
El miedo más insufrible para nosotros es el que provoca la oscuridad, la noche, con sus sombras cambiantes, el terror que se adivina tras un ruido sin causa cierta, sin origen conocido, las presencias invisibles que acechan; eso que nos pone nerviosos y a la defensiva cuando llamamos a una puerta y nos asalta la duda repentina e inquietante de quién nos abrirá y saldrá a recibirnos. Sólo la rutina, y la estadística de que lo «normal» es siempre lo que ocurre, nos da esa tonta seguridad en que vivimos, creyéndola el estado natural de nuestro mundo.
Vivimos días en que el aire, el agua y el fuego, nuestros elementos primigenios, entre y contra las previsiones de los científicos, no dejan de darnos sustos. No sé el nombre de la última borrasca de este largo invierno, pero sé que pronto habrá una conspiración de aire y fuego que nos atufará este verano. Aún así, aun con la sorpresa de su furia ignota y sorpresiva, con incendios pavorosos, tifones, terremotos o volcanes, hay una tradición defensiva, una memoria heroica de la humanidad que nos permite aún no caer en el pánico, porque remite a los mitos fundacionales del hombre y a su lucha inmemorial contra la naturaleza adversa.
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