La melancolía que ello nos produce queda muy clara en la compartida afirmación con que cierra su texto Antonio Lafuente: «… el fracaso de la ONU es el fracaso de todos y si las campanas doblan por su muerte no estarán más que doblando por la nuestra.» El melodramatismo lingüístico elegido por el periodista (que cubrió durante mucho tiempo la información sobre este organismo, del que es gran conocedor) no quita nada, sin embargo, de la verdad desnuda y cruda que encierra.
Rememoremos, si no, el lamentable espectáculo de la rendición sin condiciones de los gobiernos europeos a ese poder difuso y desinstitucionalizado, pero tan fieramente real, que se ha dado en llamar, con tan diáfano cinismo, «los mercados». Una rendición -de la que ni siquiera se nos permite ver las consoladoras lágrimas de Boabdil- de los poderes políticos que, obedientes e irremisos, han convertido en leyes las reformas exigidas por aquellos que provocaron los males que pretenden erradicar ahora. Con un descaro y premura que abochorna, se han derogado y achicado derechos laborales, adquiridos en sede parlamentaria, de trabajadores y clases medias, que se ven abocadas de nuevo a la mala vida, justo cuando en las sociedades occidentales se entonaba el vano himno de la prosperidad universal. Por no hablar de la tragedia de Gaza.
Esa cesión de la soberanía nacional sólo podría tener freno y contrapeso, justificación siquiera, si se produjera en favor de una ONU refundada y no de ese fantasmagórico, pero tan real en sus manifestaciones, zoco universal. Hemos evocado otras veces la emoción intelectual que, tras las matanzas de la Gran Guerra, produjo la fundación de la Sociedad de Naciones en españoles como Manuel Azaña (que tan de cerca siguió las vicisitudes francesas de la Primera Guerra Mundial), Salvador de Madariaga (que trabajó en ella), Miguel de Unamuno o José Ortega y Gasset. Antonio Lafuente recuerda, por su lado, la esperanza que en ella pusieron Sigmund Freud o el mismo Einstein, con su temprana advertencia sobre la necesaria cesión de soberanía de los estados si se quería de verdad su eficacia. ¿Quién se acuerda de eso ahora?
Es más necesaria que nunca una ONU honesta y útil, según la exigencia de Cicerón para la política que nos gusta recordar siempre, que a su cadena de fracasos en las mortandades de Ruanda, de las guerras balcánicas, en Palestina o en el Sáhara añadiera triunfos sociales y restituciones justas. Una ONU capaz de establecer una «paz económica» que trajera consigo la paz perpetua que han soñado tantos. La dificultad de ese empeño nos la enseñan los mismos neurobiólogos, al señalar el origen de nuestras razones y conciencia en el tronco cerebral, donde residen las emociones más básicas: el dolor, el placer o el miedo. El sueño y proyecto de una ONU viva es, como todos los logros que han ennoblecido a nuestra especie, un empeño de voluntad y cultura. Es decir, trabajoso y diario, enseñado, transmitido y frágil. A compartir ese sueño te animo hoy, lector amigo.
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