Apuntes

Los caminos trilladosapuntes

Una compañera me contaba el otro día que, planteando el juego de las palabras encadenadas, en el primer contacto con el curso del que va a ser tutora (15-16 años), ocurrió lo siguiente: dijo el nombre de un color y todos, es decir, todos, dijeron nombres de colores. Como sabéis las asociaciones en ese juego son múltiples…

¿Por qué, entonces, esa regularidad absoluta? En principio los alumnos de ese curso tienen un buen expediente: chicos listos, buenos estudiantes… ¿Por qué esa ausencia total de creatividad, de originalidad? Está demostrado que la regularidad ayuda a la solución de problemas. Hay experimentos con hormigas que, para salir de un laberinto giraban siempre en la misma dirección… Pero ¿por qué tan jóvenes tuvieron ese miedo a equivocarse?

La culpa es de todos: padres, profesores, sociedad… Les enseñamos los caminos trillados, censuramos a los originales, no les dejamos la iniciativa… Me he quedado muy preocupado.

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El saber fragmentario

Yo creo que en esta época, a pesar de la facilidad absoluta para viajar y del acceso a tantas bases de datos informativos, nuestro conocimiento del mundo es más fragmentario e inexacto que nunca. Siempre ha existido el “conocimiento fantasma” (creo que era Ortega y Gasset quien lo llamaba así), es decir: el saber que no está basado en la experiencia. Yo tengo una idea de China, sus paisajes, su gente y sus problemas sin haber estado nunca allí. Como, por otro lado, nos ocurre con las demás personas: deducimos, empatizamos, construimos imágenes e hipótesis, comparamos con nosotros mismos …, y así nos hacemos una idea aproximada de cómo son los demás.

La diferencia de esta época me parece que a mí que es la fragmentariedad y la superficialidad que proporciona nuestro mundo de imágenes múltiples, de estímulos continuos pero fugaces y en sucesión. Nos faltan “grandes relatos” en los que integrar tantísimos datos aislados. Un medieval, por ejemplo, podía creer tranquilamente a alguien que le contara que había visto un elefante volando. La inexactitud de su creencia (no tenía una “norma” científica que le explicara que un elefante pesa mucho para volar por sí mismo) quedaba compensada porque se integraba en un relato amplio e imaginativo de las cosas que podían suceder. Ese relato no excluía a los dragones ni, por supuesto, a los elefantes voladores, que tenían asegurada, así, una existencia tan real como la de China…

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Lucrecio y los fantasmas

Las enseñanzas de Epicuro y su escuela o, mejor dicho, lo que nos ha sido legado en su  versión más desarrollada y sentida, la del poeta latino Lucrecio, forman parte de una reducida literatura (en parte, filosófica o científica; en parte, moral o religiosa) cuya finalidad era combatir el sufrimiento y el miedo de los hombres. En cierto sentido, el epicureísmo occidental es equivalente al budismo oriental. Son doctrinas sin dios que solo (¡y nada menos!) intentaron poner coto al miedo humano y a todas sus indeseables consecuencias: sufrimiento, cielos e infiernos, o, más humildemente, como se explica en el docto artículo que reproduzco enseguida, duraderas supersticiones como la de los fantasmas.

Lucrecio, como se lee también en este ensayo, puso en práctica el tetrafármaco de Epicuro, cuyas “buenas nuevas” difundió entre los romanos, de manera ejemplar, en su De rerum natura:

La divinidad no es de temer, la muerte no es nada para nosotros, el bien es fácil de alcanzar y el mal es fácil de sobrellevar.

Sirva esa buena nueva como prologuillo al texto a cuya lectura invito a los amigos del blog: un entretenido y pedagógico ensayo sobre Lucrecio y su alegato materialista contra los fantasmas, de Ángel Jacinto Traver Vera, publicado en la revista de la Universidad de Córdoba Littera Aperta (URL: http://www.uco.es/litteraaperta) bajo licencia CC-BY.

http://clarosenelbosque.com/wp-content/uploads/2015/09/Lucrecio-contra-los-fantasmas.pdf

 

 

Publicado por

Manuel Jiménez Friaza

Manuel Jiménez Friaza

Escritor de obra breve, natural de Osuna (Sevilla), España.

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