No pueden servir para nada: aunque se contraten cientos de miles más de policías guardadores de las formas en el tráfico, aunque se construyan miles y miles más de kilómetros de carreteras. No serviría de nada. El éxito del automóvil, en su explicación más obvia, es el negocio que supone desde su invención y fabricación industrial: la filosofía de Ford, ya recuerdan, lo difícil es el primer millón. El amadrinamiento multinacional de los yacimientos petrolíferos que lo alimentan (habrán oído ya los cálculos que se hacen con las reservas de Irak), aquellas «7 Marías» según se llamaban antes, desde la Standard Oil a la hermana más pequeña -ya serán menos y más grandes- es sólo su secuela más brillante y llamativa. No, sino que el coche es, sobre todo, un símbolo. Lo es para las naciones: el Ford, el Mercedes , el Fiat (frustración antigua española: la marca Hispano-Suiza, contemporánea de Mercedes, que desapareció. España no tiene coche propio)…
Y lo es para los conductores: aún veo por ahí concursos televisivos en los que el gran premio sigue siendo un coche. Un símbolo y un segundo cuerpo: el origen de las tragedias suele ser así de ridículo. Ese segundo cuerpo de chapa o cartón-piedra, con globos de aire o sin él, es el que crea la fatua sensación de libertad y fuerza que mantiene incólume la fe de la gente en su necesidad, pese a lo que nos dicen los ojos, el olfato, la vida de cada día. Parece casi milagroso que se mantega tan inquebrantable la fe de todos en esta máquina mortal que ocupa hasta lo imposible las calles de nuestras ciudades y pueblos y envenena el aire más, mucho más que los millones de cigarrillos prohibidos. No tienen donde jugar los niños, no pueden caminar los ancianos, no pueden detenerse los enamorados a pelar la pava. La vida ya no ocurre a pie bajo el cielo.
La experiencia y la razón desaparecen aquí en el filtro tonto, pero invulnerable, de la publicidad y la necesidad de tantos de creer en su propia libertad cuando entran dentro del recinto insonorizado de su automóvil. Un segundo cuerpo que sustituye en tantas cosas al primero. Un símbolo fálico, de riqueza fictica o poder inútil, que nos impide ver que el coche no acerca nada, que, al contrario, crea distancias cada vez mayores (¿existirían los remotos polígonos de las ciudades, los lejanísimos hipermercados, las barriadas dormitorio?). No acerca nada, todo lo aleja cada vez más.
No acelera el movimiento; al contrario, lo retarda hasta la desesperación. Los ojos insomnes de madrugadores inverosímiles que rompen la noche con su cansancio camino del centro de trabajo, de niños arrancados de la cama en mitad de un sueño para llegar a tiempo al cole, ¿de quién sino del coche son hijos? Hoy, a esta hora en que, acaso por un azar, lea usted estas líneas, carreteras y autovías, caminos y antiguas cañadas, aldeas olvidadas de la montaña, las escasas orillas del mar aún accesibles estarán llenas, trajinadas, violadas por estas máquinas ensimismadas y unicelulares, al lado de sus conductores, tan convencidos, ay dolor, de que su mitocondria mecánica con ruedas les da la energía, la libertad, la vida.
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