Se puede responder de varias maneras, trazando con cada una de ellas, diferentes estelas semánticas, es decir, estableciéndose distintas categorías en la realidad. Un policía, por ejemplo, preferiría el genérico y despectivo “individuo” o “individuos”. Así lo he oído en un telediario hace un rato: “se sospecha que los autores del robo del Louvre fueron cuatro individuos…” En un registro más vulgar, dejarían de ser individuos para ser “tíos” o “tipos” (‘tipejos’ si la ausencia de prestancia física o dignidad es su principal característica).
Si es la habilidad o inteligencia en su especialidad (como parece apreciarse en el robo del tesoro napoleónico), “ladrones” parece más adecuado pues la palabra se adorna con los saberes consagrados de un venerable y antiguo oficio. Aún hay otros términos ya en desuso como “cacos” o “hampones” en los que no nos detenemos por ahora.
Por arriba, tenemos aún los “sujetos”, preferidos en el mundo judicial (“responda el sujeto a la pregunta”) o en el de la Hacienda y sus impuestos, en sintagma ciertamente ambiguos como “sujeto imponente” (¿existe semejante cosa?) y algunos más humorísticos como “tipo impositivo”…
La política se ha instalado, hace mucho tiempo si no siempre, en el reino de la necesidad y ha abdicado del de la libertad, que es el propio de la política. Lo dijo una vez Rajoy, en la presentación parlamentaria de una de sus múltiples tandas de recortes, «No disponemos de más ley ni más criterio que el que la necesidad nos impone»; renunciaba, en efecto, a la libertad de elección, decisión y acción que define a un gobernante. Si no es así, es que ejerce de forma delegada por parte de otros que no aparecen en la escena. Si ese otro u otros son los funcionarios de Bruselas, del BCE o del FMI, es evidente que las decisiones políticas que están afectando de tal manera nuestras vidas y la de las generaciones futuras las están tomando instituciones y funcionarios no elegidos por nadie, no sólo en España sino en toda Europa. Eso es, en pura teoría política, un golpe de estado «blando».
El reino de la necesidad lleva también al reino del secreto y de lo arcano. Hace también unos años denunciábamos en La Opinión de Málaga («Lo que sea necesario») el funesto abuso de la muletilla «haremos lo que sea necesario», que interpretábamos como una remisión al reino de la voluntad, de tal manera que hacer lo que sea necesario equivale a decir «hacer lo que me dé la real gana». Esto es así porque la necesidad se convierte a sí misma en el único argumento que, al no ser razonado ni demostrado, equivale a un argumento cero: es decir, el de la voluntad pura y dura, el que encontramos en «razonamientos» como los que siguen usando muchos padres, «esto es así porque lo digo yo», o algunos maestros: «niño, esto es así porque sí»…
En el fondo, es una manera de entender la política parecida, y no tan diferente como pudiera parecer en un principio, a la que practicaban los romanos. En la política romana no contaban ni la ideología ni el futuro: los actos del poder -republicano o imperial, en eso no había diferencias-, se remitían de forma vaga a épocas o gobernantes del pasado que se consideraban ejemplares, por una u otra razón, y a los que los contemporáneos imitaban de forma imprecisa. En todo caso, la política se limitaba a intentar cubrir el expediente inmediato: trigo, espectáculos y la manifestación continua de su voluntad de poder manifestado en el dominio militar efectivo de los territorios del imperio. No sé quién será el epónimo gobernante del pasado que sirve de modelo a los gobernantes de ahora, pero lo que está claro es que su labor política mira también al pasado y cuida del circo -recordemos sus tristes alusiones al patriotismo futbolístico y su empeño en asistir a los partidos en momentos políticos muy virulentos- y del trigo para el pan, dentro de un orden, naturalmente, que siempre ha habido pobres. Por lo demás, tampoco hay futuro y en eso es tan punk como el capitalismo actual.
Por terminar con los romanos, recordemos uno de los espectáculos simbólicos a los que eran tan aficionados. Se representó varias veces en la época de los emperadores de la dinastía flavia, y consistía en el admirable hecho de que un león (bastante modorro, suponemos) domesticado abría su enorme boca en la que una confiada liebre, contra todo pronóstico, se metía, habitando allí durante un buen rato, como en su casa. Tal espectáculo llamó la atención del cáustico poeta Marcial que interpretó la enseñanza escondida de tal espectáculo en unos ilustrativos epigramas: el león no cerrará la boca porque desprecia, en el fondo, a la liebre; ésta sabe que en cualquier momento, puede cerrar sus mandíbulas y destrozarla, pero sabe también que «no está más segura cuando corre por la arena desierta / ni siquiera en su jaula se esconde con tanta seguridad» y termina con este impar epigrama:
«Si quieres evitar los mordiscos de los perros, liebre,
maldita, ahí tienes la boca del león para refugiarte.»
El amigo lector sabrá, con toda certeza, interpetar la enseñanza de este viejo espectáculo alegórico a las insidiosas circunstancias políticas contemporáneas, tal como Marcial lo hizo para las de su tiempo.
¿Quién se acuerda ya, en este pícaro mundo, de los hermanos Álvarez Quintero? Pues yo 😀
Era un jardín sonriente; era una tranquila fuente de cristal; era, a su borde asomada, una rosa inmaculada de un rosal Era un viejo jardinero que cuidaba con esmero del vergel, y era la rosa un tesoro de más quilates que el oro para él. A la orilla de la fuente un caballero pasó, y la rosa dulcemente de su tallo separó. Y al notar el jardinero que faltaba en el rosal, cantaba así, plañidero, receloso de su mal:
-Rosa la más delicada que por mi amor cultivaba nunca fué; rosa la más encendida la más fragante y pulida que cuidé; blanca estrella que del cielo, curiosa de ver el suelo, resbaló; a la que una mariposa de mancharla temerosa no llegó ¿Quién te quiere?¿Quién te llama por tu bien o por tu mal? ¿Quién te llevó de la rama, que no estás en tu rosal? ¿Tú no sabes que es grosero el mundo?¿Qué es traicionero el amor? ¿Qué no se aprecia en la vida la pura miel escondida en la flor? ¿Bajo que cielo caíste? ¿a quién tu tesoro diste virginal? ¿En que manos te deshojas? ¿Qué aliento quema tus hojas infernal? ¿Quién te cuida con esmero como el viejo jardinero te cuidó? ¿Quién por ti sola suspira? ¿Quién te quiere?¿Quién te mira como yo? ¿Quién te miente que te ama con fe y con ternura igual? ¿Quién te llevó de la rama, que no estás en tu rosal? ¿Por qué te fuiste tan pura de otra vida a la ventura o al dolor? ¿Qué faltaba a tu recreo? ¿Qué a tu inocente deseo, soñador? En la fuente limpia y clara, espejo que te copiara ¿no te di? Los pájaros escondidos, ¿no cantaban en sus nido para ti? Cuando era el aire de fuego, ¿no refresqué con mi riego tu calor? ¿No te dio mi trato amigo en las heladas abrigo protector? Quién para sí te reclama, ¿te hará bien o te hará mal? ¿Quién te llevó de la rama, que no estás en tu rosal?
Así un día y otro día enrte espinas y entre flores, el jardinero plañía, imaginando dolores, desde aquel en que a la fuente un caballero llegó y la rosa dulcemente de su tallo separó…
Una vez, en una charla con estudiantes de la Universidad de la Habana, Fidel Castro dijo “Entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante era creer que alguien sabía de socialismo o que alguien sabía cómo se construye”.
Ponía en práctica así, con ese reconocimiento-disculpa, lo que en el ya olvidado lenguaje de la izquierda se llamaba “autocrítica”, y que era una cura ascética que se exigía a los militantes para que, mientras tanto llegaba la nueva sociedad, se fuera conformando, al menos, el hombre nuevo.
Cuánto echamos de menos esa ascesis de la autocrítica en los gobernantes de nuestra feble Europa, que de tan humillante manera vemos cada día vender su alma -el capitalismo con rostro humano- en la pública almoneda de las deudas y las sospechas… Y en cuanto a la “docta ignorantia” manifestada por Castro, en efecto, ¿quién sabe de socialismo, ni qué futuro mundo, mejor y posible, evoca esa palabra, que ha llenado de esperanzas y espíritu de lucha a tantas generaciones?, ¿quién sabe cómo se construye eso?
Pero sí sabemos, al menos, lo que no es y cómo no se edifica. Desde luego no es eso que se sigue llamando aún “estado del bienestar”, con esa fórmula lingüística tan edulcorada y bienpensante como el original inglés que traduce, el “welfare” de marras: ese espejismo sociopolítico en el que se ha diluido, como un medicamento homeopático, la socialdemocracia europea.
Su nostalgia de un capitalismo potente, moral y productivo, cuyos excedentes de riqueza redistribuiría el estado mediante un sistema fiscal progresivo, ha dejado a los partidos socialistas de nuestro mundo cercano, literalmente, con la palabra en la boca, sin saber qué decir ni hacer salvo ofrecer carne a la fiera de la especulación universal -insaciable por naturaleza- para que se calme, como si fuera sólo el molesto e irascible perro del vecino.
Tampoco es socialismo, como sabemos desde hace tanto tiempo, el capitalismo de estado y partido único que ha (re)descubierto China en esta enfebrecida carrera de acumulación de capital y poder a que se ha lanzado, (re)descubriendo -sarcasmos de la historia- la vieja rueda que tantas vidas humanas ha aplastado en su camino: la explotación laboral, los movimientos masivos de población, la contaminación de cielo y aguas o la neurosis e infelicidad de sus ciudadanos.
De modo que “saber de socialismo” es más bien un no saber, o mejor, un saber desengañado, el de lo que no es. Y es en esa sabiduría escarmentada y dura en la que, a mi parecer, nos instalamos poco a poco los contemporáneos sin fortuna…
En fin, que veo en todo ello una utopía negativa, si se quiere llamar así, una esperanza desesperanzada que. por lo menos, vuelve a invocar un futuro -que sigamos llamándolo socialismo o de otra manera es lo de menos- entrevisto como un paisaje vacío, como una nueva casa que haría posible una vida buena, pero sin los viejos y apolillados muebles de nuestros antepasados ni la falsa madera de cartón-piedra de los módulos de IKEA.
En una novela de Rebecca Maccai (Tengo unas preguntas para usted) se hace un uso ejemplar, por didáctico, de las luminosas luciérnagas, que están desapareciendo, por otro lado, de nuestras cansados ojos y nuestros no menos cansados cielos. Si no como especie, junto a los demás insectos, sí a causa de la luz cegadora de nuestras ciudades, que también nos impide ver las estrellas…
La cosa es que en esta historia de estudiantes, profesores y crímenes, en una reunión festiva, un alumno recién llegado irrumpe de pronto en el grupo avisando alarmado de que acaba de ver en el cielo una enorme cantidad de ovnis. Sus conmilitones, a pesar de su aparente escepticismo, bajan a la calle a mirar. Descubren entonces que los supuestos invasores del espacio no son sino luciérnagas, insectos cuyos machos iluminan los cuerpos en sus vistosas ceremonias de apareamiento.
Descubren también que el nuevo estudiante no sólo no solo no había visto nunca a estos insectos sino que ni siquiera sabía de su existencia. Los demás, alborozados por ser portadores de tal descubrimiento, cogen luciérnagas en los cuencos de sus manos para enseñárselas de cerca al novato… Como bien razona la autora, el chico había echado mano de su conocimiento y experiencia previa del mundo para explicar el fenómeno desconocido que acababa de presenciar: y lo que encontró más parecido fueron las luces de los platillos volantes. Que estos no formen parte de las que consideramos por consenso como verdades comprobables no importa; lo que importa es que le ayudó a explicar lo que veía…
Tanto los ovnis como las luciérnagas formaban parte, para este chico, de lo que Ortega y Gasset, en otro contexto, llamó una vez “conocimiento fantasma”. Es común a todos y todos lo usamos continuamente para cubrir los huecos de nuestro desconocimiento o ignorancia. En otras épocas eran mitos, en esta, quizá, memes o fake news.
Para acabar, invito al lector amigo a leer la edición bilingüe que publiqué en Sibila -mi canal en Substack- de un ensayo portentoso de Pier Paolo Pasolini sobre, justamente, la desaparición de las luciérnagas, o “Dopo la scomparsa delle lucciole” como suena en la hermosa lengua italiana…
Pues que vuelvo a cumplir años, dando fin a una década nada prodigiosa…Yo nací en mi casa, como todos mis hermanos, no en un hospital. Así que las vagas reminiscencias de olores, ruidos y luces que me quedan de aquel tiempo remoto pertenecen a mi casa familiar. Mi madre me contaba que mi parto fue poco doloroso y que, realmente, le quedó la sensación de que nací solo sin que ella apenas se diera cuenta.
Según ese relato, que yo he ido adornando, había tormentas esa noche y mi padre volvió en bicicleta del campo en el que había estado trabajando aquel día por caminos embarrados y totalmente mojado.
Da igual que fuera así o no, nuestros recuerdos son una ficción, un relato al que intentamos dar un sentido, pero que, en realidad, se apelotonan en una especie de singularidad sin espacio ni tiempo, como la que imaginan los físicos en los momentos iniciales del Big Bang. Así que más que en esa narración imaginaria del pasado que inventa nuestra memoria, estamos siempre más bien donde decía el verso de Caballero Bonald: en el tiempo que nos queda…