Extramuros

Cuando se separaron las técnicas y el saber -o lo que es lo mismo, el saber especulativo y el saber práctico-, empezó el largo y laberíntico reinado de esta reina por un día que llamamos, de forma extremadamente vaga, cultura. Se bifurcaron, en realidad, más cosas: arte y artesanía, música y folclore, comida y gastronomía o campo y naturaleza. Si se examinan las parejas de nombres se verá enseguida que uno corresponde a la variante de prestigio y la otra a esa especia protegida -pero en vías de extinción- del vivir y saber popular. Hasta museos de artes y costumbres populares hay aún por esos mundos de Dios, imagino que tan vacíos como los dedicados a la Paleontología…

Imagen/foto

Andy Warhol: Campbell’s Soup Cans and Other Works, 1953-1967 | MoMA

La historia de esa escisión es también la del progresivo desligamiento entre la creación de cosas bellas y su uso y disfrute por la gente. Hoy se alaba, por ejemplo, cualquier plato de cualesquiera cocineros famosos con palabras sospechosamente parecidas a las de un crítico de arte ante una pintura abstracta. Los platos presentados son tan minimalistas como los de un bodegón porque su fin no es alimentar -el cuerpo y el alma, claro, porque ése es el fin de la comida- sino «crear arte». Ésa es, justamente, una de las claves que explica el divorcio histórico de que hablaba al principio: si a un hacer se le quita la utilidad, el uso, el disfrute sin demasiadas mediaciones de expertos, ahí nace el `arte´. Un plato de comida cuyo fin no es alimentar, sino, en todo caso, estimular las pituitarias de glotones connaisseurs o iniciados, eso ya es gastronomía o ciencia alquímica. Obsérvese la ironía, algo obscena, de nuestras sociedades: los restaurantes que sirven comida para comer, sin sello de marca y en platos hondos y económicos, se les llama «populares».

Una silla que no sirva para sentarse -decíamos- ya empieza a ser arte (¿de diseño llaman a esos muebles espantosos de las revistas?), tal como la lata de sopas Campbell´s de Andy Warhol. Y, a la vez -segunda clave explicativa-, empieza a valer dinero. Porque es que si algo define a los objetos de arte es que son valores fiduciarios. si se abren las secciones de Cultura de cualquier periódico se verá con qué naturalidad pasmosa encontramos allí, un día por otro, los precios récord que tal o cual cuadro, esta o aquella antigualla, han alcanzado en alguna subasta. Yo vi el `truco´ hace muchos años, cuando me enteré de que Manolo Escobar, la vieja gloria de la canción española, invertía sus ahorros en obras artísticas. Recordemos con una triste sonrisa los cotizadísimos cuadros que aquellas laboriosas investigaciones del expolio marbellí sacaron a luz, incluida la luz blanca de los cuartos de baño de los facinerosos snobs de la Costa del Sol…

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