El otro día hablaba con una amiga de otra amiga común, que, según ella, se quejaba continuamente de todo: un malestar físico, un disconfort anímico, una pena sin nombre… Me contaba que un médico le había detectado niveles de cortisol muy altos y que iba a realizarle unos tests -carísimos- para profundizar en la cosa y, supongo, medicalizarla.
Es un destino muy común en nuestro mundo, este de pretender resolver médicamente las múltiples tristezas que nos pueden asaltar, como una pantera silenciosa, en el camino ajetreado de los días. Yo le recordaba, por contrastar, los viejos versos del Buen amor del Arcipreste de Hita:
Como dize Aristótiles, cosa es verdadera, el mundo por dos cosas trabaja: la primera por aver mantenençia; la otra cosa era por aver juntamiento con fenbra plazentera.
Y apostillada que mostraban un saber común milenario: que los padecimientos de los hombres siempre se pueden reducir a estas dos causas, la comida, el medio de subsistencia (aver mantenençia) y el amor ( aver juntamiento). Y que seguramente esto valía para nuestra amiga común, sin medir el cortisol que Dios confunda.
Pero estamos perdidos en el falso saber científico que ya llena nuestras cabezas y nuestras palabras de la mano de la neolengua. Aún recuerdo el pasmo que sentí cuando, ante una encomienda de tarea escolar, un jovencísimo alumno, un niño, me soltó muy ufano: “no me presiones, maestro, que estoy muy estresado…”.

Pues eso.
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