Los nombres de las cosas

¿Qué nombre, de los nombres que damos a las distintas maneras de reunirnos, podríamos dar a reuniones tan versallescas e inútiles como las del clima o la inflación? ¿Fiesta, baile, congreso, consejo de administración o de ministros, tertulia, mitin, conferencia, rueda de prensa o del alfiler, corro, comunicación, clase, puja, reunión de amigos o pandilla, familia, comité, rodaje, anuncio?

Los nombres son las ventanas a través de las cuales señalamos y casi tocamos las cosas; agrupándolos en una gramática -convirtiéndolos en material de construcción- le creamos un sentido -construimos paredes, umbrales, puentes, casas- a la realidad. Por eso, los problemas que tenemos para poder llamar de alguna manera a esas reuniones que copan los informativos son problemas de falta de sentido.

La mera acumulación y omnipresencia de esos actos «políticos» -pero vacíos de sentido, fin, utilidad para quienes los vemos desde fuera- se nos impone como criterio de su utilidad. Están, pues, en el acorde capitalista de los «índices de productividad» que se pretenden extender a todos los ámbitos: la educación, la medicina, la producción de leyes y reglamentos…

Pero esa inflación conduce, por el contrario, al hastío y al hartazgo. También a la visualización pública de su naturaleza ritual y ausencia de teleología. La más vieja carencia del poder (presentarse como imprescindible ante los súbditos) se transparenta hoy como  nunca debido a la obscenidad multiplicativa -en eco- de actos sin nombre, y sin sentido por tanto…

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El vitalismo creciente del arte contemporáneo

Publicado en Infolibre el 8 de febrero de 2023

El otro día, hablando de viajes, me confesaba una amiga que ya estaba harta de piedras y monumentos, que cuando viajaba ahora se dejaba llevar por la gente, la luz, los ruidos y olores. Es la segunda vez que me ocurre oír esa confidencia, pero sospecho que son muchos más los que así piensan que, llevados del pudor o el prejuicio cultural, no se atreven a manifestarlo y llevarlo a la práctica. Me cuento entre ellos y, de hecho, algunos de mis escasos viajes se convirtieron, desprevenidamente, en descubrimientos o aventuras. En cualquier caso, de las ciudades que he conocido recuerdo de forma general la gente que me acompañó o conocí, las luces de los atardeceres, el sonido de las campanas, los olores de las calles y las librerías que visito religiosamente, con preferencia a los templos, cada vez que llego a un lugar desconocido.

Creo que he logrado entender, con el tiempo, mi incómoda relación con los monumentos, pareja a la impaciencia que me provocan los museos. Se trata de que son portadores de un pasado que pretenden transmitir -en un sentido «educativo» muy banal- un mensaje universal y atemporal, muertos, en un sentido muy literal. Los restos arqueológicos, las iglesias y castillos, los infinitos cuadros o esculturas que yacen en los museos, desposeídos de la función que tuvieron en el tiempo en que fueron creados, se nos ofrecen para su contemplación pasiva -onanista, para los expertos- siempre como símbolos ostensibles de un pasado siempre mejor. Ni siquiera la belleza de este mundo apabullante, pero inerte, se ofrece como dada o intuida. Estamos obligados a reconstruirla con la ayuda del canon y la historia estética.

La reclamación del presente en exposiciones y museos, pero también en galerías comerciales, explica el auge de las performances en las que el tiempo real hace coincidir el proceso creativo con la percepción y experiencia del espectador. Dicho de otra manera, la mirada del que mira forma parte del espectáculo. Si queremos verlo en términos cuánticos, su intervención modifica al mismo tiempo lo contemplado. Esto llega a extremos, según mis noticias, de que el autor llama por teléfono a participantes del público en algunos casos.

Según me entero por Marcus Verhagen, las «Esculturas de un minuto» , de Erwin Wurm -obras interactivas que su autor lleva montando desde loa década de los 90- van acompañadas de un manual de instrucciones que indican al participante las posturas que debe adoptar. En un ejemplo que aporta Verhagen «los asistentes podían mantenerse de pie con otra persona sobre un plinto, sujetando botellas de plástico entre sus cuerpos o ponerse en pie sobre otro plinto estirando una tira de goma con los dedos gordos del pie».

El problema de conceptualizar estas cosas y darles nombre es, en el fondo, una cuestión muy nimia. Me gusta, personalmente, el término «vitalismo», aplicado por Verhagen a la obra de Wurm cuando dice que forma parte de «un vitalismo ascendente en el arte contemporáneo, con connotaciones muy diferentes al culto celebratorio de la fuerza vital presente en el movimiento vanguardista de fin de siglo». Dada la crisis de espectadores de los eventos culturales clásicos -y lo caras que, como consecuencia, son las entradas- esta oferta de arte «presentista» o vitalista se extiende también por razones económicas.

Yo me quedo, de todo ello, con el placer de liberarme del tiempo monumental y universalista, que se aleja de la vieja prohibición museística de ver pero no tocar, mirar pero no actuar. En términos absolutos, lo considero como una restitución debida.

Aquí, mi primera tentativa sobre este tema:

Museos abandonados, hermosas ruinas

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La ficción del yo

Para Annie Ernaux, la reciente Nóbel de Literatura, el «yo» es un lugar, no la expresión de una subjetividad. La razón le asiste: como bien saben los expertos publicitarios, «yo» en un anuncio es cualquiera que lo lee y dice «yo». La culpa de la sobrevaloración de la primera persona del verbo es, seguramente, de la poesía lírica. Más aún, de la identificación del que habla con la biografía real del autor/persona.

Nada más lejos. En realidad, los pronombres personales son deícticos, señaladores de las lenguas, perfectamente equiparables al dedo índice dirigido a quien habla o a quien escucha: «yo» es toc-toc… Nos engaña, así, ese relleno metafísico que llamamos identidad o conciencia, muy antiguo ya en nuestra cultura, una amalgama de recuerdos mal hilvanados y vaporosos sueños de futuros, no menos neblinosos.

Como bien explica Annie Arnoux, el «yo» usado sin excepción en su obra literaria no es más que un espacio donde impactan las experiencias vividas como reales, modificadas por y modificando a los infinitos contextos en que nos pasan las cosas. Su libro Los años da buena cuenta de ello.

Ni siquiera es aplicable a la primera persona gramatical el concepto, y medida, de verdad. En nuestro auxilio, los hermosos versos de José Saramago en su «El poeta es un fingidor»: finge tan certeramente / que hasta finge que es verdad / el dolor que en verdad siente… En el límite, todas las autobiografías son historias de ficción, sostenidas a duras penas por los testigos de las distintas tramas de la vida, tan poco fiables como la pretenciosa voz del «yo» protagonista.

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¿Fray Luis precursor de Saussure?

De los nombres de Cristo se publicó en Salamanca en 1583 y seguramente lo empezó a escribir Fray Luis desde la cárcel de Valladolid, en 1574 ó 75. Pertenece al género del diálogo doctrinal, muy popular en el Renacimiento. De intención didáctica, desarrolla el origen y significado de catorce nombres o advocaciones de Cristo elegidas por su autor de entre los doscientos que se encuentran en la Biblia. En conjunto podemos considerar el libro como un tratado cristológico, en el sentido de que la figura de Cristo marca el inicio de los nuevos tiempos de la Humanidad redimida y el final del primer periodo de la caída tras el pecado original.

Los protagonistas del diálogo son tres frailes agustinos (Julián, Marcelo y Sabino) que, de vacaciones en la quinta La Flecha, a orillas del río Tormes, el día 29 de junio, festividad de San Pedro, dialogan sobre el significado de los nombres de Cristo, teniendo la Biblia como fuente fundamental para sus argumentos. Es legendaria la brillantez y riqueza de su escritura, entre lo culto y lo popular, que un admirado Fernando Lázaro Carreter llamó «castellano radioactivo».

Sin embargo, a pesar de las múltiples sugerencias de esta obra, lo que nos traemos entre manos de ella es la Introducción y, en concreto, las disquisiciones sobre el nombre como categoría gramatical. Aquí encontramos una visión moderna que nos permite considerar a Fray Luis como un lejano precursor de Saussure y sus teorías sobre el signo lingüístico. Si hablar de «precursor» es, ciertamente, anacrónico, sí deben sorprendernos las coincidencias entre ambos «lingüistas» a pesar de los siglos que los separan. De ello voy a hablar a continuación.

La definición del nombre con la que comienza Marcelo su lección no aporta nada especialmente novedoso, pues formaba parte del saber común renacentista:

El nombre, si habemos de decirlo en pocas palabras, es una palabra breve que se sustituye por aquello de quien se dice y se toma por ello mismo. O nombre es aquello mismo que se nombra, no en el ser real y verdadero que ello tiene, sino en el ser que le da nuestra boca y entendimiento.

Donde empieza, al menos para mí, la sorpresa, es en las distinciones entre signficado, significante y cosa que -salvando, como es natural, la distinta conceptualización de lenguas tan alejadas en el tiempo- es la misma que siglos después desarrollaría el famoso lingüista ginebrino:

Y desto mismo se conoce también que hay dos maneras o dos diferencias de nombres: unos que están en el alma y otros que suenan en la boca. Los primeros son el ser que tienen las cosas en el entendimiento del que las entiende, y los otros, el ser que tienen en la boca del que, como las entiende, las declara y saca a la luz con palabras. Entre las cuales hay esta conformidad: que los unos y los otros son imágines y, como ya digo muchas veces, sustitutos de aquellos cuyos nombres son. Mas hay también esta disconformidad: que los unos son imágenes por naturaleza y los otros por arte. Quiero decir que la imagen y figura que está en el alma sustituye por aquellas cosas,cuya figura es, por la semejanza natural que tiene con ellas; mas las palabras, porque nosotros que fabricamos las voces, señalamos para cada una la suya, por eso sustituyen por ellas. Y cuando decimos nombres, ordinariamente entendemos estos postreros, aunque aquellos primeros son los nombres principalmente. Y así nosotros hablaremos de aquellos teniendo los ojos en estos.

Si aceptamos «alma» en lugar de «psique», encontramos el mismo enfoque en el Course… de Saussure:

Le signe linguistique unit non une chose e un nom, mais un concept e une image acoustique. Cette dernière n’est pas le son matériel, chose purement phisique, mais l’empreinte psychique de ce son, la représentation que nous en donne le témoignage de nos sens; elle est sensorielle, et s’il nous arrive de l’appeller «matérielle», c’est seulement dans ce sens et par opposition à l’autre terme de l’opposition, le concept, géneralement plus abstrait.1

1. El signo lingüístico no une una cosa y un nombre, sino un concepto y una imagen acústica. Este último no es el sonido material, una cosa puramente física, sino la huella psíquica de este sonido, la representación que nuestros sentidos nos dan de él; es sensorial, y si se nos ocurre llamarlo «material», es sólo en este sentido y en oposición al otro término de la oposición, el concepto, que es generalmente más abstracto.

A mi amigo Manuel Laza, que levantó esta liebre.

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Creced y multiplicaos

Hay fenómenos de naturaleza involuntaria (por más que los gobiernos pretendan a menudo potenciarlo con dádivas: recordemos a nuestro Zapatero) como el crecimiento demográfico, que pueden tener consecuencias muy profundas en el cambio social. Recordemos, por ejemplo, el derrumbe de las fronteras del Rhin del Imperio romano a causa de las oleadas imparables de los pueblos germánicos.

Un mando del Ejército israelí así lo aseguró ante la Comisión de Asuntos Extranjeros y de Defensa de la Knesset el pasado 26 de marzo. Alrededor de cinco millones de palestinos viven en Cisjordania y en la Franja de Gaza. Si a esas cifras se le suman los residentes palestinos de Jerusalén Oriental, en torno a 323.000, y los árabes israelíes (1,8 millones), los árabes (7,1 millones) superarían en número a lo judíos en la zona que abarca del Mediterráneo al río Jordán. Según el censo anual publicado por el servicio israelí de estadística el pasado 16 de abril, los judíos son 6,5 millones en la región (un cifra que incluye a los colonos instalados en Cisjordania).

Dichos cálculos tienen repercusiones políticas. Y confirma el argumento enarbolado por la izquierda israelí desde hace décadas, a saber, que la demografía palestina es una “bomba de efecto retardado” y que es urgente dar con la solución de los dos Estados antes de que los judíos sean minoría. Sin embargo, en la derecha, esta teoría ha sido invalidada sistemáticamente. Al contrario, los partidarios del Gran Israel, o al menos de la anexión de una parte de Cisjordania, aspiran a conservar una mayoría judía, consideran que la dinámica demográfica es propia a los judíos y que las cifras facilitadas por el Ejército son “falsas”. Israel-Palestina: el desafío demográfico

Recuerdo que lo advertía frecuentemente el periodista Eduardo Haro Tecglen, cuando apenas se atisbaban las masas migratorias y de refugiados, empujando los fuertes de Occidente, que vemos hoy, con tan estúpida indiferencia. Al fin y al cabo, es el arma más vieja de los pobres: tener más hijos, formar una prole. Tirando muy largo y muy atrás, tal vez ese fue el secreto del homo sapiens en su expansión y preponderancia por todo el planeta: ser más, desbordar el espacio para crear un nuevo tiempo…

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Pecado original

Tras la caída de este sol inclemente, toca regar las macetas. Es un rito purificador que reconcilia con el alma del mundo. Hay ya muchas pruebas de que estos seres son sintientes y comunicativos. Me gusta imaginar que en los tiempos primordiales hubo una gran asamblea entre los vivientes, en la que unos decidieron moverse y otros echar raíces en la madre tierra. Somos hijos de la diáspora universal que emprendieron nuestros antepasados. No estoy seguro de que esa desatinada decisión no fuera el origen de nuestras desdichas, la causa de las otras, el verdadero pecado original.

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Moebius

Los días de verano son tan largos y la pereza nos invade de tal manera que me veo haciendo cosas que no hacía desde mi infancia. Por ejemplo, pelar manzanas sin que la monda se rompa en ningún tramo: entera, de principio a fin. Después, junto los extremos tras torcer la tira y contemplo extasiado una hermosa cinta de Moebius. Es una tarea difícil, que tardé mucho en aprender. Mi hija me mira, admirada.

También me tumbo en el césped para contemplar las nubes, recortadas sobre el límpido cielo azul de estos días. Sus formas caprichosas y blandas me reblandecen también por dentro, con los ojos húmedos, y pienso por un momento, , como en el verso de Guillén, que el mundo está bien hecho…

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De otra manera

En las familias no nucleares como las de hoy (cinco hermanos, ampliables a menudo con primos, tíos y abuelos), a los que había que sumar los vecinos, la educación de un niño, en esas condiciones, y en ciudades de escala humana en las que aún era posible jugar en calles y plazas sin peligro, la educación -decía- era cosa de todos, la crianza y el cuidado eran una tarea común y compartida.

Mis vecinos preferidos era una pareja de origen campesino. Con él intentaba aprender el imposible arte de usar la navaja como único cubierto, incluido el malabarismo de comer sopa con ella. Con ella, que rezaba apuradísima a Santa Bárbara cuando había tormenta, compartía las radionovelas interminables de la tarde, soñando historias de amor y desamor con la magia única de las palabros.

Cada hermano elegía sus casas o parientes favoritos, librándonos, así, de chocar como bolas de billar con papá, mamá y el perro, como ocurre hoy en los angostos pisos de las ciudades y sus reyes absolutos: los coches, los macarras, los policías y los turistas…

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Tiempo convertido en espacio

La fotografía es tiempo convertido en espacio. En realidad, lo son todas las artes visuales, incluido el cine. Tenemos la impresión de que Scarlett toma un café, pero nunca llegará a tomarlo porque ha desaparecido el tiempo y con él la vida y la realidad. Esa es la demiurgia y la impotencia del arte…

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Siempre

Imagen/foto

Este grafiti tautológico me lo encuentro de frente, al cruzar una rotonda, en una de mis rutas de paseo por las afueras del pueblo. Por fin lo fotografié, con la intención de escribir algo a propósito. De alguna forma, me inquieta e incomoda. La tautología, en cuanto círculo vicioso, no tiene mayor interés, ni originalidad: hay una muy famosa atribuida a Vujadin Boskov, ex entrenador del Real Madrid, «Fútbol es fútbol». Esta hipérbole amorosa de la que me ocupo aquí parece un calco de esa otra.

El autor debe ser un hombre, porque solo los hombres crecemos con esa idea absolutista del amor. Tiene pinta de ser la respuesta pública a alguna duda o deseo de ruptura que le fueron planteados, de forma privada, al enamorado caballero que, reafirma así la intemporalidad de su amor frente a los azares del tiempo. O eso creyó, como creen tantos, convencidos de que «siempre» representa una especie de victoria ante el inexorable acabamiento y mudanza del paso del tiempo. Nada más lejos de la realidad.

El adverbio «siempre» indica, más bien, lo contrario: una línea temporal angustiosamente inacabable, sin remisión ni redención posibles. En mi infancia, atormentada desde muy pronto por preguntas y dudas -religiosas, filosóficas- sobre el mundo sin explicar que iba creciendo a la vez que yo, surgió pronto la idea insidiosa de la eternidad, tan querida por el catolicismo: la vida eterna, el castigo eterno… Siempre; lo repetí tantas veces…: en una ocasión, para hacerme una idea de su significado, la pronuncié de manera obsesiva, hasta el punto de que no me desvanecí de milagro, de la angustia provocada por el concepto vacío de un tiempo interminable.

Y el amor eterno, claro, que no tardó en llegar para quedarse, a pesar del desmentido de los enamoramientos cotidianos y su tormentoso siempre de un día. «Siempre», tal como aparece en la pintada, con la desproporción exagerada entre el tamaño descomunal de las letras y el pequeño corazoncito que las acompaña, casi un simple recordatorio para caminantes, nos recuerda qué importaba de verdad al anónimo grafitero: la eternidad, no el amor. «Siempre» instituye una vida sin vejez, enfermedad ni muerte; un amor sin deterioro ni altibajos; un tiempo sin fin inasequible a la vida.

El absolutismo de «siempre» y «nunca», o del cero matemático, esconden un profundo desaliento que acompaña la vida humana desde sus orígenes, un dañoso error que envenena nuestro conocimiento, razón y sentimientos: la pretensión de encontrar la infinitud en la muerte del tiempo mediante su abstracción, es decir, en la muerte de la vida.

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