hay nada más terrible que la sed o el hambre, ni más incomunicable. Sobre el agua escribí en 2011 Sangre de la tierra, a propósito de Óscar Olivero, el aymara boliviano protagonista destacado de la «Guerra del agua» que en el 2000 trajo a los medios españoles este problema angustioso.

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Lourdes Benavides, responsable de Justicia Económica de Intermón Oxfam (Fuente de fotografía y pie de foto: http://ethic.es)

Según cuentan (por ejemplo, BBC Mundo aquí), la reducción a la mitad el número de personas que pueden acceder a agua corriente tratada es el primer Objetivo del Milenio que se ha conseguido. Un alivio; aunque pasajero: unos 800 millones de personas siguen bebiendo agua sucia, un 40% en el África subsahariana.

Pero hace mucho tiempo que quería escribir sobre la tierra, los alimentos y el hambre. Concretamente desde que descubrí, leyendo el Carpe diem de Saul Bellow, que existe en Chicago desde tiempo inmemorial una bolsa de futuros en la que se especula con los precios de productos agrícolas y de alimentos en general. Más exactamente, con derivados financieros: enseguida intentaré explicar al lector de qué va eso, que tanto está teniendo que ver con el encarecimiento artificial de muchos alimentos básicos y con el hambre que está provocando.

El protagonista de esta novela menor de Bellow se llama Wilhelm, es un actor fracasado, divorciado y arruinado que acaba invirtiendo 700 dólares -el único dinero que le queda- en acciones de mantecas de cerdo (y no en cereales, que era su primera intención) por consejo de un lunático psiquiatra, el doctor Tomkin, que presume de la naturaleza científica de la inversión en bolsa. Yo me quedé sorprendido al leer, por ejemplo, la respuesta de Tomkin a la nerviosa petición de Wilhelm de acudir a la bolsa a primeras horas de la mañana: «Pero hombre, si ni siquiera son las nueve (…). En cualquier caso le digo que la manteca va a subir, y subirá. Se lo prometo. He hecho un estudio del ciclo culpabilidad-agresividad que hay detrás de todo esto. (…) Pero entre tanto esta semana nos han dado una buena tunda -observó Wilhelm- ¿Se fía usted completamente de su corazonada?» Y le responde Tomkin: «A mí la tunda me la han dado en pieles y café. Pero tenga confianza. Estoy seguro de que acabaré acertando». En esta novela entendí yo, traducido a un contexto cotidiano, lo que se llamó «capitalismo popular» desde la era Tatcher y que se nos presentaba a los europeos como el nuevo paradigma de la sociedad neoliberal que se inauguraba. Muchos de los lectores recordarán más tarde, en esta España de los frutos tardíos, la invitación que se nos hacía a los españoles, en los años neoliberales de Aznar, a invertir en bolsa nuestros ahorros, sin ningún complejo.

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¿Qué impacto tuvieron los precios globales de los alimentos en la grave crisis en Somalia, Kenia o Etiopía? Decenas de miles de personas han fallecido en Somalia como consecuencia del hambre, cuatro millones están aún en situación de riesgo y necesidad de asistencia a lo largo y ancho de toda la región.(Fuente de fotografía y pie de foto: http://ethic.es)

Después descubrí que no sólo existe ese mercado de derivados agrícolas en el Chicago de Bellow, sino que, en Europa, hay tres grandes bolsas donde se especula con «futuros» de materias primas cuyas cotizaciones dan lugar a grandes beneficios: las de Londres, París y Fráncfort. Antes de que la financiarización galopante del capitalismo que padecemos lo pervirtiera, los contratos de futuros eran una práctica común y beneficiosa para los agricultores, que podían asegurar de este modo el precio de sus cosechas con antelación, frente a las contrariedades imprevisibles del azar. La especulación con el futuro, por otro lado, es intrínseca a la economía capitalista: recuerde el lector la «t» de las reglas del interés que aprendíamos en el colegio (también los estados, naturalmente, manejan el futuro como un dato inmediato de la realidad que nos construye: hoy mismo se puede leer en la prensa que el Tribunal Supremo ruso ha dictado una sentencia en la que prohíbe las convocatorias del «Día del Orgullo Gay» ¡durante 100 años!)

Como quiera que últimamente aumenta la frecuencia de noticias sobre la subida alarmante de precios de alimentos básicos como el arroz, los cereales o el mismo maíz norteamericano, hasta el punto de que -aunque discretamente, como siempre- obligó al Grupo de los 20 a convocar un reunión extraordinaria hace poco para examinar la situación, voy a intentar explicarle al lector, en la medida en que pueda saber hacerlo, qué siniestra relación hay entre estas bolsas de futuros, el precio de los alimentos y el hambre creciente en el mundo.

En primer lugar, lo más llamativo y gordo: según el Instituto Internacional de Política Alimentaria, desde 2006 a 2009, entre 15 y 20 millones de hectáreas de tierras agrícolas en los países pobres han sido objeto de transacciones o adquisiciones por países extanjeros (el caso de China ha sido el más citado, pero hay muchos más, entre ellos, países europeos), lo que es equivalente a la quinta parte de todas las actuales tierras agrícolas de la Unión Euorpea. Según Vicente Verdú (La hoguera del capital, p. 129), «esto coincide, de acuerdo con L’Economist (23-5-2009), con el aumento del índice de precios de los alimentos en un 78 por ciento, y con que algunos productos como la soja y el maíz subieran en un 130 por ciento». La relación parece clara.

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