Las maquinitas tragaperras de los bares -que Dios confunda-, el vocinglerío de los camareros de terraza, el saludeo de acera a acera («¡Eh…!» «¡Ah….! «¿Cómo va eso…?» «Tirando…») hacen pensar en un pueblo que está de los nervios, un poco sordo o con mucha rabia por dentro, como decía León Felipe. Me contaron una vez de un trabajador de atracciones de feria que estaba tan acostumbrado a oír música con el volumen a tope mientras trabajaba que no lograba conciliar el sueño si no era con un casete a toda pastilla pegado a la oreja.
El ruido es estragante, pero adictivo. Por alguna razón análoga que se me escapa, también sufrimos las acechanzas de otro tipo de ruido, ese que, en teoría de la información, alude a las diversas circunstancias -ya sea que afecten al código usado, al contexto, a la misma realidad o a emisores y receptores- que amenazan siempre con hacer difícil o imposible la comunicación. Siempre estamos en un brete de no enterarnos bien de lo que oímos, de comprenderlo de forma torcida o de sacarle punta a lo que parecía claro coma el agua. Es una de las razones que ponen en serias dificultades a nuestra vida política, que en tantas ocasiones se limita a interpretar, glosar, contradecir, redundar lo que dice uno, quiso decir o entendimos que dijo; ruido saturando el ancho de papel, de onda y de banda.
Ese ruido informativo es el que nos vuelve tan extremadamente suspicaces, tan propensos a mosquearnos -cada vez que no entendemos bien algo o, peor aún cuando creemos entenderlo-, como si nos hubieran mentado a la madre. El amontonamiento en el uso de la palabra tan común tanto en una tertulia radiofónica como en una clase de instituto, el gesto de impaciencia del español cuando escucha, la apropiación de las palabras del otro para hacerlas propias tan panchamente, la tergiversación del sentido de lo que escuchamos…
Ruido y furia. Un brevísimo relato de Franz Kafka que leí hace años, contaba la historia de un personaje que donde únicamente podía dormir bien era en los trenes. Un día creyó entender la razón: era el ruido del traqueteo, el ruido de la máquina que contrarrestaba su propio ruido interior, creándose así la homeostasis, el equilibrio necesario que inducía su difícil sueño. A mí también me gustan las estaciones y los trenes: el ir y venir de la gente y el ruido, rítmico a pesar de todo, como de olas, y me relajan y adormecen. Siempre creí encontrar un alma gemela en el personaje de Kafka.
Me pregunto a veces si no nos pasa también algo así a los españoles y nuestro gusto por el jaleo público y privado. A falta de razones mejores, me explico nuestros gritos como un modo de equilibrar y acallar otras voces interiores: las de los demonios de nuestra historia, tan llena de olvidos y silenciosas muertes atroces. Tal vez nuestra algarabía no sea sino nuestro particular tren kafkiano, donde nos embarcamos para no oír los ecos de tantas guerras, exilios y represiones que pueblan los sueños de nuestro pasado y que pugnan por tener su hueco en nuestro presente.
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