¿Sindicatos?

Es importante indagar las transacciones, adaptaciones y camuflajes de la neolengua del ESPOFCON (Español Oficial Contemporáneo). En el mismo día, por ejemplo, leo sobre los avatares de un sindicato de inquilinos y de un sindicato de madres de niños autistas [sic]. ¿Sindicatos? Ha habido, pues, un vaciamiento del sindicato como organización propia de la clase obrera en su lucha por la emancipación en favor de cualquier agrupación en defensa de sus intereses compartidos. De ahí a que consideremos a la ligera que lo que ha pasado es, simplemente, que la clase trabajadora ha desaparecido, hay mucho trecho. Parece más lógico pensar en una manipulación semántica que busca hacernos olvidar la lucha de clases. Ojo con las palabras, que, como se sabe, las carga el diablo…

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Codos

En la última novela de Lucía Litmajer, Cauterio, hay una divagación sobre las fotografías que me ha fascinado. Una de las dos protagonistas y narradoras -que alternan sus historias desde dos espacios y dos épocas- se pone a imaginar, evocando una antigua relación de pareja, que pasaba mucho tiempo en una plaza de Barcelona, cuántas fotos de sus codos habría en los carretes de tantos turistas como hacían fotos por allí.

No solo codos, sino orejas, mechones de pelo… Imágenes testigo, azarosas, misteriosas en su fragmentaridad, pero suyas. La divagación se expande por nuestro tiempo de móviles y fotos compartidas en Internet, con la acostumbrada multiplicación geométrica en las redes sociales. Codos famosos, como si dijéramos…

La fascinación que he sentido tiene que ver con mi propia condición de habitante y poblador de plazas. Siempre han sido el lugar al que he arribado en mis paseos por las ciudades en las que he vivido. Las veo como desaguaderos -lagos, mares- de esos ríos que son las calles. El primer texto que publiqué, en una revista que hacíamos en Osuna, se llamaba, justamente, «Nuestra alameda». La alameda de mi pueblo no tenía álamos, pero era el lugar de encuentro y paseo con amigos y amores, bajo la presencia omnipresente y adusta de la Colegiata.

Como la protagonista del libro de Lucía Mitmajer, no tengo ninguna foto de aquella plaza y, lo mismo que a ella, me ha consolado la idea de que mis codos o mis cabellos o mis piernas cruzadas o mis manos y orejas sobrevivan en algún álbum o perfil de instagram, anónimos y sin significado pero entrañable y fieramente míos: pecios de mi paso por el mundo cuando todo ya sea naufragio.

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El incordio de Pepito Grillo

Publicado antes en Frontera Digital

Por si alguno no sabe quién es Pepito Grillo -no tiene por qué-, es el nombre con el que popularizó Disney Il Grillo Parlante del Pinochio original de Carlo Collodi. Con este grillo como artefacto narrativo, Collodi intentó resolver el problema de la falta de alma o conciencia de un muñeco de madera y los problemas que le acarrea. Es una especie de conciencia externalizada (un poco como la de todos) que señala el bien y el mal, la verdad y la mentira al nihilista muñeco.

La voz incordiante de Pepito Grillo no deja nunca de recordarnos lo que hacemos bien o mal y, sobre todo, lo que no hacemos o dejamos de hacer para hacer del mundo un lugar más habitable y justo, para evitar la extensión apabullante -en palabras de Labordeta- del crimen y la amenaza…

¿Qué hacer? -preguntamos continuamente a Pepito Grillo – ¿dónde, cuándo, con quién, contra qué? En este mundo exhausto de utopías y revoluciones, con esta condición humana nuestra reacia ya a cualesquiera heroismos, ¿qué hacer? Un amigo profesor, al que habían increpado de pequeño burgués en una asamblea sindical, respondió que nadie elegía realmente el lugar ni las circunstancias en que se desenvuelven nuestras vidas y que allí donde estemos hagamos lo que podamos para hacer un mundo mejor, pequeñas revoluciones cotidianas, con el aliento largo de héroes imposibles.

Juntarnos, acompañarnos, ayudarnos para que ninguno desfallezca y caiga, para no desesperarnos ante la magnitud de los males que nos atenazan. No habrá otra guerra de Troya con su consabido fin, pero sí la labor escondida de abrir grietas en sus murallas, día a día, hora a hora, mano con mano. Tal es la ingente tarea que Pepito Grillo nos pone por delante cada amanecer.

Pero el redoble de conciencia de Pepito Grillo no es solo individual y, aunque las divisiones y subdivisiones en lo que podemos llamar el campo de la emancipación sean tantas que se nos quitan las ganas de implicarnos en él, no nos queda otra. En el monográfico de la revista francesa Ballast, que lleva por título, justamente, la pregunta que más desazón nos provoca, ¿qué hacer?, resume en tres opciones las que tenemos: la deserción del poder capitalista, escapar a las periferias; derrocar el poder capitalista central provocando un levantamiento general; tomar el poder por medios legales y trabajar por una sociedad más digna e igualitaria desde dentro del Estado. La cita que viene ahora, la he traducido de la revista:

“desertar del poder capitalista central y escapar del orden dominante a través de la periferia; derrocar el poder capitalista central al final de un levantamiento y construir una sociedad de justicia; tomar el poder capitalista central por medios legales y trabajar, desde dentro del Estado, por la liberación de la sociedad. La tradición anarquista, la tradición marxista y la tradición socialdemócrata en el sentido original del término. Los falansterios, las colonias libertarias, los fuera-de las ‘comunidades por repliegue’, la Cataluña de 1936 o las ZADs; la Rusia bolchevique de 1917, la Cuba  de 1959 o el Mozambique frellista de 1975; el Chile de la Unidad Popular de 1970, la Francia del Programa Común de 1981, el Uruguay de Mujica de 2010 o la Grecia de Syriza de 2015”. (BALLAST • QUE FAIRE ?)

Esas son las vías que tenemos para el asalto a Troya: no hay más, quizá una combinación de las tres. Yo, con el tiempo, me he ido decantando –con muchas dudas– por el abandono, la deserción, el desistimiento. Es la que proponía, con mucha ingenuidad, en el último de mis 15 Asaltos en el que volvía del revés la vieja tradición española de “tirarse al monte”, para visualizar lo innecesarias que nos son las instituciones frente a lo absolutamente necesarios que somos nosotros –nuestros cuerpos tanto como nuestra fe– para darles apariencia de realidad y vida.


Pero quizá, al mismo tiempo, no viniera mal, como decía más arriba, juntarnos en los movimientos y rebeliones que continuamente ocurren a nuestro lado, sean estas vecinales, sindicales, identitarias, o políticos también… ¡qué más da si, al menos, ponen nerviosos a los amos del mundo y, como en el chiste del mosquito y el conductor, hacen descarrilar al tren! Todo menos dejarnos llevar mansamente por la desesperación que está acabando con tantos –y seguramente los mejores– de los más jóvenes.

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Tiempo curvo

El tiempo es curvo y, si la masa de un cuerpo es suficiente, puede llegar a ser circular. A veces nos gusta imaginarnos en danza en esa idea del tiempo, donde todo puede llegar a ser simultaneo y pasado, presente y futuro pueden ser intercambiables. La simultaneidad era la gran teoría que obsesionaba a Shevek, el protagonista de Los desposeídos, de Ursula K. Legin. Claro que también puede ser una sensación inducida por la edad tardía, como les pasa a los personajes de los últimos relatos de Claudio Magris (Tiempo curvo en Krems). A uno de ellos le llegan noticias de que una adolescente de la que la que todo su curso estaba enamorado, pero con la que nunca cruzó una palabra, anda diciendo lo contrario: que recuerda muchísimo al protagonista, que lo conoció muy bien y que le ha tenido siempre mucho cariño. Pasó una cosa y la contraria, pues así son las paradojas del tiempo…

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Halloween

Definitivamente no me acostumbro a esto del Halloween, no logro incorporarlo a mi experiencia del mundo. Anoche -llovía: supongo que es un tiempo propicio para estas celebraciones – llamaron a mi puerta, abro y se produce una escena que, con variantes, revivo todos los años.

Dos niñas, sin disfraz ni objeto que me ayudara a situarme, me miran como dos gatos, sin decir nada. Yo las miro a mi vez, encerrado en el mismo mutismo interrogante, hasta que, de repente, caigo en la cuenta:

-¡Ah, esto es por lo de Halloween!
-Sí…
-Y ahora se supone que tengo que daros caramelos…
-Sí.
-Pues la cosa es que no tengo. ¿Qué ocurre si no os doy?

La pregunta era totalmente inocente, con un punto de culpabilidad al que soy muy propenso.

-Nada, no te preocupes…

Se dan media vuelta para seguir su ronda, pero una de ellas regresa, apresurada, y me avisa:

-Pues el domingo van a venir muchos más. ¡Acuérdate!

Y en efecto, hoy he comprado una bolsa de caramelos. Benditos niños…

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Lennon, MacCartney y el amor

Oía hace un rato una canción de Paul McCartney y Wings, tan agradable como suelen ser las composiciones del ex Beatle. La cosa es que he recordado una discusión que tuve hace muchos años con una amiga queridísima sobre las virtudes y defectos de este músico frente a la otra alma del grupo británico, John Lennon. Lo que empezó siendo un intercambio de gustos y opiniones terminó en un un desagradable intercambio de sofiones enojados. Entonces descubrí que mi amiga era una fan (es decir, fanática) de McCartney, Su amor por el cantante de Liverpool era incondicional -como lo son, generalmente, las devociones musicales – y, según descubrí con tristeza, superior al que sentía por mí. Después de afirmar yo que Lennon era la verdadera alma de los Beatles, se encerró en un mutismo enfadado que duró varios días. Lo peor de todo, en aquel diálogo de besugos, es que a mí los que me gustaban de verdad eran los Rolling…

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Sexualización infantil en Internet: percepciones de las menores sobre imágenes digitales

Comparto con los amigos del blog un interesante y novedoso artículo de investigación sobre un tema cada vez más omnipresente e inquietante: la sexualización de la infancia en Internet. Sus autores son Carmen LLovet Rodriguez, Sonia Carcelén García y Mónica Díaz-Bustamante Ventisca. El archivo en PDF se puede descargar desde esta misma entrada.

Los niños están presentes cada vez más en determinados medios digitales, donde los mensajes comerciales apelan directamente a su participación, facilitando expresar su identidad y establecer relaciones con sus iguales, que se convierten en líderes de opinión. El objetivo de este estudio exploratorio inicial y pionero en el formato digital en España es conocer la percepción que tienen las niñas sobre otras niñas sexualizadas en la publicidad de moda y en Internet, y los valores que asocian a ellas.

La metodología empleada ha sido un estudio exploratorio cualitativo a una muestra de niñas españolas entre 8 y 11 años que corresponde al público objetivo de marcas de moda cuya publicidad ha sido categorizada en distintos grados como sexualizante. Los resultados señalan que las niñas rechazan aquellas imágenes de  las modelos cuando son representadas  de una forma más sexualizada porque no se corresponde con la vida real y no parece un estilo elegido sino impuesto. Además, las entrevistadas asocian la combinación de escenarios, posturas y gestos sexualizantes con rasgos de la personalidad que entienden como negativos –egoísta, desafiante, rebelde, aislada, triste-y, exponen el temor de que se normalice el uso de un tipo de ropa, maquillaje y comportamientos no acordes con su edad. A la luz de los resultados, se recomienda la reflexión ética de publicitarios que usan el estilo transgresor adulto en moda infantil y el estudio de imágenes de niños.

Carmen LLovet Rodriguez, Sonia Carcelén García y Mónica Díaz-Bustamante Ventisca

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Panza de burra

Me quejo a menudo de la tiranía de los mapas meteorológicos, a los que la gente otorga la categoría religiosa de profecía. Eso ha hecho que olvidemos los viejos saberes de la observación de las nubes y el viento, de la humedad o el vuelo de los pájaros. Esta mañana llueve por aquí: era fácil de pronosticar por el color panza de burra del cielo. Huele a tierra mojada y el aire húmedo refresca y estimula la nariz, aunque es posible que la pérdida progresiva del olfato en nuestra especie, seguramente irreversible, impida la percepción de estos olores en la gran mayoría. Otra pérdida más, otro paso más que nos aleja del mundo natural, de la vida dañada.

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El azar y el pretérito imperfecto de subjuntivo

Cuando estudiaba el sistema verbal del español, tan rico y complejo, me llamó siempre la atención el uso del pretérito imperfecto de subjuntivo con el valor de un pretérito pluscuamperfecto de indicativo. Lo mencionaba, sin demasiados detalles, el profesor Vidal Lamíquiz en su estudio sobre la flexión verbal de nuestra lengua. Me llamaba la atención, y me frustraba, porque no lo había visto documentado y porque la mayoría de los gramáticos no lo mencionan, salvo alguna breve alusión a su carácter literario arcaizante o a su uso más normalizado en algunas regiones como Galicia y Asturias. Eran tiempos sin Internet y acabé olvidando semejante cosa durante años, hasta que un (doble) afortunado azar me lo ha puesto delante de las ojos, leyendo El primo Basilio, de Eça de Queirós, ¡en una traducción de Ramón del Valle-Inclán!

[Pero me tengo que detener un momento en esta novela, por lo que pido disculpas al lector amigo. Es una novela especial para mí, porque forma parte de un ciclo narratológico europeo sobre las desventuras de una mujer casada que vive la tragedia de enamorarse y tener una relación fuera del matrimonio. "Tragedia" porque, en justo castigo a su rebelión, excepto Ana Ozores, mueren de una forma terrible. Entre mis proyectos, eternamente postergados, está realizar un estudio comparativo entre todas ellas. Son "La Regenta", de Clarín; "Madame Bovary, de Flaubert; "Anna Karenina", de Tolstoi; "Effie Briest" y "la adúltera", de Fontane, y esta, que me faltaba por leer, de Eça de Queirós.]

Al poco de empezar a leer El primo Basilio, en el primoroso castellano de Valle-Inclán, me encontré con esto "Era la primera vez que se separaba de Luisa, y sentía achicarse su corazón al abandonar aquella salita que él mismo ayudara a empapelar la víspera de su matrimonio…" Aunque es el uso predominante en toda la novela, aparece en combinación con el pretérito pluscuamperfecto ("ante-co-pretérito", se llama también a este tiempo, en el colmo de la cursilería terminológica), como ocurre en la misma página de la cita anterior: "Físicamente, Jorge nunca se la había parecido". Los ejemplos son continuos a lo largo del libro, que, una vez compartida mi alegría, abandono por el momento.

Por lo demás, en lo que se refiere al tratamiento normativo y gramatical dado a este tiempo, no han cambiado mucho las cosas. En la norma del español oficial contemporáneo (ESPOFCON), con su moralina habitual sobre el buen y el mal uso de la lengua, se considera como un error. Así, por ejemplo, el Manual del español urgente, de la agencia EFE, afirma:

No debe aparecer en los despachos de la agencia la forma cantara como equivalente de había cantado o de cantó. ("La sesión, que comenzara a las cuatro de la tarde, se prolongó hasta la madrugada".) Se trata de una pedantería ajena al buen empleo del español moderno (o de un influjo gallego o asturiano). Cantara tuvo ese valor de pluscuamperfecto de indicativo, heredado del latín en la Edad Media, pero lo fue perdiendo, y adquiriendo el de imperfecto de subjuntivo hasta que confundió sus usos con los de cantase. Fueron los poetas románticos quienes, para "medievalizar" su estilo, resucitaron el antiguo valor ya olvidado de cantara, y desde entonces se ha mantenido en la literatura. Pero debe estar ausente del lenguaje periodístico, donde ha penetrado por las citadas causas.

El mismo manual se extiende en otros usos del pasado en el modo Real, de este tiempo, que igualmente censura, como el del pretérito indefinido, aportando ejemplos como "El jugador que marcara (="marcó") el gol de la victoria". Aún hay otros valores atestiguados en el español escrito, más minoritarios ciertamente, como los equivalentes contextuales a un condicional compuesto o incluso al pretérito pluscuamperfecto del modo subjuntivo… Pero lo dejo aquí, para no aburrir más allá de lo permisible al paciente compañero de lecturas.  

Acabo, pues, reiterando mi alegría de filólogo jubilado con el hallazgo, y con la afirmación más honesta, gramaticalmente hablando (pues deja la cuestión pendiente, como hay que hacer siempre con las cosas de las lenguas), que he encontrado sobre este versátil y proteico tiempo verbal. Es de Nelson Cartagena y aparece en la  Gramática descriptiva de la lengua española, dirigida por Ignacio Bosque y Violeta Demonte.

Los ejemplos dados han mostrado que la alternancia hiciera / había hecho ocurre tanto en el español peninsular como en el americano. Se necesitan, no obstante, estudios detallados de frecuencia de la distribución de los tipos básicos en diversos tipos de textos y de hablantes para poder determinar fundamentalmente diferencias regionales, sociales y estilísticas en su empleo.

#apuntes #lengua

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La vida en movimiento

I. La pasión

La palabra y la misma idea de «pasión» llega ya muy devaluada a nuestro tiempo. Es un canto rodado lingüístico muy limitado a los campos del amor o el sexo, pasados por el tamiz del romanticismo. O lo que es peor, mediatizada por el cine o el folletín. El cristianismo, con su reiteración de la pasión de Cristo entendida como sufrimiento, terminó de vaciar este concepto que explotaba y se abría en el viejo pathos griego. Eugenio Trías, un filósofo con una poderosa formación clásica, la entendía así, en su Tratado de la pasión, justamente:

la pasión, no como algo que nubla el raciocinio e impide el conocimiento, sino como una forma más de abarcar el mundo. No la aborda como una pulsión que nos paraliza, sino como el motor de nuestra actividad; tampoco como sufrimiento, sino como placer y goce.

Así, la conclusión del filósofo es que la pasión, oscuro daimon, es, al fin y al cabo, lo que nos convierte en lo que somos.

No es raro, sin embargo, oír hablar de cosas como «pasión por el fútbol», «pasión por las motos» o, qué sé yo, «pasión por los sellos». En realidad, casi cualquier cosa que podríamos identificar como afición compulsiva…

En este escrito, inspirado por el estudio que Leonard Impett y Franco Moretti dedicaron al Atlas Mnemosyne, de Aby Warburg, abordamos la pasión a través de los gestos del cuerpo, tal como nos ha sido legado en el arte figurativo occidental a través de su historia, pero limitándonos al doble filtro de los paneles de Warburg y de la selección de ellos realizada por Impett y Moretti.

II. El Atlas Mnemosyne

El Atlas Mnemosyne-el misterioso proyecto inacabado de Aby Warburg– intentaba encontrar similitudes morfológicas en el arte en un arco temporal entre la época clásica y el Renacimiento. Buscaba, en realidad, «formas» (gestos, contorsiones, movimientos) recurrentes de la pasión, encarnada en una considerable colección de objetos artísticos: el pathosformel.

La ninfa florentina, en el Atlas Mnemosyne:

El problema de este intento es el mismo de todas las obras inacabadas, que no sabemos, salvo por algunas breves anotaciones, el canon total de las pinturas que pensaba colgar ni los criterios que iba a seguir para su búsqueda del canon formal de la pasión. En cierto sentido, aunque lo desarrolló más, es lo mismo que ocurre con el Libro de los pasajes de Walter Benjamin, otro proyecto de gran aliento, que la muerte de su autor dejó truncado.

Aby Warburg trabajó en este proyecto desde 1924 a 1929. No era, sin embargo, un proyecto original en cuanto a su forma y estructura, aunque sí totalmente novedoso en su intención. Había dedicado la mayor parte de su vida a elaborar exposiciones con montajes fotográficos sobre temas muy diversos. En todos los casos, confeccionaba unos paneles que servían de soporte a las imágenes siempre de la misma forma: tablas de madera forradas de tela negra, que fotografiaba después. Como es esperable, no se han conservado los paneles, pero sí las fotografías, en formato 18×24. En la última versión del Atlas, los paneles se colocaron en línea en el mismo lugar: delante de la puerta inferior de salida de la sala oval de lectura de la Kulturwissenschaftliche Biblioteken Warburg, en un estante extensible.

III. El sentido

Warburg -historiador del arte, al fin y al cabo- consideraba que, a grandes rasgos, el arte renacentista oscilaba entre una concepción del mundo apolínea y otra dionisíaca, entre una visión religioso-mítica y otra de carácter matemático. Para él, el proceso de creación de imágenes era algo mental.

La finalidad del Atlas, según Fernando Checa1, fue explicar, mediante un repertorio muy amplio de imágenes, el proceso de la creación artística de lo que llamamos «Edad Moderna», desde los comienzos del Renacimiento y buscando sus fundamentos en la Antigüedad.

Mnemosyne es, pues, un atlas visual en el que se muestra un inventario de los precedentes antiguos que, conservados en la memoria, sirvieron en el Renacimiento para expresar la vida en movimiento, entendida como una intensificación / exaltación de los movimientos del cuerpo como expresión de vitalidad, que lleva a sustituir la Salomé danzante por una «poseída» ménade griega.

Un ejemplo muy plástico de las creencias de Warburg lo dio en una conferencia2, a partir de los temas tratados en un diario ilustrado:

  1. La victoria de un jugador de golf.
  2. Miembros de un club de golf observando una pelota.
  3. La vencedora de un partido de golf, saludada por un soberano.
  4. El alcalde de Bozienburg
  5. Una comisión de estudios francesa en un puerto.
  6. Una regata de remo.
  7. Un corps-commers.
  8. Jóvenes observadores antes de salir para Inglaterra.
  9. Un participante en un concurso de natación de 4.000 metros.
  10. Un caballo de carreras de la bienal.
  11. El papa Pío XI tal como era transportado ante la custodia en la plaza de San Pedro de Roma el 25 de julio.

«La redacción del diario -decía Warburg- ha resumido en dos mundos opuestos toda la historia: solo una imagen (la comisión francesa) alude a la humanidad inquiriente; las otras nueve son exhibiciones de plena forma física. Si se mirase el pasado evolutivo, son descendientes directas de aquellas estampas de monstruos, productos de atroces vaticinios de calamidades, ahora cultivados y dinámicos deportistas que compiten entre sí.»

IV. Las matemáticas en nuestra ayuda

Leonard Impett y Franco Moretti (Totentanz, NLR, 107) intentan encontrar el criterio para hallar esa medida o canon de los movimientos del cuerpo que ideaba Warburg, pero, mediante un método cuantitativo que pergeñan con ayuda algoritmos matemáticos y de la computación, que a mí me seduce y que, según la sentencia clásica, se non è vero, è ben trovato.

Los resultados del estudio son, en muchos sentidos, sorprendentes (adelanto, así la conclusión final del estudio, de cuyo método y vicisitudes enseguida me ocupo, en una apretada síntesis): que esa emoción intensa, ese «oscuro daimon», que se adueña descaradamente de nuestro cuerpo, se manifiesta sobre todo en una agitación de brazos y piernas, rompiendo la unidad «natural» del cuerpo, su equilibro en estado de reposo. No, como podríamos sospechar, en el rostro y sus mínimos músculos, tal como pensó Warburg tras el descubrimiento del libro de Darwin sobre las expresiones primordiales con que el rostro humano manifiesta las distintas emociones

La muerte de Orfeo, de Alberto Durero

La pasión es desbordamiento, compulsión, agitación que descompone la figura. Intentaré explicar por qué caminos lo descubren Impett y Moretti en su intelectualmente apasionante (aunque no hay color, como diría el castizo, entre una pasión y otra) investigación. Indagar sobre las clases de pasiones (pasiones frías, pasiones tristes…) nos llevaría muy lejos del humilde objetivo de este artículo. Y sin más, al cuento:

V. Las formas de la pasión

El método

Para Impett y Moretti, la mayor creación conceptual de Warburg es la Pathosformelo fórmula (de expresión del) Pathos, que ofrece un hilo para «recorrer el laberinto» que supone este proyecto inacabado. En sus palabras, «Pasión, emoción, sufrimiento, agitación: Pathos es un término con demasiados matices semánticos, aunque todos incluyen el grado «superlativo» (palabra usada por Warburg) del sentimiento implicado. Es un concepto muy potente que logra aunar opuestos semánticos: Pathos y Formel: fuerza abrumadora y un patrón estable que se reproduce a lo largo del tiempo y que, por eso, permite la supervivencia de la Antigüedad en la Europa moderna».

El problema para los autores del estudio era cuantificar el concepto, poderlo dividir en unidades discretas, encontrar la manera de «medir» la pasión que, en las series artísticas diversas. de los paneles de Mnemosyne, recorren el arte occidental. Para empezar, excluyen de su estudio las expresiones del rostro humano, a pesar de que en la intención de Warburg -como avisábamos antes-, tras su descubrimiento de la obra de Darwin La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, parecía ser tan importante. En realidad, excluida la expresión facial, adivina que el signo externo de ese estado de agitación -que estamos entendiendo como manifestación del Pathos- es el movimiento de las extremidades: brazos y piernas.

Crucifixión, de Bertoldo de Giovanni

El método que siguieron constaba de tres pasos:

  1. Desligar las figuras humanas de su contexto encerrándolas en una especie de «caja».
  2. Reducir las figuras a esquemáticos «esqueletos», eliminando el color, la ropa, los rostros y las manos. Esta reducción tan drástica obedeció a la necesidad de disponer de un sistema de notación elaborado con unidades simples: 12 varas que componían un «alfabeto». Rotaron los esqueletos para mantener siempre la columna vertical y reflejar las distintas poses de forma horizontal, de tal manera que el brazo más elevado quedara siempre a la izquierda. De esta forma consiguieran 12 ángulos, uno por cada parte, excepto la columna.
  3. Realizar la medida solo sobre un tipo de variable: los 11 ángulos de las articulaciones del cuerpo combinados con los «vectores-esqueleto». A mayor ángulo, mayor agitación, más pasión, más Pathos.

El ingenio y la productividad de este método me fascinó cuando lo conocí. Conseguían con él unidades discretas, repetibles y cuantificables, con una asombrosa sencillez.

Su aplicación

Para comprobar si los «vectores-esqueleto» funcionaban a una escala superior a la de un solo panel, extrajeron 1.665 cuerpos de 21 de los 63 panales del Atlas de Warburg y aplicaron sobre ellos un algoritmo de agrupamiento (una herramienta computacional que da valores numéricos a los elementos que están «cerca», metiéndolos en un grupo y metiendo en otro a los que están «lejos») que dividió los vectores-esqueleto en 16 grupos. Cada uno de esos grupos reunía cuerpos morfológicamente similares, en orden de similitud respecto al «vector-esqueleto» central de cada grupo. Para comprobar si la medida entre los distintos ángulos de las figuras respecto al eje central servía para medir el «estado de agitación» que pretendían cuantificar. Para eso, tenían que poner el método a prueba con las pinturas.

Los 16 grupos de «vectores-esqueletos»

Para no resultar excesivamente prolijo en el examen de los distintos grupos en relación a los cuadros de los paneles, salto directamente a las conclusiones, que nuestros autores reúnen bajo el significativo título de «Oxímoron» (nombre de la figura retórica que, como recordarán los lectores, consistía en oponer significados espacialmente cercanos en un texto).

El algoritmo había visto una similitud entre los esqueletos que parecía consistir en que todas las «fórmulas del Pathos» estaban correlacionados con un movimiento simultáneo de brazos y piernas, de los brazos más que de las piernas. Pero no fue sino después de una consulta que realizaron a un profesor de Biomecánica de Lausanne, que descubrieron el verdadero sentido de aquellos «movimientos». Lo significativo no era lo hiperbólico de esas contorsiones, en correspondencia con lo hiperbólico de las emociones que las provocaban, sino el hecho de que rompía el estado natural del cuerpo, su unidad habitual, creando «disonancias», movimientos sin rumbo: dominado por la pasión, el cuerpo deja de ser «uno» y pasa a convertirnos en «Otro», nos deja literalmente «alterados». Algo que sabe intuitivamente cualquiera que haya sido dominado por el «oscuro daimon» de una pasión…

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