Baños, lujo, arte: la huida de nuestra condición

Esta mañana, al pasar por una casa en obras, me tuve que detener junto a una furgoneta que ocupaba la calle obstaculizando mi paso. Descargaban tazas de WC y leí, divertido, el letrero pintado en el exterior del vehículo con el nombre de la empresa: «Baños y Arte». En un primer momento (un automatismo de la actualidad española) recordé a aquel corrupto de Marbella del que descubrieron, tras su detención, que tenía colgados cuadros de Joan Miró en el cuarto de baño de su casa…

Otras imágenes de cuartos de baño lujosos, antiguos y modernos, acudieron a mi memoria y empecé a preguntarme por qué ocurría eso, justamente en el espacio reservado al aseo íntimo. Y caí en la cuenta de que era justamente por eso: un ocultamiento receloso (o una sublimación: es otra manera de verlo) de nuestras inmundicias y suciedad; un alejamiento parecido al que intentamos respecto de la presencia o recuerdo de la enfermedad y la muerte…

En realidad, nuestra civilización podría entenderse como el perfeccionamiento paulatino de ese disimulo, de la evacuación, siempre imperfecta, de nuestros olores y nuestra mierda. «Baños y arte», el eslogan, que la pequeña empresa había elegido tan acertadamente, era el resumen simbólico de la interminable e imposible huida de nuestra auténtica naturaleza…

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