Verdad y mentira en la literatura

Publicado, con algunas modificaciones, en El Salto, con el título Verdad y mentira en la ficción literaria

Me ha interesado el texto «Literatura y verdad en la época de la posverdad», de Mario Campaña, que enlazo al final de este artículo. En él plantea el tema de la verdad y la mentira en una ficción narrativa, relacionándolo con el concepto de «posverdad», tan de moda en el análisis de la información política y la tergiversación de la Historia con intención manipuladora y propagandística. Por supuesto, la verdad y la mentira en literatura no son de la misma naturaleza que en la Historia, aunque esta pertenezca, de un modo bastante literal, a los géneros narrativos. El propio autor es consciente de ello, desde el momento en que descarta el concepto de verdad como fidelidad a los hechos, lugares y personajes reales que intenta reflejar; algo que sería aplicable solo a las narraciones históricas. Y si esto es así, ¿qué sentido puede tener hablar de verdad o mentira respecto a una ficción literaria?

Si descartamos, por paradójico, que la ficción «imite» la realidad, solo nos queda -y es lo que hace Mario Campaña-, volver de nuevo a la mímesis de Aristóteles, pero no entendida como copia o retrato al natural, sino como lo posible o verosímil: no como es o fue, sino como podría ser. La verosimilitud supone, a la vez, la coherencia: que un suceso sea consecuente con otro, en la relación de trama y urdimbre que es el relato, de lo que el autor de este ensayo llama su «lógica interna». Del mismo modo que los actos de los personajes deben ser consecuentes con los anteriores o con su mismo carácter (carácter es destino). Se está en contra, pues, del deus ex machina, de la arbitrariedad, del truco o trampantojo. A esto aluden los narradores -muchos- que testimonian el momento creador en que los personajes parecen adquirir vida propia, reclamándola al autor, como en Pirandello o en la rebelión de Augusto Sánchez, el protagonista de Niebla, en su famosa y airada discusión con Unamuno, su dios creador.

Campaña aporta ejemplos muy pertinentes de lectores descontentos con el destino de algunos personajes de obras clásicas. En el primero, Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe, Wilhem se queja  de la falta de «verdad» en Hamlet, en estos términos:

Serlo. ¿Sigue usted reclamando, tan inexorablemente como siempre, que muera Hamlet al final de la obra?

Wilhem. Pero ¿cómo podría perdonarle la vida, cuando toda la obra lo empuja hacia la muerte?

Serlo. Pero el público quiere que quede vivo.

Wilhem. En otras cosas trataré de complacer al público; pero en ésta, imposible. Quisiéramos que viviese más un buen hombre honrado y útil que muere de un mal crónico. Llora la familia y execra al médico que no puede alargarle la vida. […] Como aquel no puede oponerse a una fatalidad de la naturaleza, tampoco nosotros podemos imponernos a una notoria fatalidad del arte.

Serlo. Pero el que paga tiene derecho a que le den lo que él desea.

donde resuenan los viejos versos de Lope de Vega: «Porque como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto»…

En la trayectoria de los principales protagonistas de Los Miserables , de Victor Hugo (Jean Valjean, el inspector Javert y el obispo Myriel), Baudelaire opinaba que

El abandono de la riqueza y el poder por parte de Valjean y su entrega a una desdichada vida de convicto perseguido a causa del remordimiento y su buen corazón le parecía una repugnante falsedad; los poderosos, aunque sean canallas, y sea cual sea su pasado, no renuncian a nada y mueren venerados, rodeados de sus familias, amigos y sirvientes.

Elias Canetti, por fin, se queja en sus Memorias del destino del rey Lear en la tragedia de Shakespeare:

después de haber soportado la tragedia de la sucesión, de haber sobrevivido a una sangrienta época de venganzas y ambiciones, Lear debía seguir viviendo, “siempre debía estar vivo”. Lear “merece vivir”, porque con él “mueren muchos años”.

En los tres casos podemos hablar de falta de verdad, por incapacidad del autor (¿obras fallidas?) o, lo que es peor, por la intencionalidad del novelista (¿insinceridad?, ¿manipulación subliminal del lector?, ¿lecciones no éticas de ideas políticas, sociales o religiosas?) como se ve claramente en la propaganda monárquica implícita de la práctica totalidad del teatro barroco español. Podríamos afirmar, desde la perspectiva del lector, que este es la parte débil en el encuentro mágico con la creación literaria. Para este, se trata más de una cuestión de «injusticia» que de verdad: no es justo que Hamlet o Lear mueran. También para Augusto Sánchez, en tanto lector de su propio destino. La lógica interna del relato puede llevar, sin remisión, a un destino trágico, que siempre es injusto: ¿es injusto sin dejar de ser verdadero, de tener un sentido? En la vida hay una injusticia primordial, extensa y ajena, la de la salud, la catástrofe, el accidente. ¿Eso es verdad también para una novela, al margen de la intencionalidad del autor?

En Mímesis, una apasionante colección de ensayos sobre clásicos de Erich Auerbach, este estudioso de la literatura, nos aporta un punto de vista complementario al analizar la verdad y la mentira en los poemas homéricos. En ellos, tras el deslumbramiento verbal, descubrimos una imagen del los hombres y de sus vidas tremendamente simples, hasta el punto de que los podemos considerar como «personajes planos», pero con la capacidad de hacernos sentir como si fueran reales. Aunque la realidad de su ficción, la verdad de su mentira, no tenga nada que ver -ni Homero lo pretendía- con la realidad histórica que, de forma fantasmal, realidad-sombra, nos explican los lectores eruditos.

Lo que más les importa es la alegría por la existencia sensible y por eso tratan de hacérnosla presente. En medio de los combates y las pasiones, las aventuras y los riesgos, nos muestran cacerías y banquetes, palacios y chozas pastoriles, contiendas atléticas y lavatorios, a fin de que observemos a los héroes en su ordinario vivir y de que disfrutemos viéndolos gozar de su sabroso presente, bien arraigado en costumbres, paisajes y quehaceres. Y de tal manera nos encantan y se captan nuestra voluntad, que compartimos la realidad de su vida, y mientras estamos oyendo o leyendo nos es totalmente indiferente saber que todo ello es tan sólo ficción. El reproche que a menudo se ha hecho a Homero, de ser mentiroso, no rebaja en nada su eficiencia; no tiene necesidad de copiar la verdad histórica, pues su realidad es lo bastante fuerte para envolvernos y captarnos por entero. Este mundo “real”, que existe por sí mismo, dentro del cual somos mágicamente introducidos, no contiene nada que no sea él; los poemas homéricos no ocultan nada, no albergan ninguna doctrina ni ningún sentido oculto.

Como broche, Belén Gopgui, gran narradora y narratóloga, nos puede ayudar a rescatar una clave imprecindible de la verdad mentirosa y la mentira verdadera de las novelas: el vector, como ella lo llama, del sentido (La conquista del aire, Prólogo). Como una luz, ese haz que lo impregna todo impide que la narración caiga en el abismo de la inanidad del entretenimiento y la «cultura del ocio», del aburrimiento burgués de donde en realidad nació.

Ahora la novela no se enfrenta a un problema de ámbitos ni de públicos sino, me parece, a un problema de configuración. Así como una línea describe una trayectoria pero sólo el vector del sentido introduce un hacia dónde, así el trazo de la experiencia contiene los sucesos, pero sin el sentido no es más que una vía muerta. La novela que no nombre el significado, que no ilumine el sentido, la novela que sólo quiera ser emoción y no ser emoción que se sabe a sí misma, terminará por confundirse con cualquier otro medio de entretenimiento.

Literatura y verdad en la época de la posverdad

Imagen/foto

Una reflexión urgente sobre la verdad y la mentira, en sentido artístico y ético, en las obras de ficción narrativa

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Elogio del aburrimiento

Este texto, con algunas modificaciones en las primeras líneas, ha sido publicado en Fronterad el 3 de abril de 2020.

El aburrimiento tiene desde hace unos siglos -no muchos, a decir verdad, en tiempo histórico- y, sobre todo, en esta época hiperactiva que nos ha tocado vivir, muy mala prensa. Los frailes y monjas enclaustrados lo temían como el tiempo propicio de la tentación, o más exactamente, como la hora que frecuentaba un temido diablo, el diabolus meridianus, el demonio del mediodía que solía provocar mal humor y aburrimiento en los momentos más cálidas y pegajosas. En realidad, la disciplina horaria de los monjes o el conocido lema benedictino «ora et labora» fueron remedios ideados contra su nefasta influencia, contra ese hastío que llamaban acedia, considerado durante un tiempo un pecado capital. Podemos adivinar por qué: tiempo inerte apropiado para las tentaciones, fundamentalmente dos: el pensamiento divagador que lleva a territorios desconocidos, o el sexo, que también.

Cualquier padre o madre que lea esto, recordará entrar en pánico cuando la hija o el hijo, con gesto adusto y un punto desesperado, se acerca y dice: «Mamá, estoy aburrido». Estaríamos tentados de explicar este rechazo absoluto al aburrimiento como la manifestación humana del horror al vacío, del desvalido sentir el peso muerto de la existencia sin acción, al modo en que los físicos afirman que el universo aborrece el vacío. Otras veces preferimos entenderlo como consecuencia del trabajo contemporáneo, rutinario y sin sentido. O de su complementario, el tiempo de descanso, capturado ad nauseam por el consumo de diversión, ocio o espectáculo. El tiempo sometido y muerto del Gran Plan que sustituye a la vida.

Y sin embargo, a pesar de todo lo dicho, el aburrimiento es hermoso, etimológicamente hermoso, porque la lengua madre inyectó en la palabra la mayor belleza: «ab horrorem», la ausencia, la lejanía, el desprendimiento del horror. En este modo de pensar mío, con el auxilio de la lengua, la angustia que provoca eso que, de modo tan torcido llamamos aburrimiento, junto al ansia que nos impele a sustituirlo con cualquier actividad o cosa, no es más que su inversión: la costumbre de vivir en el horror, el deseo de cerrar ese campo abierto que, como un abismo, se nos abre en el no saber qué hacer, en el miedo cerval de la luz cegadora de lo desconocido que nos interpela y que rechazamos…

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Sobre la lectura coral

Publicado en El Salto con el título Sobre la lectura coral (algunas confesiones y una tesis)

Uno es hijo de sus contradicciones. Por ejemplo, tengo que confesar una que nunca he logrado resolver del todo. Y es que, a pesar de la enorme masa de espacio y tiempo que he dedicado a leer libros en solitario, lo que me gusta de verdad es la lectura expresiva, en voz alta, en corro. De hecho, soy un lector lento en comparación con los que aprendieron con técnicas más modernas de lectura silenciosa y veloz. La mayor parte de las veces hago una lectura subpalatal, es decir, pronunciando aunque sea en un nivel inaudible para los demás. Así aprendí. Y así gocé las primeras veces de la lectura coral, alrededor de la mesa camilla, que hacía mi padre de las noticias del día, cuando disponía de un periódico. Era común en tiempos sin televisión, o con la televisión estropeada, que era casi siempre.

Mi tío abuelo Manuel es el primer lector de libros que conocí. Entiéndaseme bien: lector de novelas del Oeste, no de obras clásicas consagradas por el Canon, ni nada parecido. Eso sí, las novelas del Coyote -eran sus predilectas-, de José Mallorquí, tenían ínfulas literarias. Contaban las estupendas aventuras de don César de Echagüe, un californiano criollo y justiciero que, gracias a la doble vida que le proporcionaba su máscara (un poco al estilo del Zorro, popularizado por el cine) y a su carácter de propietario agrario, hacía frente al nuevo poder norteamericano y sus abusos.

Me fascinaba la figura de mi tío abuelo, leyendo en silencio en una dependencia de la casa a la que teníamos vedado el acceso los niños de la familia en los momentos en que lo hacía. Era magnético: inmóvil durante horas, ensimismado -yo lo espiaba cautelosamente- y silencioso, pero también me resultaba incomprensible en su opacidad. Según crecí y aprendí a leer, lo imitaba; pero me aburría, y enseguida buscaba a  alguien dispuesto a compartir mi lectura en voz alta. Siempre ha sido así desde entonces, aun al precio de gozar de la fama bien ganada de «pesado». Mucho más agrias, desde luego, han sido las recriminaciones que he recibido viendo cine con alguien, porque siento la misma necesidad incontrolable de comentar y preguntar, o hacer algún espóiler, sobre la ficción de la película.

Esta inveterada costumbre, pero ya de modo planificado, la he mantenido en mis años de profesor. Siempre he dedicado un día -el viernes, casi siempre- a la lectura coral de un libro, aunque también cualesquiera de los textos de trabajo que, por la naturaleza de mi asignatura, estudiábamos y comentábamos en clase. Han sido los momentos más placenteros en el aula: hacer que las palabras escritas sobre el papel levantaran el vuelo convertidas en mariposas de colores, devueltas a la alegría del aire…

Tras todo lo dicho, es fácil entender que he conceptualizado y razonado mi crítica a la lectura solitaria como una de las grandes rémoras del universo Gutenberg. En realidad, la llegada de la Internet social fue para mí una enorme liberación, y la razón última de que aún siga por aquí todos los días, dando cuenta de mis lecturas o pensamientos, compartiéndolos al instante con otros. Aunque con las dificultades conocidas -la tiranía contemporánea de la imagen-, estas nuevas formas de «leer» (en su significado más amplio posible: la actualidad, las razones, los poemas, el apunte cotidiano…) nos han hecho salir de la soledad del lector ensimismado al encuentro común con las lecturas de los demás…

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Contra los Señores del Tiempo

Pues seguimos en las mismas. Los amos de Todo juegan a su juego favorito: el de mangonear con nuestro sueño y nuestro despertador. Los portugueses, que han sufrido todos los experimentos, lo saben bien. La UE, desde 1996, cuando el último cambio de sistema, quiso hacerlo uniformemente en todo el continente para tener contentos a los británicos (ahora que se van, sería un buen momento para ajustarnos algo más al amanecer, al menos…) Aunque uno sigue esperando la única solución razonable: la vuelta al tiempo impreciso de la luz y los dictados del cuerpo…

 

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De clanes diversos hiciste una patria…

Publicado en El Salto, con el mismo título

Propongo al amigo lector la lectura de unos versos conocidos de Rutilius Namantianus, perteneciente a los restos del único poema que nos ha llegado de él, De reditu suo, y que me acompañe en las breves reflexiones que les siguen.

Rutilius Namantianus fue un galo de origen celta, cuya familia y él mismo formó parte del círculo del poder imperial (llegó a ser prefecto de Roma en el año 414), si bien en la época convulsa del emperador Honorio  (más pendiente de sus amadas gallinas que de la política imperial) y los saqueos de Roma por parte de Alarico I. A pesar de que el imperio había adoptado la religión cristiana como religión oficial, desde el Edicto de Tesalónica, Namantianus fue toda su vida un pagano convencido, muy crítico con la nueva religión.

«Los favoritos del emperador Honorio» de John William Waterhouse

Herido por la nostalgia del viejo y primer Imperio y la mítica labor civilizatoria de Roma, escribió este poema, y estos versos que me parece tan significativos de lo que podríamos llamar, sin forzarlo, la fundación de un estado (la «ciudad», según el modelo romano). Los versos, dirigidos a una Roma personificada, dicen así:

Fecisti patriam diversis gentibus unam;

profuit iniustis te dominante capi;

dumque offers victis proprii consortia iuris,               65  

Urbem fecisti, quod prius orbis erat.

En español, más o menos, vienen a decir:

De clanes diversos hiciste una patria.

Te fue muy útil que, siendo tú el señor, te abstuvieras de hacer injusticias.

así, mientras ofrecías a los vencidos compartir tu propia ley,

convertiste en ciudad lo que antes era mundo.

Si estos versos nostálgicos se leen con atención (como hizo Aimé Césaire, cuyos discursos estamos releyendo últimamente con provecho), tenemos aquí, desde las primeras palabras, de modo admirablemente resumidos, los postulados justificatorios de cualquier proceso de conquista y colonización a lo largo de la Historia. «Fecisti patriam diversis gentibus unam», es decir, creaste unidad y orden mediante lengua, instituciones, religión y símbolos de lo que antes era caos e indeterminación: «diversis gentibus». Esa unidad superior, que ya entonces adquiría el nefasto nombre de «patria», viene impuesta por la superioridad de la cultura conquistadora («unam»), impuesta por ley natural histórica, al mismo tiempo que asumida, a la cultura inferior de los clanes. No hay hibridación ni mestizaje, como reclamaba Leopold Sedar Shengor para las culturas negras poscoloniales, sino sustitución y re-culturalización.

Los siguientes versos alaban, de forma trivial y tópica, la «bondad» del conquistador y fundador de la nueva patria, su inteligencia práctica (como la que se otorga típicamente a César en su colonización de las Galias), la «generosidad» que supone, por parte de la cultura superior, compartir las propias leyes («dumque offers victis proprii consortia iuris») y la prudencia (la sophrosyne griega) de un comportamiento justo, lejos de la hybris manifiesta de otros pueblos conquistadores. sí, pero no «civilizadores».

Es actuando así como, según el último verso, «urbem fecisti quod prius orbis erat»: hiciste una ciudad (otra Roma para ser la misma) donde antes solo había «mundo», siendo «orbis» la indeterminación, inorgánica, diríamos, propia de los clanes o gente sin organizar, en mezcla estéril e improductiva, primitiva o salvaje, inferior, sin civilizar…. ¿Le suena esto al lector amigo?

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El migrante considerado como «sujeto indeseable»

Así como es común oír interpelaciones de los políticos a los pensionistas, las mujeres o los trabajadores autónomos, nunca he oído ninguna dirigida a los migrantes; aunque si, cada vez más a menudo, hablar garrulamente sobre ellos, contra ellos; ni siquiera en las campañas electorales, cuando más se les calienta la boca con sus promiscuas peticiones de voto. Ni en las izquierdas ni en las derechas son concebidos como un sujeto social – el amigo lector curioso puede leer el ensayo que escribí para Frontera Digital sobre la dificultad de encontrar los nuevos sujetos sociales.

Sí, por el contrario, es percibido como «sujeto indeseable» , tal como lo llama Eduardo Doménech, que considera esta visibilidad negativa o conflictiva como un obstáculo insalvable para la construcción de lo común. Doménech es también creador del concepto de «régimen migratorio», que desarrolla así en una entrevista publicada en la chilena Revista Rosa:

El régimen de migración y fronteras es concebido como un espacio de conflicto, negociación y contestación en el que interviene una multiplicidad de actores de diversa naturaleza. Además, es un espacio en el que se despliegan prácticas de control de distinta índole, coexistiendo prácticas represivas, punitivas, asistenciales, humanitarias, etc.

Este régimen solo se concibe, pues, en el espacio de conflicto y contestación, real y simbólico al mismo tiempo, de la frontera, un espacio inhabitable sometido al estado de excepción permanente, fuera, por tanto,  de la república de los derechos y del común.

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Contra la línea recta

Siempre me ha impresionado ver a un niño paseando a un perro. Los dos luchan contra su tendencia natural, que es la de corretear, con ritmos discontinuos, movidos por el azar de su simple curiosidad o capricho. Caminar de forma lineal, al mismo ritmo que los pasos medidos es un aprendizaje muy duro, tanto para el hombre como para el perro, y sólo tiene sentido en las ciudades construidas para los coches. Para el niño es tan difícil como el aprendizaje de la lengua escrita, porque, si se mira bien, el desfile sintáctico de letras, sílabas y palabras es tan atormentador como caminar con los pasos contados…. Es irónico que demos tanta importancia en nuestra educación a las dos cosas, como parte de un proceso civilizatorio.

Es útil extrapolar esto a las líneas rectas imaginarias con que forzamos nuestras vidas a seguir los surcos de los planes o el desfile de siglos de la Historia en una inexorable marcha de progreso y mejora. Pero de eso nos ocupábamos con más detalle en una entrada reciente.

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Disgustos y desengaños

Publicado primero en Infolibre el 2 de octubre de 2019.

¿He oído «gobierno progresista»? Pues sí, una vez más, de boca, esta vez, de Errejón, la nueva esperanza blanca de… ¿la izquierda?, ¿los «progres», por mejor decir? Eso, tras leerlo o escucharlo a diario, antes, por parte de la gente del PSOE, de Pablo Iglesias o hasta del mismísimo Abascal matizado, a su conveniencia, como «la dictadura progre», y de cualesquiera medios de formación de masas, sean de la crema de los grandes o de la variada gama de los pequeños y digitales: «Programa progresista», «proyecto progresista», «partido progresista», «voto progresista»…

Es, en primer lugar, imagino, por los ascos que se le hacen ya, en las democracias progresadas y autoritarias europeas, al término «izquierdas»; no hablo ya del desprecio o sonrojo pudoroso que reprime viejas palabras que intentaban nombrar a partidos y gobiernos de afán transformador. ¿Desde cuándo no hieren nuestros oídos, con un aleteo inquieto, el inocente apelativo de «reformista», «socialista» incluso, por supuesto, «comunista», o «utópico» o «revolucionario»?

¿Quién lo iba a decir, tras los disgustos y desengaños que la idea del «progreso» lineal nos ha ocasionado? Un progreso que, tiene el mismo afán de crecimiento continuo de nuestra economía/mundo, de sus capitales y réditos, del trajín continuo de mercancías de uno a otro confín del mundo. Ese concepto reciente, reclamado y definido por Condorcet o Comte en el siglo XVIII, con el optimismo, hoy planchado, de la Ilustración. Con estas ingenuas palabras, por ejemplo:

Nuestra esperanza en el porvenir de la especie humana puede reducirse a tres puntos importantes: la destrucción de la desigualdad entre las naciones, los progresos de la igualdad dentro de un mismo pueblo, y, en fin, el perfeccionamiento real del hombre

Aparece en nuestro imaginario el progreso se nos aparece como un tren colonizador, civilizando las tierras salvajes del futuro, siempre aplazado, de los «progresos de la igualdad» entre las naciones y dentro de un mismo pueblo. De modo complementario, en nuestro tiempo de líneas rectas, el pasado que queda atrás almacena como en una vitrina los proyectos y atrasos fracasados irremediablamente. Ese sería el dominio de los conservadores, de los tradicionalistas, de los «carcas», según el uso léxico antiguo…

En esta nebulosa del progresismo adjudicado de siempre a las izquierdas políticas, más o menos, se deja de ver que las verdaderas derechas, la de los «partidos del orden global» son, desde hace décadas, las más revolucionarias, las que con más porfía nos emplazan al futuro progresado: la cuarta revolución industrial, el advenimiento de la robótica, el uso provechoso de los «big data», la epifanía del nuevo trabajador/emprendedor infinitamente adaptable y reciclable, el desafío paradójico del crecimiento continuo adaptado a las energías verdes… Al revés lo digo, para que se me entienda.

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Regere imperio populos

A Hitler no hay que ponerle cuernos y rabo, ni contentarnos con repetir los memes (anti)nazis, pensando que con ese exorcismo banal eludimos su perversa  influencia y su reencarnación en cualesquiera otros políticos enloquecidos. Hay que recordar sus palabras brutales, como hacía Aimé Césaire en su Discurso sobre el colonialismo,

Nosotros aspiramos no a la igualdad sino a la dominación. El país de raza extranjera deberá convertirse en un país de siervos, de jornaleros agrícolas o de trabajadores industriales. No se trata de suprimir las desigualdades entre los hombres, sino de ampliarlas y hacer de ellas una ley.

Hitler no fue una anomalía aberrante, estaba allí, al final del camino del colonialismo, en la reserva activa, para cuando su presencia se convirtiera en «necesidad histórica». El colonialismo nace de la necesidad insaciable de nuestra economía / mundo de obtener recursos naturales y mano de obra esclava o semiesclava, para que la acumulación de capital y la circulación infinita de mercancías y personas permitiera que la cuota de beneficio de los capitales no dejara de crecer.

Este proceso suponía una ampliación de la «acumulación primitiva», una globalización de la plusvalía, en términos estrictos. que no ha cesado aún. Tampoco la dolorosa violencia, privada e institucional, cotidiana o bélica, con que se ha producido desde los orígenes de nuestro mundo. Así pues, hablar de neo-colonialismo, como se suele hacer, es una redundancia innecesaria: adaptándose ejemplarmente, con su ingente máquina propagandística, a los procesos de descolonización, los imperios coloniales rampantes mantienen vigente su bulímica rapiña, que amenaza con engullir el planeta todo.Por eso se vuelven a oír, con toda naturalidad, justificaciones darwinistas como las de Renan, que citaba también nuestro admirado Césaire:

… una raza de trabajadores del campo, los negros; sed con ellos bondadosos y humanos y todo estará en orden; una raza de amos y soldados, la raza europea…

Tiranuelos como Trump, Modi, Orban, Erdogan, Jinping, Duterte, o Bolsonaro estaban ya allí esperando la llamada, al final del camino. Han desenterrado las infames viejas palabras de menosprecio y odio, los rancios discursos que, pudorosamente permanecían larvados y ocultos en el silencio de la vergüenza, ya desaparecida en la obscenidad contemporánea. Nuestro olvido y carácter acomodaticio, nuestra desatención suicida frotaron el frasco de los deseos de las castas de amos y soldados e hicieron aflorar el pestilente elixir que envenena, otra vez, los aires del mundo.

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Poemas reunidos v2 (título provisional: «Primeras palabras»

Primeras palabras

I

Así debió ser:
Los lugares aún no tenían nombre
y en el bosque no había caminos,
las ramas de los árboles impedian
o propiciaban el paso
y aunque el musgo y el verdín señalaban el Norte
sin error posible,
no encontrábamos la ruta
para llegar a él.
Sólo los claros daban sentido a nuestro caminar.

II

En el bosque, las palabras
eran indistinguibles
en el griterío común.
La maleza era un coro
y el verbo humano se confundía
con el zumbido de los mosquitos
o los ronquidos del ciervo;
En el sobresalto de las noches,
el grito de nuestras pesadillas
se acompasaba con los ululatos de las lechuzas.
Los chillidos y gañidos de las águilas
que rompían la quietud del cielo
respondían al canto de los primeros poetas...

Gruñidos, rugidos, barritos, gorgeos
se acordaban con la voz de los hombres
en un concierto irrepetible:
El silencio era solo un sueño

III

¿Cuál fue la primera palabra:
Hambre, mamá, miedo?
¿O, quizá no una palabra, sino el grito
o el murmullo
de sorpresa ante el trueno o el agua?

¿O más bien eran preguntas
como estas o tal vez otras primordiales:
qué habrá allí,
tras el horizonte, qué velan las nubes?

O, tal vez, en el principio
no fue la palabra, sino el gesto
fatal de alzar la mirada
y erguirnos para echar a andar
para buscar respuestas
antes de hablar y nombrar,
antes de preguntar nada...

Ausencias

En el nombre del padre

Conducido -aún no empujado,
aún no- por la mano amorosa,
firme sobre la espalda
o el hombro, avisando las esquinas,
con liviana presión,
insinuando el giro,
la parada majestuosa
en el centro del salón.

Corazones borrosos

El parque era distinto:
los enamorados ahora
anotaban los números
rojos del amor
en las maderas rojas
de los bancos,
rasgando con furia
sobre las antiguas
flechas borrosas

Ausencias

Eran cosas pensadas,
nunca se hablaban.
A veces, como un olor,
las rastreaba
hasta un lugar
desconocido, pero no olvidado,
y allí se perdía el rastro.
Como el perro en el lugar
en que perdió a su acompañante,
daba vueltas,
gruñía,
se quejaba,
latía
en añoranza sin consuelo:

Palabras que eran olores,
que eran ausencia
que eran silencio,
apenas pensamientos...

Belleza es lejanía

La belleza es lejanía:
el cielo alzado, allá lejos,
las estrellas frías,
el rostro amado, borroso
en el recuerdo
o la fotografía,
su hermosa figura
yendo al encuentro,
de amor y guía...

De cerca, de muy cerca,
tras la lente del saber,
surge la inquietud del caos,
inesperados monstruos,
incendios pavorosos
explosiones terribles...
O poros como cráteres
en la lisa piel de la amada:
la oscura cara oculta
de la luna insomne...

Lejanía de lluvias

¡Qué lejanía de lluvia
me impregna la mirada!
A veces, los ojos
no sirven para ver:
imantados al norte
interior, polo de dentro,
insomnes no ven;
miran, en su lugar,
los recuerdos.

Nombre

Y en el remolino,
la hoja temblorosa de tu nombre,
tal ciego murciélago,
dio contra mi frente.

El tiempo que nos lleva…

El tiempo nos lleva
del calor al frío
(morir es tiritar de miedo)
Por eso me acurruco
en las cuencas de tus manos
que no piensan
(el pensamiento es una llama azul
que no calienta)
Cada amanecer es más invierno
y a eso lo llamamos
estar solo, o tiempo
(morir es tiritar de frío)

Liliata rutilantium

Como los lirios,
blancas sombras sin luz,
flores de luna
con nostalgia de rocío,
alba sin alma,
titilaban las lágrimas.

Todo está lleno de dioses

Todo está lleno de ti:
te respiro, mi piel se eriza
cuando me envuelves
en el viento del Oeste.
Te lamo en el salado
sabor de las lágrimas
que rozan mis labios,
en este llanto silencioso
que me arrebata a veces.
Primero serás el viento
-y lo sabrá mi piel-
Serán después tus manos
-me levantaré y andaré-.
Tus ojos me mirarán más tarde
-el temblor me llevará a tus pupilas-
Por último, quizá, sabré tu nombre.

En el lecho de esta noche

En el lecho de esta noche,
que es un río,
no hay piedras: hay libros,
peces de delirio.
Página a página piso
piedras de papel,
biblioteca sumergida
en que me leo.

Mariposas

Pero la muerte no es
un suceso de la vida.
Por eso las mariposas,
a través de la puerta
entreabierta de la noche,
remontan hacia las luces
azules y arden en las llamas frías:
las del infiernillo de alcohol,
en el incendio helado
de las estrellas fijas
o en la luz celeste del jazmín.

El pan bajo el brazo

También yo 
traía mi pan
bajo el brazo al venir al mundo:
hato de versos y palabras
para este hambre inaudita
de historias, razones y sentido.

Anima mundi

Sal de la cueva del lobo,
alma del mundo,
recrécete hacia fuera,
desborda, boza en agua
la noche quieta.
Y no te quedes nada...

Dos poemas para Carmen

Dos poemas que escribí en Sevilla, en abril de 1992, con motivo del nacimiento prematuro de mi hija Carmen, que no los puede leer…

A mi hija, en el hospital

Anidan ya vencejos
en la copa de esa encina
que planté a tu lado
(ya la habrás visto).
En la horquilla entre los tubos
que llevan airea tu corazón dormido...
Su aleteo inquieto
(pienso a veces que tu corazón es un pájaro)
habrá llenado de rumores
los amaneceres grises
de esa cuna tan fría
en que sueñas ahora...
Los olores del soto
que labré en torno tuyo
a comienzos de abril
(tu padre, agricultor-poeta, ¿qué me dices?)
habrán llegado ya
a tu olfato de cervatillo,
para recordar a tu memoria entre visillos
que es primavera
y que has nacido
y que es miércoles y abril
ya para siempre...

Nana

Vamos a dormir,
mi vida,
a la sombra del fresno,
en la orilla del río.
Vamos a dormir,mi niña,
en la cueva del viento.

Vamos a dormir,
vamos a soñar,
vida de tu padre,
vamos a soñar
la sonrisa de tu madre.

Vamos a dormir,
contentos,
vamos a dormir
en la cueva de los vientos...

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