Leo en la Trilogía de los tres cuerpos, de Cixin Liu la siguiente intervención de un personaje (Feng): “Hermana, ¿por qué crees que no se nos caen encima las estrellas?”. Una pregunta que cuesta trabajo imaginar hoy, por varias razones:
Una, porque vivimos en un mundo en el que las verdaderas preguntas (las provocadas por la curiosidad y la ingenuidad a partes iguales, como causas primeras del descubrimiento y el deseo de saber) desaparecen en masa ante nuestros ojos y oídos desatentos.
Otra, complementaria, porque las preguntas son sustituidas a la misma velocidad por respuestas categorizadas en los repertorios de lugares comunes contemporáneos (¿no te recuerdas, en medio de una conversación entre amigos, donde por azar había surgido una pregunta ingenua, ver de reojo al listo de la pandilla buscando en Google una respuesta, para ver de ser Antoñita la Primera en contestar?)
Pues bien, la inquietante pregunta de Feng en la ficción de Cixin Liu me la hizo una vez, casi con las mismas palabras, hace una vida, un chico joven -hijo de una carbonera, amigo de mi hermano menor- mientras sentados en un banco de un parque contemplábamos absortos un inmenso cielo estrellado…
Improvisé una explicación, seguramente torpe y aturrullada, de la que no sé si a duras penas logró sacar algo en claro. De vuelta a casa, pensé -lo recuerdo bien- que podría haberme ahorrado la pedante disertación con la cara del que sabe, como yo imaginaba que correspondía a mi edad y mis estudios, y haberme limitado a compartir con él el asombro maravilloso que traslucían sus ojos y sus palabras… O, al menos, haberle dado la respuesta bienhumorada de Ye en la novela: “están demasiado lejos, no pueden caernos encima”.
Niños especiales o niños diferentes: así es que como se les llama en el mejor de los casos. Sea en listas de discusión e intercambio en la red de padres melancólicos, o animosos con un aquél de desespero; o en decretos, disposiciones y siempre parcas ayudas públicas: pero niños que son identificados siempre con el matiz de la indiferencia pública y de la diferencia privada. Son los niños que no hablan, o a duras penas en hermosas pero mistéricas melopeas musicales; que se malmueven o que, inmovilizados, esperan la mano invisible de Bécquer: niños especiales, sin duda, caminantes extraños que tropiezan en piedras invisibles para los demás o en la silla más tonta que en un descuido dejamos en la misteriosa e inesperada estela de sus pasos.
O niñas, claro. La que me mira, de bellos ojos marrones, y de sonrisa enigmática, lo es, especial, quiero decir. En sus ojos, de pupilas a menudo dilatadas, nunca sé si por las medicinas o por el asombro que le produce todo lo que ve y oye -porque no imaginan lo que ven y oyen, los niños- , yo rescato del olvido la sorpresa inicial que dio la primera pregunta al filósofo primero -no el amanecer tembloroso, no la injusticia terrible o la torpeza criminal, no: sus ojos interrogadores, una realidad siempre nueva.
En ellos encuentro -si les pudiera contar sin llamarnos a tópico o a engaño- no lo que es común y aterradoramente normal en la mirada de tantos niños: el velo de la monotonía o la catarata de la publicidad y el aburrimiento, ni la letanía de los cates o los sufis. No, sino el pasmo ante todo -todo: esto, eso aquello, las cosas que pueblan la casa o que están por llegar, o que ya fueron: ven lo que no vemos los demás- que los hace diferentes; las preguntas desarmantes y comprometidas, formuladas o puestas como evidencia de una ordalía siempre de paz. Todo es nuevo bajo el sol cuando se les tiene al lado, a la vez y tanto como todo lo que nos venden como nuevo se vuelve inmediata e irremisiblemente viejo…
Mi niña especial vuelve a nacer a cada instante porque en el anterior ya lo olvidó todo, como en el verso. Es eso lo que me la hace tan parecida al mar, lo mismo que él sin edad y por ello siempre joven. A veces, también peligrosa, como la mar a su vez: al borde siempre de un naufragio no previsto, de una tormenta blanca, de insomnios iluminados por fuegos de San Telmo… Pero en cuanto puede y sobrevive, su risa me muestra el camino hacia la alegría a punto siempre de desbordarse o el mejor atajo al silencio aceptado y compartido en que remendar el trapo o contar, de nuevo, las estrellas. Tanta contabilidad inútil. Es ella la que me recuerda, de entre el caos de libros, papeles y café en que me muevo, el que toca en cada momento, el que más a bientraer me trae, y me lo lanza al regazo junto a la bolsa de gusanitos que con certero olfato atina a recuperar.
Los niños especiales son los guardianes de la puerta del misterio. Por eso es a ella a quien miro, guía certera, y no a esas leyes nuevas que dicen, de que hablan los nuevos políticos, sobre ayudas -siempre las perricas para despistar la mala conciencia de nuestra cultura, para entenderlo y tasarlo todo, tantos tienes tanto vales- a personas dependientes, ya no especiales siquiera, como los ancianos aún sin aparcar en algún rincón oscuro. La mirada interrogadora de esta niña, tal como la advinaba Octavio Paz -los poetas, ahora más que nunca necesarios- cuando, inquieto ante otros ojos que le preguntaban, se decía: «El pequeño mono me mira / quiere decirme algo / que se le olvida…».
Ilustraciones de horteras del s. XIX procedentes del libro «Los españoles pintados por sí mismos»
Intentaré, en esta reflexión que ahora arranca, un acercamiento entre literario y social a una figura problemática y ambigua, tanto considerada en su condición de trabajador como en la de intermediario en los procesos de intercambio, en concreto, el que Marx esquematizaba como Dinero-Mercancía-Dinero: el dependiente de comercio. Me detendré en algunos recuerdos personales y en un texto costumbrista de Antonio Flores1, incluido en Los españoles pintados por sí mismos1, una colección de retratos de la sociedad de la época publicado en Madrid en 1843, por Ignacio Boix2, con el título de “El hortera”.
La tienda (y la taberna, el restaurante, el hotel…) es el lugar del intercambio del equivalente universal, el dinero, por el valor de uso de la mercancía. El tendero (el dependiente, el camarero…) es el guardián de ese territorio limítrofe en el que se consuma la realización del deseo subjetivo del cliente de poseer el valor de uso de la mercancía, si tiene dinero… El dependiente es una figura compleja, ubicado entre la obediencia al dueño del comercio, su patrón, y la obsequiosidad hacia el cliente, que ejerce su autoridad (más terrible aún, de naturaleza precapitalista: la del amo respecto al criado) en tanto portador de dinero. Pero también el dependiente debe actuar como agrio censor, con el poder delegado por el dueño de las mercancías, frente a los clientes pobres que miran, regatean, intentan hurtar…
Un ser humano es, ante todo, un saco al que hay que echarle comida; las otras funciones y facultades pueden ser más divinas, pero vienen cronológicamente después. El hombre muere y lo entierran, y todo lo que dijo e hizo queda olvidado, pero lo que ha comido lo sobrevive en los huesos fuertes o maltrechos de sus hijos.
El camino de Wigan Pier, de George Orwell
He ido descubriendo al azar de las lecturas, otras metáforas materialistas (de nuestra materialidad fisiológica) parecidas a esta. He recordado, por ejemplo, después de haber escrito la cita anterior, una de Vergilio Ferreira, el descarnado escritor portugués, que comparaba al hombre con un tubo, que en una actividad incesante, metía cosas por un orificio y las sacaba por el otro…
A veces las conversaciones fragmentarias que nos llegan de gente por la calle a través del móvil, son surrealistas y con un punto que inspira la imaginación. Esta mañana, una daba paseos cortos delante de un bar con el telefonito pegado a la oreja, más sería que un guardia civil. Sólo cabeceaba afirmativamente de vez en cuando. De repente se paró, más sería aún y, con voz ronca, preguntó:
El Hombre-Polilla (The Man-Moth) es un poema de la escritora norteamericana Elizabeth Bishop (1911-1979), escrito en 1935 y publicado en la antología de 1946: Norte y sur (North and South).
El Hombre-Polilla, uno de los mejores poemas de Elizabeth Bishop, está inspirado en un error tipográfico en un artículo del New York Times, en el que se utilizó equivocadamente el término manmoth [«hombre-polilla»] en lugar de la palabra correcta: mammoth [«mamut»]. En una entrevista, la autora mencionó que es errata «parecía estar destinada» a ella:
«Un oráculo me habló desde la página del New York Times (…) A una le ofrecen este tipo de declaraciones oraculares todo el tiempo, pero a menudo se las pasa por alto, o el significado se niega a permanecer en su lugar.»
El Hombre-Polilla nos introduce en un escenario urbano, nocturno: la luz de la luna se filtra por las grietas de los edificios, y esto atrae a una criatura humanoide, extraordinariamente delgada, que emerge de las alcantarillas. El El Hombre-Polilla no puede ver la luna, pero sí sentir su luz. Comienza a trepar por un edificio; cree que la luna es en realidad una pequeña abertura en el cielo por la cual podrá meter su cabeza. Está asustado, pero la luz lo atrae inexorablemente…
Aquí, arriba,
las grietas de los edificios se llenan de desmesurada luz de luna.
Toda la sombra total del hombre es sólo tan grande como su sombrero.
Yace a sus pies y semeja a un círculo donde puede pararse una muñeca
y él es como un alfiler invertido, la imantada punta hacia la luna.
No ve la luna; observa solamente sus infinitas propiedades,
y siente la extraña luz sobre sus manos, ni cálida ni fría,
una temperatura imposible de registrar en termómetros.
Pero cuando el Hombre Polilla
hace sus raras y ocasionales visitas a la superficie,
la luna parece muy distinta. Emerge
desde una abertura bajo el borde de una de las aceras
y nervioso comienza a escalar las caras de los edificios.
Piensa que la luna es un agujero en lo alto del cielo,
demostrando que la protección del cielo es del todo inútil.
Tiembla, pero debe investigar hasta dónde puede escalar.
Por las fachadas,
arrastra tras de sí su sombra como un trapo de fotógrafo,
sube con miedo, pensando que esta vez conseguirá
meter su pequeña cabeza en esa abertura redonda y limpia
y ser arrastrado a través de ella como por un tubo en
volutas negras contra la luz.
(El hombre, parado debajo de él, no se hace esas ilusiones.)
Pero el Hombre Polilla debe hacer lo que más teme, aunque,
claro, fracase, y caiga asustado pero sin lastimarse apenas.
Entonces vuelve
a los pálidos subterráneos de cemento a los que llama casa.
Revolotea, se agita, y no puede montarse en los trenes silenciosos
con la celeridad que le convendría. Las puertas se cierran rápidamente.
El hombre polilla siempre se sienta en sentido contrario
y el tren arranca de inmediato, a toda velocidad,
sin cambiar de marchas ni moverse gradualmente.
No puede calcular la velocidad a la que viaja hacia atrás.
Cada noche debe
Ser transportado a través de túneles artificiales y tener sueños recurrentes.
Así como las traviesas se repiten bajo su tren, éstas subyacen
en su precipitado cerebro. No se atreve a mirar por la ventana,
porque el tercer raíl, la intacta corriente de veneno,
corre ahí a su lado. La mira como a una enfermedad
cuya susceptibilidad ha heredado. Tiene que llevar
las manos en los bolsillos, como otros deben llevar mitones.
Si lo atrapas,
ilumínale los ojos con una linterna. Es todo pupila negra,
una noche entera en sí misma, cuyo horizonte de pelos se
contrae cuando él devuelve la mirada y cierra los ojos. Entonces, de
los párpados se desliza, como el aguijón de una abeja, una lágrima, su única posesión.
Se la enjuga con disimulo, y si no estás atento
se la tragará. Pero si lo vigilas, te la entregará,
fría como de manantiales subterráneos y lo bastante pura para ser bebida.
The Man-Moth
Here, above,
cracks in the buildings are filled with battered moonlight.
The whole shadow of Man is only as big as his hat.
It lies at his feet like a circle for a doll to stand on,
and he makes an inverted pin, the point magnetized to the moon.
He does not see the moon; he observes only her vast properties,
feeling the queer light on his hands, neither warm nor cold,
of a temperature impossible to record in thermometers.
But when the Man-Moth
pays his rare, although occasional, visits to the surface,
the moon looks rather different to him. He emerges
from an opening under the edge of one of the sidewalks,
and nervously begins to scale the faces of the buildings.
He thinks the moon is a small hole at the top of the sky,
proving the sky quite useless for protection.
He trembles, but must investigate as high as he can climb.
Up the façades,
his shadow dragging like a photographer´s cloth behind him,
he climbs fearfully, thinking that this time he will manage
to push his small head through that round clean opening
and be forced through, as from a tube, in black scrolls on the light.
(Man, standing below him, has no such illusions.)
But what the Man-Moth fears most he must do, although
he fails, of course, and falls back scared but quite unhurt.
Then he returns
to the pale subways of cement he calls his home. He flits,
he flutters, and cannot get aboard the silent trains
fast enough to suit him. The doors close swiftly.
The Man- Moth always seats himself facing the wrong way
and the train starts at once at its full, terrible speed,
without a shift in gears or a gradation of any sort.
He cannot tell the rate at which he travels backwards.
Each night he must
be carried through artificial tunnels and dream recurrent dreams.
Just as the ties recur beneath his train, these underlie
his rushing brain. He does not dare look out the window;
for the third rail, the unbroken draught of poison,
runs there beside him. He regards is as a disease
he has inherited the susceptibility to. He has to keep
his hands in his pockets, as others must wear mufflers.
If you catch him,
hold up a flashlight to his eye. It´s all dark pupil,
an entire night itself, whose haired horizon tightens
as he stares back, and closes up the eye. Then from the lids
one tear, his only possession, like the bee´s sting, slips.
Slyly he palms it, and if you´re not paying attention
he´ll swallow it. However, if you watch, he´ll hand it over,
cool as from underground springs and pure enough to drink.