Retórica política y otras flores de mi jardín

La pobreza retórica de nuestros políticos es la manifestación visible de la menesterosidad de su pensamiento, de la penuria e inanidad de su capacidad de análisis. Su impotencia verbal es también -no puede ser de otra forma- la traducción exacta de su misma inacción e incapacidad de producir actos. Y es también la explicación de la inquietud y hastío que la gente siente ante ellos. Las consecuencias de todo ello, en unas democracias como las nuestras, sólo simbólicamente representativas e hipnotizadas en el marasmo de la economía capitalista, en un clima de profunda inmoralidad y agarrada, como a un clavo ardiente, al laberinto formal de los procedimientos administrativos y contables, sus efectos perversos -decíamos- no han hecho más que empezar. Uno de esos efectos visibles es el deterioro y vaciamiento suprasegmental, retórico y semántico del discurso político.

Si no fueran tan terribles las consecuencias de esta pobreza verbal, que traduce sólo la menesterosidad mental, simbólica y política de quienes «nos representan», uno -que ha dedicado gran parte de su vida a a enseñar estas cosas de la lengua, la retórica y la literatura a adolescentes- está tentado de comparar la ramplonería de nuestra clase dirigente a la riqueza, espontaneidad o sutilezas de que los jóvenes hacen gala a dario, tantas veces.

Pero mejor no, que bastante aburrimiento y acedia provoca el abuso retórico del léxico escolar o pedagógico («hacer los debares», «empezar el curso político»…) como para contribuir desde aquí a ese expolio o deforestación lingüística, proporcional a la depredación de la riqueza y diversidad del planeta o la vida y la dignidad humana que están llevando a cabo, ante nuestros ojos asombrados, los poderes financieros en la sombra y sus apoderados biopolíticos en las democracias occidentales.

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Complicarse la vida

Por más que pensadores como Hannah Arendt hayan intentado restituir la libertad al espacio público, la vieja y dañina creencia de los estoicos (muchos de ellos antiguos esclavos, como Epicteto) de que la libertad habita en ese espacio interior que podemos llamar como queramos -alma, espíritu, conciencia- sigue incólume entre nosotros.

Lo que Arendt llamaba espacio público tenía un sentido casi literalmente griego: la palabra en el ágora, la discusión, el juicio, el debate, el convencimiento o la persuasión. Cuando ella no quiso que la consideraran filósofa (como se puede leer en mi anterior entrada dedicada a ella) sino que se dedicaba a la teoría política, también entendía el término “política” desde la perspectiva griega: las palabras y razones que hacen cosas, que actúan y transforman.

Las ideas preconcebidas son las que usamos normalmente (y normalmente no pensamos) para formular juicios (los políticos son todos unos corruptos, Ana es muy guapa, etc., etc.) porque son cómodas, se adquieren en el sentido que nos enseñan, se aplican a casos concretos y a otra cosa, mariposa.

La libertad de pensar, tal como la defendemos aquí, va soldada a la libertad para convertirla en discurso público y es un pensar, por eso mismo, “en contra” de las ideas recibidas, porque es la única manera de descubrir algo nuevo y de cambiar, por tanto, la realidad cambiando su percepción. A esa apuesta, sea o no compartida, juega uno desde que tiene uso de razón. Una anécdota: en una de mis clases de Filosofía, en unas aulas en las que nadie preguntaba nada, le hice una pregunta a mi profesor, que, tras una risita sarcástica -secundada por mis traidores compañeros- me soltó: “Friaza, ¿por qué se complica usted la vida…?”. Asumir la libertad y con ella el pensamiento y la política es, efectivamente, complicarse la vida. Pero eso, lejos de ser un problema, es lo que la hace digna de ser vivida.

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A propósito de «La controversia de Valladolid»

Se conoce como ”la controversia de Valladolid “ un debate entre teólogos que tuvo lugar entre los años 1550 y 1551 sobre el estatuto que debería darse a las comunidades indígenas de los territorios americanos recién descubiertos y conquistados. La querella, en concreto, se centraba en la humanidad, o su falta, de aquellos primeros habitantes de los nuevos territorios.

Rodaje del documental sobre la Controversia de Valladolid.
(JUAN RODRÍGUEZ-BRISO)

Dicha humanidad se relacionaba, naturalmente, con la semejanza con el Creador (“a su imagen y semejanza”) dadas las peculiaridades de aspecto y costumbres de aquellos indígenas cuya condición se estaba cuestionando. Para Bartolomé de las Casas (representante del ala progresista, por decirlo de la manera usual en nuestra neolengua) su humanidad era indudable -aunque más adelante, si bien temporalmente, se contradijo al legitimar la esclavitud de negros extraídos de África-. Para Ginés de Sepúlveda, y sus seguidores del ala conservadora, la humanidad de aquellos indígenas era, digamos, incompleta en tanto que no conocían la palabra de Dios. La solución, por tanto, era dársela a conocer y convertirlos.

Tengo para mí que vivimos un auge, insospechado aunque no inesperado, de esta controversia, si bien ya no teológica (¿o sí?) en cuestiones tan cotidianas y candentes como el machismo o el racismo o, también los debates interminables sobre la verdadera naturaleza -intelectual, sensitiva- de los animales y sus derechos…

Porque, ¿qué otra cosa hay sino una querella implícita sobre la humanidad de las mujeres por parte de hombres que las cosifican, la extensión del abuso, el maltrato, la violación o el asesinato? ¿Hay algo distinto en la controversia sobre los migrantes, huidos, hambrientos que una discusión violenta sobre su humanidad?

En tiempos anteriores, tan infaustos como este, cuando se puso de moda la frenología, se pretendía demostrar la menor inteligencia de negros y mujeres midiendo el tamaño y forma de sus cráneos: hoy, su peligro o rebeldía por el color de su piel o su ropa o los rasgos de su cara. Mañana, ya veremos.

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«Pariré piedras», de Sara Prida Vega

La reivindicación de la memoria y del linaje del mundo minero, de su combatividad, del orgullo obrero e insurgente nutre el poemario Pariré piedras (Ed. Crecida) de la asturiana Sara Prida Vega (1990). La autora plasma en sus poemas historias reales (se encarga de remarcarlo) de su familia, de su vecindario, de esa comunidad hermanada por el esfuerzo, la explotación y la rebeldía, y de ahí que incorpore términos en asturiano o jerga del ámbito minero. Es la cotidianeidad lo que exploran sus composiciones. Con tono narrativo, los episodios, sentimientos o procesos que recoge no conforman un mero retrato. Están trenzando una reivindicación de la lucha, de la resistencia a pesar de la crudeza y de las dificultades del entorno. También la incertidumbre, el miedo y el presentimiento de fatalidad con la que respiran. Están alimentando el candil que se va pasando de generación en generación para recordar de dónde se viene y por qué se combate, así como la dignidad de las manos tiznadas y heridas que permiten llevar la comida a la mesa. Sus poemas nos remiten a un paisaje específico y a un estado de ánimo enfurecido. Reflejan cómo las condiciones laborales determinan todas las relaciones sociales; también las familiares y la autoimagen. Así, se ponen en primer plano la dureza, el peligro y las secuelas del trabajo en la mina, y los textos subrayan la materialidad de sus referentes sin perder el vuelo lírico o la incandescencia de las imágenes. De esta manera, emplea un enfoque que expulsa toda nostalgia o toda envoltura melancólica, pues las palabras están hiladas por la rabia y la conciencia de la resistencia, de la lucha proletaria que siempre acontece. Por eso estos textos se enuncian en presente y el sujeto es plural. Por eso es necesario leerlos y compartirlos.

Alberto García-Teresa

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¿Quién?

-¿Quién, Pepe?

¿Y qué es Pepe?

-No, Manuel

¿Y qué es Manuel?

Los nombres propios no son nada, no significan nada, son pura genealogía, simples deícticos. Pero como son genéricos (en nuestra cultura), necesitan algo más, otro adorno, digamos, pues somos, más o menos, hijos de algo o alguien (el padre).

La inseguridad en el uso de los nombres propios se ve muy bien en el Quijote (que, al menos, tiene la suerte de elegir su propio nombre).

Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto no hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. […]

[…] Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde -como queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. […]

(Don Quijote I, cap. 1)

Más adelante:

[…] los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo desciendo por línea recta de varón), venciendo a los hijos del conde de San Polo […]

(Don Quijote I, cap. XLIX)

Pero todo ello porque él es un hidalgo, un hijo de algo. Sancho, por el contrario, como no lo es, no tiene apellido pues “Panza” es un apelativo, un mote…

Así que a la pregunta ¿quién es? la mejor respuesta posible es

-Uno, el que habla…

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¿Quiénes, quién?

Ese, uno (cualquiera, no 1, 2… Estos solo cuentan abstracciones), un tal, fulano. La forma más antigua de designar, la más refractaria al cambio y al trapicheo en el sistema de las lenguas. Quizá, por eso también, por su rebeldía a la manipulación, la que más ofende a los ofendibles:

-¿Quién ha sido, ése?

-No, ese no, esa.

O, por el contrario, escondiendo al sujeto:

-Pero ¿quién te lo ha dicho?

-Qué más da, uno…

Y, cómo no, en el mundo de los hombres, las mujeres sin nombre: “una cualquiera”, una fulana”…

CONTINUARÁ

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¿Quién, quiénes?

Se puede responder de varias maneras, trazando con cada una de ellas, diferentes estelas semánticas, es decir, estableciéndose distintas categorías en la realidad. Un policía, por ejemplo, preferiría el genérico y despectivo “individuo” o “individuos”. Así lo he oído en un telediario hace un rato: “se sospecha que los autores del robo del Louvre fueron cuatro individuos…” En un registro más vulgar, dejarían de ser individuos para ser “tíos” o “tipos” (‘tipejos’ si la ausencia de prestancia física o dignidad es su principal característica).

Si es la habilidad o inteligencia en su especialidad (como parece apreciarse en el robo del tesoro napoleónico), “ladrones” parece más adecuado pues la palabra se adorna con los saberes consagrados de un venerable y antiguo oficio. Aún hay otros términos ya en desuso como “cacos” o “hampones” en los que no nos detenemos por ahora.

Por arriba, tenemos aún los “sujetos”, preferidos en el mundo judicial (“responda el sujeto a la pregunta”) o en el de la Hacienda y sus impuestos, en sintagma ciertamente ambiguos como “sujeto imponente” (¿existe semejante cosa?) y algunos más humorísticos como “tipo impositivo”…

CONTINUARÁ

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El reino de la necesidad y la boca del león

La política se ha instalado, hace mucho tiempo si no siempre, en el reino de la necesidad y ha abdicado del de la libertad, que es el propio de la política. Lo dijo una vez Rajoy, en la presentación parlamentaria de una de sus múltiples tandas de recortes, «No disponemos de más ley ni más criterio que el que la necesidad nos impone»; renunciaba, en efecto, a la libertad de elección, decisión y acción que define a un gobernante. Si no es así, es que ejerce de forma delegada por parte de otros que no aparecen en la escena. Si ese otro u otros son los funcionarios de Bruselas, del BCE o del FMI, es evidente que las decisiones políticas que están afectando de tal manera nuestras vidas y la de las generaciones futuras las están tomando instituciones y funcionarios no elegidos por nadie, no sólo en España sino en toda Europa. Eso es, en pura teoría política, un golpe de estado «blando».

El reino de la necesidad lleva también al reino del secreto y de lo arcano. Hace también unos años denunciábamos en La Opinión de Málaga («Lo que sea necesario») el funesto abuso de la muletilla «haremos lo que sea necesario», que interpretábamos como una remisión al reino de la voluntad, de tal manera que hacer lo que sea necesario equivale a decir «hacer lo que me dé la real gana». Esto es así porque la necesidad se convierte a sí misma en el único argumento que, al no ser razonado ni demostrado, equivale a un argumento cero: es decir, el de la voluntad pura y dura, el que encontramos en «razonamientos» como los que siguen usando muchos padres, «esto es así porque lo digo yo», o algunos maestros: «niño, esto es así porque sí»…

En el fondo, es una manera de entender la política parecida, y no tan diferente como pudiera parecer en un principio, a la que practicaban los romanos. En la política romana no contaban ni la ideología ni el futuro: los actos del poder -republicano o imperial, en eso no había diferencias-, se remitían de forma vaga a épocas o gobernantes del pasado que se consideraban ejemplares, por una u otra razón, y a los que los contemporáneos imitaban de forma imprecisa. En todo caso, la política se limitaba a intentar cubrir el expediente inmediato: trigo, espectáculos y la manifestación continua de su voluntad de poder manifestado en el dominio militar efectivo de los territorios del imperio. No sé quién será el epónimo gobernante del pasado que sirve de modelo a los gobernantes de ahora, pero lo que está claro es que su labor política mira también al pasado y cuida del circo -recordemos sus tristes alusiones al patriotismo futbolístico y su empeño en asistir a los partidos en momentos políticos muy virulentos- y del trigo para el pan, dentro de un orden, naturalmente, que siempre ha habido pobres. Por lo demás, tampoco hay futuro y en eso es tan punk como el capitalismo actual.

Por terminar con los romanos, recordemos uno de los espectáculos simbólicos a los que eran tan aficionados. Se representó varias veces en la época de los emperadores de la dinastía flavia, y consistía en el admirable hecho de que un león (bastante modorro, suponemos) domesticado abría su enorme boca en la que una confiada liebre, contra todo pronóstico, se metía, habitando allí durante un buen rato, como en su casa. Tal espectáculo llamó la atención del cáustico poeta Marcial que interpretó la enseñanza escondida de tal espectáculo en unos ilustrativos epigramas: el león no cerrará la boca porque desprecia, en el fondo, a la liebre; ésta sabe que en cualquier momento, puede cerrar sus mandíbulas y destrozarla, pero sabe también que «no está más segura cuando corre por la arena desierta / ni siquiera en su jaula se esconde con tanta seguridad» y termina con este impar epigrama:

«Si quieres evitar los mordiscos de los perros, liebre,

maldita, ahí tienes la boca del león para refugiarte.»

El amigo lector sabrá, con toda certeza, interpetar la enseñanza de este viejo espectáculo alegórico a las insidiosas circunstancias políticas contemporáneas, tal como Marcial lo hizo para las de su tiempo.

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