Cuando sucedió por fin, mi compañero me pasó su escopeta, conminándome, tras unas breves instrucciones, a disparar. Fue la primera vez y la última, con tan mala suerte que, según descubrí entonces, tengo buena puntería. Un hermoso pájaro que bajaba en picado al agua quedó de repente detenido en el cielo para descender a continuación, a plomo, herido ya de muerte sin remedio. Solté la escopeta y me fui a pasear mohíno por aquellos campos el resto de la mañana…
Los zorzales bajan en otoño desde el norte de Europa a zonas más templadas en el sur, en una ruta migratoria milenaria. Según me contaron, cientos de cazadores los acechan en su pasó por el Estrecho para hacer una auténtica escabechina. Cada vez menos, comparten la (mala) suerte de tantas aves en el camino incierto de la extinción. Su canto es hermoso y potente, como se puede apreciar en el audio del principio. He escogido una imagen en pleno vuelo, parecida a la que recuerdo de aquella mañana aciaga…
Y termino con unos versos de José Jiménez Lozano, transcritos por Stuart Park en su libro Pájaros y melancolía que es, últimamente, una de mis lecturas cotidianas:
Recorre, lleno de alegría,
el zorzal el seto renovado;
los evónimos, sus rojas
florecillas son cual signos
eextraños en un mapa.
Y, para ti, son dudas.
El zorzal las picotea, sin embargo,
y las resuelve.
Comenta Stuart Park:
El zorzal común, Turdus philomelos, así llamado por la belleza de su canto, repite dos o tres veces una serie de frases musicales altas y claras. Es “sabio”, según el poeta Robert Browning, porque repite sus notas por si no las hubiéramos captado la primera vez.
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