Hoy, reconvertido en un extraño constructo legal, mitad sociedad anónima mitad estado, sobrevive como puede a la eclosión disparatada de empresas de transporte urgente, esos cosarios posmodernos que atraviesan a toda leche los caminos de España, con una plantilla, más al gusto de la época, de carteros contratados a tiempo parcial que bastante tienen con terminar sus galopadas sin perderse. Correos perdió irremisiblemente el halo. Como lo han perdido maestros y profesores, médicos y políticos si alguna vez lo tuvieron.
Ése es el verdadero síntoma de la decadencia acelerada que vivimos, el más visible de los signos del derrumbe a que nos arrastra, en su «happening» final, el capitalismo especulativo y salvaje que sufrimos. Porque cuando el halo desaparece, el único principio de orden o equilibrio social, o como quiera que lo llamemos, que queda es el de la fuerza bruta y la coerción. Y es así porque desaparece el principio de confianza, sea en el saber, en la honestidad, la justicia o la eficacia. Sin confianza, sin admiración ni prestigio, sin halo, la trama de la red social pierde sus puntos de apoyo, desaparece. Y ante todos ya sólo queda el lamentable espectáculo del rey desnudo; o, como en aquel viejo cuento leonés, «ni vestidu ni desnudu».
Caída antes que en ningún otro sitio, la aureola en amarillo dorado que ceñía la cabeza de Dios, María o los santos en estampitas, postales o figuras de Belén, nada más normal que detrás cayeran una tras otra las auras de la infancia intocable (tantos millones de niños perdidos, vendidos, explotados. humillados), de los trabajadores o de la navidad. La navidad, claro, perdió su halo hace mucho tiempo, malviviendo ya a la sombra de esta exaltación de la glotonería y la luz eléctrica que nos asalta cada diciembre. Decía Victor Hugo en Los Miserables, cuando tiene a su protagonista escondido en un convento parisino, en una larga reflexion que hace -con su admirable libertad de narrador- sobre la vida cenobita, sintiéndose en precario entre su condición ilustrada y revolucionaria y sus inquietudes religiosas, «no acerquemos la llama donde sólo hace falta luz».
Mucha mala gente arrima la llama en todos lados para que todo arda y, como sabemos todos, las llamas no iluminan. Por eso, rescatar el halo de la bondad, de la infancia, del saber, de la honradez, es una tarea urgente: nos va la vida en ello. Rescatado o reinventado, el halo debe volver a brillar circunvalando la austera figura del sabio, la belleza turbadora del bueno o la confianza sin fin del niño en sus mayores. Sea ése nuestro deseo, lector, en esta Nochebuena de 2005: acercar la luz al pensamiento y al corazón en un mundo aún, pero por poco tiempo, posible. Es ésa y no otra la tarea de héroes que necesitamos. Sea.
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