Paradójico silencio en torno al descubrimiento de una carta de Rimbaud

Comparto, con esa «inmensa minoría» a la que me dirijo siempre, la versión en español de  un interesante (ponga el lector amigo el adjetivo «interesante» entre comillas) artículo publicado en Mediapart, el 6 enero de 2019 , concretamente, en el blog  Les invités de Mediapart , con el título Paradoxal silence autour de la découverte d’une lettre de Rimbaud. El autor del artículo es suficientemente claro en todo lo que respecta al descubrimiento de la carta, su tratamiento informativo en los medios franceses y el interés intrínseco de su contenido, que nos revela a un Rimbaud muy distinto al del tópico recibido, que lo encasilla perezosamente como «poeta maldito» . Mi papel, por tanto, queda reducido al de simple intermediario.

Paradójico silencio en torno al descubrimiento de una carta de Rimbaud

Doctor en ciencias políticas y apasionado por los estudios rimbaudianos, Frédéric Thomas encontró una carta del poeta, de 1874, sorprendentemente inédita, que lo muestra en relación con la red de comuneros en el exilio.  Se preguntaba por el silencio de la prensa en torno a este reciente descubrimiento.

Pocos periódicos han informado del descubrimiento excepcional de una carta desconocida de Arthur Rimbaud.  ¿Cómo se explica esta situación paradójica?

El 9 de octubre, Sotheby’s vendió la última carta de Arthur Rimbaud a su hermana por 405.000 euros.  Es imposible ignorarlo; ha estado en las noticias.  Muchos eran, de hecho, artículos, despachos y otros comunicados.  Era una oportunidad para recordar el trágico destino del poeta, para dispersar algunas anécdotas y citas, y para ceder a la magia complaciente del premio.  Y para tranquilizarse a un precio razonable sobre el supuesto destino del arte; para mantener la poesía a raya.

Al día siguiente, la revista rimbaudiana Parade sauvage publicó una carta desconocida de Arthur Rimbaud.  Sin embargo, esta «primicia» fue ignorada por la mayoría de los periódicos, a pesar de que estaban informados (con la excepción de Mediapart, que la mencionó en un artículo fechado el 24 de octubre de 2018).

La carta, que expone el sorprendente proyecto de Rimbaud de escribir «L’Histoire splendide», estaba en los archivos de Jules Andrieu.  Uno de sus descendientes, bisnieto del comunero, le dedicó una biografía: Era Jules.  Jules Louis Andrieu (1838-1884).  Un hombre de su tiempo, que la puso en línea.  Reproduce, en la página 109, una copia de esta carta.  Ahí fue donde la encontré.

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Carta inédita de Arthur Rimbaud, 16 abril de 1874 ©DR

He contactado con el descendiente (que desea permanecer en el anonimato).  Después de haber solicitado la experiencia y el asesoramiento de uno de los mejores expertos de Rimbaud, Steve Murphy, y de haberme beneficiado de la revisión y los comentarios de otros dos eminentes investigadores, Denis Saint-Amand y Robert St.Clair, he hecho pública esta carta, proponiendo un análisis detallado que intenta arrojar luz sobre su contexto, desafíos e implicaciones.

La edición del 4 de enero de 2019 del Frankfurter Allgemeine Zeitung dedicó una página entera al descubrimiento de esta carta.  ¿Cómo explicar tal diferencia de tratamiento de la información, de un país a otro -y mientras que Rimbaud sigue siendo, junto con Hugo y Baudelaire, uno de los poetas más famosos de Francia- entre una carta vendida y una carta descubierta?

¿Es el miedo a las «fake news»?  Ciertamente, es importante ser cauteloso.  Sin embargo, todo indica que la carta en cuestión es auténtica.  Además, hasta la fecha, todos los investigadores están de acuerdo en su autenticidad.  Sobre todo, esta precaución requiere más investigación, en lugar de ignorarla o silenciarla.  Sin embargo, parece que el miedo a las «noticias falsas» sirve como una excusa conveniente para la pasividad.  Tampoco debe ser visto como una conspiración de ningún tipo, ni como una disfunción, sino como una revelación de una situación.

Falta de tiempo y recursos -¿y curiosidad?-. Los periodistas tienen pocas oportunidades de verificar y cotejar la información.  Y menos aún para realizar trabajos de investigación.  Necesitan hechos en bruto, cuantificables, fácilmente asimilables y directamente explotables.  Incluso si eso significa perderse un descubrimiento, darle la espalda a la sorpresa.

De hecho, esta carta desconocida de Rimbaud avergüenza.  Su descubrimiento desestabiliza.  Porque esta carta no era conocida, por supuesto.  Pero también por su contenido -que nos invita a relanzar la investigación en torno al poeta- y su destinatario; socavando la imagen del genio solitario, del «poeta maldito», consagra la inscripción del autor de las Iluminaciones en una microrred política y cultural de los comuneros en el exilio.  Quiero decir, no tiene precio.  Definitivamente no hemos terminado; ni con Rimbaud ni con la poesía.  «A los vendedores no les falta dinero!  «(Soldes, Iluminations).

Tal vez tengamos que ponernos de su lado; Rimbaud sigue molestándonos.  La llamada que había hecho a la poesía para «cambiar la vida» resonaba a través de nosotros.  Tanto en la saturación de los medios como en nuestros silencios.  Es obvio que el descubrimiento de una de sus cartas es infinitamente más valioso para nosotros que su venta.

> Frédéric Thomas es doctor en ciencias políticas, investigador en Cetri, miembro del consejo editorial de Dissidences, autor de Rimbaud révolutionaire, Paris, L’échappée, 2019.

> He aquí el texto de la carta inédita de Arthur Rimbaud exhumada con la biografía del comunero Jules Louis Andrieu:

Arthur Rimbaud a Jules Andrieu – Londres, 16 de abril de 1874 – Carta autógrafa de los archivos de la familia de Londres, 16 de abril de 74

Señor,

– Con disculpas por la forma de lo siguiente.

Me gustaría emprender un trabajo por entregsa, con el título:  L’Histoire splendide.(Espléndida historia).  Me reservo: el formato, la traducción, (primero al inglés) el estilo debe ser negativo y la extrañeza de los detalles y la (magnífica) perversión del conjunto no debe afectar a ninguna otra fraseología que no sea la posible para la traducción inmediata – Como resultado de este resumen: entiendo que el editor sólo puede encontrarse en la presentación de dos o tres piezas muy elegidas.  ¿Necesitamos preparativos en el mundo bibliográfico, o en el mundo, para esta empresa, no lo sé?  – Finalmente, puede ser una especulación sobre la ignorancia en la que estamos ahora en la historia, (el único bazar moral que no explotamos ahora) – y aquí principalmente (me dijeron (?)) no saben nada de historia – y esta forma de especulación me parece suficiente en sus gustos literarios – Para concluir: sé cómo hacerme pasar por una persona de doble vista para la multitud, que nunca se molesta en ver, que puede que no necesite ver.

En pocas palabras (!) una serie indefinida de piezas de valentía histórica, comenzando con anales o fábulas o recuerdos muy antiguos.  El verdadero principio de esta noble obra es una reivindicación llamativa; la continuación pedagógica de estas piezas también puede ser creada por reivindicaciones al inicio de la entrega, o desprendidas – Como descripción, recordemos los procesos de Salammbô, como conexiones y exploraciones místicas, Quinet y Michelet: mejor.  Luego una arqueología ultra romántica siguiendo el drama de la historia; misticismo chic, rodando todo lo polémico; desde el poema en prosa hasta la moda local; desde la escritura de cuentos cortos hasta los puntos oscuros.

– Les advierto que no tengo más panoramas o curiosidades históricas en mente que un bachiller de hace unos años – quiero hacer un trato aquí.

Señor, sé lo que usted sabe y cómo lo sabe: pero estoy abriendo un cuestionario para usted, (esto parece una ecuación imposible), qué trabajo, de quién, puede ser tomado como el más antiguo (último) de los comienzos?

En una fecha determinada (debe ser en el futuro) ¿qué cronología universal?

– Creo que sólo debo prever la parte antigua; la Edad Media y los tiempos modernos reservados; aparte de eso, no me atrevo a prever – ¿Ves lo que los más antiguos anales científicos o fabulosos que puedo comparar?  Entonces, ¿qué obra arqueológica o crónica general o parcial?  Termino preguntando qué fecha de paz me da usted sobre el conjunto greco-romano africano.  Veamos: habrá: ilustrado en prosa a la Doré, la decoración de las religiones, los rasgos de la ley, la vergüenza de las fatalidades populares exhibidas con trajes y paisajes, – todo tomado y desenrollado en fechas más o menos atroces: batallas, migraciones, escenas revolucionarias: a menudo un poco exóticas ; sin forma hasta ahora en los tribunales o en la fantasía.  Además, una vez que el asunto esté resuelto, seré libre de ir místicamente, o vulgarmente, o hábilmente.  Pero un plan es esencial.

Aunque es completamente industrial y las horas dedicadas a la producción de esta obra me parecen despreciables, la composición no sólo me parece muy difícil.  Así que no escribo mis peticiones de información, una respuesta te molestaría más; te pido media hora de conversación, la hora y el lugar por favor, seguro de que has entendido el plan y que lo explicaremos rápidamente – para una forma increíble y en inglés.

¡Contesta, por favor!

Mis respetuosos saludos

Rimbaud – 30 Argyle square, Euston R. WC

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La mirada interior

La vista es el sentido humano por antonomasia: por decirlo en francés, con una palabra muy asentada y conocida, somos «voyeurs». Con la mirada nos comemos el mundo, literalmente. Los renacentistas tenían una elaborada teoría sobre el amor en la que los ojos inoculaban la enfermedad: no hay miradas inocentes…. Pero hay también una mirada interior encargada de ver lo invisible, de adivinarlo, y en ese sentido somos «voyants», videntes. Esos ojos ilocalizables marcan el destino del poeta o del artista, su señal de Caín que lo convierte en habitante del ensueño, ese mundo sonámbulo que es nuestra verdadera patria…

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Leyenda

Publicado en La Marea

La palabra «leyenda» procede del gerundio latino con valor de obligación. Significa literalmente «lo que ha de ser leído», con arreglo a su género neutro originario. Aún recuerdo de mi infancia un uso coloquial parecido, en consejos como «fíjate bien en lo que pone en la leyenda». Esto quiere decir también, según lo entiendo, que las leyendas, en su significado más extendido, llegan a nosotros ya escritas, con solo remotas huellas del océano sumergido de los relatos orales de que nacen.

Siempre me han encantado y, en el momento en que pude comprarme libros caros, adquirí una voluminosa antología de leyendas españolas de Vicente García de Diego, fundamentada y entretenida, aunque hecha con un criterio discutible: solo eligió aquellas más literarias del inmenso corpus disponible y de autores conocidos, en la mayoría de los casos. También trabajé con leyendas andaluzas en mi primer año como profesor y, más adelante, en un taller de narratología, encargando a los alumnos -de zonas rurales: es impensable su supervivencia en poblaciones urbanas grandes- pequeñas investigaciones sobre leyendas vivas en su localidad. En una de esas ocasiones encontré rastros de una leyenda, no literaturizada, de un animal dañino y monstruoso que provocaba terror en la comarca y que destruía con fuego: algo muy parecido, según la reconstrucción hecha por el hablante a uno de mis alumnos,  a los dragones, parlantes y no parlantes, que han popularizado tantas películas actuales.

La leyenda se emparenta con la tradición, que se opone habitualmente a la Historia (así lo ha hecho Agustín García Calvo en  muchos de sus opúsculos). Tratándose en un caso y otro de relatos, se bifurcan y separan a causa del concepto contemporáneo de verdad científica. Esta, como monopolio de la Historia, ajustada a palo seco a documentos, objetos y testimonios comprobados -las famosas fuentes- en una búsqueda de interpretaciones que se suponen más cercanas a la «verdad» del pasado. Aunque con la excepción, que yo conozca, de los historiadores británicos tradicionales, excelentes narradores todos, como Sir Steven Runciman, que en su Caída de Constantinopla, 1453,  nos ofrece una rigurosa obra histórica que se lee como una gran novela. Esta excepción incluye a los de formación marxista -una nutrida y fértil escuela-  como el gran Eric Hobsbawm, a quien debemos la deliciosa historia de las revueltas agrarias del conocido como Capitán Swing, el nombre mítico e individual de los primeros luditas.

La leyenda, por su parte, no necesita el aparato erudito o científico en su búsqueda de verdad, pues en su camino propio bastan los relatos perdidos o imaginarios que le dan forma y ritmo, en la que el cálculo temporal no importa sino como evocación y neblina, sin quedar sujeta a exigencia de exactitud alguna. Lo que no quita que entre los pecios identificables de muchas leyendas se encuentren fragmentos de «verdad» histórica, como nos enseña el conocidísimo caso del arqueólogo Heinrich Schielamann en su búsqueda exitosa de los restos de Troya a partir de los textos legendarios de Homero.

Según nos acercamos a la modernidad, a la vida aburrida de las ciudades, sometidas ya a la ley del trabajo, el tiempo muerto planificado en ocios y diversiones, es decir, en tedio irremediable, las leyendas van adquiriendo las caras proyectadas por el espectáculo y el deporte; pero el barullo, ya ruidoso como nuestro tiempo, de hechos o hazañas de cantantes o jugadores, tildados con toda la mala intención como «legendarios», es el mismo. Como lo es la falta de interés por encontrar, en el contraste crítico con los hechos, «verdad» biográfica ninguna. El caso es que estas vidas nada ejemplares deben ser conocidas, leídas y baremadas, en tanto leyendas, en el frívolo canon del stream social, que también arrastra en su corriente las que se han popularizado como «leyedas urbanas» . Justamente, porque se trata de rumores o teorías supersticiosas no contrastadas con la realidad, enriquecidas por la creatividad del boca a boca.

La prescripción de aquellas cosas que tienen que ser leídas puede, también, ser decretada por una individualidad poderosa, tal como hizo -o quiso hacer, porque es el destino de las leyendas estar siempre inacabadas- el poeta Juan Ramón Jiménez, obsesionado siempre con legar su obra (su Obra, con mayúsculas) como un corpus ordenado. En torno a 1958, en el exilio, lejos de su tierra y de su gente, ya tenía un título para su obra completa: Metamorfosis, cuyas materias y nombres serían: Leyenda (poesía); Historia (prosa lírica); Política (ensayo y crítica general); Ideolojía (aforismos), Cartas (cartas públicas y particulares); Complemento («complemento jeneral»); y Traducción (traducciones de poetas extranjeros). ¿Por qué Juan Ramón pensó en el nombre de «Leyenda» como la totalidad abarcadora de su obra poética? Seguramente porque era consciente de la naturaleza de la leyenda, los versos que teníamos que leer: «como un mar en movimiento y cambio». Historia era el nombre adecuado para su obra en prosa, esclavizada por un sentido, ya como cultura y como ciencia, dejándonos la libertad de elegir entre leerla o no…

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Leer: reunir, recoger, cosechar…

El verbo leer viene del «legein» griego y el «legere» latino, cuyos significados oscilaban entre reunir, recoger y cosechar. ¿Cosechar, qué? Libros, historias, palabras dibujadas (letras, grafías: grafos, rayones sobre una piedra, sobre la arcilla cocida, sobre el papel…). Yo leo así de siempre, cosechando libros distintos, opuestos, complementarios, de un solo golpe de hoz o guadaña, al mismo tiempo, en paralelo más que en el desfile sucesivo…

He practicado así, sin saberlo, lo que Julia Kristeva llamaba intertextualidad, antes de que Internet lo popularizara con su hipertexto interminable, con la promiscuidad ansiosa de los enlaces (echar un lazo, atar, enredar, pero ya no cosechar). Así aprendí a pensar, relacionando cosas dispares al azar de las lecturas, devenidas, de este modo, en actos creativos, improvisados, llenos de sorpresas, descubrimientos, o deslindes y descubiertas, como llamaba a mi columna en La Opinión.

Esta navidad leo en paralelo un ensayo gozocísimo de un neurobiólogo y primatólogo, Compórtate, que recomendaba Belén Gopegui (también a ella la leo: Lo real) y una novela fascinante de Miguel Ángel Asturias, Nóbel olvidado, Hombres de maíz, una verdadera y lujuriosa fiesta verbal en la que el mundo y la lengua de los indígenas guatemaltecos se mezclan en coyunda feliz con el recio castellano popular del español de América y la mirada onírica y surrealista de la que su autor se empapó en el París de las vanguardias…

¿Qué saldrá de esta cosecha? No tengo ni idea, porque eso es lo buscado: lo imprevisible, lo por venir o descubrir, el desvelamiento o desocultación, el desciframiento del criptograma que, más allá de los libros, vela cuidadosamente el sentido del mundo y la mentira de la realidad…

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Baños, lujo, arte: la huida de nuestra condición

Esta mañana, al pasar por una casa en obras, me tuve que detener junto a una furgoneta que ocupaba la calle obstaculizando mi paso. Descargaban tazas de WC y leí, divertido, el letrero pintado en el exterior del vehículo con el nombre de la empresa: «Baños y Arte». En un primer momento (un automatismo de la actualidad española) recordé a aquel corrupto de Marbella del que descubrieron, tras su detención, que tenía colgados cuadros de Joan Miró en el cuarto de baño de su casa…

Otras imágenes de cuartos de baño lujosos, antiguos y modernos, acudieron a mi memoria y empecé a preguntarme por qué ocurría eso, justamente en el espacio reservado al aseo íntimo. Y caí en la cuenta de que era justamente por eso: un ocultamiento receloso (o una sublimación: es otra manera de verlo) de nuestras inmundicias y suciedad; un alejamiento parecido al que intentamos respecto de la presencia o recuerdo de la enfermedad y la muerte…

En realidad, nuestra civilización podría entenderse como el perfeccionamiento paulatino de ese disimulo, de la evacuación, siempre imperfecta, de nuestros olores y nuestra mierda. «Baños y arte», el eslogan, que la pequeña empresa había elegido tan acertadamente, era el resumen simbólico de la interminable e imposible huida de nuestra auténtica naturaleza…

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Esparcir la vida como principio moral (pensando con Kropotkin)

Publicado con el título Esparcir la vida en El Salto

A vueltas con el tema de la moralidad y la justicia, como en otras entradas del blog (se pueden consultar en la página que hemos dedicado a hemeroteca).  En esta ocasión, de la mano de Kropotkin y sus postulados sobre el carácter natural de la moral humana. Continuaremos en otro artículo posterior en que, como contraste, hablaré  a propósito de las ideas sobre la ética de Edgar Morin, el gran pensador francés.

Aunque es una de las derivadas menos conocidas de sus investigaciones y postulados sobre el apoyo mutuo, Kropotkin estuvo siempre preocupado por el tema de la moralidad natural, o el sentimiento espontáneo de lo moral en los seres vivos sociales. De hecho, en los últimos años de su vida trabajó intensamente (y en circunstancias vitales muy penosas, en su retiro en Rusia, vigilado por la policía bolchevique y viviendo en una pobreza absoluta, gracias al apoyo de amigos y compañeros) en lo que iba a ser un gran tratado sobre Ética, que la muerte no le permitió acabar.

A pesar de que hay una edición en español de este tratado incompleto, no me ha sido posible consultarlo. Sin embargo sí he podido leer dos textos cortos sobre este tema, donde ya están condensadas sus ideas fundamentales. Uno es un folleto, que recopilaba una serie de artículos escritos para La Révolte, que respondía al título de La moral anarquista. Se publicó en España una década después y fue muy conocido y difundido en los medios anarquistas españoles a través, fundamentalmente, de las publicaciones de la Escuela Moderna. y -ya en tiempos de guerra y revolución- de la mano de Tierra y Libertad, que lo editó junto al texto de la conferencia a la que me voy a referir a continuación: Justicia y Moralidad, elaborado como respuesta a un famoso artículo, famoso entonces, de Huxley, un discípulo de Darwin (a quien, sin embargo, salvaba del radicalismo de sus seguidores). En esa conferencia, como muchas otras veces, defendió la «ley del apoyo mutuo, una ley de la naturaleza que garantiza el éxito, la conservación y la evolución de  la especie que mejor la sabe practicar». Las ediciones posteriores han mantenido la edición conjunta de los dos escritos.

En sus textos sobre la moral, Kropotkin siempre defendió una estructura tripartita, tal que así:

Hay que distinguir en la moral, cuando menos, tres elementos constitutivos:
– el instinto, es decir, la costumbre heredada de la sociabilidad;

– la representación conceptual de la justicia y

– el sentimiento apoyado por la razón que puede llamarse abnegación, desinterés, desprendimiento.

Un concepto triangular, como se ve, tremendamente sencillo y útil, convenientemente alejado de cualquier planteamiento sobrenatural, tanto como de la justicia punitiva, con su terrible balanza del premio y el castigo.

Respecto al instinto moral (a una moralidad innata, si se quiere, que tras convertirse en hábito, termina por conceptualizarse con ayuda de la razón), Kropotkin, que era un gran naturalista, zoólogo y geógrafo, aporta siempre numerosos y sabrosos ejemplos del mundo animal y de los humanos primitivos. Pero bástenos esta afirmación tajante de carácter general, entresacada de La moral anarquista:

Sin esa solidaridad del individuo con la especie, nunca el mundo animal se hubiera desarrollado ni perfeccionado. El ser más adelantado en la tierra sería aún uno de esos grumos que flotan en las aguas y que apenas se perciben con el microscopio. Ni aún existirían las primeras agregaciones de células: ¿no son ya un acto de asociación para la lucha?

Es ese sentido ético, cristalizado en la idea fundamental de la ayuda recíproca, el que fundamenta el pensamiento ético «fuerte» que Kropotkin busca para el anarquismo, no el «miedo mutuo» del que hablaba Hobbes, ni la necesidad previa de un «pacto social», propugnado por este mismo pensador y repetido hasta la saciedad en nuestros días. El punto de partida, el único principio de una moral anarquista, es tratar a los demás como uno quiere ser tratado. Ese principio es el que plantea como necesidad complementaria la igualdad y la justicia, pues no es posible de otra manera.

A la igualdad dedica palabras tan hermosas como estas (una vez más, citamos del primero de los dos libritos que nos acompañan):

Nos hemos sublevado, y hemos invitado a los demás a sublevarse, contra los que se abrogan el derecho de tratar a otros como ellos no quisieran de ninguna manera ser tratados; contra los que no querrían ni ser engañados, ni explotados, ni embrutecidos, ni prostituidos, sino que lo hacen por culpa de los demás. La mentira, la brutalidad, etc., son repugnantes, no por que sean desaprobadas por los códigos de moralidad -descontemos esos códigos-, son repugnantes porque la mentira, la brutalidad, etc., sublevan los sentimientos de igualdad de aquel para quien la igualdad no es una vana palabra.

El tercer elemento del triángulo de la moral anarquista es el más delicado de razonar, pero es al que Kropotkin dedica quizá más espacio. Es un principio que rehuye incluso un nombre, de tal manera que su concepto mismo resbala entre ellos: magnanimidad, desprendimiento, deber, magnificiencia… Incluye a veces el sacrificio. Pero pese a lo que parece, es un concepto que se hincha de alegría, fuerza, energía desbordadora. Hay unas palabras (de Guyau, un hoy desconocido autor francés) que el príncipe anarquista repite en varias ocasiones: «nos sobran lágrimas, nos sobra alegría». Para repartirlas, pues:

Toda energía acumulada ejerce presión sobre los obstáculos colocados ante ella. Poder obrar es deber obrar. Y toda esa obligación moral, de la cual se ha hablado y escrito tanto, despojada de toda suerte de misticismos, se reduce a esta verdadera concepción: la vida no puede mantenerse sino es a condición de esparcirse. (…) Lo mismo le sucede al ser humano cuando está pletórico de fuerza y de energía. La fuerza se acumula en él; esparce su vida, da sin contar, sin lo cual no viviría; y si debe perecer, como la flor, deshojándose, no importa: la savia sube, si la hay.
Sé fuerte: desborda de energía intelectual y pasional, y verterás sobre los otros tu inteligencia, tu amor, tu actividad.
He ahí a lo que se reduce toda la enseñanza moral, despojada de las hipocresías del ascetismo oriental.

No hay mejor manera de acabar. Esta alegría desbordadora en defensa de la vida es el gran legado de uno de los padres del anarquismo, y es tan necesaria en estos tiempos oscuros como lo era en los que le tocó vivir a él.

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Museos abandonados, hermosas ruinas…

Este artículo ha sido publicado en Infolibre el 4 de enero de 2019

Siempre he mantenido una relación ambigua y contradictoria con los museos y el coleccionismo, aunque nunca, como ahora, lograba racionalizarlo. En lo que se refiere a los museos, la cosa viene de lejos: la revista El Paleto/2ª época -una revista de Osuna, que dio testimonio de los años de la Transición política española y en la que colaboré durante un tiempo- publicó un artículo mío que titulé «Los museos abandonados», que, en un tono ciertamente beligerante, manifestaba mi rechazo hacia esta institución «cultural». Mi alegato tenía que ver con el carácter de depósito mortuorio de las obras de arte encerradas en ellos, como un desván de trastos viejos e inservibles, desconectados entre sí y respecto al mundo vivo, incapaces de construir un relato si no era con mi ayuda, con la de cualquier visitante; protegidos por vallas, guardianes y un «no tocar» como prohibición primigenia y casi sagrada: Noli me tangere! Mientras lo busco y desempolvo para compartirlo de nuevo con mis lectores de ahora, dejo aquí el final, que recuerdo muy bien y que lo resume: «Los museos abandonados, ¡qué hermosa ruina!»

Para colmo, trabajé una temporada como guía del museo arqueológico de mi ciudad natal, y era un trabajo que me encantaba -aunque me sobrecogía la soledad hierática de las piezas cuando no había visitantes y me quedaba a solas en mudo diálogo con ellas… Cuando había gente, disfrutaba devolviéndolas por unos instantes a la vida en el relato verbal con que las enseñaba. Presumía, cuando eso era posible, de hacerlo en francés para los visitantes europeos que conocían esa lengua. Era un convencido del internacionalismo del arte y aquellos ratos reafirmaban mi creencia. Como saben mis amigos de las redes sociales, sigo sin romper mi cordón umbilical con ellos y no paro de enlazar cuadros de museos del mundo con el exhibicionismo propio de Internet.

Hoy sé que el origen de los museos es militar y que su función, en primer término, era la apología de la potencia de los estados, la presunción simbólica de una historia de conquistas, latrocinios y rapiñas. También sé que el origen del coleccionismo coincide con la ostentación de los propietarios de finales del siglo XV, la época, también, en la que se fragua el capitalismo europeo. Desde entonces hasta ahora, la nueva nobleza del dinero ha necesitado dignificarse con la posesión de objetos artísticos tras la devaluación y degradación inexorables de los títulos y estirpes familiares. El auge actual de las colecciones (hablaba de ello en un texto reciente sobre las nuevas mercancías), propias del capitalismo senil que padecemos, no hace sino corroborarlo.

Mi experiencia en esto es más liviana. En cierta ocasión, gracias a una conocida que me regaló su propio álbum filiatélico, quise continuar la colección por mis propios medios. Afortunadamente, desistí muy pronto, víctima del aburrimiento que me producía su contemplación onanista, la imposibilidad de encontrar las «rarezas» que hacen valioso cualquier atesoramiento de objetos, y esa sensación insidiosa, hermana de la que me han provocado siempre las visitas a museos, de tristeza y falta de sentido. Solo echo en falta no haber podido comprobar por mí mismo la confidencia de una querida amiga de que el lugar más discreto para un cita con un amor difícil es, justamente, un museo, entre desconocidos absortos en la contemplación pasiva de los objetos bajo custodia…

El museo rompe, en realidad, el ideal de belleza del Renacimiento, que nuestro fragmentario y cacofónico mundo olvidó hace tiempo: ese que pretendía que lo bello nace del equilibrio y complementariedad entre las partes y el todo. Bien mirado eso, que ya no existe por más exposiciones «temáticas» e itinerantes que hagan los responsables de estas instituciones, es lo único que me haría reconciliarme con ellos. Pero no deja de ser un desiderátum, como aquel que, de modo contrario y complementario, me hizo desear de joven el abandono piadoso de estos escaparates del arte y su no menos piadosa conversión en ruinas…

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Como el viento

Teniendo a la vista el Darwin más descarnado, queda en entredicho que el animal humano suponga un avance respecto a las demás especies. Queda negada también la idea de «progreso» tan entremetida en nuestro imprinting político. El hecho clave de la evolución, tal como la describe Darwin, es que no tiene objetivo. En sus palabras:

No parece que haya más esquema en la variabilidad de los seres orgánicos y en la acción de la selección natural que en la dirección en que sopla el viento.

Sin embargo, hasta el mismo Darwin reaccionó ante una idea tan desconsoladora. En la última página de El origen de las especies leemos:

De momento podemos echar una mirada profética al futuro para vaticinar que será la especie común y ampliamente difundida, perteneciente a los grupos más grandes y dominantes dentro de cada clase, la que al final prevalecerá y procreará especies nuevas y dominantes (…), podemos estar seguros de que la sucesión ordinaria por generación no se ha roto ni una sola vez, y que ningún cataclismo ha asolado el mundo entero. Por lo tanto cabe esperar con cierta seguridad un futuro seguro de larga duración. Y como la selección natural funciona únicamente por y para el bien de cada ser, todos los atributos corpóreos y mentales tenderán a evolucionar hacia la perfección.

Ni el mismo Darwin aceptó plenamente las consecuencias de su propia teoría, que nos deberían hacer tan extremadamente humildes. De hecho, las versiones de la evolución más populares no son del propio Darwin. Herbert Spencer, uno de los profetas del capitalismo, fue el que acuñó la expresión «supervivencia del más fuerte». Fue Lamark, por su parte, quien creó la versión de que los rasgos adquiridos durante la vida de un organismo serían heredados por la siguiente generación. Él también creía que la evolución se dirigía hacia la perfección. El Antropoceno en que vivimos, y sus consecuencias, entre ellas la posible desaparición de nuestra especie, el corte civilizatorio a que nos ha traído el capitalismo (hijo bastardo del darwinismo social) supondrían un enorme desengaño para el Darwin más acomodado y para los darwinistas. (Todo esto, a raíz de la lectura de un ensayo de John Gray, La comisión para la inmortalización, sobre el espiritismo en la generación de intelectuales y científicos victorianos a que también perteneció Darwin. Otro día volveré sobre la investigación científica tan particular de la que se habla en este libro).

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En la nebuosa del Alma: cielo e infierno…

 Cuando miro estas imágenes, de belleza sobrecogedora, de nebulosas y constelaciones, me obligo a rectificar las sensaciones de silencio y serenidad que producen desde tan lejos y sustituirlas por otras más cercanas a la verdad: auténticos infiernos de polvo, explosiones y radiaciones mortales, ruidos y resquebrajaduras más propios de una pesadilla. El rojo de esta nebulosa es el el color con que vemos la inquieta e intensísima luz del inestable gas de hidrógeno…

IC 1871: Inside the Soul Nebula
Créditos de imagen & Copyright: Mark Hanson

Este primer plano cósmico muestra las profundidades de la nebulosa del alma.
Las oscuras e inquietantes nubes de polvo, perfiladas por las crestas de gas resplandeciente, están catalogadas como IC 1871. El campo de visión telescópica, de unos 25 años luz de diámetro, tan sólo representa una pequeña parte de las nebulosas del Corazón y del Alma, mucho más grandes. A una distancia estimada de 6.500 años luz, este complejo campo de formación estelar se encuentra dentro del brazo espiral Perseus de la Vía Láctea, que desde la Tierra se ve en la constelación de Cassiopeia. Esculpidas por los vientos y la radiación intensa procedentes de las estrellas jóvenes y masivas de la región, las densas nubes de formación estelar de IC 1,871 constituyen un ejemplo de formación estelar en cadena.
La imagen es rojiza debido a la emisión de un color específico de la luz emitida por el gas hidrógeno excitado.

IC 1871: dentro de la Nebulosa del Alma | Imagen astronomía diaria – Observatorio

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Poemas de Ida Vitale

Cumplimos hoy con el debido homenaje a la poeta uruguaya Ida Vitale que, a sus 95 años, ha recibido el Premio Cervantes 2018. Lo hacemos de la mejor manera posible: convocando a los amigos de este blog a la le lectura de una mínima selección de sus poemas.

Ida Vitale

Leíamos en el diario El País (15-11-2018), con motivo de la concesión del Cervantes, esta apretada síntesis de los principales hitos de su biografía literaria:

Es miembro de la llamada Generación del 45, junto con Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti, estudió Humanidades y se dedicó a la enseñanza. Fue profesora de Literatura hasta 1973, cuando la dictadura la obligó a exiliarse en México durante una década (1974-1984).

En México, formó parte del consejo asesor de la revista Vuelta, impulsada por Octavio Paz, y fue una de los cofundadores del semanario Uno-Más-Uno, en 1982. En 1984 regresó a Uruguay, donde dirigió la página cultural del semanario Jaque, y en 1989 trasladó su residencia a Austin (Texas, EE UU), desde donde ha vuelto recientemente a su país.

Y, sin más tardanza, los versos vivos de Ida Vitale:

Fortuna

Por años, disfrutar del error
y de su enmienda,
haber podido hablar, caminar libre,
no existir mutilada,
no entrar o sí en iglesias,
leer, oír la música querida,
ser en la noche un ser como en el día.
No ser casada en un negocio,
medida en cabras,
sufrir gobierno de parientes
o legal lapidación.
No desfilar ya nunca
y no admitir palabras
que pongan en la sangre
limaduras de hierro.
Descubrir por ti mmismootro ser no previsto
en el puente de la mirada.
Ser humano y mujer, ni más ni menos.

Gotas

¿Se hieren y se funden?
Acaban de dejar de ser la lluvia.
Traviesas en recreo,
gatitos de un reino transparente,
corren libres por vidrios y barandas,
umbrales de su limbo,
se siguen, se persiguen,
quizá van, de soledad a bodas,
a fundirse y amarse.
Trasueñan otra muerte.

Exilios

…tras tanto acá y allá yendo y viniendo.

Francisco de Aldana

Están aquí y allá: de paso,
en ningún lado.
Cada horizonte: donde un ascua atrae.
Podrían ir hacia cualquier fisura.
No hay brújula ni voces.
Cruzan desiertos que el bravo sol
o que la helada queman
y campos infinitos sin el límite
que los vuelve reales,
que los haría de solidez y pasto.
La mirada se acuesta como un perro,
sin siquiera el recurso de mover una cola.
La mirada se acuesta o retrocede,
se pulveriza por el aire
si nadie la devuelve.
No regresa a la sangre ni alcanza
a quien debiera.
Se disuelve, tan solo.

Estar solo

Un desventurado estar solo,
un venturoso al borde de uno mismo.
¿Qué menos? ¿Qué más sufres?
¿Qué rosa pides, sólo olor y rosa,
sólo tacto sutil, color y rosa,
sin ardua espina.

Justicia

Duerme el aldeano en un colchón de heno.
El pescador de esponjas descansa
sobre su mullidísima cosecha.
¿dormirás tú, en lenta flotación, sobre pael escrito?

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