A propósito de «La controversia de Valladolid»

Se conoce como ”la controversia de Valladolid “ un debate entre teólogos que tuvo lugar entre los años 1550 y 1551 sobre el estatuto que debería darse a las comunidades indígenas de los territorios americanos recién descubiertos y conquistados. La querella, en concreto, se centraba en la humanidad, o su falta, de aquellos primeros habitantes de los nuevos territorios.

Rodaje del documental sobre la Controversia de Valladolid.
(JUAN RODRÍGUEZ-BRISO)

Dicha humanidad se relacionaba, naturalmente, con la semejanza con el Creador (“a su imagen y semejanza”) dadas las peculiaridades de aspecto y costumbres de aquellos indígenas cuya condición se estaba cuestionando. Para Bartolomé de las Casas (representante del ala progresista, por decirlo de la manera usual en nuestra neolengua) su humanidad era indudable -aunque más adelante, si bien temporalmente, se contradijo al legitimar la esclavitud de negros extraídos de África-. Para Ginés de Sepúlveda, y sus seguidores del ala conservadora, la humanidad de aquellos indígenas era, digamos, incompleta en tanto que no conocían la palabra de Dios. La solución, por tanto, era dársela a conocer y convertirlos.

Tengo para mí que vivimos un auge, insospechado aunque no inesperado, de esta controversia, si bien ya no teológica (¿o sí?) en cuestiones tan cotidianas y candentes como el machismo o el racismo o, también los debates interminables sobre la verdadera naturaleza -intelectual, sensitiva- de los animales y sus derechos…

Porque, ¿qué otra cosa hay sino una querella implícita sobre la humanidad de las mujeres por parte de hombres que las cosifican, la extensión del abuso, el maltrato, la violación o el asesinato? ¿Hay algo distinto en la controversia sobre los migrantes, huidos, hambrientos que una discusión violenta sobre su humanidad?

En tiempos anteriores, tan infaustos como este, cuando se puso de moda la frenología, se pretendía demostrar la menor inteligencia de negros y mujeres midiendo el tamaño y forma de sus cráneos: hoy, su peligro o rebeldía por el color de su piel o su ropa o los rasgos de su cara. Mañana, ya veremos.

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«Pariré piedras», de Sara Prida Vega

La reivindicación de la memoria y del linaje del mundo minero, de su combatividad, del orgullo obrero e insurgente nutre el poemario Pariré piedras (Ed. Crecida) de la asturiana Sara Prida Vega (1990). La autora plasma en sus poemas historias reales (se encarga de remarcarlo) de su familia, de su vecindario, de esa comunidad hermanada por el esfuerzo, la explotación y la rebeldía, y de ahí que incorpore términos en asturiano o jerga del ámbito minero. Es la cotidianeidad lo que exploran sus composiciones. Con tono narrativo, los episodios, sentimientos o procesos que recoge no conforman un mero retrato. Están trenzando una reivindicación de la lucha, de la resistencia a pesar de la crudeza y de las dificultades del entorno. También la incertidumbre, el miedo y el presentimiento de fatalidad con la que respiran. Están alimentando el candil que se va pasando de generación en generación para recordar de dónde se viene y por qué se combate, así como la dignidad de las manos tiznadas y heridas que permiten llevar la comida a la mesa. Sus poemas nos remiten a un paisaje específico y a un estado de ánimo enfurecido. Reflejan cómo las condiciones laborales determinan todas las relaciones sociales; también las familiares y la autoimagen. Así, se ponen en primer plano la dureza, el peligro y las secuelas del trabajo en la mina, y los textos subrayan la materialidad de sus referentes sin perder el vuelo lírico o la incandescencia de las imágenes. De esta manera, emplea un enfoque que expulsa toda nostalgia o toda envoltura melancólica, pues las palabras están hiladas por la rabia y la conciencia de la resistencia, de la lucha proletaria que siempre acontece. Por eso estos textos se enuncian en presente y el sujeto es plural. Por eso es necesario leerlos y compartirlos.

Alberto García-Teresa

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¿Quién?

-¿Quién, Pepe?

¿Y qué es Pepe?

-No, Manuel

¿Y qué es Manuel?

Los nombres propios no son nada, no significan nada, son pura genealogía, simples deícticos. Pero como son genéricos (en nuestra cultura), necesitan algo más, otro adorno, digamos, pues somos, más o menos, hijos de algo o alguien (el padre).

La inseguridad en el uso de los nombres propios se ve muy bien en el Quijote (que, al menos, tiene la suerte de elegir su propio nombre).

Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto no hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. […]

[…] Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde -como queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. […]

(Don Quijote I, cap. 1)

Más adelante:

[…] los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo desciendo por línea recta de varón), venciendo a los hijos del conde de San Polo […]

(Don Quijote I, cap. XLIX)

Pero todo ello porque él es un hidalgo, un hijo de algo. Sancho, por el contrario, como no lo es, no tiene apellido pues “Panza” es un apelativo, un mote…

Así que a la pregunta ¿quién es? la mejor respuesta posible es

-Uno, el que habla…

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¿Quiénes, quién?

Ese, uno (cualquiera, no 1, 2… Estos solo cuentan abstracciones), un tal, fulano. La forma más antigua de designar, la más refractaria al cambio y al trapicheo en el sistema de las lenguas. Quizá, por eso también, por su rebeldía a la manipulación, la que más ofende a los ofendibles:

-¿Quién ha sido, ése?

-No, ese no, esa.

O, por el contrario, escondiendo al sujeto:

-Pero ¿quién te lo ha dicho?

-Qué más da, uno…

Y, cómo no, en el mundo de los hombres, las mujeres sin nombre: “una cualquiera”, una fulana”…

CONTINUARÁ

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¿Quién, quiénes?

Se puede responder de varias maneras, trazando con cada una de ellas, diferentes estelas semánticas, es decir, estableciéndose distintas categorías en la realidad. Un policía, por ejemplo, preferiría el genérico y despectivo “individuo” o “individuos”. Así lo he oído en un telediario hace un rato: “se sospecha que los autores del robo del Louvre fueron cuatro individuos…” En un registro más vulgar, dejarían de ser individuos para ser “tíos” o “tipos” (‘tipejos’ si la ausencia de prestancia física o dignidad es su principal característica).

Si es la habilidad o inteligencia en su especialidad (como parece apreciarse en el robo del tesoro napoleónico), “ladrones” parece más adecuado pues la palabra se adorna con los saberes consagrados de un venerable y antiguo oficio. Aún hay otros términos ya en desuso como “cacos” o “hampones” en los que no nos detenemos por ahora.

Por arriba, tenemos aún los “sujetos”, preferidos en el mundo judicial (“responda el sujeto a la pregunta”) o en el de la Hacienda y sus impuestos, en sintagma ciertamente ambiguos como “sujeto imponente” (¿existe semejante cosa?) y algunos más humorísticos como “tipo impositivo”…

CONTINUARÁ

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El reino de la necesidad y la boca del león

La política se ha instalado, hace mucho tiempo si no siempre, en el reino de la necesidad y ha abdicado del de la libertad, que es el propio de la política. Lo dijo una vez Rajoy, en la presentación parlamentaria de una de sus múltiples tandas de recortes, «No disponemos de más ley ni más criterio que el que la necesidad nos impone»; renunciaba, en efecto, a la libertad de elección, decisión y acción que define a un gobernante. Si no es así, es que ejerce de forma delegada por parte de otros que no aparecen en la escena. Si ese otro u otros son los funcionarios de Bruselas, del BCE o del FMI, es evidente que las decisiones políticas que están afectando de tal manera nuestras vidas y la de las generaciones futuras las están tomando instituciones y funcionarios no elegidos por nadie, no sólo en España sino en toda Europa. Eso es, en pura teoría política, un golpe de estado «blando».

El reino de la necesidad lleva también al reino del secreto y de lo arcano. Hace también unos años denunciábamos en La Opinión de Málaga («Lo que sea necesario») el funesto abuso de la muletilla «haremos lo que sea necesario», que interpretábamos como una remisión al reino de la voluntad, de tal manera que hacer lo que sea necesario equivale a decir «hacer lo que me dé la real gana». Esto es así porque la necesidad se convierte a sí misma en el único argumento que, al no ser razonado ni demostrado, equivale a un argumento cero: es decir, el de la voluntad pura y dura, el que encontramos en «razonamientos» como los que siguen usando muchos padres, «esto es así porque lo digo yo», o algunos maestros: «niño, esto es así porque sí»…

En el fondo, es una manera de entender la política parecida, y no tan diferente como pudiera parecer en un principio, a la que practicaban los romanos. En la política romana no contaban ni la ideología ni el futuro: los actos del poder -republicano o imperial, en eso no había diferencias-, se remitían de forma vaga a épocas o gobernantes del pasado que se consideraban ejemplares, por una u otra razón, y a los que los contemporáneos imitaban de forma imprecisa. En todo caso, la política se limitaba a intentar cubrir el expediente inmediato: trigo, espectáculos y la manifestación continua de su voluntad de poder manifestado en el dominio militar efectivo de los territorios del imperio. No sé quién será el epónimo gobernante del pasado que sirve de modelo a los gobernantes de ahora, pero lo que está claro es que su labor política mira también al pasado y cuida del circo -recordemos sus tristes alusiones al patriotismo futbolístico y su empeño en asistir a los partidos en momentos políticos muy virulentos- y del trigo para el pan, dentro de un orden, naturalmente, que siempre ha habido pobres. Por lo demás, tampoco hay futuro y en eso es tan punk como el capitalismo actual.

Por terminar con los romanos, recordemos uno de los espectáculos simbólicos a los que eran tan aficionados. Se representó varias veces en la época de los emperadores de la dinastía flavia, y consistía en el admirable hecho de que un león (bastante modorro, suponemos) domesticado abría su enorme boca en la que una confiada liebre, contra todo pronóstico, se metía, habitando allí durante un buen rato, como en su casa. Tal espectáculo llamó la atención del cáustico poeta Marcial que interpretó la enseñanza escondida de tal espectáculo en unos ilustrativos epigramas: el león no cerrará la boca porque desprecia, en el fondo, a la liebre; ésta sabe que en cualquier momento, puede cerrar sus mandíbulas y destrozarla, pero sabe también que «no está más segura cuando corre por la arena desierta / ni siquiera en su jaula se esconde con tanta seguridad» y termina con este impar epigrama:

«Si quieres evitar los mordiscos de los perros, liebre,

maldita, ahí tienes la boca del león para refugiarte.»

El amigo lector sabrá, con toda certeza, interpetar la enseñanza de este viejo espectáculo alegórico a las insidiosas circunstancias políticas contemporáneas, tal como Marcial lo hizo para las de su tiempo.

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En un jardín sonriente

¿Quién se acuerda ya, en este pícaro mundo, de los hermanos Álvarez Quintero? Pues yo 😀

Era un jardín sonriente;
era una tranquila fuente
de cristal;
era, a su borde asomada,
una rosa inmaculada
de un rosal
Era un viejo jardinero
que cuidaba con esmero
del vergel,
y era la rosa un tesoro
de más quilates que el oro
para él.
A la orilla de la fuente
un caballero pasó,
y la rosa dulcemente
de su tallo separó.
Y al notar el jardinero
que faltaba en el rosal,
cantaba así, plañidero,
receloso de su mal:

-Rosa la más delicada
que por mi amor cultivaba
nunca fué;
rosa la más encendida
la más fragante y pulida
que cuidé;
blanca estrella que del cielo,
curiosa de ver el suelo,
resbaló;
a la que una mariposa
de mancharla temerosa
no llegó
¿Quién te quiere?¿Quién te llama
por tu bien o por tu mal?
¿Quién te llevó de la rama,
que no estás en tu rosal?
¿Tú no sabes que es grosero
el mundo?¿Qué es traicionero
el amor?
¿Qué no se aprecia en la vida
la pura miel escondida
en la flor?
¿Bajo que cielo caíste?
¿a quién tu tesoro diste
virginal?
¿En que manos te deshojas?
¿Qué aliento quema tus hojas
infernal?
¿Quién te cuida con esmero
como el viejo jardinero
te cuidó?
¿Quién por ti sola suspira?
¿Quién te quiere?¿Quién te mira
como yo?
¿Quién te miente que te ama
con fe y con ternura igual?
¿Quién te llevó de la rama,
que no estás en tu rosal?
¿Por qué te fuiste tan pura
de otra vida a la ventura
o al dolor?
¿Qué faltaba a tu recreo?
¿Qué a tu inocente deseo,
soñador?
En la fuente limpia y clara,
espejo que te copiara
¿no te di?
Los pájaros escondidos,
¿no cantaban en sus nido
para ti?
Cuando era el aire de fuego,
¿no refresqué con mi riego
tu calor?
¿No te dio mi trato amigo
en las heladas abrigo
protector?
Quién para sí te reclama,
¿te hará bien o te hará mal?
¿Quién te llevó de la rama,
que no estás en tu rosal?

Así un día y otro día
enrte espinas y entre flores,
el jardinero plañía,
imaginando dolores,
desde aquel en que a la fuente
un caballero llegó
y la rosa dulcemente
de su tallo separó…

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Saber de socialismo

Una vez, en una charla con estudiantes de la Universidad de la Habana, Fidel Castro dijo “Entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante era creer que alguien sabía de socialismo o que alguien sabía cómo se construye”.

Ponía en práctica así, con ese reconocimiento-disculpa, lo que en el ya olvidado lenguaje de la izquierda se llamaba “autocrítica”, y que era una cura ascética que se exigía a los militantes para que, mientras tanto llegaba la nueva sociedad, se fuera conformando, al menos, el hombre nuevo.

Cuánto echamos de menos esa ascesis de la autocrítica en los gobernantes de nuestra feble Europa, que de tan humillante manera vemos cada día vender su alma -el capitalismo con rostro humano- en la pública almoneda de las deudas y las sospechas… Y en cuanto a la “docta ignorantia” manifestada por Castro, en efecto, ¿quién sabe de socialismo, ni qué futuro mundo, mejor y posible, evoca esa palabra, que ha llenado de esperanzas y espíritu de lucha a tantas generaciones?, ¿quién sabe cómo se construye eso?

Pero sí sabemos, al menos, lo que no es y cómo no se edifica. Desde luego no es eso que se sigue llamando aún “estado del bienestar”, con esa fórmula lingüística tan edulcorada y bienpensante como el original inglés que traduce, el “welfare” de marras: ese espejismo sociopolítico en el que se ha diluido, como un medicamento homeopático, la socialdemocracia europea.

Su nostalgia de un capitalismo potente, moral y productivo, cuyos excedentes de riqueza redistribuiría el estado mediante un sistema fiscal progresivo, ha dejado a los partidos socialistas de nuestro mundo cercano, literalmente, con la palabra en la boca, sin saber qué decir ni hacer salvo ofrecer carne a la fiera de la especulación universal -insaciable por naturaleza- para que se calme, como si fuera sólo el molesto e irascible perro del vecino.

Tampoco es socialismo, como sabemos desde hace tanto tiempo, el capitalismo de estado y partido único que ha (re)descubierto China en esta enfebrecida carrera de acumulación de capital y poder a que se ha lanzado, (re)descubriendo -sarcasmos de la historia- la vieja rueda que tantas vidas humanas ha aplastado en su camino: la explotación laboral, los movimientos masivos de población, la contaminación de cielo y aguas o la neurosis e infelicidad de sus ciudadanos.

De modo que “saber de socialismo” es más bien un no saber, o mejor, un saber desengañado, el de lo que no es. Y es en esa sabiduría escarmentada y dura en la que, a mi parecer, nos instalamos poco a poco los contemporáneos sin fortuna…

En fin, que veo en todo ello una utopía negativa, si se quiere llamar así, una esperanza desesperanzada que. por lo menos, vuelve a invocar un futuro -que sigamos llamándolo socialismo o de otra manera es lo de menos- entrevisto como un paisaje vacío, como una nueva casa que haría posible una vida buena, pero sin los viejos y apolillados muebles de nuestros antepasados ni la falsa madera de cartón-piedra de los módulos de IKEA.

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