Leer el Ulyses

Hoy estoy joyciano. Como dice Eduardo Lago «El Ulises es un laberinto narrativo en el que no resulta difícil extraviarse». Por eso no viene mal una ayuda de sus grandes conocedores, entre ellos el mismo Eduardo Lago, a quien pertenece la cita y cuyo artículo se puede leer completo en el enlace de abajo. Yo voy por la tercera lectura de esta obra increíble, esta vez en la traducción de Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas -la mejor, para mi gusto-, tras pasar, con desigual fortuna, por las de José María Valverde y la de Salas Subirats. No es una lectura cómoda ni fácil, pero vale la pena.

El primer rasgo a destacar de este singular organismo narrativo es su disposición cronoespacial. Las setecientas páginas de la novela dan cuenta del transcurso de un solo día. La jornada comienza a las ocho, cuando la luz de la mañana hiere simultáneamente las piedras de la Torre Martello y la fachada del número 7 de Eccles Street, lugares donde residen respectivamente Stephen Dedalus y Leopold Bloom, quienes, cada uno en un capítulo distinto, se disponen en ese momento a desayunar. El libro se cierra en las profundidades de la madrugada, con Molly Bloom, desvelada en el domicilio conyugal de Eccles, dejándose arrastrar por la voz de sus pensamientos. En tan estrecho margen de tiempo se efectúa un recorrido tan exhaustivo de Dublín que Joyce solía decir que si algún día la ciudad desapareciera de la faz de la tierra resultaría posible reconstruirla siguiendo la descripción que se hacía de ella en la novela.

El Ulises es un laberinto narrativo en el que no resulta difícil extraviarse. Solapados entre sí, operan simultáneamente en el texto un total de nueve sistemas de referencia que se ajustan al siguiente esquema: cada capítulo se orquesta temáticamente en torno a un sentido o significado prioritario, tiene como contrapartida un episodio concreto de la Odisea, guarda relación con un arte o ciencia determinados, está presidido por un símbolo específico, representa un órgano particular del cuerpo humano, tiene un color propio, explora una técnica estilística distinta y se circunscribe a un locus arquetípico, dentro del cual la acción transcurre a una hora claramente identificable del día.

Con ánimo de facilitar su tarea, el autor le hizo llegar a Carlo Linati, traductor de la obra al italiano, un mapa de la novela, aclarando que era «para uso casero», pues no era su intención hacérselo llegar al público lector. Un escrutinio atento del mapa permite apreciar la existencia de una red de correspondencias entre los nombres de los distintos tratamientos narrativos, los títulos ocultos de los capítulos en los que figuran y el lugar que ocupa estructuralmente cada uno de ellos con respecto al conjunto de la novela. En las líneas que siguen se pone de relieve la relación que mantiene cada bloque textual con el desarrollo general del argumento.

El texto se segmenta en tres grandes unidades narrativas. La primera parte (Telemaquiada) da cuenta de las actividades matutinas de Stephen Dedalus, a quien los lectores de Joyce conocen bien, pues es el protagonista del Retrato del artista adolescente. En la segunda parte (Andanzas de Odiseo), la narración detalla las peripecias de Leopold Bloom, desde que abandona la casa donde vive con su esposa Molly y su hija Milly para emprender su larga travesía por las calles de Dublín. Con infinito humor y humanidad, la novela detalla las aventuras de Bloom, el más común de los mortales que, modeladas sobre las del héroe homérico, constituyen una parábola de la anónima existencia del hombre contemporáneo. La tercera parte (Nostos o El regreso a Ítaca), marca el regreso de Bloom a Eccles Street.

Eduardo Lago: El íncubo de lo imposible

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Anne Carson. Nox. (New Directions, 2010)

Amamos tanto a Anne Carson…

Physically, Nox is a stunning accordion-fold book housed in a clamshell box. The poem Nox is comprised of dictionary entries, snapshots, scraps of paper, postage stamps, written memories, and other texts, all laid down across a scroll nearly 1,000 inches long on which we watch Carson cope with the death of her brother, as she tries to comprehend “the smell of nothing,” “the muteness,” and the meaning of memories scattered across a lifetime. Just as the physical book unfolds and then collapses back into itself, the unifying structure of Nox is the unfolding and collapsing of a short poem by the Roman poet Catullus. Nox opens with the poemknown as Poem 101in Latin. 

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Anne Carson. Nox
Anne Carson. Nox

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«Aquest amor que no és u / Este amor que no es uno», traducido por Berta García Faet, de Blanca Llum Vidal (CAT/ES)

Encuentro en el primer verso como un eco del primer verso del Cantar de los cantares: "Que me besen los besos de tu boca". Qué maravilla. La lengua va creando el Gran Poema a través de los poetas...

Blanca Llum Vidal es una filóloga, poeta y editora nacida en Barcelona en 1986. 

Blanca Llum Vidal

I

Que me llene de lenguas tu palabra,
que un canto tuyo canta más que decir más.
Qué cuerpo tuyo más tuyo-mío es el cuerpo mío.
Me redigo en tu nombre, un agujero.
Todos te queremos, todas adentro. ¡Agárrame!
¡Corremos juntos, corremos amigos, corremos ansiándote!
¡Abre la estrella, oh tú, abre la astilla y adéntrame!
¡Haremos noche, empollaremos huevo, seremos felices!
Tu amor me pone dos pinos en el muslo y se va.
Por eso se enamoran. Por eso Salomones y Sulamitas.

¡Soy blanca, gitana, soy mora, judía, amerindia, soy negra!
Soy sombra y desierto, costilla rompida, soy polvo cuajado.
Soy rueda, rodera, redonda, la rucia que croa, la roca que rasca
y lo contrario a expulsar los miedos: soy quien los pace y los cría
—quien, como garrapata deseada, se regala, contenta, una trampa.

Mis hermanos se han enfadado,
me han dicho apaga y yo he soplado, maldita sea,
y el fuego se esparce.

Dime dónde, al caer la tarde, lees solitario
que yo voy, con letra torcida,
entre las hojas que no tengo y una pena que canta.

Si tú no lo sabes,
oh mujer que grita,
sigue el silencio que hace al ocultarse
y busca su mal
junto al mal del otro.

A la candela de trenzas de candela te comparo, amiga mía,
qué lindas las pecas que se pierden,
qué herida tus ojos, con asfódelos clavados.
Te haremos remolinos en la nuca con saliva mezclada.

Mientras está en su casa, erizado de mil noches y con la angustia bien hecha,
la mar mía lo ama, lo ahoga, lo estampa, lo ahoga.
Mi amor es un canto rodado que se quiebra,
que hace noche entre el corte de la ceja.
Es un bosque de algarrobos y de acebuches
y de orquídea salvaje.

Pero qué infinita eres, amiga mía.
Pero qué arisca eres. Baile y batalla, tus huesos.

Y cómo las acrecientas, amor,
tus lecciones y tu manía.
Nuestro lecho da noche,
las puertas, locura,
las ventanas, escándalo.

***

I

Que m’ompli de llengües el teu mot,
que un cant teu canta més que dir que més.
Quin cos teu més teu-meu que és el cos meu.
Un forat per on redir-m’hi és el teu nom.
Tots et volem, totes endins. Agafa’m!
Correm junts darrere teu, correm amics, correm gruant-te!
Obre l’estrella, oh tu, obre l’estella i du-m’hi dins!
Farem nit, covarem l’ou, serem feliços!
El teu amor em posa dos pins a la cuixa i se’n va.
Per això s’enamoren. Per això Salomons i Sulamites.

Sóc blanca, gitana, sóc mora, jueva, ameríndia, sóc negra!
Sóc ombra i desert, costella rompuda, sóc pols que s’agleva.
Sóc roda, rodera, rodona, la ruca que rauca, la roca que rasca
i del tot al revés de fer fora les pors: sóc qui les peix i les cria
—qui, com paparra volguda, es regala, content, una trampa.

Els meus germans s’han enfadat,
m’han dit apaga i jo he bufat, punyetamón,
i el foc s’escampa.

Digues on, d’horabaixa, llegeixes tan sol,
que jo vaig, lletratorta,
entre els fulls que no tinc i una pena que canta.

Si tu no ho saps,
oh dona que crida,
segueix el silenci que fa quan s’amaga
i busca el seu mal
vora el mal d’altre.

A l’espelma de trenes d’espelma et comparo, amiga meva,
que boniques les pigues que es perden,
quina ferida els teus ulls, amb els aubons que s’hi claven.
Et farem remolins al clatell amb saliva mesclada.

Mentre és a ca seu, estarrufat de mil nits i amb l’angoixa ben feta,
la mar meva l’estima, l’ofega, l’estimba, l’ofega.
El meu amor és un còdol que es trenca,
que fa nit entre el tall de la cella.
És un bosc de garrova i d’ullastre
i d’orquídia salvatge.

I que n’ets, d’infinita, amiga meva.
I que n’ets, d’esquerpada. Ball i baralla, els teus ossos.

I com les acreixes, amor,
les teves lliçons i la teva mania.
El nostre llit fa fer nit,
les portes, follia,
i les finestres, escàndol.

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Las afueras

Esta cita que puedes leer ahora pertenece a un librito delicioso de Annie Ernaux, Mira las luces, amor mío:

El súper y el hipermercado no son reductibles a su uso de economía doméstica, al «rollo de las compras» . Suscitan pensamientos, fijan en recuerdos sensaciones y emociones. Seguro que podrían escribirse relatos de vida a través de las grandes superficies comerciales frecuentadas.

Como me ocurre a menudo con esta magnífica -y laureada- escritora francesa, su lectura me ha hecho revivir mi relación con las grandes superficies, repentizar mis propios recuerdos de ellas y caer en la cuenta de su enorme importancia en las sociedades contemporáneas.

Como tardé mucho en tener coche y conducirlo, mis primeras incursiones en los hipermercados del extrarradio se limitaron a ejercer de acompañante, porteador de bolsas («agente de bolsa», bromeaba un amigo) y conductor de carritos. Justamente la lejanía de esos gigantescos comercios, levantados a veces en la nada esteparia de las afueras de las ciudades, y la necesidad consecuente del automóvil para desplazarse hasta ellas, fueron los principales motivos de mi descontento y actitud crítica para con ellos.

Vivía, sin embargo, en una relación contradictoria: pues si bien se me presentaba al principio como un lugar inhóspito, muy pronto percibí una intensa socialización que iba más allá de la aparente soledad onanista en que el consumidor y las infinitas mercancías de los anaqueles hablaban de amor.

Una vez que me recuperé y desperté de la atmósfera hipnótica provocada por el rumor del aire acondicionado o la música pegadiza -en calculado contrapunto con los anuncios de ofertas o los cambios continuos de puntos de cobro- descubrí un verdadero continente sumergido: la convivencia entre mujeres, hombres y niños y la comunicación entre personas de distintas razas y culturas. Aprendí poco a poco a observar a aquella populosa sociedad flotante y a descodificar su ropa y gestos.

En ocasiones, por la frecuencia y la costumbre, saludaba -saludo- a trabajadores, amigos, conocidos, vecinos. Con la ventaja que da a estos recintos  el pretexto de las mercancías sobre viejos lugares de encuentro, hoy en retroceso histórico, como plazas, paseos y mercados, el tiempo circunstancial que pasamos en el hipermercado es cada vez mayor.

Más raro, pero no insólito, es la atracción amorosa de alguna conductora de carritos o la preferencia amistosa por alguna cobradora. También la antipatía hacia los solitarios que, con el pretexto de que sólo llevan unas botellas de algo o una bolsa de comida para gatos, se cuelan siempre en las colas de salida, con aire de prisa impostergable. ¿Por qué se desplazaron, pues, tan lejos?

Creo que por una razón parecida a la que lleva a mucha gente mayor a los hospitales: saludar y comprobar la salud general, para situarse a sí mismos, sin mucha cola, en la línea de salida…

Tras todo lo dicho, a nadie extrañará que haya disfrutado tanto con una película alemana que he visto recientemente. Cuenta una historia de soledad, amor y compañerismo entre trabajadores de un hipermercado de la antigua RDA, A la vuelta de la esquina. Ni que decir tiene que recomiendo vivamente tanto el libro como la película al despistado lector de estas líneas…

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De tu mano

De tu mano
por el calmoso sendero de los tilos,
por las populosas
avenidas de las ciudades dormidas.
De tu mano,
siempre, pues si no estás
siento tu mano en el viento
o la tormenta,
en la caricia del sol.
Sin tu mano
solo la huella de tu calor,
la soledad de Moisés en el río...

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"Les Amoureux", de Émile Friant

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Dice Diego Fusaro a propósito de este cuadro:

Los dos protagonistas no se besan, ni se abrazan o se miman: lo que prevalece no es la arrolladora pasión amorosa. Hablan entre ellos, retratados mientras dialogan. Están enamorados, no son meros interlocutores como revela, no solo el título, sino también la mirada dulce y profunda con la que cada uno contempla extasiado al otro como si estuviera embelesado.

No sabemos lo que los dos amantes se dicen realmente ni cuál es el contenido o incluso el tema de la conversación. Solo sabemos que su relación amorosa se basa en el diálogo, en las palabras, en la relación, que es también verbal hasta tal punto que el artista quiso eternizarlos en el acto concreto del discurso.

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«Compianto sul Christo morto», de Niccolò dell’Arca

En la iglesia de Santa Maria della Vita, Bolonia
María de Cleofás
María Magdalena

La Lamentación sobre el cuerpo de Cristo (Compianto sul Christo morto), de Niccolò dell’Arca, no es la Gioconda… La obra no figura en los itinerarios de los operadores turísticos japoneses, ni siquiera en la guía Routard. Su autor, un escultor italiano de la segunda mitad del siglo XV, sólo es conocido por los especialistas, y la iglesia de Santa Maria della Vita de Bolonia (Italia) en la que se expone la obra es una banal iglesia barroca sin demasiado interés….. Sin embargo, si va a Bolonia, entre en la iglesia y deslícese hasta la capilla situada a la derecha del coro. No le decepcionará… y podrá admirar la obra sin que le moleste la avalancha de turistas que invade la cercana Piazza Maggiore.

Esta extraordinaria obra es un conjunto de siete figuras de tamaño natural realizadas en terracota. En el centro, Cristo muerto, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, yace sobre un colchón, con las manos cruzadas sobre el perizonium (paño que rodea la cintura). Su cabeza lleva aún la corona de espinas, y sus pies, manos y costado, los estigmas de la Pasión. Alrededor del cuerpo inanimado se agrupan las seis figuras que presenciaron el entierro de Cristo, representando un crescendo de dolor atroz.

(…)

Pero los dos personajes que expresan el colmo del sufrimiento son, sin duda, María Cleofás y María Magdalena. Su sufrimiento es dramático, teatral, casi histérico. El cuerpo de María Cleofás se arquea hacia atrás y el gesto expresivo de sus manos parece querer alejar de ella la visión del cuerpo de Cristo. En este movimiento asustado, el velo que cubre sus cabellos se arremolina. María Magdalena, por su parte, se lanza hacia Cristo, dejando volar tras de sí el vestido y el velo, con el rostro distorsionado por el dolor. (…)

« Lamentation sur le corps du Christ » de Niccolò dell’Arca (Les yeux d’Argus)

Luces y sombras

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Levantar la cabeza

Un gran movimiento social nunca se contenta con plantear reivindicaciones. Pone de manifiesto una aspiración colectiva a cambiar la vida; se apodera de sus participantes y los transforma. Esta fue la experiencia de la escritora Annie Ernaux durante las manifestaciones de noviembre-diciembre de 1995.

por Annie Ernaux, febrero de 2023

Fuente: Le Monde diplomatique en español

Como ocurre a menudo, aquello no se vio venir. Jacques Chirac acababa de ganar la elección presidencial con una denuncia de la “fractura social”. Encarnaba una derecha popular, o al menos atenta a su electorado popular. A diferencia del proyecto sobre pensiones del actual Gobierno, el de 1995 sobre seguridad social, equiparación de las pensiones públicas y privadas y otros puntos de la reforma no se había anunciado, ni había sido objeto de debate previo. Nos cayó de improviso en noviembre de 1995 y tardamos un poco en entender lo que estaba en juego. Pero estaba la arrogancia de Alain Juppé, primer ministro y artífice del plan, los humos del que sabe más y da la humillante sensación a quien lo escucha de formar parte de una masa necesariamente estúpida. Creo que, al principio, aquello fue lo que más se nos atragantó, la arrogancia. Necesitábamos levantar la cabeza.

El 24 de noviembre de 1995 fue el primer gran día de huelga contra el plan Juppé y el inicio de una movilización de todos los sectores públicos. Ni trenes, ni metro, ni oficinas de correos ni escuelas. Hacía mucho frío. Recuerdo una exaltante sensación de incertidumbre, de estar viviendo uno de esos contados momentos de historia en caliente en los que, por una vez, los actores son la gente que trabaja. Durante una semana, creo que no fui yo la única en pensar que estábamos en un momento prerrevolucionario. A diferencia de mayo de 1968, la población en su conjunto apoyaba la huelga. Los trabajadores del sector privado, que no estaban en huelga, decían a los del sector público: “Hacéis huelga por nosotros, en nuestro lugar”. Salíamos de repente del túnel de los años posteriores a 1983, de aquel fin de lo político que tenía por todas partes sus pregoneros. Al reivindicar sus derechos, los ferroviarios, los agentes de la EDF (Electricité de France) y los trabajadores de correos plantaban cara al reino ineluctable de la economía, desafiaban el orden del mundo. No recuerdo si allí saltó el lema “otro mundo es posible”, el que luego se oyó en el foro de Porto Alegre y en las calles de Seattle y Génova. Pero sí fue durante aquellos días de diciembre de 1995 cuando los franceses tomaron conciencia de que la vida de los ciudadanos la regían los mercados, la internacionalización del comercio y la construcción de una Europa liberal; cuando empezamos a asociar construcción europea con demolición de los derechos sociales, o, mejor dicho, cuando empezamos a denunciar las reformas como otras tantas concesiones a la Comisión de Bruselas. Con otros muchos, en 1992 voté no al referéndum de Maastricht. La integración europea que defendía François Mitterrand, con todo lo que arrastraba –competencia, desmantelamiento de los servicios públicos– venció por los pelos.

Esperábamos que los socialistas en el poder cambiaran la vida. Como así lo habían prometido. En 1981 se adoptaron muchas medidas sociales importantes, como la quinta semana de vacaciones pagadas y la jubilación a los 60 años. Luego, con el “giro de la austeridad”, en realidad un giro liberal, estábamos a mil leguas del esperado Frente Popular de 1936. Mi ruptura inevitable con aquella izquierda se consumó con la guerra del Golfo en 1991, con la gélida pomposidad de Mitterrand –“las armas hablarán”–, la implicación de Francia junto a los estadounidenses, los miles de muertos bajo las bombas en Bagdad y el entusiasmo mediático por la operación Tormenta del Desierto.

La izquierda abjuradora, los editorialistas, los expertos: en 1995, todo este bando se movilizó por Juppé. En apoyo de su plan había discípulos de Michel Rocard, como el antiguo ministro de Sanidad, Claude Evin. Estaba Nicole Notat, que llegó a pedir al Gobierno que introdujera un servicio mínimo en el transporte (fue abucheada por militantes de la CFDT, la Confederación Francesa Democrática del Trabajo, en la manifestación del 24 de noviembre). Estaban los grandes medios de comunicación, incluidos los del servicio público, France Inter, por ejemplo, todos a favor de las medidas del Gobierno.

En aquel momento se escindió la izquierda intelectual. Parte de ella había firmado una petición a favor de la reforma. Entre ellos figuraban el filósofo Paul Ricœur, el sociólogo Alain Touraine, Pierre Rosanvallon o Joël Roman y Olivier Mongin, del comité redactor de la aún influyente revista Esprit. Yo, admiradora de la obra de Ricœur, quedé atónita, indignada, al leer que existía en resumidas cuentas una élite que poseía “una comprensión racional del mundo” y, por otra parte, la gran masa de gente movida por sus pasiones, por la ira o el deseo. Eso dijo Pierre Bourdieu a los ferroviarios en lucha en un formidable y memorable discurso en la parisina Estación de Lyon, discurso que, creo yo, admite pocos retoques hoy, en 2023: “Esta oposición entre la visión a largo plazo de la ‘élite’ ilustrada y los impulsos cortos de vista del pueblo o de sus representantes es típica del pensamiento reaccionario de todos los tiempos y todos los países”.

Pierre Bourdieu fue una de las principales figuras de la otra petición de intelectuales, la que apoyaba a los huelguistas. La firmé porque obviamente yo estaba de aquel lado (1). Ahí tuve la oportunidad de compartir compromiso con una persona que había sido clave en mi emancipación intelectual y en mi devenir de escritora. Por la lectura de Los herederos, en 1971, me sentí autorizada a escribir Los armarios vacíos, libro que publiqué en 1974. Seguí leyendo su obra desde aquel entonces, La distinción, La nobleza de Estado y este libro que es a la vez retrato y análisis de la sociedad francesa, publicado dos años antes del plan Juppé, La miseria del mundo. La implicación política de Bourdieu en la huelga me supuso la obligación, como escritora, de no ser simple espectadora de la vida pública. Ver a este sociólogo reconocido internacionalmente involucrarse en el conflicto social, oírlo hablar, representaba una inmensa alegría, una liberación; sus palabras hacían que nos creciéramos, cuando Juppé y los demás se esforzaban por doblarnos la cerviz.

Lo propio de todas las huelgas duras y largas es que rompen el curso habitual de los días. La de 1995 tuvo la particularidad de que parte de la población tenía que seguir acudiendo a la fábrica o a la oficina sin más medio de transporte que el automóvil. Había mucha solidaridad y buena dosis de ingenio. Se improvisaba para compartir el coche. La venta de bicicletas se disparó. Recuerdo que mi hijo tuvo que comprarse una bici de montaña para ir a trabajar a las afueras de París y que en el supermercado al que fue, ¡era el propio Poulidor quien la promocionaba! Lo cierto es que todos caminamos mucho, prietas las filas por aceras generalmente vacías, como entre el barrio de La Défense y la avenida de la Grande Armée, en el Puente de Neuilly. Hacía un frío polar, había nieve. En Los años describí aquellas marchas invernales como un acto de memoria. Durante las trabajosas caminatas por ciudades sin metro ni autobús, anidaba en los cuerpos una secreta mitología, la de las grandes huelgas que uno no necesariamente ha conocido.

Recuerdo la extraña sensación que me proporcionaba la lectura vespertina de Le Monde, como si este hubiese estado por debajo de la realidad y del presente, una sensación, por cierto, que es la que provoca cualquier drástico cambio social. De forma general, los periódicos y las radios estaban repletos de editoriales aleccionadores, de odio hacia los trabajadores en lucha. Me alegré mucho de la creación, unos años más tarde, de PLPL, “El periódico que muerde y huye” (2).

En aquella movilización tan rápida y tan fuerte contra el proyecto del Gobierno fue determinante el papel de dos líderes sindicales, Marc Blondel por FO [Fuerza Obrera] y Bernard Thibault por la CGT [Confederación General del Trabajo], y también el de los disidentes de la CFDT que crearon SUD [Solidarios Unitarios Democráticos] –que después de 1995 se impondría como una destacada organización de lucha–. Pero lo que ocurrió no puede entenderse sin la especie de sacudida que el plan Juppé había producido en la sociedad francesa. Este plan amenazaba el sistema de seguridad social, una conquista de la Liberación, y las pensiones, cosas fundamentales, por tanto, y hasta existenciales. No importaba que la reforma pusiera la mira en los funcionarios y asalariados de las empresas públicas. La gente percibió claramente que, al atacar a los agentes de los servicios públicos, el Estado estaba atacando indirectamente el modo de vida de todos, y hoy podemos ver que eso es efectivamente lo que ha ocurrido en veinte años. Bien lo entendían los manifestantes de 1995, cuando coreaban “Tous ensemble!” (‘¡Todos juntos!’) en defensa de las “conquistas sociales”, una expresión que, creo yo, se consagró en aquel momento. Hoy ya suena menos. Décadas de liberalismo económico han hecho de esta expresión algo casi embarazoso y culpable. Todo está confabulado para sacarnos esta idea de la cabeza y de la propia vida, mientras que sí son legítimas las ventajas adquiridas por los que más tienen. La edad legal de jubilación se ha convertido en una variable de ajuste de los intereses económicos. Y esto es lo que está en juego hoy: la conciencia de que el Estado tiene derechos omnímodos sobre la vida de los ciudadanos y puede aplazar a su antojo el momento en que por fin se podrá disfrutar de la vida. Es a la esperanza del descanso, de la libertad y del placer a lo que ataca la reforma de Macron. De ahí la oposición de todas las categorías activas, jóvenes y mayores, de la población. De lo que en cambio no hay duda es de que el presidente puede contar con el apoyo de los pensionistas acomodados –su electorado desde siempre– para una reforma que no afectará sus vidas de ninguna manera.

Lo que sobrevive de 1995 es sobre todo el recuerdo de la última movilización sindical victoriosa. O más bien de una victoria a medias. Si bien el Gobierno Juppé renunció a equiparar las pensiones del sector público, la otra parte del plan quedó aprobada, las medidas de control de la Seguridad Social. En lo que hemos fracasado, más que nada, es en inventarnos otro futuro. A pesar de las luchas en hospitales, escuelas y universidades, tras veinticinco años de liberalismo desbocado vivimos en un país en el que se han desmantelado los servicios públicos, las escuelas, las universidades y los hospitales.

No hay quien no vea cómo va creciendo una exasperación sin precedentes de los asalariados, que ya no pueden con la precariedad de los contratos y con lo absurdo del trabajo. Nadie puede perder la esperanza en una juventud que ha bloqueado institutos y universidades contra la mercantilización de la educación, que en todas partes lucha contra los grandes proyectos inútiles y por el clima. Desde el #MeToo de 2017, el feminismo ha recobrado una fuerza extraordinaria. Sobre todo, ha habido tal desprecio por las clases trabajadoras, por lo que yo llamo mi raza, esa que me han reprochado querer vengar… Está claro que, sea cual sea el resultado de la lucha actual, se volverán a desatar nuevas olas de protestas.

Por lo pronto, ya se ha producido esta extraordinaria movilización del último 19 de enero. Qué gusto poner la radio esa mañana y escuchar la música ininterrumpida de los días de huelga en lugar de las preguntas más o menos pérfidas de los presentadores del espacio matutino, canciones en lugar de crónicas del desastre. Y lo que me colmó de felicidad fue enterarme, por la noche, de que dos millones de personas se habían manifestado en toda Francia para rechazar el plan del Gobierno.

Pese a nuestras derrotas, aunque el recuerdo del invierno de 1995 y de sus noches frías parezca a veces desvanecerse en mi memoria como si de un sueño lejano se tratara, estos manifestantes de enero de 2023, tan numerosos que a duras penas conseguían salir de la plaza de la República, me han traído al recuerdo los versos de Éluard: “No eran más que unos pocos / en toda la tierra / cada uno se creía solo / de pronto fueron multitud”. Me gustaría darles las gracias por ello. No agachemos más la cabeza.

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«El reloj de mármol negro», de Paul Cézanne

Una vez inventado el tiempo, lo sabemos, sólo podemos escapar de él al negarnos a saber la hora. Un lienzo temprano de Cézanne titulado El reloj de mármol negro presenta un reloj con esfera sin manecillas, una imagen de atemporalidad. Un reloj sin manecillas no señala ninguna hora en particular y, al mismo tiempo, las señala todas. Un reloj desprovisto de manecillas constituye una imagen poderosa de la perspectiva favorable al poeta mientras su λόγος avanza y retrocede en el tiempo y nosotros permanecemos, atrapados en nuestra visión parcial de la realidad, con los ojos fijos en el momento que calificamos como «el presente». Mientras tanto no debemos ignorar el hecho de que la carátula del reloj sobre el cual Cézanne capta la atemporalidad, es de color negro: un acto de negación pictórica. (Anne Carson)

El reloj de mármol negro, c.1870 (The Black Marble Clock, c.1870 ), de Paul Cézanne

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