Siempre volando

Hace más de dos semanas que mi calle está llena de vencejos, que anidan en las fachadas. Son aves en declive poblacional -como tantas- y fácilmente confundibles con las golondrinas, de las que, sin embargo, se diferencian en muchas cosas: las alas, el pico, el tamaño, el color… Pero sobre todo porque son aves fabulosas que se pasan la vida volando, literalmente. Solo se detienen en esta época para anidar y sus chillidos, no muy agradables, llenan el ámbito cuando hace buen tiempo. Por lo demás, comen, beben, duermen y copulan en pleno vuelo. Sus crías, cuando abandonan el nido, echan a volar sin aprendizaje previo y no vuelven más. Es fascinante verlos volar en círculos a gran altura o en vuelo rasante sobre la superficie del agua. No sabemos mucho de ellos, pero se sospecha que son muy juguetones y sus ceremonias de apareamiento en el aire son espectaculares, según dicen los que lo han visto, que no son muchos…

Vencejo común (Apus apus)

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Leer el Ulyses

Hoy estoy joyciano. Como dice Eduardo Lago «El Ulises es un laberinto narrativo en el que no resulta difícil extraviarse». Por eso no viene mal una ayuda de sus grandes conocedores, entre ellos el mismo Eduardo Lago, a quien pertenece la cita y cuyo artículo se puede leer completo en el enlace de abajo. Yo voy por la tercera lectura de esta obra increíble, esta vez en la traducción de Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas -la mejor, para mi gusto-, tras pasar, con desigual fortuna, por las de José María Valverde y la de Salas Subirats. No es una lectura cómoda ni fácil, pero vale la pena.

El primer rasgo a destacar de este singular organismo narrativo es su disposición cronoespacial. Las setecientas páginas de la novela dan cuenta del transcurso de un solo día. La jornada comienza a las ocho, cuando la luz de la mañana hiere simultáneamente las piedras de la Torre Martello y la fachada del número 7 de Eccles Street, lugares donde residen respectivamente Stephen Dedalus y Leopold Bloom, quienes, cada uno en un capítulo distinto, se disponen en ese momento a desayunar. El libro se cierra en las profundidades de la madrugada, con Molly Bloom, desvelada en el domicilio conyugal de Eccles, dejándose arrastrar por la voz de sus pensamientos. En tan estrecho margen de tiempo se efectúa un recorrido tan exhaustivo de Dublín que Joyce solía decir que si algún día la ciudad desapareciera de la faz de la tierra resultaría posible reconstruirla siguiendo la descripción que se hacía de ella en la novela.

El Ulises es un laberinto narrativo en el que no resulta difícil extraviarse. Solapados entre sí, operan simultáneamente en el texto un total de nueve sistemas de referencia que se ajustan al siguiente esquema: cada capítulo se orquesta temáticamente en torno a un sentido o significado prioritario, tiene como contrapartida un episodio concreto de la Odisea, guarda relación con un arte o ciencia determinados, está presidido por un símbolo específico, representa un órgano particular del cuerpo humano, tiene un color propio, explora una técnica estilística distinta y se circunscribe a un locus arquetípico, dentro del cual la acción transcurre a una hora claramente identificable del día.

Con ánimo de facilitar su tarea, el autor le hizo llegar a Carlo Linati, traductor de la obra al italiano, un mapa de la novela, aclarando que era «para uso casero», pues no era su intención hacérselo llegar al público lector. Un escrutinio atento del mapa permite apreciar la existencia de una red de correspondencias entre los nombres de los distintos tratamientos narrativos, los títulos ocultos de los capítulos en los que figuran y el lugar que ocupa estructuralmente cada uno de ellos con respecto al conjunto de la novela. En las líneas que siguen se pone de relieve la relación que mantiene cada bloque textual con el desarrollo general del argumento.

El texto se segmenta en tres grandes unidades narrativas. La primera parte (Telemaquiada) da cuenta de las actividades matutinas de Stephen Dedalus, a quien los lectores de Joyce conocen bien, pues es el protagonista del Retrato del artista adolescente. En la segunda parte (Andanzas de Odiseo), la narración detalla las peripecias de Leopold Bloom, desde que abandona la casa donde vive con su esposa Molly y su hija Milly para emprender su larga travesía por las calles de Dublín. Con infinito humor y humanidad, la novela detalla las aventuras de Bloom, el más común de los mortales que, modeladas sobre las del héroe homérico, constituyen una parábola de la anónima existencia del hombre contemporáneo. La tercera parte (Nostos o El regreso a Ítaca), marca el regreso de Bloom a Eccles Street.

Eduardo Lago: El íncubo de lo imposible

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Anne Carson. Nox. (New Directions, 2010)

Amamos tanto a Anne Carson…

Physically, Nox is a stunning accordion-fold book housed in a clamshell box. The poem Nox is comprised of dictionary entries, snapshots, scraps of paper, postage stamps, written memories, and other texts, all laid down across a scroll nearly 1,000 inches long on which we watch Carson cope with the death of her brother, as she tries to comprehend “the smell of nothing,” “the muteness,” and the meaning of memories scattered across a lifetime. Just as the physical book unfolds and then collapses back into itself, the unifying structure of Nox is the unfolding and collapsing of a short poem by the Roman poet Catullus. Nox opens with the poemknown as Poem 101in Latin. 

Photo-Embedded Poetry

Anne Carson. Nox
Anne Carson. Nox

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«Aquest amor que no és u / Este amor que no es uno», traducido por Berta García Faet, de Blanca Llum Vidal (CAT/ES)

Encuentro en el primer verso como un eco del primer verso del Cantar de los cantares: "Que me besen los besos de tu boca". Qué maravilla. La lengua va creando el Gran Poema a través de los poetas...

Blanca Llum Vidal es una filóloga, poeta y editora nacida en Barcelona en 1986. 

Blanca Llum Vidal

I

Que me llene de lenguas tu palabra,
que un canto tuyo canta más que decir más.
Qué cuerpo tuyo más tuyo-mío es el cuerpo mío.
Me redigo en tu nombre, un agujero.
Todos te queremos, todas adentro. ¡Agárrame!
¡Corremos juntos, corremos amigos, corremos ansiándote!
¡Abre la estrella, oh tú, abre la astilla y adéntrame!
¡Haremos noche, empollaremos huevo, seremos felices!
Tu amor me pone dos pinos en el muslo y se va.
Por eso se enamoran. Por eso Salomones y Sulamitas.

¡Soy blanca, gitana, soy mora, judía, amerindia, soy negra!
Soy sombra y desierto, costilla rompida, soy polvo cuajado.
Soy rueda, rodera, redonda, la rucia que croa, la roca que rasca
y lo contrario a expulsar los miedos: soy quien los pace y los cría
—quien, como garrapata deseada, se regala, contenta, una trampa.

Mis hermanos se han enfadado,
me han dicho apaga y yo he soplado, maldita sea,
y el fuego se esparce.

Dime dónde, al caer la tarde, lees solitario
que yo voy, con letra torcida,
entre las hojas que no tengo y una pena que canta.

Si tú no lo sabes,
oh mujer que grita,
sigue el silencio que hace al ocultarse
y busca su mal
junto al mal del otro.

A la candela de trenzas de candela te comparo, amiga mía,
qué lindas las pecas que se pierden,
qué herida tus ojos, con asfódelos clavados.
Te haremos remolinos en la nuca con saliva mezclada.

Mientras está en su casa, erizado de mil noches y con la angustia bien hecha,
la mar mía lo ama, lo ahoga, lo estampa, lo ahoga.
Mi amor es un canto rodado que se quiebra,
que hace noche entre el corte de la ceja.
Es un bosque de algarrobos y de acebuches
y de orquídea salvaje.

Pero qué infinita eres, amiga mía.
Pero qué arisca eres. Baile y batalla, tus huesos.

Y cómo las acrecientas, amor,
tus lecciones y tu manía.
Nuestro lecho da noche,
las puertas, locura,
las ventanas, escándalo.

***

I

Que m’ompli de llengües el teu mot,
que un cant teu canta més que dir que més.
Quin cos teu més teu-meu que és el cos meu.
Un forat per on redir-m’hi és el teu nom.
Tots et volem, totes endins. Agafa’m!
Correm junts darrere teu, correm amics, correm gruant-te!
Obre l’estrella, oh tu, obre l’estella i du-m’hi dins!
Farem nit, covarem l’ou, serem feliços!
El teu amor em posa dos pins a la cuixa i se’n va.
Per això s’enamoren. Per això Salomons i Sulamites.

Sóc blanca, gitana, sóc mora, jueva, ameríndia, sóc negra!
Sóc ombra i desert, costella rompuda, sóc pols que s’agleva.
Sóc roda, rodera, rodona, la ruca que rauca, la roca que rasca
i del tot al revés de fer fora les pors: sóc qui les peix i les cria
—qui, com paparra volguda, es regala, content, una trampa.

Els meus germans s’han enfadat,
m’han dit apaga i jo he bufat, punyetamón,
i el foc s’escampa.

Digues on, d’horabaixa, llegeixes tan sol,
que jo vaig, lletratorta,
entre els fulls que no tinc i una pena que canta.

Si tu no ho saps,
oh dona que crida,
segueix el silenci que fa quan s’amaga
i busca el seu mal
vora el mal d’altre.

A l’espelma de trenes d’espelma et comparo, amiga meva,
que boniques les pigues que es perden,
quina ferida els teus ulls, amb els aubons que s’hi claven.
Et farem remolins al clatell amb saliva mesclada.

Mentre és a ca seu, estarrufat de mil nits i amb l’angoixa ben feta,
la mar meva l’estima, l’ofega, l’estimba, l’ofega.
El meu amor és un còdol que es trenca,
que fa nit entre el tall de la cella.
És un bosc de garrova i d’ullastre
i d’orquídia salvatge.

I que n’ets, d’infinita, amiga meva.
I que n’ets, d’esquerpada. Ball i baralla, els teus ossos.

I com les acreixes, amor,
les teves lliçons i la teva mania.
El nostre llit fa fer nit,
les portes, follia,
i les finestres, escàndol.

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Las afueras

Esta cita que puedes leer ahora pertenece a un librito delicioso de Annie Ernaux, Mira las luces, amor mío:

El súper y el hipermercado no son reductibles a su uso de economía doméstica, al «rollo de las compras» . Suscitan pensamientos, fijan en recuerdos sensaciones y emociones. Seguro que podrían escribirse relatos de vida a través de las grandes superficies comerciales frecuentadas.

Como me ocurre a menudo con esta magnífica -y laureada- escritora francesa, su lectura me ha hecho revivir mi relación con las grandes superficies, repentizar mis propios recuerdos de ellas y caer en la cuenta de su enorme importancia en las sociedades contemporáneas.

Como tardé mucho en tener coche y conducirlo, mis primeras incursiones en los hipermercados del extrarradio se limitaron a ejercer de acompañante, porteador de bolsas («agente de bolsa», bromeaba un amigo) y conductor de carritos. Justamente la lejanía de esos gigantescos comercios, levantados a veces en la nada esteparia de las afueras de las ciudades, y la necesidad consecuente del automóvil para desplazarse hasta ellas, fueron los principales motivos de mi descontento y actitud crítica para con ellos.

Vivía, sin embargo, en una relación contradictoria: pues si bien se me presentaba al principio como un lugar inhóspito, muy pronto percibí una intensa socialización que iba más allá de la aparente soledad onanista en que el consumidor y las infinitas mercancías de los anaqueles hablaban de amor.

Una vez que me recuperé y desperté de la atmósfera hipnótica provocada por el rumor del aire acondicionado o la música pegadiza -en calculado contrapunto con los anuncios de ofertas o los cambios continuos de puntos de cobro- descubrí un verdadero continente sumergido: la convivencia entre mujeres, hombres y niños y la comunicación entre personas de distintas razas y culturas. Aprendí poco a poco a observar a aquella populosa sociedad flotante y a descodificar su ropa y gestos.

En ocasiones, por la frecuencia y la costumbre, saludaba -saludo- a trabajadores, amigos, conocidos, vecinos. Con la ventaja que da a estos recintos  el pretexto de las mercancías sobre viejos lugares de encuentro, hoy en retroceso histórico, como plazas, paseos y mercados, el tiempo circunstancial que pasamos en el hipermercado es cada vez mayor.

Más raro, pero no insólito, es la atracción amorosa de alguna conductora de carritos o la preferencia amistosa por alguna cobradora. También la antipatía hacia los solitarios que, con el pretexto de que sólo llevan unas botellas de algo o una bolsa de comida para gatos, se cuelan siempre en las colas de salida, con aire de prisa impostergable. ¿Por qué se desplazaron, pues, tan lejos?

Creo que por una razón parecida a la que lleva a mucha gente mayor a los hospitales: saludar y comprobar la salud general, para situarse a sí mismos, sin mucha cola, en la línea de salida…

Tras todo lo dicho, a nadie extrañará que haya disfrutado tanto con una película alemana que he visto recientemente. Cuenta una historia de soledad, amor y compañerismo entre trabajadores de un hipermercado de la antigua RDA, A la vuelta de la esquina. Ni que decir tiene que recomiendo vivamente tanto el libro como la película al despistado lector de estas líneas…

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De tu mano

De tu mano
por el calmoso sendero de los tilos,
por las populosas
avenidas de las ciudades dormidas.
De tu mano,
siempre, pues si no estás
siento tu mano en el viento
o la tormenta,
en la caricia del sol.
Sin tu mano
solo la huella de tu calor,
la soledad de Moisés en el río...

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"Les Amoureux", de Émile Friant

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Dice Diego Fusaro a propósito de este cuadro:

Los dos protagonistas no se besan, ni se abrazan o se miman: lo que prevalece no es la arrolladora pasión amorosa. Hablan entre ellos, retratados mientras dialogan. Están enamorados, no son meros interlocutores como revela, no solo el título, sino también la mirada dulce y profunda con la que cada uno contempla extasiado al otro como si estuviera embelesado.

No sabemos lo que los dos amantes se dicen realmente ni cuál es el contenido o incluso el tema de la conversación. Solo sabemos que su relación amorosa se basa en el diálogo, en las palabras, en la relación, que es también verbal hasta tal punto que el artista quiso eternizarlos en el acto concreto del discurso.

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«Compianto sul Christo morto», de Niccolò dell’Arca

En la iglesia de Santa Maria della Vita, Bolonia
María de Cleofás
María Magdalena

La Lamentación sobre el cuerpo de Cristo (Compianto sul Christo morto), de Niccolò dell’Arca, no es la Gioconda… La obra no figura en los itinerarios de los operadores turísticos japoneses, ni siquiera en la guía Routard. Su autor, un escultor italiano de la segunda mitad del siglo XV, sólo es conocido por los especialistas, y la iglesia de Santa Maria della Vita de Bolonia (Italia) en la que se expone la obra es una banal iglesia barroca sin demasiado interés….. Sin embargo, si va a Bolonia, entre en la iglesia y deslícese hasta la capilla situada a la derecha del coro. No le decepcionará… y podrá admirar la obra sin que le moleste la avalancha de turistas que invade la cercana Piazza Maggiore.

Esta extraordinaria obra es un conjunto de siete figuras de tamaño natural realizadas en terracota. En el centro, Cristo muerto, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, yace sobre un colchón, con las manos cruzadas sobre el perizonium (paño que rodea la cintura). Su cabeza lleva aún la corona de espinas, y sus pies, manos y costado, los estigmas de la Pasión. Alrededor del cuerpo inanimado se agrupan las seis figuras que presenciaron el entierro de Cristo, representando un crescendo de dolor atroz.

(…)

Pero los dos personajes que expresan el colmo del sufrimiento son, sin duda, María Cleofás y María Magdalena. Su sufrimiento es dramático, teatral, casi histérico. El cuerpo de María Cleofás se arquea hacia atrás y el gesto expresivo de sus manos parece querer alejar de ella la visión del cuerpo de Cristo. En este movimiento asustado, el velo que cubre sus cabellos se arremolina. María Magdalena, por su parte, se lanza hacia Cristo, dejando volar tras de sí el vestido y el velo, con el rostro distorsionado por el dolor. (…)

« Lamentation sur le corps du Christ » de Niccolò dell’Arca (Les yeux d’Argus)

Luces y sombras

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