La culpa y el poder simbólico

Apenas pasados unos días de los fastos retóricos que tuvieron lugar con la forzada comparecencia parlamentaria del presidente del Gobierno, en plena canícula de julio, ya empezaron a leerse en los Medios sondeos y encuestas sobre la opinión de los españoles, particularmente -como es natural- sobre intenciones de voto y puntuaciones escolares de los principales partidos políticos y de sus cabezas de cartel. Lo que allí se leía era bastante previsible, como siempre lo es: los dos grandes partidos de la Restauración, PP y PSOE bajaban aún más en la estima pública, aunque sin exagerar; los dos más pequeños, pero que andaban sacando más nota desde hacía tiempo y gozando de una mayor confianza y favor social, IU y UpyD, seguían haciéndolo, aunque sin que fuera la cosa escandalosa ni muy llamativa; los grupos nacionalistas históricos de Cataluña y el País Vasco seguían más o menos contando con la vieja fidelidad de sus electores y los partidos pequeñitos, como EQUO, seguían siendo muy pequeñitos aun con la esperanza de un lugar al sol en el Parlamento, a regañadientes del dictum severo y bismarquiano de nuestra ley electoral y el impío cálculo de los restos ideado por Victor d’Hondt, adoptado por los cautelosos patres conscripti1 de nuestra Constitución.work-buy-consume-die-graficanera-NO-COPYRIGHT

Decía antes que eran previsibles esas declaraciones, en mayor o menor medida mentirosas, del mismo modo que son previsibles las preguntas de los encuestadores. Y es que la previsibilidad es la condición fundamental que las ciencias sociales y los estados esperan del comportamiento y organización de las sociedades humanas bajo su cuestodia. Desarrollemos esa idea: en estos mismos meses estivales apareció en el diario El País un artículo de Javier Solana escrito a la vuelta de su estancia en Irán, adonde había asistido, junto a otros ex ministros de Exteriores, como invitado a la jura del nuevo presidente iraní de Hasan Rohani ante el Parlamento de su país. En su reflexión, llena de buenas sensaciones políticas ante el devenir de Irán con su nuevo líder (un clérigo moderado, por decirlo, según es uso y costumbre, con ese enojoso, repetido y malintencionado epíteto de la neolengua), Javier Solana confirmaba su esperanza en que Irán se convirtiera, de la mano de Rohani, en un estado con un comportamiento predictible.

La predictibilidad, como opuesto complementario que es de la incertidumbre, es, pues, la condición más preciada de la vida de los estados que pretende, por su naturaleza, reducir a mínimos los riesgos del azar y del futuro inaugurando así el tiempo plano, el eterno retorno de lo mismo, a que ha quedado reducida la vida humana bajo el imperio de las democracias mercantiles. Predictibilidad que garantiza la paz mentida de los estados occidentales, el correcto funcionamiento de créditos y seguros -que necesitan la previsibilidad en el comportamiento de los pagadores- o la ausencia de sustos o trastornos azarosos en los fastos electorales y en la reglada vida en común de las ciudades. Es esto, realmente, lo más sorprendente: cómo la gente, incluso en periodos de guerra o agitación social, sigue las pautas y rutinas habituales y predecibles, levantarse a la hora del trabajo, hacer un stop en un cruce, comprar el pan, abrir el grifo o ir a votar cuando Dios manda. En contra de la propaganda y persuasión estatales, que insiste continuamente en el desorden, el caos y la violencia de todos contra todos -lo que es natural: justifican la existencia de los estados-, lo que sucede es justamente lo contrario: que prácticamente todo el tiempo la vida social transcurre por sus predecibles pasos contados.

Por todo ello, una de las preguntas más inquietantes que debemos hacernos es la que se hacía el filósofo -que tanto tiene aún que decir a nuestro mundo- David Hume: «Nada hay más sorprendente, para quien observa los asuntos humanos con una mirada filosófica, que ver la facilidad con la que la mayoría es gobernada por tan pocos, observar la sumisión implícita con la que los hombres abdican de sus propios sentimientos y pasiones en favor de los de sus gobernantes»2. Sorpresa que podemos actualizar en la mansedumbre con que la mayoría social de las sociedades europeas sobrellevan el proceso acumulativo de expropiación de bienes y riqueza común que sufrimos desde hace ya casi una década. Aunque está por ver el resultado de la implosión social y política de nuestro mundo, lo que sí es constatable y chocante es la ausencia de una explosión abierta, al menos urbana, y una rebelión comunitaria de las clases subalternas frente a tal proceso.

me-siento-observado1La respuesta no puede estar más que, como vio de forma tan clara Pierre Bordieu, en que las relaciones que establecen los estados con sus ciudadanos no son solo relaciones de fuerza sino, y fundamentalmente, relaciones simbólicas. Es el poder simbólico sobre las conciencias individuales (el filósofo francés habla incluso de un «proceso histórico de acumulación simbólica» paralelo al de la acumulación de capital, que pasó desapercibido a Marx) lo que nos ayuda a entender el increíble poder anestésico de los estados contemporáneos, la llamativa mansedumbre social que reina en nuestras sociedades. Es ese poder simbólico el que queda delatado en el lenguaje performativo dominante en la clase política actual («España es un gran país y saldrá de la crisis», «Gibraltar español», «Ya estamos saliendo de la recesión…», «Debemos sacrificarnos por un futuro mejor», «No se pueden subir impuestos a las empresas porque, si no, no crearán puestos de trabajo», etc.) tanto como en la sublimación fetichista de los éxitos deportivos o en el sentimiento de culpa colectiva (fuimos derrochones) que sólo tiene cumplimiento en la expiación correspondientes (tenemos que ser austeros). Es con esto que acabamos:

la-culpabilidad-1Contaba Slavoj Zizeck en una entrevista: «Aquí en Zurich, compré un paquete de golosinas caras, empaquetadas herméticamente, hay que comerlas muy frescas, y me reí mucho al abrir el paquete, pues decía: “Sofort Geniessen!” (“Disfrútelas en seguida!”) Eso es ideología hoy. Literalmente, lo escucho una y otra vez de psicoanalistas: las personas tienen sentimientos de culpa, no porque tengan deseos prohibidos, como antes, cuando los homosexuales sentían culpa, no: las personas se sienten culpables porque no son capaces de disfrutar» Ese es el pecado original -literalmente, la ideología de hoy, como decía Zizeck- de la clase-masa predominante, la de los consumidores frustrados. Y para ese previsible pecado, como para todos los pecados originales -bien lo sabemos- no hay bautizo que lo expíe para siempre sino, en todo caso lo único que hay, para aliviar y hace más llevadera la culpa, lo que nos queda solo es el cumplimiento de la penitencia diaria en este infierno anticipado en que se ha convertido nuestra vida.

1 Los patres conscripti eran los 100 patricios elegidos sin alternativa, de ahí el nombre con que se les conocía, en el primitivo Senado romano.

2 La cita, traducida por mí, proviene del libro Sur l’État, de Pierre Bordieu, París, 2012, pág. 257.

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¿Qué hacer con la educación? Ideas y sonsonetes

Ideas y sonsonetes

La realidad oficial no es más que una costumbre que cristaliza en los medios de comunicación, del mismo modo que la información crea la rutina con que la nombramos. La costumbre y la rutina facilitan la vida, porque ahorran improvisación y esfuerzo, pero embotan la percepción. Nuestra inteligencia o sentido común se embrutecen con las frases tópicas que hacían perder los nervios a Karl Krauss y que lo volvieron tan desconfiado hacia eso que llamamos aún «opinión pública». Es esa inercia informativa, con todo su peso muerto de frases hechas, clichés y tecnicismos la que tiene tan enmarañada la percepción social de la educación, el entendimiento de sus problemas reales, sus causas y, por tanto, sus posibles soluciones.

¿Qué hacer con la educación?

Con la nueva ley educativa en ciernes, la LOMCE, y contando desde la la Ley General de Educación de los años 70, van siete grandes reformas del sistema educativo español: la LGE de Villar Palasí (1970), la de la EGB y el BUP; la LOECE, de UCD (1980), la primera del actual periodo democrático; la LODE, del PSOE, que mantuvo la EGB y el BUP pero creó los conciertos con los colegios privados y los consejos escolares (1985); la LOGSE, del PSOE (1992), que creó la ESO y el nuevo Bachillerato; la LOPEG, del PSOE (1995) que reorganizó de nuevo los conciertos, la autonomía y duración de los cargos directivos y el refuerzo de la Inspección; la LOCE, del PP (2003), que tuvo una breve vida, pues duró apenas un año, y que instauró de forma fugaz una reválida y el carácter obligatorio y evaluable de la asignatura de Religión; la LOE, del PSOE (2006), vigente aún, que derogó todas las anteriores, excepto la LODE del 85, con la que convive aún, y que trajo bajo el brazo la Educación para la Ciudadanía, y la optatividad de la Religión. Y la neonata LOMCE, que restaura las reválidas, elimina la Educación para la Ciudadanía instaura de nuevo el carácter evaluable de la asignatura de Religión Católica. En mi caso, como alumno, debo sumar una más, la Ley de Ordenación de la Enseñanza Media, de Joaquín Ruiz-Giménez (1953) con su interminable bachillerato de seis años. De modo que, en lo que a mí se refiere, he sufrido ya, como alumno y como profesor, ocho grandes reformas educativas y he sobrevivido a todas ellas. No desespero, desde luego, de conocer y sufrir aún alguna o algunas más.

Esta locura legislativa no puedo explicármela más que como don Manuel Azaña intentó comprender la incapacidad cerril de los españoles para el pensamiento, la argumentación y el diálogo que, entre nosotros, acaba siempre en el sofión, el grito o el puñetazo. Así, afirmó una vez, enfadado, que los españoles no pensamos con ideas sino con sonsonetes. Pruebe el lector, si no, a encadenar todas esas siglas que mencionaba antes, una tras otra junto a las novedades que aportaron y comprobará cómo, a medida que lo hace, las ideas su subliman y evaporan y sólo resuena en el aire el retintín de nuestros sonsonetes. La costumbre y la rutina -y el cambio de sistema educativo ya lo es- nos vuelve ciegos y tontos a los humanos. Pero es que en España, además, la falta de un relato histórico compartido, de una Ilustración pública, interiorizada y común, tiñe este trajín político en torno a la enseñanza con los distintos colores que componen la escala cromática del desastre: el odio ideológico con su implícito impulso político revanchista; la persistencia agria de la desigualdad social o de sexo junto al fracaso social que acarrea; la intolerancia religiosa y racista y, tras ella, las quiebras de la segregación; el escamoteo económico con la educación pública y la investigación, en contradicción hiriente con la financiación estatal de la enseñanza privada; y, por fin, el aumento progresivo de una frustración generacional muy compleja de unos jóvenes criados en el hedonismo sin historia ni valores espirituales, filosóficos o morales compartidos de los «tiempos bobos» -como llamó la Mari Clío de Cánovas, el último episodio nacional que escribió Galdós, a los años de la Restauración – de nuestra última etapa histórica.

La meseta de la igualdad

En estos tiempos bobos, lo mismo que en otros tiempos más fieros o heroicos, el origen social guarda y ha guardado siempre una relación directa con el acceso a la educación -sobre todo superior- y con el éxito o fracaso en los estudios. En este sentido afirmaba Alejandro Inurrieta en El Mono Político 1 que «si se eliminaran los percentiles de renta más bajos de la muestra del informe PISA, los resultados en España estarían en la media europea». Y es que la educación es un escenario más de la lucha de clases: los hijos de las clases medias y altas tienen un mayor nivel de éxito académico porque les ha sido inculcado que si abandonan sus estudios corren el peligro de desclasarse y perder nivel de vida. Al revés sucede lo mismo, pero menos, porque la franja de la movilidad social es mucho menos permeable de lo que se nos quiere hacer creer cuando el desclasamiento es hacia arriba. Por eso es muy dudosa que, como ha sido creencia arraigada del republicanismo español y de nuestra socialdemocracia, la educación corrija la brecha social, la inequidad económica desde la cuna, propiciando una igualdad neutra de oportunidades; no nos parece verdad que aúpe sectores significativos de la sociedad a la meseta de la igualdad. Los datos lo confirman, como explicaba recientemente Saturnino Martínez García2: «En las últimas décadas el fracaso escolar administrativo, es decir, no obtener el título mínimo obligatorio ha experimentado variaciones sin que apenas cambie la desigualdad de oportunidades educativas por el origen social.

Esta constante se ha observado en muchos países, durante largos periodos de tiempo».

La escuela no es ese lugar ideal para disminuir la desigualdad de oportunidades: la cultura general que se imparte tiene un sesgo particular que la hace familiar y connatural a las clases medias y altas y extraña y ajena a los estudiantes de origen humilde. «En mi principio está mi final» como decía el verso magistral de T. S. Eliot: el ambiente familiar, la costumbre del autocontrol y la disciplina, la lectura como costumbre cotidiana, la cortesía y la censura del habla vulgar o la práctica sostenida de las habilidades sociales son ese principio, y en él está el final. En general, los logros de las políticas educativas son muy pobres en su pretendida condición de nivelador social, pero también en la integración urbana o racial: según Martínez García, en EE. UU., apenas han conseguido transformar las tendencias segregacionistas por barrios o etnias, que renacen y aumentan, por el contrario, pese a los medios espectaculares puestos en ello para su remedio. Respecto a los alumnos inmigrantes, nos explica el mismo autor que obtienen resultados parecidos a los de su misma edad que se quedan en sus países de origen y no emigran: vienen incluidos en el pack., es indiferente el sistema educativo en que se integren.

Sólo las mujeres han entrado en masa en la meseta de la igualdad, hasta el punto de que se ha invertido la tendencia histórica y ya superan a los hombres. Aunque la causa principal de este adelantamiento es, sin duda su mayor dificultad para encontrar trabajo si no tienen estudios; es posible -como quiere Martínez García- que la maduración más temprana de las mujeres junto a su mejor adaptación a las técnicas didácticas blandas comunes hoy día nos ayuden a explicarnos su exitoso cursus honorum. Aunque el precio que pagan es el de ser tan buenas estudiantes como deberían ser los hombres. Retengamos este hecho que va a tener una enorme trascendencia -social, política, moral- en nuestras sociedades: uno quiere creer que son la semilla de una utopía: la de un nuevo humanismo y una nueva humanidad o, más humildemente, una nueva España.

Levantar al elefante

El sustituto de la igualdad de oportunidades en la nueva reforma educativa es otro sonsonete: la excelencia. Una idea-comodín de moda que se relaciona de igual manera con el sentido personal del trabajo y la ambición como con el puesto que pueda ocupar un centro educativo en un ranquin, sostenido en los resultados de sus alumnos en determinadas pruebas externas. Pero se olvida que el esfuerzo individual requiere un fin para activarse. Un amigo me lo explicaba muy bien con una parábola sufí que planteaba a menudo a sus alumnos al modo de una pregunta capciosa: «Si os encontráis un elefante tumbado en el camino que os impide seguir vuestra marcha, ¿cómo lo levantaríais?» Las respuestas mayoritarias eran: «A palos», «a patadas», «encendiendo un fuego»… Cuando veía que ya se agotaban soluciones tan simples y expeditivas, tras un silencio intencionado, sacaba del magín la respuesta que le interesaba: «Dándole una razón»…

La conocida pregunta del escolar de «¿pero para qué sirve esto, maestro?», que antes sólo era frecuente con asignaturas exóticas, como el Latín, se ha generalizado a todas, a la obligatoriedad misma del estudio y no es fácil responder a eso en estos tiempos sin una dosis considerable de hipocresía. ¿O piensa el lector que se puede convencer a esta generación, a la que han robado el futuro y condenado a pagar los intereses monstruosos de deudas ilegítimas, o a la emigración, con la vieja conseja de que así podrán encontrar un trabajo digno? ¿O, tal vez, algún alma bella piensa aún que es suficiente recordarles a estos chicos que la autoridad es la autoridad y que deben obedecer, un poco al estilo de la escuela de la Italia fascista que hacía repetir a los niños «obbedire, perché dovete obbedire». Es endiabladamente difícil levantar al elefante cuando se tumba en la mitad del camino. Y necesitamos, sin embargo, urgentemente encontrar un sentido a la educación: sin una respuesta honesta y clara a la pregunta insidiosa ¿para qué sirve esto, maestro?, la enorme máquina social de la enseñanza se acabará viniendo estrepitosamente abajo, por más artificios políticos y legislativos que se aprueben, por mucho que, con suerte, un nuevo tiempo de vacas gordas aumentara las inversiones para mantenerla.

El utilitarismo mecánico que late en la pregunta es el criterio mismo de utilidad que aplicamos a una mercancía, a un objeto tecnológico. Es la misma pregunta sobre la obtención inmediata de placer o recompensa que lleva implícito el consumo. De igual modo sucede en la política educativa, que busca desesperadamente enganchar la enseñanza a los bueyes del capitalismo, para lo cual usa los mismos criterios generales de la máquina económica: la satisfacción del cliente (índice alto de aprobados, notas altas), la amortización de inversiones (disminución del fracaso), la productividad (más alumnos y menos profesores) o la adaptabilidad perpetua de los recursos humanos (profesores con una formación superficial en didácticas blandas, dóciles a las consignas gubernamentales y prestos a la celebración de actividades dedicadas al Día de o la Semana de y formados en la nueva era digital, en realidad, meros expertos en el Power Point…) El elogio que me dedicó un día ya lejano el director de una sucursal bancaria, a mí y a mi profesión, ya es imposible de oír hoy: me dijo muy serio «Os admiro a los profesores más que a ningún otro trabajador, porque trabajáis con cosas que no se ven. Yo trabajo con dinero, el carpintero, con madera. Pero vosotros lo hacéis con cosas invisibles, con la transmisión del saber. ¡Qué difícil tiene que ser eso!» Y aunque sigue siendo difícil, tal vez más que nunca, las cosas invisibles y misteriosas son cada vez más translúcidas o fútiles y el saber que transmitimos, más banal. Esas didácticas blandas que mencionaba antes tienen nombres tan pomposos como competencias y tareas: un conjunto de procedimientos y técnicas genéricas, de objetivos y contenidos vagos, alejados de cualquier saber específico, profundo y crítico, de ámbitos concretos del pensamiento y conocimiento en los cuáles únicamente cobran sentido. En las palabras de un querido y curtido maestro: es estupendo enseñar a hablar a los adolescentes, pero habrá que enseñarles de qué hablar…

¿Para qué enseñamos, pues? A lo mejor, la respuesta más sencilla es la más atinada. Un viejo amigo de origen humilde siempre echó de menos haber cursado estudios universitarios; decía que él no tenía claro si se aprendía mucho o poco en la universidad, o si eso que se aprendía valía mucho la pena, pero que sí que percibía en quien había realizado estudios superiores, un «brillo» especial. Ese brillo lo notaba él en la conversación, en el saber estar y sólo por eso -afirmaba, melancólico- le hubiera gustado a él hacer alguna carrera. Algo parecido -sigo hablando de mi experiencia personal, pues, según el consejo de Nietzche, hablar de uno es también hablar de los demás- les decía yo a alumnas de la Educación Secundaria para Adultos, cuando, cansadas del trabajo fuera y dentro de casa, se desanimaban ante el esfuerzo de estudiar. Ese «brillo» del que hablaba mi ingenuo y querido amigo, yo se lo traducía así: «Al margen del título que saquéis, o del azar de que sigáis estudiando Bachillerato en el Nocturno, o incluso de que, ya puestas, hagáis una carrera universitaria en la Universidad a Distancia, ¿no notáis un cambio en vuestras conversaciones?, ¿cómo, a pesar de que os vaya mejor o peor, o de que unas asignaturas os gusten menos o más, tenéis otros temas de conversación que no son los de siempre hasta ahora, los que giran en torno a la vida cotidiana, a los hijos, las ofertas del súper o al cotilleo social…?»

Tal vez nos convendría nombrar a esas cosas invisibles, a ese brillo, con palabras desterradas y pasadas de modo como «espíritu». Así lo hacía el filósofo Walter Benjamin, en sus escritos tempranos sobre la necesidad de una reforma educativa en la Alemania de su juventud, en los albores del siglo XX. Allí definía la educación como la transmisión de valores espirituales. Quizá, como la historia de Dios, la de la educación sea una historia del futuro en la que todo está aún por hacer.

Las potencias del espíritu

Sin embargo, si en la tradición de Benjamin, queremos enseñar para transmitir los valores del espíritu humano, el esfuerzo va a ser ímprobo. De las tres potencias del espíritu de las que hablaba Hegel, el lenguaje, el deseo y el trabajo, a duras penas sobrevive el deseo en los colegios, institutos y universidades; vale decir que también en la sociedad. Pero no el deseo del rescate y alzamiento de la condición humana; ni siquiera el deseo ilustrado de una sociedad de ciudadanos libres que se desenvuelven en el espacio abierto de una esfera pública compartida entre iguales, imantada a la libertad, la verdad y la justicia. No, sino un deseo sin vuelo, hedonista y chato: el deseo evanescente del consumo y su fatua promesa de felicidad tecnológica, aquí y ahora. Ha desaparecido en los centros de enseñanza, la dignitas necesaria en el maestro para que el espíritu remonte el vuelo y el obsequium en los alumnos para que reinen las buenas maneras. Lo peor del caso es que ninguna de las dos cosas se pueden enseñar: se imitan. Pero ¿dónde están los modelos?

El lenguaje («la patria de mi espíritu es mi lengua», cantaba Unamuno en su conocido himno), tan maltratado y estandarizado por los Medios de Educación Social y sus remoquetes, achicharrado en el crisol de las mil jergas científicas y tecnológicas que inundan el mundo y las lenguas con sus divulgaciones y divagaciones sin fin, parece exangüe y sin fuerzas para nombrar ni evocar nada. Los españoles son cada vez más incapaces de hilar una historia sin titubeos, anacolutos, repeticiones, muletillas y comodines hasta la náusea. La enseñanza de la lengua, sin embargo, poco puede ayudar ahora. La mezcla imposible, hecha por mera acumulación y sin inteligencia, entre lengua hablada y escrita, entre Pseudo-Lingüística y rudimentos de Historia Literaria -ya antigua- junto con la invasión de la cacharrería informática y el Séptimo de Caballería encabezado por el señor Google y lady Presentación, no hace sino multiplicar la ceremonia de la confusión y la afasia funcional. Está por ver aún si el bilingüismo generalizado no nos deja como secuela fenómenos diglósicos que terminen de arruinar nuestro precario uso de la lengua.

Se ha olvidado, como le oí decir una vez a Eduardo Galeano, que el universo no está hecho de átomos sino de historias. Y lo han olvidado los profesores antes que los alumnos. Pero tampoco nadie sabe ya explicar, exponer, argumentar con claridad ideas, hechos o razones, esa cortesía que debemos a los demás. Internet, en las múltiples pantallas que lo invocan, está acelerando la ruptura del pensamiento lineal, el que va de las causas a los efectos y de los efectos a las causas, como nos ha advertido Nicholas G. Carr3 de forma especialmente clara. El alumno y el profesor educados por las pantallas -que son unas amantes celosas y exclusivas- están acostumbrados a la rapidez del hipertexto y a su recurrencia infinita. Pero el habla humana es lenta y lineal, lo mismo que el razonamiento o las historias. Esa es la razón de la impaciencia del adolescente actual ante una explicación o análisis moroso, y de esa verborrea pandémica, sin autocontrol ni brida, que es el fondo habitual de las clases actuales: «Maestro, a propósito de eso, ¿te has enterado de que…?» «Pues yo he visto en Internet otra cosa que flipas…»

De la tercera potencia del espíritu, la del trabajo, algo avanzamos más arriba, a propósito del apólogo del elefante, donde quedaba sentado que no hay esfuerzo que valga sin un para qué. Pero no olvidemos que «trabajo» significó durante siglos en nuestra lengua «padecimiento» o «sufrimiento» y que, en su penosa etimología latina, procede del tripalium, una máquina de tortura y sacrificio. Es la capacidad para sufrir y superar el sufrimiento lo que está en trance de desaparecer en nuestras sociedades, no solo en las escuelas. Este desprecio de todo lo que acarree frustración o sufrimiento y cansancio en los adolescentes actuales ocurre al par que la desaparición del sentido heroico de la propia vida. Es imposible dedicar horas, días y años al estudio si la aspiración a la perfectibilidad humana no forma parte de nuestras creencias, si no se respira en el aire social.

El principio de incertidumbre

A la educación, en fin, le está afectando para colmo el principio de incertidumbre4, que nos enseña que en el submundo de la física cuántica «no se puede determinar, simultáneamente y con precisión arbitraria, ciertos pares de variables físicas, como son, por ejemplo, la posición y el movimiento de un objeto dado», pues los propios métodos utilizados para medir, modifican la misma medición. En nuestra escala humana, sujeta a las leyes de la física clásica y social, también se muestra útil el principo de Eisenberg: hay demasiada gente observando, midiendo, evaluando el funcionamiento, los contenidos, didácticas y evaluaciones; o proponiendo políticas, recortes, interminables reformas de organización, métodos, asignaturas. Tantos observadores modifican lo observado, que cambia de posición o movimiento al albur de las mediciones. El ojo fijo, por ejemplo, clava su mirada ahora en las pruebas externas. Están ya convirtiendo los cursos terminales en preparatorios para superarlas con éxito: segundo de Bachillerato que se había convertido ya en primero de Selectividad, cambiará pronto su momento lineal para adaptarse a las nuevas reválidas. Los cursos de Primaria o ESO incidirán en las partes de las pruebas que los diagnostiquen o crearán asignaturas ad hoc para mejorar los resultados. Todo el sistema se está desnaturalizando y ya no hay forma de saber cuándo las escuelas, institutos y universidades son masa o energía o hacia dónde se mueven. La cacofonía de discursos, propuestas, estadísticas y reformas normativas es continua. Pero su carácter de sonsonetes, de propaganda o anuncios publicitarios asemeja esa cháchara política y pedagógica a la luz, según la imagen poderosa que nos dejó Marshall Macluhan5 cuando comparaba la luz que entraba por la ventana de su despacho un atardecer con el continuum de los medios electrónicos que él conoció: como esa luz, afirmaba, hablan y hablan sin parar, pero no dicen nada.

1. «La cruzada segregacionista del Gobierno contra la educación pública», El Mono Político, URL: http://www.elmonopolitico.com/2013/06/26/la-polemica-de-las-becas-una-cortina-de-humo/#more-7883

2. «Desigualdad de oportunidades educativas», en el Cuaderno nº 2,  Más desiguales, de http://eldiario.es

3. Nicholas G. Carr, Superficiales: ¿Que Esta Haciendo Internet Con Nuestras Mentes?, Madrid, 2011

4Relación de indeterminación de Eisenberg, Wikipedia, https://es.wikipedia.org/wiki/Relación_de_indeterminación_de_Heisenberg

5. Marshall Macluhan, Comprender los Medios de Comunicación, Madrid, 1996

 

Esta entrada fue publicada primero, el 18 de julio de 2013, en Fronterad

 

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Desnudos

La fuerza metafórica del desnudo de Antonio Orts -un preferentista de Bankia, jubilado y ciego- en la Junta de Accionistas de ese banco de finales del mes pasado en Valencia, motivó un apasionado artículo de Juan Ramón Lucas, en infolibre.es, en el que afirmaba, tajante, que era el desnudo más digno que había visto en su vida. La escena, que seguramente ya conocerá el lector, la describía el veterano periodista, con un lenguaje entre épico y dramático tan poco común ya en el periodismo actual, así: «el presidente de Bankia, el señor Goirigolzarri –a quien le toca lidiar un toro que él no sacó a la plaza, arreglar una situación que él no ha provocado– parece no prestar atención a la indignada alocución del señor Orts, hasta que éste anuncia, y procede: “Mire cómo me ha dejado Bankia…” y el presidente mira, y los accionistas miran, y los estafados por las preferentes aplauden y animan y Orts, desde su ceguera compatible con una lúcida idea del valor de la imagen, se despoja de su ropa y se queda en calzoncillos.»

httpv://www.youtube.com/watch?v=g3i9WPOrdeE

Todos los desnudos son dignos excepto los que son concebidos y vendidos como mercancía. Por eso a mí me emociona la bravura y rápida extensión universal del movimiento Femen. La lucha por la liberación de la activista tunecina Amina Tyler, encarcelada aún y pendiente de juicio, es admirable. También lo es el empeño por restituir una y otra vez la fotografía de las tres chicas de su página en Facebook, que, a pesar de haber sido censurada -con un humillante difuminado de los pezones- volvió a desaparecer hace poco y ha sido subida de nuevo por las bravas feministas. En esa misma página explican su interpretación y defensa del desnudo de sus mujeres: «Creamos una nueva interpretación de la desnudez, donde nosotras mismas la controlamos, haciendo que abandone el sentido objetual. Queremos que la desnudez sea poderosa, que nuestro cuerpo nos pertenezca y poder expresarlo cuando queramos y cómo queremos». No hay metáforas, como en la desnudez de Antonio Orts, sino una rebelión contra la cosificación en mercancía de sus cuerpos, un grito mudo frente al espectador despistado, una mirada directa y digna a quien se parapeta y observa detrás del objetivo. Ese voyeur desatento y silencioso mira a otro lado cuando se encuentra con estas chicas de distintas razas, edades y lenguas, flacas o gordas, que usan su cuerpo como signo, como soporte de una escritura elemental que se ofrece así, como texto, a la lectura intimidatoria del censor: «My body, not your honor»… También debemos denunciar aquí la traición de los intelectuales, su silencio cómplice. En ninguno de los enlaces que he hecho en las redes sociales (Facebook o Diaspora, en esto no hay diferencias) de las distintas noticias que tenían como motivo central este movimiento, he obtenido ningún «me gusta» ni comentario alguno, salvo de un grupo especializado en la denuncia de la violencia contra las mujeres; lo que, naturalmente, no es significativo. En ninguno de los muros de escritores o intelectuales que he revisado, angustiado por la falta de referencias, he encontrado nada: la única excepción es Amelia Valcálcer, la filósofa y profesora de Filosofía Moral y Política en la UNED, que escribió en su página a comienzos de julio estas tres lacónicas frases: «Femen no hace pornografía. Femen hace valentía. Femen es la forma en que las jóvenes pelean por la libertad».

femen4La acusación de pornografía, esgrimida por Facebook como excusa para el cierre inicial de su página y las censuras posteriores, aparte de ridícula en su obsesión por las tetas, nos da pie para recordar que, según los que saben de estas cosas, la mitad de los recursos de internet están dedicados a imágenes, vídeos y textos pornográficos. Mucha tela, el 50% de la tela: un dato que debería servir de escarmiento los que anunciaron hace años la epifanía de una nueva época, cantaron las albricias de la revolución y la felicidad que iba a traer Internet a nuestras vidas y la construcción de una rediviva Biblioteca de Alejandría como sede de un nuevo saber para la Humanidad.

La pornografía, de la que se acusa a las mujeres deFemen, sea la victoriana -basada en textos más que en imágenes- o la contemporánea, basada casi exclusivamente en imágenes, no cuenta más que una historia monocorde: la de unas mujeres insaciables que sólo se tranquilizan con la potencia fálica del hombre. No hay relatos pornos, sólo secuencias temporales agrupadas por tipos de actividad sexual, repetidas hasta el hartazgo. En la pornografía, la verdad del sexo no es otra -como recuerda José Carlos Bermejo en su libro La consagración de la mentira– que la dominación de la mujer por el hombre. En ese sentido, entronca con la visión del cuerpo de la mujer griega que tenían los hipocráticos, para quienes el útero tenía una vida independiente y errabunda que sólo encontraba quietud con el sexo y el embarazo. Cuando no ocurría así, lloraba lágrimas de sangre. Pero una idea parecida es la que encontramos también en las histéricas de Charcot y Freud, que recomendaban para su curación sexo y matrimonio o, en el peor de los casos, una masturbación tranquilizadora. El doctor Charot llegó a explicar las convulsiones de estas mujeres encerradas en La Salpetriére, como movimientos orgásmicos realizados ante los atónitos estudiantes de Medicina. Hoy sabemos que esos síntomas corresponden a la epilepsia y la esclerosis múltiple.

La apropiación de todos los discursos -filosófico, científico, psiquiátrico, político, sexual, sentimental…- por parte de los hombres, que tan inteligente y melancólicamente ha interpretado y analizado Luce Irigiray, psquiatra a su vez, hace que la condición humana esté incompleta en tanto no asumamos la condición femenina como esa mitad que nos falta. El relato del que carecemos tiene muchas dificultades para salir a la luz y enunciarse en un lenguaje nuevo, diferente del «siempre lo mismo» del discurso masculino. Este, con la moderna corrección política, nos quiere clasificar en géneros -un término vago y tramposo que, en el fondo, sólo se aplica a las mujeres para que se comporten como si fueran hombres y hagan las cosas tan bien como ellos- y nos enseña que el sexo es independiente del cuerpo (¡donde está su sede!) y es producto de una elección o transformación quirúrgica… ¡Cuántas mentiras! Eugenio Trías imaginaba ese discurso monótono y fálico, como un Minotauro, enfrentado a su «ser del límite», cuyo únicos verbos son mandar y obedecer, cuyos únicos sustantivos son amo y esclavo.

En tanto eso no suceda, y mientras no tiremos del hilo de la verdad, a cuya búsqueda dedicó su vida el gran filósofo recientemente fallecido, para salir del laberinto, creo que necesitamos de los gestos desconcertantes de las mujeres desnudas de Femen. Necesitamos ver sus cuerpos, ni modificados ni transformadas (leemos en ellos la negación de ese «objeto de arte» perpetuamente maleable a que nos acostumbró la Historia), cuerpos que no son ni amorosos ni pornográficos, que asumen como recordatorio la triste condición de mercancías a que la biopolítica contemporánea condena los cuerpos de todos, de todas formas. Nos hace falta leer los grafitis con que ellas mismas tatúan las paredes de sus cuerpos, como si fueran calles de cualquier ciudad castigada. Es aleccionador ver los trazos y difuminos que la censura bienpensante de Facebook ha trazado sobre ellos, en el intento inútil de transformarlos en cuerpos publicitarios. Necesitamos su mirada seria y desarmada -dirigidas a nosotros, los mirones que estamos detrás de la cámara-, porque esa mirada nos devuelve por unos instantes la nobilísima dignidad de la condición humana perdida, o más exactamente, la de esa mitad que condenamos al silencio, a la mentira o al asesinato.

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Cosas que suben y bajan: la creación de la realidad

Un extraño bolero

El sociólogo Zygmunt Bauman explicaba hace poco1 que «una habilidad crucial en la sociedad de la información es sabernos proteger del 99,9% de la información que nos bombardea y no nos interesa» pues «con tantos medios que llaman nuestra atención, es difícil filtrar la información, decidir qué creer y entender quién nos dice la verdad y quién nos está engañando». Aunque Bauman tenía razón desde el punto de vista de las teorías cibernéticas -que demostraron hace tiempo que una mayor complejidad social genera un aumento proporcional de información para luchar contra la entropía social generada-, pensamos aquí más bien que el verdadero problema está en la propia naturaleza misma de esa información. Esta, en su mayor parte -el resto son relatos-, está confeccionada con datos estadísticos acompañados de las correspondientes declaraciones e interpretaciones, cuya referencia recurrente son los mismos datos y su oscilación (aumento o merma, progreso y retroceso, visualizados en gráficos o ejes cartesianos) y no el mundo real al que pretendidamente se refieren y apuntan.

Números que dibujan la realidadEs en ese sentido en el que podemos afirmar que la información crea la realidad y moldea sus sujetos, conformando el paradigma semántico al que debe sujetarse para nombrarla y entenderla. Veámoslo en un ejemplo cualquiera: este mismo que tengo aquí más a mano, un artículo de José Ignacio Torreblanca, bienintencionado como todos los suyos, en el que glosa e interpreta unas encuestas de Metroscopia sobre el europeísmo de los españoles y otros integrantes de la catalaxia europea. El periodista maneja como fuente un sondeo que señala que el 69% de los españoles se sienten europeos, en palabras del autor: «los españoles siguen sintiéndose europeos en alguna medida, un porcentaje bastante elevado, que demuestra que demuestra que en España la identidad nacional y la identidad europea siguen siendo dos caras de la misma moneda». Como la columna está diseñada en torno a un retruécano, más adelante, Torreblanca entresaca de ese estudio sociológico que un porcentaje aún mayor de españoles, un 86%, quiere que la UE emprenda políticas orientadas hacia el crecimiento, lo que le da pie al retruécano final del que avisa desde el propio título: «Dicen que los ciudadanos han abandonado el proyecto de integración, pero lo que aquí vemos es más bien la UE quien les ha abandonado». El mensaje de este artículo, como se ve, es simplicísimo: es la UE quien ha abandonado a los españoles, y no al revés: el tema de un bolero.

Eso sí, al mostrarse como la conclusión evidente de unos datos estadísticos, nos parece que habla de la realidad misma, pero es una realidad interpretada, literalmente creada por esos mismos números. La mayor parte de la información contemporánea está formada por números y porcentajes y por un puñado de metáforas tópicas y cansinas de carácter performativo, procedentes de otros tantos campos semánticos igualmente tópicos: la medicina (la economía está enferma o se recupera, incluso en ocasiones sufre recaídas), la educación (los políticos que hacen o no hacen los deberes), la meteorología (la crisis considerada como una tormenta perfecta o pasajera), el fútbol (marcar un gol, tener espíritu de equipo) o las lecciones sobre el movimiento y la velocidad que todos recordamos de las primeras lecciones de los manuales escolares. Agustín García Calvo bromeaba siempre con las veces que había oído a lo largo de su vida la oración «la economía crece» que no significa nada aparte de su simple enunciación. Estas frases son, en realidad, parientes pobres del «yo juro» o «yo prometo» las performatives sentences, que estudió hace décadas el lingüista inglés John Austin, frases cuyo significado es decir «yo juro» o decir «yo prometo» en unas circunstancias rituales. ¿Qué significa que un 69% de españoles se sienten europeos? Significa que un 69% de españoles, más de la mitad -como se suele decir- o más que antes, o más que los italianos, se siente europeo. Es una tautología, pero al tener el halo y prestigio de los números, crea una parcela de realidad que antes no existía, puesto que la cuenta y la nombra. Una vez que ha cobrado existencia, al hacerse pública, es susceptible de comparación, glosa y opinión, como cualquier relato de sucesos; o de valoración moral y política, como un acto público más.

comision-sabiosAsí, toda la información que crea la realidad interpretada se puede ver, more geométrico, como un conjunto de cosas que unas veces suben y otras bajan, como una atracción de feria, en el plano vertical, o que avanzan y progresan, o retroceden, en el plano horizontal, como una carrera de coches.

Quienes nos dedicamos a la enseñanza estamos habituados a un rito trimestral sobre cosas que suben y que bajan: las notas. En claustros y departamentos nos engolfamos en una tarea que llamamos en la neolengua «análisis de los resultados de la evaluación». En este ceremonial, todos observamos, en una especie de trance hipnótico, unos gráficos de porcentajes con sus correspondientes barritas de colores (proyectados, según los nuevos usos y costumbres, en una gran pantalla luminosa) que así estatuyen la realidad de unos adolescentes engavillados en cursos -esas agrupaciones azarosas que responden a nombres opacos del tipo 3º A o 2º B…- en que los chicos, como mariposas muertas en coloreados y vistosos ramilletes, se invisibilizan y diluyen en unos tantos por ciento de suspensos y aprobados que han subido o han bajado desde la evaluación anterior. El maestro de ceremonias, que suele ser el Jefe de Estudios, va recodificando verbalmente esas cosas que han subido y bajado, dejando constancia y dando fe de la realidad, que se remite de nuevo, pero ahora en palabras, a su mera enunciación: que, en efecto, en unos cursos han subido los suspensos y en otros han bajado los aprobados, aunque a veces sucede lo contrario. Nada más.

Las comisiones

 El sociólogo Pierre Bourdieu2 explicaba mejor que yo, en sus cursos sobre el estado en el Collège de France, el carácter simbólico y autorreferente de las estadísticas, los datos o consignas estatales, y su paradójica eficacia, sin embargo, a propósito del devenir histórico de las comisiones públicas «de sabios» entendidas al modo teatral que está en su propia naturaleza, como una puesta en escena. Mientras le resumo al lector el inteligente punto de vista del pensador e investigador francés, piénsese entretanto, en palimpsesto esclarecedor, en la Comisión de Sabios que tenemos más cercana y a mano en la actualidad española: esta que acaba de dictaminar que la cuantía de las pensiones debe disminuir para que resulte hacedero, o «sostenible» como se suele decir, nuestro sistema de retiro laboral. Pues bien, Bourdieu, a propósito de un estudio realizado en los años 80 por Joseph Gusfield sobre el debate que hubo entonces en torno a la relación entre el consumo de alcohol y los accidentes de tráfico (debate largo en que, como recordará el lector, participó el ex presidente Aznar, a su agria manera), recuerda que los agentes sociales no toman la realidad como un dato dado, sino que lo construyen. De esa construcción forma parte principalísima la estadística, que «es, ella misma, una retórica social mediante la que los estadísticos participan en la creación de un problema social. Son ellos los que, por ejemplo, establecen como evidente la relación entre beber y sufrir accidentes». Los estadísticos, pero tras ellos, el Legislador y el Poder Judicial, refuerzan simbólicamente la nueva realidad que puede, o no, tener una base científica en su origen, pero que modifica la vida de la gente en su final. La realidad que acaba de instituir la comisión de sabios, a cuya encomienda dejó el gobierno del PP el estudio sobre la viabilidad de las pensiones públicas, es que, puesto que hay una necesidad histórica, tal la crisis económica, que las hace inviables, deben bajarse sus cuantías y cálculos para que sea posible atender a su derecho a la existencia en la vida real. La puesta en escena teatral del dictamen público de la comisión, que rubrica así su realidad simbólica, nos lo presenta ya como un problema social dado, no construido, legítimamente ubicado, por tanto, junto al resto de las cosas que suben y bajan que constituyen la información en nuestro mundo, y en las que, en hiriente y risible paradoja, como sobre los caballitos de las ferias, bajan y suben a la vez nuestras invisibles, insignificantes y zarandeadas vidas reales.

1. En su ponencia «Educar en la Modernidad Líquida», en un ciclo de conferencias organizada por la Universidad Europea, «Educar para transformar», el pasado 1 de mayo.

2Sur l’État, París, Editions du Seuil, 2013

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El tiempo pone que va a llover hoy

Aunque no es ninguna sorpresa comprobar a diario que los científicos constituyen la nueva casta sacerdotal, pues son sus sustitutos históricos, no deja de llamar la atención la fe con que la gente atiende y extiende los pronósticos de los hombres del tiempo. «El tiempo pone que va a llover hoy, llévate el paraguas» -dice uno. Y con energía redoblada, replica al incauto que le intenta objetar, aunque sin mucho convencimiento, que él ha mirado al cielo y no ha visto una sola nube, y que, además, no nota la sensación de frío o el aire húmedo, todas esas cosas, en fin, que siempre hemos sabido por experiencia y porque lo veíamos hacer a nuestros mayores, «el tiempo no se equivoca ya nunca, de modo que llévate el paraguas. O tú mismo». Es digna de admiración y asombro esa fe, más incólume según pasan los días y tornados, capaz de desmentir la observación, la experiencia y el recuerdo de una tacada, de eliminar de nuestros usos un gesto humano tan ancestral como mirar al cielo y sus nubes (por aquí dicen algunos aún: «si las nubes tienen el color y el aspecto de la panza de una burra, es que va a llover»), respirar hondo para olisquear la humedad o sequedad del aire.

El hombre del tiempoNo quiere uno desdorar con esto el saber de los meteorólogos, líbrenos Dios, que ya ha oído o leído uno que manejan en sus cálculos las matemáticas del caos y los números complejos, y le han contado que, entre la chatarra infame que ya rodea la atmósfera terrestre, allá lejos, hay satélites -de los pequeños, seguramente, trabajadores y observadores infatigables y honestos de las nubes y los vientos, desde arriba, en inverosímil perspectiva, contraria a la nuestra- que ven e interpretan para sus diseñadores o usuarios el tiempo que va a hacer. No, cómo se van a discutir esas cosas, sólo mostrar su asombro pretende uno.

Porque es que se parece también eso que pasa con el tiempo a lo que, a veces, ocurre ahora con los alumnos: «maestro, pues yo he visto un documental que decía que…», que, en contagio muy de estos tiempos, hace saltar a otro con «eso no es así, porque yo leí en una página de internet que la cosa es así o asá…» A eso es a lo que se llamaba argumento de autoridad, más o menos como lo que hacía el protagonista del Libro de Buen Amor cuando afirmaba ufano «Aristóteles dijo, y es cosa verdadera /que el hombre por dos cosas trabaja: la primera, / por el sustentamiento, y la segunda era / por conseguir unión con hembra placentera.» por escribirlo así, en la triste prosa del castellano contemporáneo. Sólo que el Aristóteles posmoderno es el Profesor Google o el Hombre del Tiempo.

Científico de otro tiempoNo es nada sorprendente, decíamos al principio, aunque sí llamativo, a todas luces, la extensión de esa fe y el dogmatismo con que se mantiene. De siempre -pensemos en la Edad Media, por situarnos en un momento temporal más conocido y concreto- el poder político ha necesitado de otro poder -un poco al estilo de las dos fundaciones que imaginó Asimov en su conocido ciclo novelístico-, digamos más «espiritual» que cuidara de la elaboración, enseñanza y mantenimiento de una norma o canon que sirviera de marco a las creencias de los súbditos o ciudadanos. Durante siglos, esa segunda fundación fue la Iglesia, las iglesias mejor dicho. Tras su caída en descrédito, y al par que crecían los descubrimientos y prestigio de los científicos, la Ciencia heredó el viejo encargo de explicarlo todo y de crear, mantener y extender el marco conceptual para la comprensión del mundo. Lo ha hecho muy bien, y a la vista de todos está.

Como toda fe, la explicación o norma científica ha sustituido la observación directa y la remisión a la memoria o a la experiencia, como dejaba clara la anécdota inicial del hombre del tiempo, justo al contrario de lo que la propaganda del método científico presume de expandir a través de la educación social: la observación, la hipótesis y la experimentación. Para ello están los expertos, los técnicos y sus máquinas y laboratorios, tal como la Iglesia de la Contrarreforma aliviaba del peligro de la lectura e interpretación personal de la Biblia a sus desprevenidos e ingenuos feligreses: dándosela ya interpretada por sus sacerdotes, custodios del saber. Exactamente igual que los Intérpretes y Guardianes del Tiempo.

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Los mundos pequeños de la economía (segunda parte)

Seguimos con los mundos pequeños de la economía. En estas dos semanas que han transcurrido desde que, en la anterior entrada, dedicada a la defensa y reclamo de una renta básica universal, dejé medio comprometido seguir hablando sobre el cooperativismo…, en ese ínterin, decía, me he ido cruzando con noticias que nos contaban cómo la Corporación Mondragón -una red de cooperativas que es, por su volumen de negocios y empleo, el primer grupo empresarial vasco, el décimo de España y el noveno mayor conglomerado de cooperativas del mundo- acudía en ayuda de Fagor, la vieja empresa de electrodomésticos, madre nutricia, además, del grupo actual inmersa hoy en una crisis profunda, con un fondo de 70 millones de euros aportados por las demás cooperativas del grupo y, por tanto, por los propios trabajadores-socios.

Los mundos pequeños de la economía: cooperar Así que empecemos por aquí esta segunda parte de nuestra reflexión, aunque criticando en seguida, como verá el lector, que el cooperativismo solo consiga visibilidad en los Medios cuando, como ahora, se buscan ejemplos alternativos dentro del sistema: es decir, estructuras empresariales resistentes a la crisis, modelos de producción y negocio que sigan vendiendo sus mercancías, manteniendo puestos de trabajo, sin interés alguno por la filosofía social de que nacen estos modelos empresariales híbridos. Es el caso de esta enorme corporación, cuyas cifras realmente apabullan: 110 cooperativas relacionadas con el sector  de los componentes industriales, los electrodomésticos o los servicios, que mantiene más de ochenta y tres mil empleos. Su filosofía es común en las redes de empresas cooperativas: las rebajas de salario son consensuadas por los socios-trabajadores, guardando proporcionalidad entre los que más ganan y los que menos, reubicación de los puestos de trabajo en otras empresas del grupo, reorientación de los negocios o las sedes físicas del as empresas a otros países, mantenimiento o aumento de los fondos dedicados a investigación, etc. Una capacidad de adaptación al nuevo capitalismo, en resumen, junto a su resistencia al despido de trabajadores que las han convertido en epónimas en estos tiempos tan desdichados para la clase obrera.

Algunas, como Mol Matric -una cooperativa cuyo origen fue una quiebra tras la que, hace 30 años, quedó la empresa en manos de sus trabajadores; he conocido muchos casos así, todos en Cataluña- han ideado sistemas ingeniosos para los baches en que no hay trabajo: los bancos de horas, que suponen que los trabajadores se van a casa mientras dura la caída, pero siguen cobrando; cuando las circunstancias del negocio mejoran, a cambio, devuelven esas horas de trabajo extra a la empresa. En otros casos, como sucede por lo que sé con las cooperativas del barrio de Sants, en Barcelona, las cooperativas cumplen también una  función de vertebración social de la vida vecinal. Los mundos pequeños de la economía: cooperar mejor que competirEl trabajo cooperativo, aún sometido a las fieras leyes de la acumulación de capital, la peligrosa financiarización del actual capitalismo o a las vergonzosas leyes laborales y de retiro vigentes, tienen la vieja virtud del modelo mixto de co-gestión empresarial (el trabajador participa en la toma de decisiones y participa del reparto de beneficios) que era el de la primera, y desaparecida, socialdemocracia europea -aunque aún sobrevive, si bien a duras penas, en la denostada Alemania- y el encanto inmarchitable del asociacionismo y el apoyo mutuo.

En mis recuerdos asociados al nacimiento del SOC pervive la ilusión con que viví el nacimiento de algunas cooperativas ganaderas -una hacía unos quesos buenísimos- en la Campiña de Sevilla (ahí sigue el empeño de la pequeña y gran Marinaleda, con sus cooperativas agrícolas) o la admiración con que Fernando Álvarez Palacios -que fue presidente de la Federación de Cooperativas de Andalucía- me hablaba de un taller que había visitado en Italia donde fabricaban unas humildes tuercas de no sé qué, pero que vendían por todo el mundo; para demostrarlo, me enseñaba un tríptico a todo color con las virtudes de la dichosa tuerca traducidas a cuatro idiomas… Tengo un amigo cooperativista, en la deprimida cuenca minera del Tinto, que me contaba también, para mi admiración, que en el taller del que es socio y trabajador, todos se habían comprometido hace tiempo a hacer una comida familiar periódica, en los mismos aledaños del taller, para que esa convivencia en el mismo tajo les ayudara a superar rencillas o malos rollos y a no olvidar, así, la relación social, amistosa y familiar, más allá de la laboral, entre los miembros de la cooperativa.

La expresión «mundos pequeños» con que he titulado esta mini serie está tomada de un experimento sociológico 1 llevado a cabo por el antropólogo John Barnes que, tras dos años de convivencia en una pequeña isla noruega, descubrió que, junto a las relaciones administrativas y económicas «oficiales», existía un tejido de relaciones informales de distintas naturalezas que encerraba en su tela de araña a todos los habitantes de la isla. Es posible, sería deseable que, mientras tanto somos capaces de zafarnos del nihilista modo de producción y vida capitalista, con un trenzado de mundos pequeños económicos y, por ende, políticos, simbólicos y sentimentales, consiguiéramos crear un tejido social alternativo -una red, como se dice en la neolengua- que, junto al desestimiento del existente, sine ira et studio, terminara por sustituirlo, en un palimpsesto revolucionario, y que, mediante la ocupación de la economía real, pudiéramos recuperar y recrear de nuevo el mundo humano habitable y compartido, cooperativo en un sentido radical, del que estamos siendo desposeídos desde hace siglos con tan ignominiosas violencias y maneras.

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Los mundos pequeños de la economía, mientras tanto…

Cuesta entender cómo tópicos tan profundamente falsos como que la economía se puede separar de la política o que una política económica como la actual tiene un carácter neutro y pretende el bienestar de todos arraigan de forma tan profunda en las creencias de la gente. Pero es así, a pesar de tantas evidencias. Economistas nada revolucionarios como Galbraith ya explicaron que la economía no existe aparte de la política y «es de esperar que siga siendo así en el futuro».

Pero no ha sido así. Daniel Raventósrenta-básica, el presidente de la Red Renta Básica, defendiendo en un inteligentísimo artículo 1 la necesidad de tal salario universal, que garantizaría las necesidades materiales de toda la población, cita un ejemplo muy claro sobre esta inseperabilidad entre política y economía: la ley Glass-Steagall, vigente de 1933 a 1999 en EE. UU., que obligaba a separar los bancos de depósitos de los bancos de inversión, configuró unos mercados financieros totalmente diferentes de los que acondicionó la ley Glamm-Leach-Bliley, que le sucedió y que anuló esa separación. Dos medidas políticas: la segunda ha hecho posible la debacle de Lehman Brothers; con la primera no habría tenido lugar.

Un política económica se diseña para beneficiar a una clase social o a otra y esta que sufrimos se ha configurado desde hace años para beneficiar a los ricos, pero haciéndose pasar por la única posible, justificándose en la necesidad (a partir de una propaganda intensa y continua en la que, por ejemplo, la contención del déficit público se ha hecho pasar por algo de sentido común, como ha denunciado muchas veces el activo Paul Krugman) y en la promesa de un futuro mejor. Como ese futuro mejor, tras el heroico austericidio, no va a llegar, más vale que, mientras tanto, vayamos observando los «mundos pequeños» de la economía que, en palimpsesto, pueden estar transformando, sin pedir permiso ni esperar al futuro, muchas más cosas de las que podríamos imaginar.

La propuesta de la renta básica es una de ellas. De ser acusada de utopía disparatado cuando nació, como idea, en pequeños reductos universitarios, ha pasado a considerarse seriamente en ámbitos mayores, tanto académicos como políticos y, va calando en la gente del común gracias a los corros asamblearios como los del 15M. En un mundo que escamotea el trabajo y que agujerea sin piedad las redes de protección social, un salario básico universal sin distinción de edad, sexo o condición social, que satisfaga las necesidades materiales de todo el mundo, empieza a ser considerada como una propuesta «razonable». Basta recordar que su reivindicación ha sido oída muchas veces en las manifestaciones de este Primero de Mayo, es decir, ha adquirido carta de naturaleza política y sindical.

renta-basica2Y no sólo eso, sino que no es sólo una idea, sino que es real nada menos que en Alaska, donde desde 1982, todo el mundo, tenga o no trabajo y con la edad o sexo que sea, recibe una renta básica anual, de 676 euros en 2012 -en algún año, según Mariana Vilnitzky en la revista que citamos al pie, ha llegado a ser de 2.000 euros. La persona más vieja que la recibió tenía 107 años antes del 31 de diciembre de ese año; la más joven, había cumplido minutos antes de las campanadas. Una familia media, con cinco hijos, recibió 3.380 euros. A estos ingresos universales se les considera -hablamos de EE. UU., al fin y al cabo- un dividendo a cuenta de una corporación pública de Fondos, cuyo dinero proviene fundamentalmente del petróleo y de inversiones en cualquier lugar del mundo. La autora del reportaje cita el testimonio de una trabajadora de la hostelería que le aseguraba que muchísima gente guardaba esos ingresos para la universidad, gastos sanitarios (la sanidad americana es privada y cara) o a la caridad…

La versatilidad, fuerza y atractivo de esta idea (tal vez una de las últimas revoluciones posibles) que acabaría con el intrincado laberinto de pensiones, asistencias y ayudas -estatales, autonómicas o locales-, torpes puestas al día de las viejas «leyes de pobres» inglesas, tiene una gran dificultad práctica, claro está: requeriría de una reforma fiscal profunda y cabal y tendría enfrente a los aguerridos defensores del privilegio y la propiedad. Pero sus potencialidades son impresionantes. Daniel Raventós las explica con sencillez: paliar los efectos del desempleo, fomentando la autoocupación y el trabajo cooperativo; la mitigación de la pobreza;la recuperación de la identidad y capacidad de lucha y resistencia obreras. Estaría más cerca el ideal aristotélico del hombre con tiempo y dignidad para re-emparentar su vida con la filosofía o al arte, toda vez que la lucha cotidiana por el pan desaparecería.

En otra entrada seguiremos con estos mundos pequeños, otras tantas muestras de autoorganización y de la resistencia real a los desaguisados del capitalismo desembridado que padecemos. Muy en particular nos detendremos en el movimiento cooperativista que, aparte de mostrar una capacidad de resistencia y adaptabilidad muy serias frente a la bajada del consumo, la exportación y los despidos, está adquiriendo una vitalidad urbana y una capacidad de vertebración de los barrios muy notable. También hablaremos de las redes de apoyo mutuo o bancos de intercambio de tiempo, a lo que veo, también muy vivas y activas o de las sugerencias, nada disparatadas, de Attac. en torno a una posible reindustralización del país, que, al fin y al cabo, nunca llevamos a cabo como el dios de los tiempos mandaba. De modo que así quedamos y nos emplazamos, paciente lector.

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Los pasos contados del hombre y la pérdida del sentido

Publicado en Frontera Digital el 5 de octubre de 2023

Es profundamente aleccionador observar a un hombre paseando con un perro, oír la música callada a que obedecen sus pasos disímiles. El hombre, como si siguiera un compás (uno, dos, uno, dos) binario que no rompen los desniveles del terreno, el frío, el calor o la lluvia ni las ganas reprimidas de mear o sentarse, ni la belleza del cielo o aquel macizo de flores o el rayo de luna entrevisto al doblar la esquina. El perro, por el contrario, al albur de su capricho o necesidad, acelera el paso o se detiene al sentir la atracción fatal de un olor sorpresivo que investiga con morosidad. Salta, bulle, retrocede mil veces, desesperado por los pasos inmutables de su amo, al que invita al juego o la aventura infrucutosamente. Es así, también, como anda el niño que aún no ha interiorizado la música secreta del andar burgués (uno, dos, uno, dos… y la mirada al frente).

niña-perro

Cuando la gente corre en las ciudades lo hace también con sus pasos contados; con la cara abstraída (los hay que van oyendo los saltos de su corazón y midiendo o contando sus pulsos y latidos, con cables y aparatitos instalados en pechos y brazos, como controlando el buen funcionamiento de la máquina, ensimismados tal espectadores pasivos y ausentes de sí mismos) mirando sin ver, aburridos y como invisibles, a veces también acompañados por alguna música de moda que los distrae y desgaja del contorno mediante unos auriculares. Ni siquiera se ven ya las caras de espanto del corredor urbano, como la que evocaba Adorno, tras el autobús o tranvía que se marcha sin remedio, que le hacía escribir en sus Minima Moralia  «En otro tiempo se corría para huir de los peligros demasiado graves para hacerles frente, y, sin saberlo, esto es lo que aún hace el que corre tras el autobús que se le escapa».

Es este mismo pensador el que hablaba con nostalgia del paseo lento como insignia de la dignidad burguesa, «la dignidad humana se aferraba al derecho al paseo, a un ritmo que no le era impuesto al cuerpo por la orden o el horror». La idea del hombre máquina de La Mettrie, con la conciencia fragmentaria del propio cuerpo, reducido a órganos y funciones (corporales que después son psíquicas, y todo eso que nos es tan familiar por el dictum inapelable de las ciencias) ha sustituido cualquier otra que pudiera incorporar la imagen de un cuerpo sin órganos, concebido y sentido como un todo. La idea de la biopolítica (Foucault, Negri) entendida como el control de almas y cuerpos, por decirlo de una manera que ya suena a muy antigua pero que es tan escandalosamente contemporánea, nos ayuda a comprender esas carreras surreales y mecánicas, esas huidas nihilistas (de las mil maneras que hay de huir la mejor es salir corriendo) y fantasmales de las multitudes de solitarios que corren en las alboradas y atardeceres espectrales de las ciudades.

paseantes burgueses

Antonio Machado explicaba de una forma muy sencilla e inteligente (como siempre lo hacía todo) por qué a él le gustaba pasear y aborrecía el deporte o la gimnasia. Estas manifestaciones contemporáneas -que tanto fascinaban a los poetas futuristas o al mismísimo Ortega y Gasset, tan poco deportista, tan de silla y excursiones como Machado- las veía nuestro poeta, en metáfora afortunada, como el arte abstracto. Si éste quintaesenciaba líneas, formas, colores o texturas desgajándolas de los objetos o siluetas del mundo de la vida, así las contorsiones, movimientos, posturas o carreras de los deportes y gimnasias devenidas en espectáculo o medicina, habían sido vaciadas de cualquier sentido o fin práctico: correr para huir de un peligro, empinarse sobre los  dedos de los pies para subir a un árbol, abrazándose a él con brazos y piernas, para coger el fruto apetecido, pinzar con los dedos de las manos la herramienta necesaria para crear o transformar las cosas del mundo humano, rozar con la yema de los dedos la piel que nos ha enamorado…

Pero esto forma parte del despiece general que caracteriza fatalmente la pérdida absoluta del sentido en nuestro mundo. Sea en el ámbito que sea (la salud, la educación, el trabajo, el amor o la memoria) ya solo somos capaces de percibir partes desconectadas, desgarradas de cualquier todo que las dote de sentido. En educación, se abstraen procedimientos y técnicas, destrezas o, como se las llama ahora en la neolengua, competencias y se quieren convertir en el mismo objeto ausente de la enseñanza. La idea de salud nos obliga a observar nuestros órganos y vísceras como un entramado de funciones abstractas, tanto como los síntomas, dolencias y estándares saludables de las distintas piezas de la máquina. Del amor, concebido en términos psiquiátricos o morales, se desgajó hace mucho el sexo, entendido a la manera machadiana, como una faceta más de la medicina preventiva. El viejo arte, acaso alguna vez noble, de la política y el gobierno del procomún, ha sido fragmentado en saberes «técnicos» que tienen como base la estadística (que, a su vez, nos reduce a número, funciones y valor fiduciario) y el dinero y su movimiento perpetuamente acelerado. El animal laborans contemporáneo, del que hemos hablado en otras entradas, de la mano de Hannah Arendt, ejecuta tareas parciales, desconectadas cuidadosamente de cualquier sentido o finalidad.

Así, todos los restos del mundo, de la vida dañada, son cada día esmeradamente despiezados y envueltos para su consumo como mercancías tecnológicas asépticas o como los tocones congelados e insípidos y como acorchados, obscenas metonimias, que connotan la abundancia de los supermercados, tal los inodoros alimentos metafóricos (calorías, vitaminas, esencias biológicas o metafísicas) de que alimentamos nuestra hambre, anoréxica y bulímica, sin saciedad posible. Las abstractas líneas geométricas o conceptos ecológicos, bajo el nombre abstracto de naturaleza, sustituyen en nuestros paseos al desaparecido campo, del mismo modo que el pasear mismo se ha convertido en el deporte del senderismo o como el correr desesperado del miedo se travistió para siempre en el placebo medicalizado con cuya evocación comenzábamos, y terminamos, esta entrada.

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El estado: ¿lugar neutro? (segunda parte)

Si el estado es, como quería Pierre Bourdieu, una ilusión bien fundada y sólo lo mantiene entre los sujetos del mundo real nuestra creencia en él, sujetos de oraciones de uso común como «Europa está entrando en recesión» o, por metonimia, «Bruselas ha decidido esto o lo otro», y no digamos, en el plano local, afirmaciones del tipo «España camina de la recesión a la depresión», son todos sujetos de naturaleza religiosa. En este sentido, el último Eurobarómetro muestra bien a las claras la crisis de fe, que amenaza con su disolución y, en último extremo su expulsión del mundo real, de ese entrevisto estado supernumerario que responde al nombre de Europa. En efecto, en ese estudio estadístico se lee que han dejado de creer en la Unión.Europea el 53 % de los italianos, el 56 % de los franceses, el 59 % de los alemanes, el 69 % de los británicos y el 72 % de los españoles.

princesa-europaEn unas conferencias que dio en EE. UU. en 1991 -esto es, cuando ya era ex primera ministra de Gran Bretaña-, Margaret Tatcher, que ha sido recordada estos días en olor de santidad, se refirió a ese posible estado continental, al sueño de una unión política, federal o confederal, europea como curious folly, dangerous illusion. En perfecta sintonía con los designios de EE. UU. la catalaxia económica europea sigue siendo lo que, en la división tripartita de Eurasia (Europa. Rusia y China) prevista por el amigo americano, no ha dejado de ser nunca: un enorme mercado único -militarizado aún hasta los dientes, eso sí, bajo los auspicios de la nueva OTAN- y coordinado económicamente por la severa disciplina de la Alemania unida y el Banco Central hecho a su imagen y semejanza. Un mercado, aunque sea de tales dimensiones, no necesita de ninguna fe porque no supone ningún espacio neutro, real ni simbólico, en el que se resuelvan todos los antagonismos de las naciones europeas. Aunque sí es un centro secreto de poder, un crisol de intereses de las clases dominantes del continente: he ahí la paradoja que vivimos.

estadoEn lo que se refiere a España, sería revelador que en esos estudios sociológicos que tanto menudean (el estado existe, tal como lo conocemos, desde que se empezaron a hacer censos y filiaciones de identidad: cuántos son los súbditos o ciudadanos, dónde viven, cómo se llaman y qué es lo que vale cada uno) preguntaran a los paisanos por su fe en el sujeto religioso  que llamamos «España». La crisis de fe, desde luego, superaría el 50 %. España es en muchos sentidos, lo hemos escrito ya muchas veces, un estado fallido en lo político, lo social, lo simbólico y lo cotidiano. Lo muestran las querencias independentistas de las naciones del norte -que no han cesado, al menos, desde el siglo XVIII-, que aspiran aún en porcentajes muy altos a estados propios, o el malestar social, cada vez más extendido, con un relato histórico amañado, y por tanto no compartido, junto al imaginario de país impuesto a duras penas (guerras civiles, dictaduras militares, exilios y represiones), en amalgama imposible de monarquía, símbolos religiosos, toros, latifundios y bases americanas. El lugar neutro del estado es más, por usar los términos de la tradición marxista que prefiere Joaquim Hirsch, el campo abierto de la lucha de clases.

Esa lucha de clases secular, cuya manifestación última es el expolio o rapiña de bienes comunes y privados a que asistimos hechizados, lo que hace imposible el lugar neutro del estado español: un lugar ocupado o usurpado, el resultado de una «antigua aspiración de esas doscientas familias que provienen de la casta cristiana de la Reconquista y que todavía se consideran dueñas del país y sus habitantes.», como afirmaba con tono destemplado Antonio Orejudo en un artículo reciente. El estereotipado discurso sobre la crisis económica, como cualquier discurso, no se puede entender sin las condiciones sociales y simbólicas en que ese discurso se produce. La ocupación del espacio público (ese que no es ni mi casa ni el palacio), la usurpación del lugar vacío y de naturaleza religiosa del estado, esa ilusión fundada, ha hecho caer bajo sospecha cualquiera de sus manifestaciones: desde la visita de un inspector de educación a un colegio a la insidiosa multa de un policía de tráfico, pasando por la hipócrita media sonrisa con que nos acoge el funcionario de Hacienda  al revisar el borrador del IRPF (que-no-va-a-subir) Cuando el estado pierde su halo de misterio y de creencia religiosa, lo único que queda es la coacción descarnada, el disimulo de la propaganda y la mentira. Y la desobediencia o la rebelión.

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El estado: ¿lugar neutro?

El concepto de estado es impensable en muchos sentidos, pues se sitúa en los márgenes mismos de nuestros fundamentos morales y lógicos, por ello necesita constantemente adjetivos: estado del bienestar, estado democrático, autocrático… Pero por eso mismo, porque en nuestros presupuestos sobre el pensamiento y la vida social la idea de estado funciona como el andamiaje invisible de nuestras creencias y razones, quizá sea necesario, hoy más que nunca, repensarlo. Aunque aquí creemos más bien, en la tradición marxista, que el estado se manifiesta en sus funciones (legislar, reprimir, cobrar impuestos…) y que lo más cómodo, por lo tanto, es definirlo como una estructura de poder aliada con las clases dominantes (y que, por tanto, un cambio en la correlación de fuerzas de la cadena del dominio lo transformaría automáticamente), tal vez después de todo sea útil volver a pensarlo de una forma crítica.

estado-del-binestarPodemos arrancar, para ello, de la entrada anterior y de la que dedicábamos a hacer un elogio de la lentitud. Allí abordábamos la naturaleza del estado como la del señor del tiempo. En ese sentido nos recordaba su existencia con los cambios de hora, renombrando los días o los meses (tal como ocurría en la Revolución Francesa y como pretendía  Saparmourad Niazov, el dictador de Turkmenistán) o repartiendo las fechas de los retiros laborales y la duración de nuestros descansos y vacaciones.

No es baladí. Hoy, por ejemplo, 28 de abril, es el día que el Estado declara «Día Internacional de la Salud y Seguridad en el Trabajo». El cercano 1 de Mayo, dedicado al Trabajo y los Trabajadores, ya forma parte de la memoria de las sociedades occidentales, y nos puede servir como hito temporal en nuestros recuerdos en una frase del tipo «un Primero de mayo conocí en la manifestación a la que luego sería mi esposa…» o cosas así. La interiorización privada del tiempo público es una de las pruebas más fáciles para entender que la idea de los estados sólo cobra realidad en la medida en que nosotros la encarnamos, en nuestra vida cotidiana. «El estado soy yo», la soberbia afirmación del Rey Sol, es una verdad mucho más insidiosa y democrática de lo que, ingenuamente, pudiéramos pensar.

Esto no pasó desapercibido a Pierre Bourdieu, que intentó, en sus cursos en el Collège de France, 1pensar la idea del estado desde un punto de vista antropológico, como un «lugar neutro», un escenario real y simbólico del conflicto social, el lugar vacío de la confrontación por el poder, a la manera en que Leibnitz concebía a Dios, como el lugar geométrico de todas las perspectivas contrarias. Por lo mismo, el estado no puede existir sin un consentimiento social, sin que los ciudadanos que le dan realidad y cuerpo compartan los fundamentos simbólicos, morales y lógicos de ese lugar vacío. En ese sentido, también, la naturaleza del estado es religiosa, pues su misma existencia depende de algo tan precario como un sistema de creencias compartido.

rol del estado en la economiaBourdieu, retomando la idea del tiempo como prerrogativa estatal, bromeaba con que en Bruselas deberían dedicarse con tesón a confeccionar calendarios comunes a toda Europa si, de verdad, tienen la intención de construir algún tipo de soberanía compartida para la Unión. Aprovechemos, pues esa carencia europea, para discutir la idea del estado como el lugar neutro que nos traemos hoy entre manos: ¿es posible ese espacio compartido aquí y ahora?

Si pensamos, por ejemplo, en Bruselas -en tanto no hagan caso a Pierre Bourdieu y se dediquen a hacer un calendario común europeo como primera tarea fundacional-, está claro que ese lugar neutro no existe. La sede del poder en la Unión Europa es un verdadero locus absconditus y las decisiones que condicionan nuestras vidas se toman en el rincón más hermético de ese lugar oscuro, el Eurogrupo. Se trata de un cónclave que se reúne informalmente cada mes, formado por los ministros de Economía y Finanzas de los Estados de la Unión cuya moneda es el euro, el presidente del Banco Central Europeo, el Comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, y su propio presidente, elegido por mayoría de Estados para un período de dos años y medio.  De sus deliberaciones ni siquiera se levanta acta, forman parte para siempre del secreto arcano político que rige nuestras vidas.

Dado que los estados nacionales soberanos, que han cedido su soberanía a la catalaxia europea, gobiernan al dictado de las decisiones que emanan de lugares escondidos y totalitarios como el Eurogrupo, bajo el pretexto de la necesidad, podemos afirmar, sin demasiados problemas, que en los viejos estados-nación europeos vivimos en un estado de excepción permanente,  al albur de los vaivenes de una moneda extranjera y sin capacidad para influir en la toma de decisiones que modifican la vida social, sea directamente en forma de elecciones comunes o indirectamente a través de elecciones locales. El lugar neutro del estado no existe ni ha sido sustituido por otro, llamémosle federal. Ni en el plano real ni en el simbólico, ni en el moral ni el de las creencias, hay un campo en el que, como en el Dios de Leibnitz, podamos ver el lugar geométrico de todos los antagonismos. Seguiremos, en una próxima entrada, preguntándonos por ese lugar invisible, teóricamente neutral y compartido al decir de Pierre Bourdieu, en lo que se refiere a España.

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