Luciérnagas y ovnis: el conocimiento fantasma

En una novela de Rebecca Maccai (Tengo unas preguntas para usted) se hace un uso ejemplar, por didáctico, de las luminosas luciérnagas, que están desapareciendo, por otro lado, de nuestras cansados ojos y nuestros no menos cansados cielos. Si no como especie, junto a los demás insectos, sí a causa de la luz cegadora de nuestras ciudades, que también nos impide ver las estrellas…

La cosa es que en esta historia de estudiantes, profesores y crímenes, en una reunión festiva, un alumno recién llegado irrumpe de pronto en el grupo avisando alarmado de que acaba de ver en el cielo una enorme cantidad de ovnis. Sus conmilitones, a pesar de su aparente escepticismo, bajan a la calle a mirar. Descubren entonces que los supuestos invasores del espacio no son sino luciérnagas, insectos cuyos machos iluminan los cuerpos en sus vistosas ceremonias de apareamiento.

Descubren también que el nuevo estudiante no sólo no solo no había visto nunca a estos insectos sino que ni siquiera sabía de su existencia. Los demás, alborozados por ser portadores de tal descubrimiento, cogen luciérnagas en los cuencos de sus manos para enseñárselas de cerca al novato… Como bien razona la autora, el chico había echado mano de su conocimiento y experiencia previa del mundo para explicar el fenómeno desconocido que acababa de presenciar: y lo que encontró más parecido fueron las luces de los platillos volantes. Que estos no formen parte de las que consideramos por consenso como verdades comprobables no importa; lo que importa es que le ayudó a explicar lo que veía…

Tanto los ovnis como las luciérnagas formaban parte, para este chico, de lo que Ortega y Gasset, en otro contexto, llamó una vez “conocimiento fantasma”. Es común a todos y todos lo usamos continuamente para cubrir los huecos de nuestro desconocimiento o ignorancia. En otras épocas eran mitos, en esta, quizá, memes o fake news.

Para acabar, invito al lector amigo a leer la edición bilingüe que publiqué en Sibila -mi canal en Substack- de un ensayo portentoso de Pier Paolo Pasolini sobre, justamente, la desaparición de las luciérnagas, o “Dopo la scomparsa delle lucciole” como suena en la hermosa lengua italiana…

La desaparición de las luciérnagas

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El tiempo que nos queda (Osuna, 1956)

Pues que vuelvo a cumplir años, dando fin a una década nada prodigiosa…Yo nací en mi casa, como todos mis hermanos, no en un hospital. Así que las vagas reminiscencias de olores, ruidos y luces que me quedan de aquel tiempo remoto pertenecen a mi casa familiar. Mi madre me contaba que mi parto fue poco doloroso y que, realmente, le quedó la sensación de que nací solo sin que ella apenas se diera cuenta.

Según ese relato, que yo he ido adornando, había tormentas esa noche y mi padre volvió en bicicleta del campo en el que había estado trabajando aquel día por caminos embarrados y totalmente mojado.

Da igual que fuera así o no, nuestros recuerdos son una ficción, un relato al que intentamos dar un sentido, pero que, en realidad, se apelotonan en una especie de singularidad sin espacio ni tiempo, como la que imaginan los físicos en los momentos iniciales del Big Bang. Así que más que en esa narración imaginaria del pasado que inventa nuestra memoria, estamos siempre más bien donde decía el verso de Caballero Bonald: en el tiempo que nos queda…

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¿Por qué no se caen las estrellas del cielo?

Leo en la Trilogía de los tres cuerpos, de Cixin Liu la siguiente intervención de un personaje (Feng): “Hermana, ¿por qué crees que no se nos caen encima las estrellas?”. Una pregunta que cuesta trabajo imaginar hoy, por varias razones:

Una, porque vivimos en un mundo en el que las verdaderas preguntas (las provocadas por la curiosidad y la ingenuidad a partes iguales, como causas primeras del descubrimiento y el deseo de saber) desaparecen en masa ante nuestros ojos y oídos desatentos.

Otra, complementaria, porque las preguntas son sustituidas a la misma velocidad por respuestas categorizadas en los repertorios de lugares comunes contemporáneos (¿no te recuerdas, en medio de una conversación entre amigos, donde por azar había surgido una pregunta ingenua, ver de reojo al listo de la pandilla buscando en Google una respuesta, para ver de ser Antoñita la Primera en contestar?)

Pues bien, la inquietante pregunta de Feng en la ficción de Cixin Liu me la hizo una vez, casi con las mismas palabras, hace una vida, un chico joven -hijo de una carbonera, amigo de mi hermano menor- mientras sentados en un banco de un parque contemplábamos absortos un inmenso cielo estrellado…

Improvisé una explicación, seguramente torpe y aturrullada, de la que no sé si a duras penas logró sacar algo en claro. De vuelta a casa, pensé -lo recuerdo bien- que podría haberme ahorrado la pedante disertación con la cara del que sabe, como yo imaginaba que correspondía a mi edad y mis estudios, y haberme limitado a compartir con él el asombro maravilloso que traslucían sus ojos y sus palabras… O, al menos, haberle dado la respuesta bienhumorada de Ye en la novela: “están demasiado lejos, no pueden caernos encima”.

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Especiales

A ella, que no me puede leer

Niños especiales o niños diferentes: así es que como se les llama en el mejor de los casos. Sea en listas de discusión e intercambio en la red de padres melancólicos, o animosos con un aquél de desespero; o en decretos, disposiciones y siempre parcas ayudas públicas: pero niños que son identificados siempre con el matiz de la indiferencia pública y de la diferencia privada. Son los niños que no hablan, o a duras penas en hermosas pero mistéricas melopeas musicales; que se malmueven o que, inmovilizados, esperan la mano invisible de Bécquer: niños especiales, sin duda, caminantes extraños que tropiezan en piedras invisibles para los demás o en la silla más tonta que en un descuido dejamos en la misteriosa e inesperada estela de sus pasos.

O niñas, claro. La que me mira, de bellos ojos marrones, y de sonrisa enigmática, lo es, especial, quiero decir. En sus ojos, de pupilas a menudo dilatadas, nunca sé si por las medicinas o por el asombro que le produce todo lo que ve y oye -porque no imaginan lo que ven y oyen, los niños- , yo rescato del olvido la sorpresa inicial que dio la primera pregunta al filósofo primero -no el amanecer tembloroso, no la injusticia terrible o la torpeza criminal, no: sus ojos interrogadores, una realidad siempre nueva.

En ellos encuentro -si les pudiera contar sin llamarnos a tópico o a engaño- no lo que es común y aterradoramente normal en la mirada de tantos niños: el velo de la monotonía o la catarata de la publicidad y el aburrimiento, ni la letanía de los cates o los sufis. No, sino el pasmo ante todo -todo: esto, eso aquello, las cosas que pueblan la casa o que están por llegar, o que ya fueron: ven lo que no vemos los demás- que los hace diferentes; las preguntas desarmantes y comprometidas, formuladas o puestas como evidencia de una ordalía siempre de paz. Todo es nuevo bajo el sol cuando se les tiene al lado, a la vez y tanto como todo lo que nos venden como nuevo se vuelve inmediata e irremisiblemente viejo…

Mi niña especial vuelve a nacer a cada instante porque en el anterior ya lo olvidó todo, como en el verso. Es eso lo que me la hace tan parecida al mar, lo mismo que él sin edad y por ello siempre joven. A veces, también peligrosa, como la mar a su vez: al borde siempre de un naufragio no previsto, de una tormenta blanca, de insomnios iluminados por fuegos de San Telmo… Pero en cuanto puede y sobrevive, su risa me muestra el camino hacia la alegría a punto siempre de desbordarse o el mejor atajo al silencio aceptado y compartido en que remendar el trapo o contar, de nuevo, las estrellas. Tanta contabilidad inútil. Es ella la que me recuerda, de entre el caos de libros, papeles y café en que me muevo, el que toca en cada momento, el que más a bientraer me trae, y me lo lanza al regazo junto a la bolsa de gusanitos que con certero olfato atina a recuperar.

Los niños especiales son los guardianes de la puerta del misterio. Por eso es a ella a quien miro, guía certera, y no a esas leyes nuevas que dicen, de que hablan los nuevos políticos, sobre ayudas -siempre las perricas para despistar la mala conciencia de nuestra cultura, para entenderlo y tasarlo todo, tantos tienes tanto vales- a personas dependientes, ya no especiales siquiera, como los ancianos aún sin aparcar en algún rincón oscuro. La mirada interrogadora de esta niña, tal como la advinaba Octavio Paz -los poetas, ahora más que nunca necesarios- cuando, inquieto ante otros ojos que le preguntaban, se decía: «El pequeño mono me mira / quiere decirme algo / que se le olvida…».

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El hortera

Publicado primero en Frontera digital

Ilustraciones de horteras del s. XIX procedentes del libro «Los españoles pintados por sí mismos»

Intentaré, en esta reflexión que ahora arranca, un acercamiento entre literario y social a una figura problemática y ambigua, tanto considerada en su condición de trabajador como en la de intermediario en los procesos de intercambio, en concreto, el que Marx esquematizaba como Dinero-Mercancía-Dinero: el dependiente de comercio. Me detendré en algunos recuerdos personales y en un texto costumbrista de Antonio Flores1, incluido en Los españoles pintados por sí mismos1, una colección de retratos de la sociedad de la época publicado en Madrid en 1843, por Ignacio Boix2, con el título de “El hortera”.

La tienda (y la taberna, el restaurante, el hotel…) es el lugar del intercambio del equivalente universal, el dinero, por el valor de uso de la mercancía. El tendero (el dependiente, el camarero…) es el guardián de ese territorio limítrofe en el que se consuma la realización del deseo subjetivo del cliente de poseer el valor de uso de la mercancía, si tiene dinero… El dependiente es una figura compleja, ubicado entre la obediencia al dueño del comercio, su patrón, y la obsequiosidad hacia el cliente, que ejerce su autoridad (más terrible aún, de naturaleza precapitalista: la del amo respecto al criado) en tanto portador de dinero. Pero también el dependiente debe actuar como agrio censor, con el poder delegado por el dueño de las mercancías, frente a los clientes pobres que miran, regatean, intentan hurtar…

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Saco o tubo: un humanismo fisiológico

Un ser humano es, ante todo, un saco al que hay que echarle comida; las otras funciones y facultades pueden ser más divinas, pero vienen cronológicamente después. El hombre muere y lo entierran, y todo lo que dijo e hizo queda olvidado, pero lo que ha comido lo sobrevive en los huesos fuertes o maltrechos de sus hijos.

El camino de Wigan Pier, de George Orwell

He ido descubriendo al azar de las lecturas, otras metáforas materialistas (de nuestra materialidad fisiológica) parecidas a esta. He recordado, por ejemplo, después de haber escrito la cita anterior, una de Vergilio Ferreira, el descarnado escritor portugués, que comparaba al hombre con un tubo, que en una actividad incesante, metía cosas por un orificio y las sacaba por el otro…

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