Suum cuique tribuere (y 2)

Así que quedábamos en que, en lo que se refiere a la justicia punitiva o penal, era el sentimiento de la injusticia lo que ocurre en primer lugar seguido del deseo de una restitución del equilibrio roto, el sufrimiento provocado, el abuso cometido. Dia Mundial Justicia Social 300x198Y que ese deseo es lo que cristaliza en la idea de la justicia, como es, por su lado, la esclavitud o sujeción lo que hace nacer la idea de la libertad. Y en ese sentido, decíamos, la justicia penal es otro nombre de la venganza. Por ello, prenden tan rápidamente entre la gente las reclamaciones de penas de muerte o de cárceles inacabables. Y es por eso también que los gobernantes populistas, como los del del PP español, estimulan a sus votantes con medidas de consentimiento social que satisfacen esos deseos. Discutíamos, a propósito de un episodio pedagógico que contaba Jean Itard en su libro sobre el niño salvaje de L’Aveyron, que el anhelo de justicia / venganza fuera, como él pretendía, innato. Y ahí dejábamos la cosa, abandonando esa indagación en tan gran medida estéril (como lo es el eterno debate sobre sobre la bondad o maldad connaturales o adquiridas o sobre el lenguaje o sobre nuestra condición animal o radicalmente nueva): innato e intuitivo en el ser humano sólo queda ya buscar la teta de la madre tras las primeras hambres. Lo demás es educación, sociedad, cultura: la realidad construida por el lenguaje…

Suum Cuique 11 300x223La justicia social o distributiva es comprensible sólo, como la otra, a partir del sentimiento de la injusticia. En este caso, del hecho desconsolador de que no recibe cada cual lo suyo, la desazón hiriente de que el reparto de los bienes comunes no es equitativo, de que unos viven a costa de otros. Amartya Sen, citando las fuentes indias que él tan bien conoce, llamaba a esto la «justicia de los peces»: el grande que se come al chico con toda naturalidad, como nos recuerdan continuamente. Esta injusticia, el incumplimiento del «suum cuique tribuere», es extremedamente difícil de combatir porque, entre otras razones, se ha hecho pasar siempre por la realidad misma, por un fenómeno natural y fatal en la condición humana, como la enfermedad, la infelicidad o la muerte: «siempre hubo pobres, se lee ya en el libro bíblico de los Macabeos», me dijo una vez un amigo. Y su traslado al futuro, por si las moscas: «siempre los habrá…»

Las teorías evolucionistas vinieron a complicar ese estado de cosas aún más. La neoliberalización económica que sufrimos se apoya de forma perversa en el darwinismo social, como lo hizo, de manera tan brutal, la colonización europea del mundo con aquel pretexto burdo de llevar la civilización a los pueblos atrasados o salvajes. Esa es la impronta del buen europeo del norte que juzga a sus primos del Sur, hoy, con la misma perspectiva mental: los países mediterráneos son perezosos, derrochones y nada ahorradores (se nos contaba en la prensa estos días cómo las familias holandesas siguen regalando huchas a los niños recién nacidos), con una tendencia innata a la corrupción; por tanto lo que les pasa es consecuencia de ese carácter, de ese comportamiento. La lección que se nos pretende enseñar en el momento presente, como explicaba tan ejemplarmente David Harvey, y los Medios nos reiteran machaconamente, es que los estados fracasan económicamente porque no son competitivos, y «el incremento de la desigualdad social dentro de un territorio era interpretado como algo necesario para estimular el riesgo y la innovación empresariales (…) Si las condiciones de vida empeoran entre las clases más bajas de la sociedad, esto se debía a su incapacidad, en general debida a razones personales y culturales para aumentar su capital humano». En el mundo neoliberal que padecemos, sólo sobreviven (o deberían) los más aptos. La injusticia se incorpora así a la realidad, de la forma más natural, científica y pegajosa.

Prensa 300x234Este darwinismo social impregna incluso a filósofos liberales tan honestos como John Rawls, uno de los santos laicos que estamos invocando en las últimas semanas. En su sutil y delicada construcción intelectual (un convencido proyecto de justificación de los regímenes democráticos, en la peculiar versión que adopta: una «democracia de propietarios») pretende imbricar la justicia entre los pilares de tales regímenes, no sin una gran dificultad y precariedad. Concebidos los regímenes democráticos contemporáneos como comunidades de ciudadanos libres e iguales, la libertad de los modernos (conciencia, pensamiento, expresión) es el único derecho humano considerado fundamental, junto al de la propiedad, incluida la de los medios productivos: la justicia como equidad, que considera uno de los principios morales que deben presidir las constituciones de este liberalismo sui generis, sitúa como dato de la realidad la injusticia (la «naturalidad» de que venimos hablando) y la justicia se acoge tan solo al principio de diferencia, una suerte de cálculo matemático de proporciones, autoadaptado a las circunstancias que serviría para que la desigualdad «ncesaria» no sobrepasa nunca un determinado punto medio de una gráfica entre los que más tienen y los que menos. Amartya Sen, el premio nobel de Economía, que matiza la teorización de Rawls, desde una profunda admiración y a veces con gran brillantez, no se sale, en realidad de las coordenadas de su maestro, aunque con un matiz utilitarista propio de la tradición norteamericana: la desigualdad necesaria que el régimen económico liberal genera, en sus manifestaciones concretas, convocaría una idea pragmática de lo justo cuya misión sería la de corregir la «injusticia manifiesta» cuando y donde se produzca, transformando y adaptando las instituciones que velan por ella según las circunstancias.

Pero en ninguno de los marcos conceptuales visibles en la razón pública (una idea, como decíamos en la primera entrada, tan querida por John Rawls; también por nosotros) aparece con nitidez suficiente una reclamación radical de la justicia social, como la de Marx en su crítica al programa de Gotha: a cada cual según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades. Sucede, sin embargo, que con la generalización e interiorización de los derechos humanos en el mundo contemporáneo, sí que se extiende cada vez más el deseo de romper el cerco neoliberal a esos derechos (la acumlación por desposesión, un proceso tan brutal como la acumulación capitalista primitiva, que describió Marx), porque en esa inequidad es donde hoy se siente la herida siempre abierta de la injusticia.

Se siente con mayor urgencia la necesidad de ensanchar el campo de la discusión. Cada vez es más grande el rechazo a la propaganda neoliberal que nos persuade de que los únicos derechos fundamentales y vigentes son el derecho a enriquecernos -si somos los más aptos- y su acompañante fiel: el derecho sacrosanto a la propiedad privada y su perpetuación en el tiempo en forma de herencia. Para romper ese cerco habría que romper antes el sello de las constituciones que velan por el orden de la propiedad y la riqueza (por eso es tan valioso el ánimo, lucidez y valentía de los círculos de españoles que reclaman en torno al Congreso una asamblea constituyente). Del mismo modo que se siente ya como una necesidad perentoria romper de una vez con los cálculos nihilistas que cifran el bienestar humano en las tristes compras, las tristes ventas y el triste precio de las mercancías creadas con la fatiga y el sudor de los hombres.

Una respuesta a “Suum cuique tribuere (y 2)”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.