El yoga y esas cosas

Solo he asistido una vez a una sesión de yoga, y para colmo, la maestra o guía -no sé cómo se les llama habitualmente- había sido alumna mía. Subjetivamente, fueron unas horas larguísimas (¿3 horas?) en las que la postura recurrente era esa en la que se suele representar a Buda.

Como todo tiene tendencia, si empieza mal, a transcurrir mal y acabar peor, esa postura se convirtió para mí, debido a una vieja lesión en el tobillo, mal curada, en un refinado castigo oriental. Lo demás fueron retorcimientos sin fin, de los que mis compañeras parecían disfrutar en una especie de trance, que aumentaba mi progresivo mal humor.

El fin de fiesta fue, como alguien me había advertido antes, oír unos cánticos que entonó la maestra -los llaman mantras- y que, pese a su exotismo lingüístico fueron capaces de acompañar una o dos de mis aventajadas co-discípulas yoguis.

Salí de allí con tanta premura que olvidé pagar, como debía, a mi paciente guru. Cuando quise hacerlo, tiempo después movido por la mala conciencia descubrí que mi antigua alumna había emigrado a otro país, movida por un amor fou, según las malas lenguas. A veces he pensado (discúlpeme el lector, pero con los años se retuerce un poco el alma) si no fue una emigración laboral, por descansar de aquel extraño trabajo suyo…

Objetivamente, debo reconocer que en el apresuramiento de mi huida, noté una respiración más acompasada de lo que es habitual en mí, del mismo modo que una mayor ligereza en el paso. Pero aún hoy dudo si no fue todo un espejismo provocado por mi alivio de fugitivo.

Pienso a veces en aquel brevísimo episodio de intento de “puesta en forma”, que después se ha limitado, hasta hoy, al más ancestral deporte humano: andar. Mi conclusión es que los rituales o costumbres propios de otras culturas o religiones se “importan” mal, no funcionan. Yo, por ejemplo, rezo con frecuencia el Padre Nuestro porque forma parte de mi educación y me da consuelo. Quizá lo único de esa religión católica que abomino en bloque y que siento como un engrudo irrompible que me mantiene aún pegado a un pasado infausto…

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